Un profeta

El mismo día en el que se iba celebrar el sorteo de Navidad del año 1989, en la noche del veinte al veintiuno de diciembre, soñé que tocaba un premio gordo en una administración de lotería del centro de mi ciudad. Apenas media hora más tarde, agitado por la presunta revelación de lo que el futuro podría depararme, pasé por delante del lugar que había soñado y pensé en que, si aquello hubiera sucedido veinticuatro horas antes, bien podría haber comprado un décimo. Después, una hora más tarde, al volver a casa por el recorrido inverso, me encontré con un gran cartel en el escaparate de la administración de lotería que informaba de que había caído allí el segundo premio. Aquello me dio mucho que pensar. ¿Podrían estar surgiendo unas dotes de adivinador que hasta entonces me habían pasado inadvertidas? ¿Tenía yo madera de profeta? Tras una reflexión superficial, convencido de la imposibilidad de llegar a una conclusión definitiva, decidí dejar el asunto entre interrogaciones, fomentar una duda razonable en la que el sueño podría haber sido tan sólo un producto de la calenturienta imaginación del duermevela y reforzar la idea de que la memoria es un arma traicionera que tiene la mala costumbre de cambiar la forma o la sucesión de los acontecimientos para llegar de ese modo a la conclusión que más nos interesa. 
Al año siguiente volví a soñar que me tocaba la lotería de Navidad, pero en esta ocasión el sueño permitía la inversión de mis ahorros en la ruleta de la suerte, porque esta vez la revelación se había producido una semana antes del sorteo e incluía una bolera imprecisa como centro de distribución de participaciones. Aquel curso, yo me estrenaba como profesor de Historia en un Instituto de provincia y visitaba diariamente un bar con ese nombre. La bolera era un local pequeño, situado en los bajos de un bloque de pisos reciente, que había abierto el mes anterior y que estaba prácticamente vacío la mayor parte del día, pero a mí me gustaba el café de su máquina italiana y la charla animada de su camarero. No resultará extraño, por lo tanto, que yo pensase que mi sueño apuntaba exactamente hacia este sitio.
El proceso de la compra de las participaciones fue algo complicado. En diciembre de aquel año, todavía no me habían pagado el primer sueldo, y los ingresos que esperaba obtener de un día para otro me habían acostumbrado a vivir del crédito, de manera que, limitado por una cuenta corriente próxima a los números rojos y cegado por la avaricia de una inversión que se me antojaba segura, tuve que apañármelas para pedir algún dinero prestado e invertir cinco mil pesetas de las de entonces en aquella extraña bolera. Lo hice y salí tan campante, esperanzado, mientras el camarero se frotaba las manos por detrás del mostrador. 
Cometí también la imprudencia de contarle la historia a mi hermano, el prestamista, y al director del instituto, de manera que el primero me encargó que una parte de mi compra se hiciera en su nombre, mientras el segundo y algunos de mis compañeros, siguiendo mi ejemplo y aprovechándose del sentido de mi sueño, adquirieron lotería en la bolera, que multiplicó en aquellos días su muy escasa clientela. 
El día del gran sorteo, la expectación para mí fue mucho mayor que en los años anteriores. Los millones del premio y mi propia credibilidad estaban en juego.
-“La suerte está echada”- pensé, convencido de que el éxito culminaría la aventura del sorteo. Sin embargo, no fue así. A medida que los niños de San Ildefonso cantaban los premios, la decepción fue creciendo. El resultado fue desolador. ¿Qué se podía hacer para minimizar la derrota? Me sentí acogotado por el destino, imaginé la cara de perdonavidas que pondrían mis compañeros al verme y lo que estarían comentando de mí, y concluí que acababa de caer en el más espantoso de los ridículos. Estaba a punto de asumir la posibilidad de pedir una baja por depresión, cuando sonó mi teléfono. Descolgué el auricular y escuché la voz de mi hermano mayor: 
-Dígame. 
-¿Ya te has enterado? 
-¿De qué? ¿De que no nos ha tocado la lotería? 
-De eso, justamente, pero al revés, porque sí que nos ha tocado. 
-No, no ha tocado nada. 
-Te equivocas, déjame que te cuente. Verás, ya sé que tu número no ha salido pero yo he improvisado un poco- me dijo con voz serena y cierto aire teatral... Tras una pausa muy suya y ralentizando artificialmente el ritmo de su pronunciación para darle un tono trascendente, añadió: 
-No sé si sabes que los domingos vamos Rosa y yo a una bolera, pues bien, teniendo en cuenta lo tuyo, además de lo que te encargué, he comprado allí unas participaciones y me han tocado veinte mil pesetas. 
-¿Veinte mil? ¿Una pedrea? 
-Eso es, ¿no está mal, no? Venga, anímate, hermanito, que ya lo celebraremos. 
En efecto, al mes siguiente, después del Niño, lo celebramos. Con el tiempo, yo también lo he celebrado muchas veces. Es de lo más normal, porque gracias a aquello y al cursillo de control de los sueños que realicé aquel verano, descubrí mis dotes de profeta y hoy en día tengo un curriculum que para sí lo quisieran la mayor parte de los falsos magos que proliferan por las televisiones. Soy un vulgar adivino, ciertamente. Echo cartas, leo rayas en las palmas de las manos y averiguo el porvenir. Soy un hombre concienzudo y no hablo sin pensar en lo que digo y sin hacer un trabajo que someta a la razón el porvenir. Investigo con mayor avidez que los científicos para saber del futuro y sé que lo tengo crudo, pero acierto muchas veces, porque no confundo lo que pasa con mis deseos y mis fobias, porque preciso en lo posible el contenido de lo que se me pregunta y porque someto a una cuidadosa autocrítica todas y cada una de mis conclusiones. Mis amigos dicen que lo veo venir.