Ya han pasado seis años desde que escribí, en este mismo blog, un pequeño artículo que giraba en torno a mi experiencia como seguidor de Cat Stevens. Hoy he vuelto a leerlo. Quería experimentar otra vez el eterno retorno, la paralización del tiempo, suspendido en el plástico del disco. Me hacía falta porque hoy me he levantado pensando en que el "Let it be" cumplía 50 años y eso ha desatado la nostalgia. Madre mía. Cuántas veces ha sonado en mi salón orientado hacia la pantalla de la tele y hacia los bafles del equipo. Madre mía. Toda una vida, segundo a segundo, hora a hora, día día, año a año. Cincuenta tacos completos, oyendo cómo se ponen en marcha las guitarras del "Get back", con su ritmo machacón. Aquello era una infantil petición de cariño, una plomiza pero verdadera murga adolescente. Vuelve, decía, vuelve conmigo. Qué jóvenes éramos entonces. Ellos, igual que nosotros, eran entonces chicos. Con sus pelos y los gritos de las fans, no eran modelos de vida. No eran como había que ser, pero eran verdaderos. Y de eso nos dimos cuenta y se lo hemos reconocido. Todas sus melodías han sido auténticos compañeros de fatigas, amigos fieles que se han dejado oír cada vez que lo hemos necesitado, mostrándonos el largo camino. Recuerdo el concierto que dio en Gijón, hace ya más de diez años, Paul MacCartney. En él introdujo el "The long and winding road", después de citar con cariño a su amigo John. Desde entonces, cuando pongo este elepé, pienso en Lennon, a quien alguien mató en Nueva York el día siguiente al de mi boda y tal vez al mismo tiempo en el que yo conducía el 124 blanco de mi padre, de viaje de novios, camino de Andalucía. Ahora me pasa eso. He puesto otra vez el disco, y me viene a la cabeza el ambiente de aquel día del último verano, cuando se oía en mi casa, en Santander, el "Across the universe" y yo recorría lentamente mi pasillo, mientras mis hijos hablaban de la comida y del plan de aquella tarde. Unos estaban tumbados sobre las dos camas abiertas y otros estaban sentados. Arrullado por el ritmo de paseo de la canción de los Beatles, me pareció que que mi cuerpo era una nave espacial, una masa silenciosa que buscaba su camino entre las estrellas. El sol entraba a raudales. Las sábanas repetían el blanco de la pintura. Los dejé decir sus cosas y seguí hasta la cocina. Allí se encontraba Carmen, brillando entre los azulejos. Confieso que, sin saber cómo ni por qué, en aquel preciso instante sentí que todo cuadraba, que si algo le daba sentido a todo lo sucedido estaba allí ante mis ojos, y me sentí muy feliz.
Miedo
En el tiempo en que duró la horrible epidemia, el rey entregó todo el poder al Miedo. El Miedo era intrigante, pero también frío y calculador. Su política era inmoral porque mentía cada vez que le cuadraba, aunque estaba sometido a las encuestas y a la rígida opinión de los expertos. El Miedo despreciaba a la Libertad porque no soportaba los riesgos innecesarios y porque su figura grácil, que exhibía con orgullo el pecho descubierto y el rostro sereno e idealizado, le desagradaban íntimamente. Por eso, y porque sufría de íntima soledad, buscó el apoyo del Hambre, un muchacho desgarbado y muy delgado, un joven desempleado que intentaba prolongar su vida de vago público, seguir viviendo del aire, sin darle un mal palo al agua. El Miedo delegó en el Hambre las leyes y la justicia, llenando de subvenciones su mundo de privaciones, mientras la Libertad buscaba el apoyo de la Valentía, una mujer recta y noble, de verbo seguro y firme, que se puso a rastrear el descontento en el país y el apoyo que banderas y cacerolas le podrían ofrecer en una eventual algarada.
El equilibrio aparente del sistema establecido se rompió cuando una niña, la Inconsciencia, creció lo suficiente como para llegar a la edad de merecer y creyó que su príncipe azul era el Miedo. "A nadie le amarga un dulce", pensó el poderoso intrigante, a quien nunca su carácter fue capaz de aconsejarle en las cuestiones de amor con éxito. El medroso y retraído personaje, que odiaba a la Libertad, aceptó encantado el corazón anhelante que la joven le ofrecía y se enamoró de ella como un tonto. Su historia, sin embargo, fue muy corta porque ella no era más que una inquieta mariposa que salía de su interna ofuscación y al poco tiempo buscó otro novio más abierto y más amante, y se marchó como vino, a la busca de otra flor. Para él, sin embargo, el romance fue un episodio doloroso, un incidente trágico que lo encerraría aún más, si cabe, en su talante. El Hambre, entre tanto, sintió una pasajera envidia e intentó aprovechar la coyuntura, echándole los tejos a una señora de buen ver que se llamaba Prudencia. Ésta aceptó el envite y los tristes sonetos de amor que el muchacho le escribía y acabó por ayudarle en sus funciones de gobierno, corrigiendo a las doce de la noche las leyes que le enviaba con faltas de ortografía para salir en el B.O.E., o criticando sin ambages el vicio que había adquirido su pareja de insultar a los jueces y de entrometerse en la administración de la justicia.
La historia que estamos contando parece que continúa. Dicen que la Inconsciencia ha frecuentado últimamente el círculo de la Libertad y que habla por las noches con ella y con la Valentía en tugurios de mala muerte en donde discuten y beben. Sin embargo, no me consta que los hechos se produzcan en el sentido cerrado que me cuentan los rumores. Tampoco sé si el gran Miedo ha pasado del temor y ha llegado ya al terror, como algunos vaticinaron. Tal vez surjan, además, otros nuevos personajes. Tiempo futuro vendrá que hará del vital presente tan sólo un vago recuerdo. Por eso yo digo ahora que el cuento está vivo aún y que nadie sabe hoy su desenlace. Habrá que esperar un tiempo. Seguiremos en la vida, periódicos y telediarios las huellas de sus actores. Dejad que sigan saliendo a las calles frecuentadas los hombres y las mujeres. Ellos nos informarán del Miedo y de la Libertad. Que sea lo que Dios quiera.
La empresa de Sánchez e Iglesias
En la época de los Reyes Católicos, las empresas las hacían personajes como Colón, que buscaban el apoyo de la Reina y se iban, persiguiendo el sueño de los marinos portugueses a los que los alisios les llevaban hacia el Oeste, y descubrían América.
En nuestro "Siglo de Oro", las empresas se ganaban en la guerra, a donde acuden Garcilaso de la Vega y Cervantes, o en los círculos sociales palaciegos, en donde Quevedo y Góngora se enfrentan. Son ahora gente culta, que ha cursado en Salamanca, en Alcalá o en Valladolid, que manejan con habilidad la espada y el castellano y que saben usar los latines como apoyo.
Con Velázquez y con Goya, las empresas son pictóricas y mantienen ya un contacto directo con el rey, que es la fuente del poder y que es ahora una persona, un señor, sometido a intrigas palaciegas, un personaje que se mueve en el mar de una corte que distribuye las cuantiosas rentas que pagan las alcabalas y el oro de las Indias.
En el siglo XIX, las empresas las construyen liberales, unos tímidos burgueses que creen en la libertad y en la soberanía nacional y malviven en ciudades muy pequeñas de las rentas de unas tierras, que trabajan campesinos, mientras ellos hacen política en las logias masónicas progresistas o en las sacristías conservadoras.
A finales del XIX, el asunto se complica porque, una vez construido el mercado nacional por el ferrocarril, surgen empresarios capitalistas textiles en Cataluña, siderometalúrgicos en el País Vasco y financieros en Madrid, que solicitan y consiguen aranceles para explotar al país en su beneficio, mientras surge un movimiento social, preferentemente anarquista en el Sur y en Cataluña y con predominio marxista en Madrid y el País Vasco.
Luego, en el siglo XX, la ceguera revolucionaria radicalizará a la 2ª República, que fue una experiencia democrática fallida, y tras la horrible Guerra Civil, llegará una dictadura militar, marcada por el fascismo del partido único: El Movimiento.
Parecía reverdecer el sueño del liberalismo democrático, tras la Constitución del 78, que culmina la Transición, cuando se alternaron en el poder el P.S.O.E. socialdemócrata de Felipe y el P.P. de Fraga y Aznar, al ritmo de un crecimiento continuo del nivel de vida y de la clase media urbana. La democracia triunfaba a medida que crecía el estado del bienestar, apoyado por Europa y por la OTAN. Mientras tanto la corrupción se instalaba en el poder como medio de financiación irregular de los partidos.
Sin embargo, en el siglo XXI, tras la matanza de Atocha, un atentado terrorista que parece pergeñado para influir en las elecciones, y tras una batalla campal en los medios de comunicación que la izquierda dominaba, llega al poder Zapatero. El político sonriente cavó profundas trincheras mediáticas, introdujo en la Moncloa a una generación de mediocres, criados en el partido, y metió al país en el hoyo con sus políticas de gasto alocado, que aumentaron el déficit público hasta extremos muy peligrosos, y que llevaron al final a Rajoy, su sucesor, a la necesidad de los recortes.
A Rajoy lo desbanca Sánchez, con una moción de censura pactada con los independentistas, siguiendo con radicalidad las líneas del izquierdismo de Zapatero. Aprovecha el nuevo lider del PSOE la corrupción del Partido Popular para negar el pan y la sal a la mitad del país y se alía con un joven Pablo Iglesias, que ha nacido sobre las ruinas del P.C. Ambos, Sánchez e Iglesias, emprenden un viaje muy peligroso. En efecto, montados sobre el tren de nuestro endeudado estado, indiferentes a la ruina que el sistema productivo padece como consecuencia de la paralización de la producción por el coronavirus y dispuestos a gastar lo que haga falta para apoyar a una población subsidiada, pretenden seguir viviendo del crédito del país. Para ello haría falta que Europa se hiciera cargo de nuestra reconstrucción, permitiendo el aumento sensible de nuestro nivel de endeudamiento. Sin embargo, Europa, como ya hizo con Grecia, no caerá en esa trampa y le cerrará la puerta a Sánchez. En ese caso, si pretende seguir aferrándose al poder, su única salida será la de ofrecer a las derechas un pacto con garantías. Tendría que romper con Iglesias y con los independentistas y proteger de verdad a las empresas. Si lo hiciera podría aguantar un tiempo y permitir al PSOE su supervivencia. Si no, porque no puede convencer a los que ha ninguneado y despreciado durante años o porque ya es demasiado tarde, el país se enfrentará a una crisis económica y social muy grave, mientras crece la ultraderecha.
En el siglo XIX, las empresas las construyen liberales, unos tímidos burgueses que creen en la libertad y en la soberanía nacional y malviven en ciudades muy pequeñas de las rentas de unas tierras, que trabajan campesinos, mientras ellos hacen política en las logias masónicas progresistas o en las sacristías conservadoras.
A finales del XIX, el asunto se complica porque, una vez construido el mercado nacional por el ferrocarril, surgen empresarios capitalistas textiles en Cataluña, siderometalúrgicos en el País Vasco y financieros en Madrid, que solicitan y consiguen aranceles para explotar al país en su beneficio, mientras surge un movimiento social, preferentemente anarquista en el Sur y en Cataluña y con predominio marxista en Madrid y el País Vasco.
Luego, en el siglo XX, la ceguera revolucionaria radicalizará a la 2ª República, que fue una experiencia democrática fallida, y tras la horrible Guerra Civil, llegará una dictadura militar, marcada por el fascismo del partido único: El Movimiento.
Parecía reverdecer el sueño del liberalismo democrático, tras la Constitución del 78, que culmina la Transición, cuando se alternaron en el poder el P.S.O.E. socialdemócrata de Felipe y el P.P. de Fraga y Aznar, al ritmo de un crecimiento continuo del nivel de vida y de la clase media urbana. La democracia triunfaba a medida que crecía el estado del bienestar, apoyado por Europa y por la OTAN. Mientras tanto la corrupción se instalaba en el poder como medio de financiación irregular de los partidos.
Sin embargo, en el siglo XXI, tras la matanza de Atocha, un atentado terrorista que parece pergeñado para influir en las elecciones, y tras una batalla campal en los medios de comunicación que la izquierda dominaba, llega al poder Zapatero. El político sonriente cavó profundas trincheras mediáticas, introdujo en la Moncloa a una generación de mediocres, criados en el partido, y metió al país en el hoyo con sus políticas de gasto alocado, que aumentaron el déficit público hasta extremos muy peligrosos, y que llevaron al final a Rajoy, su sucesor, a la necesidad de los recortes.
A Rajoy lo desbanca Sánchez, con una moción de censura pactada con los independentistas, siguiendo con radicalidad las líneas del izquierdismo de Zapatero. Aprovecha el nuevo lider del PSOE la corrupción del Partido Popular para negar el pan y la sal a la mitad del país y se alía con un joven Pablo Iglesias, que ha nacido sobre las ruinas del P.C. Ambos, Sánchez e Iglesias, emprenden un viaje muy peligroso. En efecto, montados sobre el tren de nuestro endeudado estado, indiferentes a la ruina que el sistema productivo padece como consecuencia de la paralización de la producción por el coronavirus y dispuestos a gastar lo que haga falta para apoyar a una población subsidiada, pretenden seguir viviendo del crédito del país. Para ello haría falta que Europa se hiciera cargo de nuestra reconstrucción, permitiendo el aumento sensible de nuestro nivel de endeudamiento. Sin embargo, Europa, como ya hizo con Grecia, no caerá en esa trampa y le cerrará la puerta a Sánchez. En ese caso, si pretende seguir aferrándose al poder, su única salida será la de ofrecer a las derechas un pacto con garantías. Tendría que romper con Iglesias y con los independentistas y proteger de verdad a las empresas. Si lo hiciera podría aguantar un tiempo y permitir al PSOE su supervivencia. Si no, porque no puede convencer a los que ha ninguneado y despreciado durante años o porque ya es demasiado tarde, el país se enfrentará a una crisis económica y social muy grave, mientras crece la ultraderecha.
Blancanieves
La historia de Blancanieves está llena de exageraciones maniqueas. Ni ella era tan ingenua, ni su madrastra tan malvada como se cuenta en el cuento. Tampoco los enanitos eran todos uña y carne. La verdad fue un poco más tosca y por eso menos digna de contarse, pero yo no desespero. Aunque sé que no interesa descubrir lo que pasó, yo me aplico a rastrear las fuentes de lo ocurrido e intento dejar en claro toda la historia antigua y las razones profundas de cada cual. Entiendo que la verdad es un objeto de baja densidad y que si agitas un poco el insondable lago del olvido su propio peso liviano la empuja volando hacia arriba. Eso mismo es lo que me sucedió con los protagonistas de este cuento.
Lo primero que descubrí al acceder a las memorias del "Barón del Bosque", que supongo que fue el personaje que sacó a Blancanieves de palacio, siguiendo las órdenes de la madrastra, fue que mantenía una vieja relación feudal con siete enanos. Eso me dio mucho en qué pensar, porque si el noble Barón sabía a dónde llevaba a la joven, bien podría haber avisado antes a sus siete pequeños fedatarios para garantizar la supervivencia de la hija de su rey. De ahí, seguramente, la amabilidad de todos ante la adolescente, que no podía ser hacendosa, como se dice, porque siempre había sido educada como reina y nunca supo apreciar los valores de la escoba ni entender los procedimientos secretos de la creación de los sabores en el ámbito interior de la cocina.
Lo que después descubrí en las memorias del rey Esmerildo, que así se llamaba el príncipe, es que la bella Blancanieves fue su prometida desde el mismo momento de su nacimiento y que mantuvieron una periódica y frecuente correspondencia postal que incluía el intercambio de imágenes más o menos idealizadas de la fisonomía de cada uno, en su etapa infantil y juvenil (todo esto se puede visualizar, aún hoy en día, en los museos de palacio). Del tono de sus misivas se conoce que el amor entre ellos se fue produciendo de una forma natural, lo mismo que crecen dos plantas que saben que se van a mezclar, la una al lado de la otra, y que, por esta misma razón, la chica en el bosque ya esperaba que el príncipe Esmerildo la buscara y la besara para sacarla del sueño al que la había conducido la manzana envenenada. Se sabe también que el príncipe se mostró muy ofendido con uno de los enanos que, por consejo del más sabio y más añoso de los siete, besaba en la boca a la joven, pensando que así conseguiría despertarla. Lo que no llegó a saber, pues ella se lo ocultó y se llevó el secreto a la tumba, fue que alguno de aquellos besos tempranos cumplió su objetivo final, es decir, que Blancanieves volvió de nuevo a la vida antes de que apareciera, montado en el caballo blanco, su prometido Esmerildo. Estos besos de placer la despertaban de pronto, pero ella disimulaba, consciente de que llegaría el gran momento del cuento, y se hacía la dormida... (Los datos en los que he basado la historia truculenta de los episódicos despertares de la joven provienen de una novela titulada "La hermosa princesa del bosque", de Serafín Vázquez de Mina, el cual, al parecer, era un enano).
En los brazos de Morfeo
A las puertas del sueño,
la marea ya te inunda
la marea ya te inunda
con su sal.
Es la estatua que ata al suelo
la conciencia
al echar la vista atrás,
Es la estatua que ata al suelo
la conciencia
al echar la vista atrás,
es la liviana vigilia,
con el sentir suspendido
en la densa telaraña,
que han tejido ya el cansancio
y la memoria.
y la memoria.
Con la luz de las estrellas
que se apagan en la noche
y con el leve silencio,
que se apagan en la noche
y con el leve silencio,
yo voy surcando la senda
que penetra poco a poco
en mi interior
que penetra poco a poco
en mi interior
y me hundo en este fondo,
en el que habito.
en el que habito.
Y así caigo por el negro tobogán
del tiempo antiguo
y voy viendo que mis cosas
del tiempo antiguo
y voy viendo que mis cosas
ya no importan,
y que el sopor va venciendo
a los pecios del olvido,
que se hacen aún más lentos
y que el sopor va venciendo
a los pecios del olvido,
que se hacen aún más lentos
mis latidos,
y que todo, todo, todo,
está de más...
y que todo, todo, todo,
está de más...
Dios
Y el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza. Sabía que no existían ni Dios ni santos ni magia, pero necesitaba creer, para afirmarse a sí mismo. Sabía que en su vida había sólo una cosa importante, la fuerza que llevaba dentro, su libertad, aquello que le permitía construir y perpetuarse, la energía que movía a la sangre por sus venas. Por eso crear a este Dios era algo necesario. Lo vio reflejado en el fondo de las fuentes o en las aguas estancadas de los lagos y en los charcos que la lluvia iba dejando. Después se retiró al gran desierto y lo vio en los espejismos. Hablaba lo mismo que él. Decía que había que nacer y que luego había que amar y tener hijos, y que al final se moría. Ese Dios era un Dios sin Papas y sin popes, sin monjes ni sacerdotes, sin biblias y sin koranes, sin ninguna teología. Era más bien una Diosa, porque era capaz de crear y tenía el ímpetu bestial de la mujer, el cordón umbilical de la madre con su hijo. Su libertad era amor, la luz naciendo en la aurora y creciendo en el medio del cielo hasta el crepúsculo rojo, estrellas que crean planetas, árboles llenos de pájaros que plantan sus nidos en sus ramas, flores con mariposas y abejas zumbando en el prado. Pero no sólo era amor, porque también el horror y la injusticia tenían lugar en su ser cuando atacaban los leones o las hienas, o cuando mueren los bebés recién nacidos. Y también era el frío de la nieve y el doloroso mordisco de las llamas en el fuego de la hoguera y las lágrimas cayendo por tus mejillas y la sangre brotando a borbotones por la herida. Así creó el hombre esta inmensa realidad que modela la vivaz naturaleza y que llega ahora hasta donde estamos tú yo, hablándonos a través de estas palabras. Tú entendiéndome y haciendo tuyos mis pensamientos a pesar de la distancia, a pesar de que tu vives en un espacio y en un tiempo distinto al mío. Tú siguiéndome a mí y buscando a alguien que pueda y quiera seguir la cadena. Crear y creer en nosotros mismos y seguir nuestro camino. Por eso un Dios peregrino, por eso un Dios creador y femenino. Como tú y como yo. Nada más, de verdad, nada más.
Onán, Narciso y tú mismo
Los dioses castigaron los placeres de Onán y de Narciso y castigan a los hombres que renuncian a la acción y se meten en refugios de papel, como Bastián, o que invernan en las salas semioscuras que proyectan en pantalla infinitas aventuras. Los dioses se enfadan mucho porque dicen que hace falta un ser real al otro lado. Entiendo a los dioses a veces, pero en muchas ocasiones yo defiendo a los héroes de la soledad porque todos forman parte del común aprendizaje y porque sus símbolos son juguetones y con frecuencia se disfrazan con la historia y propiedades de los otros. El miembro masculino y los espejos son masas con propiedades diferentes, como su tacto o su olor, y el libro es por un lado miembro, porque es el instrumento que tocas o acaricias, y es también el sutil espejo en donde te reflejas. Sin embargo, en todo caso, tú eres lo más importante. El placer que sientes al oir o leer un cuento, lo que explica cómo eres y te ayuda es lo único importante, porque esa experiencia extraña y solitaria no es un monólogo ajeno y sí el proceso autónomo a través del cual tú ves el mundo. En realidad al leer te miras en el espejo y desarrollas tu yo. El lector, el espectador, el onanista, aporta mucho más que el autor o más de lo que los dioses nunca podrán aportar, porque todo lo vivido y lo sentido en su larga o corta experiencia hace falta para entender lo que se entiende y porque el real significado de lo escrito es relativo y varía en cada hombre y cada tiempo. Por eso tiene sentido volver a leer lo leído. Por eso un libro en tus manos es cada vez diferente. El héroe de la lectura es como Onán y Narciso, un héroe de carne y hueso, el actor protagonista de su vida. El Bastián interminable que sale y entra del papel. Tu mismo, querido amigo.
Caín y Abel
Pesa más el interés que la proximidad de la sangre. Eso es lo que se deduce de la historia de Caín y Abel tal y cómo nos la contaron. Sin embargo, todo hay que decirlo, la verdad es algo más complicada, porque el honor familiar influye de forma mayor y porque las cosas, en realidad, no son ni blancas ni negras y siempre tienden al gris.
En efecto, de todos es conocido que Caín era ganadero y Abel agricultor, y que se comportaron como buenos hermanos, salvo en el asunto violento que nos contaron de niños, cuando su distinto interés en torno al control de la tierra se interpuso entre ellos. Después de múltiples discusiones, amenazas e incluso insultos, los dos jóvenes adultos se enfrentaron en una pelea noble en la que Abel se llevó la mejor parte. Humillado Caín por la derrota, buscó la venganza un día que armado con una quijada bajó del monte hacia el valle para desquitarse. El ataque le pilló desprevenido al hermano agricultor. Su sorpresa fue tan grande que salió despavorido de una forma tan cobarde que todos sus descendientes prefirieron contar la historia en forma de asesinato que nunca se cometió. Los cainitas, por su parte, obviaron el primer enfrentamiento y cuentan tan sólo el final, liberando a su antecesor del estigma de la muerte y subrayando lo magnánimo del que permite la fuga de su oponente. Ambas versiones son parciales, además, porque ignoran el hecho de que, años después, los dos hermanos decidieron tolerar sus actividades y se reconciliaron.
En efecto, de todos es conocido que Caín era ganadero y Abel agricultor, y que se comportaron como buenos hermanos, salvo en el asunto violento que nos contaron de niños, cuando su distinto interés en torno al control de la tierra se interpuso entre ellos. Después de múltiples discusiones, amenazas e incluso insultos, los dos jóvenes adultos se enfrentaron en una pelea noble en la que Abel se llevó la mejor parte. Humillado Caín por la derrota, buscó la venganza un día que armado con una quijada bajó del monte hacia el valle para desquitarse. El ataque le pilló desprevenido al hermano agricultor. Su sorpresa fue tan grande que salió despavorido de una forma tan cobarde que todos sus descendientes prefirieron contar la historia en forma de asesinato que nunca se cometió. Los cainitas, por su parte, obviaron el primer enfrentamiento y cuentan tan sólo el final, liberando a su antecesor del estigma de la muerte y subrayando lo magnánimo del que permite la fuga de su oponente. Ambas versiones son parciales, además, porque ignoran el hecho de que, años después, los dos hermanos decidieron tolerar sus actividades y se reconciliaron.
Pandémica escritura
Estoy mortalmente aburrido. Por esta maldita peste, me levanto cada día
y repito mi rutina. Sigo un camino trillado, relleno de acciones
útiles para aguantar la cuarentena. Es así. Como, duermo, recorro el
pasillo cien veces, hablo por el teléfono, atiendo mensajes del móvil y veo la
televisión. Además, suelo leer alguna cosa, por las tardes, y al anochecer
escribo en mi diario. En él pongo mis recuerdos, el cabreo o el placer que
sentí en algún momento, las reflexiones vulgares de un hombre vulgar como yo.
Nada importante, lo sé. El mañana y el ayer se parecen tanto al hoy que es
difícil aportar nada importante, pero no se trata de eso. Se trata de publicar
la herencia que recibí y de editar los conjuros que usaba en mi juventud. Se
trata de volver a contar, de remover la mochila y de ver por dónde salgo. Por eso me embarco en esto y brotan en mí las palabras. Se diría que de pronto me ha hecho efecto un elixir que tomé hace muchos años. Necesito contar algo, cuando la pluma se mueve y empieza a manchar el papel.
Puertas
Hay puertas que se abren hacia dentro
y puertas que se abren hacia fuera
y hay, además, otras puertas
que rechazan ser un sólido telón
y no soportan la idea
de que alguien las confunda
con un pedazo de muro
con un pedazo de muro
que se ha desgajado de pronto
y está de guardia en el quicio,
pendiente de las bisagras...
Son puertas que desaparecen
por arte de birle birloque,
por arte de birle birloque,
como las blancas persianas
que se meten en su caja,
imitando sin querer
a nuestros párpados,
como los labios que besan
en el umbral de la boca,
como los labios que besan
en el umbral de la boca,
como el esfínter carnoso
por donde el cuerpo descarga,
o como las blandas cariátides
que abren paso
a la hoz estrecha
del pasillo
que abren paso
a la hoz estrecha
del pasillo
por donde brota el placer.
Desnudo integral
Ella se quita el sombrero de paja y lo deja en el perchero y se gira para ver su rostro en el espejo de la pared del fondo del pasillo. Sus ojos enfocan para ver mejor su doble. Las cejas están levantadas y su boca permanece recta, sin mover siquiera levemente hacia arriba o hacia abajo los músculos de las comisuras. Ella se reconoce. Es su propio autorretrato. En él se ve como es, como una mujer que ya no es joven, pero aún no es una anciana.
De pronto sonríe, disimula sus arrugas y exhibe ese brillo suyo que le agrega a la mirada inteligencia y pone sus labios de embudo. Parece una actriz francesa jugueteando con la cámara. Su sonrisa, ahora, pretende ser infantil, fingiendo una ingenuidad que ya no existe, y ese gesto artificial se revuelve contra ella. Sí, ella ya no es la que era, ella ya no es la que fue. Ha pasado tanto tiempo... Derrotada por la imagen que contempla, acaba por levantar sus manos para cubrirse la cara. Reflexiona y deja que su cara retorne a una expresión calmada y seria, y empieza a desabrocharse los botones de la camisa. y descubre el somero sujetador, y se lleva las manos a los pechos, y los libera de allí, y exhibe sus dos globos carnosos, y sus manos dialogan con los pezones como si fueran partes del cuerpo de otra mujer, como si sus dedos sensibles fuesen capaces de infundirles vida. Y los pezones comprenden el juego y, agradecidos, se apuntan hacia arriba. Después decide quitarse la camisa. Ahora su rostro se ha acercado a la lisa superficie del espejo para verse en primer plano y tiene una expresión serena. Parece una diosa griega que está pensando en su vida, quitándose capas de tiempo. Recuerda cuando era niña y se sigue desnudando, y se desabrocha los botones de los vaqueros y deja que se desplomen hasta el suelo por gravedad, como la piel de una serpiente, y surge una sonrisa enigmática y su cuello se mueve hacia abajo mientras sus manos empujan las bragas blancas, que parecen desinflarse al dejar atrás las nalgas, mientras emerge su pubis poblado de pelos rubios y rizados, y piensa en sus dos hijos naciendo por aquel escueto hueco y en aquel amor antiguo que pasó, y entonces penetra con sus uñas en la piel, a la busca de una tira suficiente y se va despellejando con cuidado como aquel Bartolomé de la Sixtina que exhibe su máscara hueca con rostro de Miguel Ángel, y luego desmonta su carne, tirando de sus arterias y de sus venas azules y forma un tocho informe con los desechos que salen de su cuerpo. En el montón que está haciendo se acumula sangre roja coagulada y músculos desgajados y las más variadas vísceras, incluyendo el gris cerebro... Al final tan sólo queda el esqueleto blanco, la máscara interna de su figura, la terrible calavera que mira desde el interior de sus cuencas vacías, pero ella continúa y cumple con el programa previsto, ella sigue contemplando su reflejo en el espejo y se sigue desnudando más y más.
Las cerillas
Son muchas
hermanas gemelas,
achuchándose en el marco
de su caja de cartón.
Están soñando en silencio.
Son puritanas sin brazos
y sin manos y sin dedos,
y son mensajeras del cielo
de la luz y del color.
Son puritanas sin brazos
y sin manos y sin dedos,
y son mensajeras del cielo
de la luz y del color.
No se tocan
entre ellas,
pero conocen
que un roce
encenderá
sus cabezas
y que el destino
común
de ser una flor
de fuego
habrá de llevar
a la llama,
siguiendo
su cuerpo
recto,
de la cabeza
a los pies.
Desean
quemarse
pronto,
brillar
un segundo
en la noche
y que sus
restos
negruzcos
reposen
con todo
derecho
en el edén
de las cosas
que han
cumplido
su función.
Esperan
la mano
firme
que abre
la caja
y saca,
y prende
en el lateral
y esperan
la paz
tranquila
del cenicero
final.
Ras,
ras,ras.
Ras,
ras, ras.
Desean
quemarse
pronto,
brillar
un segundo
en la noche
y que sus
restos
negruzcos
reposen
con todo
derecho
en el edén
de las cosas
que han
cumplido
su función.
Esperan
la mano
firme
que abre
la caja
y saca,
y prende
en el lateral
y esperan
la paz
tranquila
del cenicero
final.
Ras,
ras,ras.
Ras,
ras, ras.
El reloj y el libro
Me vino a ver tu sobrina para entregarme un mensaje. Querías romper nuestro vínculo. Ese vínculo de amor y de silencio que ambos aceptamos y que habíamos cumplido a rajatabla. Te aseguro que fue tanta mi sorpresa y mi dolor que le entregué mi reloj convencido de que así se terminaba para siempre este juego interminable de cariño y larga ausencia. Ahora estoy arrepentido. El reloj que tú me diste lo he llevado en mi bolsillo todo el tiempo como pago de un tributo a tus promesas. En él ha vivido tu rostro los últimos cuarenta años sin dejar de contemplarme y de contar. Ayer te llamé y tú te mostraste receptiva, así que concertamos una cita para hoy. Te confieso que estoy muy preocupado. Nos jugamos el papel de lo que fuimos en un desenlace final parco y definitivo que no tenemos ensayado. Después del tiempo pasado dejamos de ser quienes éramos. Somos personas distintas. Apenas quedan ya rastros difuminados de lo que nos pasó en nuestra frágil memoria. La historia la hemos cambiado de tanto pensar en ella. ¿Qué podemos esperar que nos suceda? ¿Renacerá la magia antigua o nos comportaremos como desconocidos? ¿Nos dará por repasar nuestro pasado? No, no podremos. Los recuerdos son andrajos, imágenes deformes y descoloridas. No es posible soslayar el paso del tiempo. Sin embargo, sí que podemos leer. ¿No te acuerdas del poema que nos hizo coincidir en la sala de lectura de la vieja biblioteca? En las hojas de papel todo es permanente. Es por eso que te traigo este regalo. Frente al reloj que me diste, frente a la memoria engañosa, las palabras escritas te prometen algo fijo: Una trama, sembrada de símbolos, y unas voces verosímiles. Lo escribí para intentar imaginar esa vida que, cobardes, rechazamos. Lo escribí para que un día lo leyeras y sintieras el calor de la nostalgia. Si consigo que te sientas concernida, al final habré triunfado.
Mi sino
No atino a ser un fulano. No soy un gitano enano, ni un tibetano chino, ni un gusano con kimono, ni un veneno veneciano ni un colombiano zaino. No pesan en mi destino ni el pleno de mi gobierno, ni ese vino riojano que tanto me gusta probar, ni mis alumnos mirando, ni el tono abaritonado que pone mi hermano al cantar. Camino ensayando un himno que cante el aire soprano, corriendo por el intestino. Soy un humano mohíno, un anciano pucelano, un huno hispano genuino, un romano provinciano y un alumno cervantino que intenta aflorar arcanos, aunque sea por el ano y en invierno. Me importa un comino el bochorno. Ahí va todo lo que tengo.
Narciso
Le dijo el joven Narciso a su cura confesor:
-¿Qué importa el placer que sientas al contemplarte desnudo ante el espejo o al contarlo en un papel y publicarlo en los medios?¿Qué importa si ese placer conduce a tu vientre al éxtasis? ¿Por qué es un pecado gozar? ¿Qué importa la dimensión de ese placer tan íntimo?
El cura guardó silencio.
-¿Qué importa el placer que sientas al contemplarte desnudo ante el espejo o al contarlo en un papel y publicarlo en los medios?¿Qué importa si ese placer conduce a tu vientre al éxtasis? ¿Por qué es un pecado gozar? ¿Qué importa la dimensión de ese placer tan íntimo?
El cura guardó silencio.
Un profeta
El mismo día en el que se iba celebrar el sorteo de Navidad del año 1989, en la noche del veinte al veintiuno de diciembre, soñé que tocaba un premio gordo en una administración de lotería del centro de mi ciudad. Apenas media hora más tarde, agitado por la presunta revelación de lo que el futuro podría depararme, pasé por delante del lugar que había soñado y pensé en que, si aquello hubiera sucedido veinticuatro horas antes, bien podría haber comprado un décimo. Después, una hora más tarde, al volver a casa por el recorrido inverso, me encontré con un gran cartel en el escaparate de la administración de lotería que informaba de que había caído allí el segundo premio. Aquello me dio mucho que pensar. ¿Podrían estar surgiendo unas dotes de adivinador que hasta entonces me habían pasado inadvertidas? ¿Tenía yo madera de profeta? Tras una reflexión superficial, convencido de la imposibilidad de llegar a una conclusión definitiva, decidí dejar el asunto entre interrogaciones, fomentar una duda razonable en la que el sueño podría haber sido tan sólo un producto de la calenturienta imaginación del duermevela y reforzar la idea de que la memoria es un arma traicionera que tiene la mala costumbre de cambiar la forma o la sucesión de los acontecimientos para llegar de ese modo a la conclusión que más nos interesa.
Al año siguiente volví a soñar que me tocaba la lotería de Navidad, pero en esta ocasión el sueño permitía la inversión de mis ahorros en la ruleta de la suerte, porque esta vez la revelación se había producido una semana antes del sorteo e incluía una bolera imprecisa como centro de distribución de participaciones. Aquel curso, yo me estrenaba como profesor de Historia en un Instituto de provincia y visitaba diariamente un bar con ese nombre. La bolera era un local pequeño, situado en los bajos de un bloque de pisos reciente, que había abierto el mes anterior y que estaba prácticamente vacío la mayor parte del día, pero a mí me gustaba el café de su máquina italiana y la charla animada de su camarero. No resultará extraño, por lo tanto, que yo pensase que mi sueño apuntaba exactamente hacia este sitio.
El proceso de la compra de las participaciones fue algo complicado. En diciembre de aquel año, todavía no me habían pagado el primer sueldo, y los ingresos que esperaba obtener de un día para otro me habían acostumbrado a vivir del crédito, de manera que, limitado por una cuenta corriente próxima a los números rojos y cegado por la avaricia de una inversión que se me antojaba segura, tuve que apañármelas para pedir algún dinero prestado e invertir cinco mil pesetas de las de entonces en aquella extraña bolera. Lo hice y salí tan campante, esperanzado, mientras el camarero se frotaba las manos por detrás del mostrador.
El proceso de la compra de las participaciones fue algo complicado. En diciembre de aquel año, todavía no me habían pagado el primer sueldo, y los ingresos que esperaba obtener de un día para otro me habían acostumbrado a vivir del crédito, de manera que, limitado por una cuenta corriente próxima a los números rojos y cegado por la avaricia de una inversión que se me antojaba segura, tuve que apañármelas para pedir algún dinero prestado e invertir cinco mil pesetas de las de entonces en aquella extraña bolera. Lo hice y salí tan campante, esperanzado, mientras el camarero se frotaba las manos por detrás del mostrador.
Cometí también la imprudencia de contarle la historia a mi hermano, el prestamista, y al director del instituto, de manera que el primero me encargó que una parte de mi compra se hiciera en su nombre, mientras el segundo y algunos de mis compañeros, siguiendo mi ejemplo y aprovechándose del sentido de mi sueño, adquirieron lotería en la bolera, que multiplicó en aquellos días su muy escasa clientela.
El día del gran sorteo, la expectación para mí fue mucho mayor que en los años anteriores. Los millones del premio y mi propia credibilidad estaban en juego.
-“La suerte está echada”- pensé, convencido de que el éxito culminaría la aventura del sorteo. Sin embargo, no fue así. A medida que los niños de San Ildefonso cantaban los premios, la decepción fue creciendo. El resultado fue desolador. ¿Qué se podía hacer para minimizar la derrota? Me sentí acogotado por el destino, imaginé la cara de perdonavidas que pondrían mis compañeros al verme y lo que estarían comentando de mí, y concluí que acababa de caer en el más espantoso de los ridículos. Estaba a punto de asumir la posibilidad de pedir una baja por depresión, cuando sonó mi teléfono. Descolgué el auricular y escuché la voz de mi hermano mayor:
-Dígame.
-¿Ya te has enterado?
-¿De qué? ¿De que no nos ha tocado la lotería?
-De eso, justamente, pero al revés, porque sí que nos ha tocado.
-No, no ha tocado nada.
-Te equivocas, déjame que te cuente. Verás, ya sé que tu número no ha salido pero yo he improvisado un poco- me dijo con voz serena y cierto aire teatral... Tras una pausa muy suya y ralentizando artificialmente el ritmo de su pronunciación para darle un tono trascendente, añadió:
-No sé si sabes que los domingos vamos Rosa y yo a una bolera, pues bien, teniendo en cuenta lo tuyo, además de lo que te encargué, he comprado allí unas participaciones y me han tocado veinte mil pesetas.
-¿Veinte mil? ¿Una pedrea?
-Eso es, ¿no está mal, no? Venga, anímate, hermanito, que ya lo celebraremos.
En efecto, al mes siguiente, después del Niño, lo celebramos. Con el tiempo, yo también lo he celebrado muchas veces. Es de lo más normal, porque gracias a aquello y al cursillo de control de los sueños que realicé aquel verano, descubrí mis dotes de profeta y hoy en día tengo un curriculum que para sí lo quisieran la mayor parte de los falsos magos que proliferan por las televisiones. Soy un vulgar adivino, ciertamente. Echo cartas, leo rayas en las palmas de las manos y averiguo el porvenir. Soy un hombre concienzudo y no hablo sin pensar en lo que digo y sin hacer un trabajo que someta a la razón el porvenir. Investigo con mayor avidez que los científicos para saber del futuro y sé que lo tengo crudo, pero acierto muchas veces, porque no confundo lo que pasa con mis deseos y mis fobias, porque preciso en lo posible el contenido de lo que se me pregunta y porque someto a una cuidadosa autocrítica todas y cada una de mis conclusiones. Mis amigos dicen que lo veo venir.
¿Qué fue de los revolucionarios?
Hubo un tiempo en el que creí en la fuerza de la revolución. Me habían contado que las fuerzas del progreso, el impulso de la juventud, las ansias de justicia social y los viejos ideales de libertad estaban del mismo lado. Del otro no había más que fuerzas reaccionarias. Fue muy fácil creer en ello en la época de Franco. Sin embargo con el tiempo, después de darle cien mil vueltas, surgieron grietas en mi pensamiento y descubrí que no era cierto todo lo que me decían. En efecto, con el tiempo descubrí que frente a la revolución social estaba la revolución burguesa y su gran conquista, la democracia, y que ésta merecía más nuestro apoyo porque respondía mejor a nuestras necesidades y a nuestros ideales, y también descubrí que aquellos que vendían la revolución social se olvidaban de la libertad cuando llegaban al poder, rechazaban la idea de que el capital fuera la causa de que el mundo diera de comer a diez veces más humanos que hace doscientos años y no querían darse cuenta de que los obreros no llegarían nunca a ser la fuerza de trabajo dominante.
Poco a poco, los revolucionarios de entonces abandonamos nuestras posiciones. La razón y la historia nos fueron convenciendo. Así llegamos a un tiempo en el que nadie en su sano juicio (salvo Mao, Paul Pot, Sendero Luminoso y muchos ecologistas demagogos) planteaba la vuelta a una economía feudal o a otra aún más primitiva, porque eso habría supuesto la muerte por inanición de la mayor de la población del planeta. Hoy en día son muy pocos los que siguen defendiendo a los regímenes totalitarios comunistas que siguen gobernando tras la desaparición de la U.R.S.S., como es el caso de China, Korea del Norte o Cuba. Por eso lo único que tiene algún sentido para los antiguos "progres" en los países desarrollados de las clases medias es alcanzar el poder en unas elecciones libres, es decir, la socialdemocracia. El problema aquí es que detrás de ese título se esconde un gran amasijo de antiguos totalitarios que aún no han terminado sus deberes de aggiornamento y que suelen acabar en demócratas autoritarios, semejantes a los chavistas o a los peronistas, que entienden que sólo hay auténtica democracia cuando ellos llegan al poder. Y es que para ser un auténtico socialdemócrata es necesario entender la segunda parte de su nombre compuesto, pensar más en el origen del poder y en la función de la soberanía y actuar en política sin odio, lejos del revanchismo dualista de pobres y ricos (o de hombres y mujeres) y cerca del pacto con los otros partidos para establecer mayorías amplias y centradas que eviten los radicalismos extremistas y la inestabilidad de los gobiernos en minoría. Llegar a ser un verdadero socialdemócrata es entrar en la autocrítica, para entender que todos los regímenes totalitarios, tanto los de izquierdas como los de derechas, han sido auténticos nidos de corrupción, y que el conchabeo con los sindicalistas y amiguetes es una forma de lo mismo tan odiosa para la gente común como la que se adjudica a sus contrarios. Llegar a ser socialdemócrata es dejar de votar a los corruptos e impedir la colonización del poder judicial por el ejecutivo, y entender que el poder es de todos, de los que te votan y de los que no te votan, y defender el acuerdo para que las leyes recojan el sentir general, y se apliquen sin distinción, incluso en el caso de que el partido no las votara en su momento. Ser socialdemócrata, por último, no sólo debería de suponer que paguen más impuestos los que tenga más renta y patrimonio y desarrollar el estado del bienestar, sino que también debería incluir la defensa del himno, del rey y de la bandera, como símbolos de la constitución que dicen respaldar.
Miro a mi alrededor y veo muy pocos socialdemócratas. De su escasez da muestras el izquierdismo de la política del PSOE en el poder en siglo XXI, desde la irrupción de Rodríguez Zapatero, con el pacto del Tinell, hasta el gobierno que hoy preside Sánchez. Ambos han preferido los pactos con revolucionarios sindicalistas, comunistas o nacionalistas periféricos a los acuerdos con lo que con cierto desprecio y desdén llaman la derecha o las derechas. Esta situación y el uso de la corrupción para marginar del poder a la mitad del país que representan sus contrarios, ha conducido a que se rompieran los acuerdos básicos de política exterior e interior y a que nuestros medios de comunicación estén tan atrincherados que la realidad se oculta o se desfigura de forma torticera cada vez más.
Vivimos en una España especialmente maniquea. Son demasiados años de enfrentamiento civil. Televisiones y radios presentan el debate descontrolado entre periodistas de uno u otro signo como el típico espectáculo al que se acude los fines de semana para tranquilizar las conciencias izquierdistas y renovar los argumentos. A pesar de todo esto, sin embargo, no desfallezco. Voto porque en el futuro la lógica de la razón democrática se imponga. Espero que en algún momento llegue la prueba del nueve de la normalización democrática que es la de un gobierno de coalición entre los dos partidos mayoritarios en el más alto nivel de la Moncloa. Para ello, habrá que combatir a los sectarios que se creen que se puede ser más solidario, libre y justo que los otros y que no admiten otra verdad más allá de la suya, a pesar de contemplar que los de enfrente no están de acuerdo. A estos les digo, sed demócratas, nadie os pide que cambiéis de opinión, solo se os dice que miréis y escuchéis al otro lado y que entréis en negociación con ellos. En eso, y no en llegar al poder y mantenerse en la poltrona, consiste la verdadera democracia.
Poco a poco, los revolucionarios de entonces abandonamos nuestras posiciones. La razón y la historia nos fueron convenciendo. Así llegamos a un tiempo en el que nadie en su sano juicio (salvo Mao, Paul Pot, Sendero Luminoso y muchos ecologistas demagogos) planteaba la vuelta a una economía feudal o a otra aún más primitiva, porque eso habría supuesto la muerte por inanición de la mayor de la población del planeta. Hoy en día son muy pocos los que siguen defendiendo a los regímenes totalitarios comunistas que siguen gobernando tras la desaparición de la U.R.S.S., como es el caso de China, Korea del Norte o Cuba. Por eso lo único que tiene algún sentido para los antiguos "progres" en los países desarrollados de las clases medias es alcanzar el poder en unas elecciones libres, es decir, la socialdemocracia. El problema aquí es que detrás de ese título se esconde un gran amasijo de antiguos totalitarios que aún no han terminado sus deberes de aggiornamento y que suelen acabar en demócratas autoritarios, semejantes a los chavistas o a los peronistas, que entienden que sólo hay auténtica democracia cuando ellos llegan al poder. Y es que para ser un auténtico socialdemócrata es necesario entender la segunda parte de su nombre compuesto, pensar más en el origen del poder y en la función de la soberanía y actuar en política sin odio, lejos del revanchismo dualista de pobres y ricos (o de hombres y mujeres) y cerca del pacto con los otros partidos para establecer mayorías amplias y centradas que eviten los radicalismos extremistas y la inestabilidad de los gobiernos en minoría. Llegar a ser un verdadero socialdemócrata es entrar en la autocrítica, para entender que todos los regímenes totalitarios, tanto los de izquierdas como los de derechas, han sido auténticos nidos de corrupción, y que el conchabeo con los sindicalistas y amiguetes es una forma de lo mismo tan odiosa para la gente común como la que se adjudica a sus contrarios. Llegar a ser socialdemócrata es dejar de votar a los corruptos e impedir la colonización del poder judicial por el ejecutivo, y entender que el poder es de todos, de los que te votan y de los que no te votan, y defender el acuerdo para que las leyes recojan el sentir general, y se apliquen sin distinción, incluso en el caso de que el partido no las votara en su momento. Ser socialdemócrata, por último, no sólo debería de suponer que paguen más impuestos los que tenga más renta y patrimonio y desarrollar el estado del bienestar, sino que también debería incluir la defensa del himno, del rey y de la bandera, como símbolos de la constitución que dicen respaldar.
Miro a mi alrededor y veo muy pocos socialdemócratas. De su escasez da muestras el izquierdismo de la política del PSOE en el poder en siglo XXI, desde la irrupción de Rodríguez Zapatero, con el pacto del Tinell, hasta el gobierno que hoy preside Sánchez. Ambos han preferido los pactos con revolucionarios sindicalistas, comunistas o nacionalistas periféricos a los acuerdos con lo que con cierto desprecio y desdén llaman la derecha o las derechas. Esta situación y el uso de la corrupción para marginar del poder a la mitad del país que representan sus contrarios, ha conducido a que se rompieran los acuerdos básicos de política exterior e interior y a que nuestros medios de comunicación estén tan atrincherados que la realidad se oculta o se desfigura de forma torticera cada vez más.
Vivimos en una España especialmente maniquea. Son demasiados años de enfrentamiento civil. Televisiones y radios presentan el debate descontrolado entre periodistas de uno u otro signo como el típico espectáculo al que se acude los fines de semana para tranquilizar las conciencias izquierdistas y renovar los argumentos. A pesar de todo esto, sin embargo, no desfallezco. Voto porque en el futuro la lógica de la razón democrática se imponga. Espero que en algún momento llegue la prueba del nueve de la normalización democrática que es la de un gobierno de coalición entre los dos partidos mayoritarios en el más alto nivel de la Moncloa. Para ello, habrá que combatir a los sectarios que se creen que se puede ser más solidario, libre y justo que los otros y que no admiten otra verdad más allá de la suya, a pesar de contemplar que los de enfrente no están de acuerdo. A estos les digo, sed demócratas, nadie os pide que cambiéis de opinión, solo se os dice que miréis y escuchéis al otro lado y que entréis en negociación con ellos. En eso, y no en llegar al poder y mantenerse en la poltrona, consiste la verdadera democracia.
Augusto de Todos
Augusto fue una gran persona. Los que le conocimos supimos de su humanidad, de su carácter y de su capacidad. Todos en la redacción del periódico le queríamos y le respetábamos a pesar de que era un ser huraño, un individuo distante que nunca nos quiso contar de dónde venía ni adonde iba. De él sabíamos muy poco, apenas nada. Que un buen día apareció, enviado por el centro meteorológico, que hacía unas predicciones muy extrañas e imprecisas, sin borrascas ni anticiclones, sin corrientes en chorro ni mapas del tiempo. Sabíamos, sin embargo, que sus palabras tenían un extraño embrujo, un ritmo y una profundidad que retumbaban en nuestros oídos y nos dejaban con la boca abierta. Era seguramente su voz de bronce, que resonaba en la sala como un artificio perfecto que nos hipnotizaba, pero era también la pasmosa seguridad con la que entraba y salía de los temas más diversos. Alguien dijo de él que hablaba como hablaban los profetas, convencido de que tenía a sus pies el futuro y la verdad. Cuántas veces su verbo florido en medio de intensos debates, abría un tenso silencio, un paréntesis oscuro y necesario que nuestras mentes creaban para pensar en el sentido de lo que nos acababa de decir. Cuántas veces, nuestro director le sugirió que escribiese esas palabras que acababa de dejar flotando en la redacción para imprimirlas sin más en primera plana, porque estaba convencido de que Augusto sabía más que todos juntos de todo lo que estaba pasando. Sin embargo, él nunca aceptaba estas propuestas. Se excusaba alegando una dedicación casi exclusiva a labores tan complicadas como la de realizar las mediciones más precisas de los ritmos de los cambios de los datos obtenidos de presión, humedad o temperatura, o como la de componer un atlas completo de las nubes del ocaso. Otras veces se escabullía hablando de la relación estadística que estaba estableciendo entre la cantidad de suicidios y de agresiones sexuales, según el distinto origen de sus protagonistas, con la variable dirección e intensidad de los vientos, o recordando la complejidad de los medios técnicos empleados para la obtención de los datos y la enorme complejidad de los saberes físicos necesarios para interpretarlos y transformarlos en la diaria previsión meteorológica. Le recuerdo una tarde con sus ojos muy abiertos contemplando los colores del crepúsculo. Recuerdo cómo pasaban del rojo al anaranjado y acababan en azul, tirando a negro, y recuerdo su intensa concentración y sus palabras: Mira, me dijo, ahí está el secreto: El tiempo del tiempo. Y luego sacó el bolígrafo del bolsillo de su camisa y apuntó en una pequeña hoja que arrancó de una libreta aquella media frase inacabada que quedó como un resumen del norte de su destino: "Nunca llueve..."
Ahora que se ha marchado definitivamente, los compañeros de la redacción hemos reproducido esta misma hojita a escala 1:1, con su caligrafía y su firma, en una pequeña placa que hemos colgado en la pared que se halla justo detrás de su mesa. Yo me acerco muchos días hasta allí y la leo en voz alta, lentamente, para que escuchen los nuevos y para que los viejos recuerden.
-"Nunca llueve", Augusto de Todos- digo, y me vuelvo satisfecho hasta mi sitio, convencido de que un poco de su magia se ha quedado aquí conmigo.
-"Nunca llueve", Augusto de Todos- digo, y me vuelvo satisfecho hasta mi sitio, convencido de que un poco de su magia se ha quedado aquí conmigo.
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