Caín y Abel

Pesa más el interés que la proximidad de la sangre. Eso es lo que se deduce de la historia de Caín y Abel tal y cómo nos la contaron. Sin embargo, todo hay que decirlo, la verdad es algo más complicada, porque el honor familiar influye de forma mayor y porque las cosas, en realidad, no son ni blancas ni negras y siempre tienden al gris.
En efecto, de todos es conocido que Caín era ganadero y Abel agricultor, y que se comportaron como buenos hermanos, salvo en el asunto violento que nos contaron de niños, cuando su distinto interés en torno al control de la tierra se interpuso entre ellos. Después de múltiples discusiones, amenazas e incluso insultos, los dos jóvenes adultos se enfrentaron en una pelea noble en la que Abel se llevó la mejor parte. Humillado Caín por la derrota, buscó la venganza un día que armado con una quijada bajó del monte hacia el valle para desquitarse. El ataque le pilló desprevenido al hermano agricultor. Su sorpresa fue tan grande que salió despavorido de una forma tan cobarde que todos sus descendientes prefirieron contar la historia en forma de asesinato que nunca se cometió. Los cainitas, por su parte, obviaron el primer enfrentamiento y cuentan tan sólo el final, liberando a su antecesor del estigma de la muerte y subrayando lo magnánimo del que permite la fuga de su oponente. Ambas versiones son parciales, además, porque ignoran el hecho de que, años después, los dos hermanos decidieron tolerar sus actividades y se reconciliaron.

Pandémica escritura

Estoy mortalmente aburrido. Por esta maldita peste, me levanto cada día y repito mi rutina. Sigo un camino trillado, relleno de acciones útiles para aguantar la cuarentena. Es así. Como, duermo, recorro el pasillo cien veces, hablo por el teléfono, atiendo mensajes del móvil y veo la televisión. Además, suelo leer alguna cosa, por las tardes, y al anochecer escribo en mi diario. En él pongo mis recuerdos, el cabreo o el placer que sentí en algún momento, las reflexiones vulgares de un hombre vulgar como yo. Nada importante, lo sé. El mañana y el ayer se parecen tanto al hoy que es difícil aportar nada importante, pero no se trata de eso. Se trata de publicar la herencia que recibí y de editar los conjuros que usaba en mi juventud. Se trata de volver a contar, de remover la mochila y de ver por dónde salgo. Por eso me embarco en esto y brotan en mí las palabras. Se diría que de pronto me ha hecho efecto un elixir que tomé hace muchos años. Necesito contar algo, cuando la pluma se mueve y empieza a manchar el papel.

Puertas

                                                                    
                                                                    
  Hay puertas que se abren hacia dentro  
     y puertas que se abren hacia fuera      
          y hay, además, otras puertas           
       que rechazan ser un sólido telón        
                 y no soportan la idea                 
          de que alguien las confunda            
             con un pedazo de muro                 
        que se ha desgajado de pronto          
         y está de guardia en el quicio,          
           pendiente de las bisagras...            
         Son puertas que desaparecen          
             por arte de birle birloque,             
           como las blancas persianas            
             que se meten en su caja,              
                 imitando sin querer                   
                a nuestros párpados,                 
            como los labios que besan            
              en el umbral de la boca,              
             como el esfínter carnoso              
        por donde el cuerpo descarga,          
        o como las blandas cariátides           
                   que abren paso                       
                   a la hoz estrecha                     
                         del pasillo                          
            por donde brota el placer.              
                                                                    

Desnudo integral

Ella se quita el sombrero de paja y lo deja en el perchero y se gira para ver su rostro en el espejo de la pared del fondo del pasillo. Sus ojos enfocan para ver mejor su doble. Las cejas están levantadas y su boca permanece recta, sin mover siquiera levemente hacia arriba o hacia abajo los músculos de las comisuras. Ella se reconoce. Es su propio autorretrato. En él se ve como es, como una mujer que ya no es joven, pero aún no es una anciana.
De pronto sonríe, disimula sus arrugas y exhibe ese brillo suyo que le agrega a la mirada inteligencia y pone sus labios de embudo. Parece una actriz francesa jugueteando con la cámara. Su sonrisa, ahora, pretende ser infantil, fingiendo una ingenuidad que ya no existe, y ese gesto artificial se revuelve contra ella. Sí, ella ya no es la que era, ella ya no es la que fue. Ha pasado tanto tiempo... Derrotada por la imagen que contempla, acaba por levantar sus manos para cubrirse la cara. Reflexiona y deja que su cara retorne a una expresión calmada y seria, y empieza a desabrocharse los botones de la camisa. y descubre el somero sujetador, y se lleva las manos a los pechos, y los libera de allí, y exhibe sus dos globos carnosos, y sus manos dialogan con los pezones como si fueran partes del cuerpo de otra mujer, como si sus dedos sensibles fuesen capaces de infundirles vida. Y los pezones comprenden el juego y, agradecidos, se apuntan hacia arriba. Después decide quitarse la camisa. Ahora su rostro se ha acercado a la lisa superficie del espejo para verse en primer plano y tiene una expresión serena. Parece una diosa griega que está pensando en su vida, quitándose capas de tiempo. Recuerda cuando era niña y se sigue desnudando, y se desabrocha los botones de los vaqueros y deja que se desplomen hasta el suelo por gravedad, como la piel de una serpiente, y surge una sonrisa enigmática y su cuello se mueve hacia abajo mientras sus manos empujan las bragas blancas, que parecen desinflarse al dejar atrás las nalgas, mientras emerge su pubis poblado de pelos rubios y rizados, y piensa en sus dos hijos naciendo por aquel escueto hueco y en aquel amor antiguo que pasó, y entonces penetra con sus uñas en la piel, a la busca de una tira suficiente y se va despellejando con cuidado como aquel Bartolomé de la Sixtina que exhibe su máscara hueca con rostro de Miguel Ángel, y luego desmonta su carne, tirando de sus arterias y de sus venas azules y forma un tocho informe con los desechos que salen de su cuerpo. En el montón que está haciendo se acumula sangre roja coagulada y músculos desgajados y las más variadas vísceras, incluyendo el gris cerebro... Al final tan sólo queda el esqueleto blanco, la máscara interna de su figura, la terrible calavera que mira desde el interior de sus cuencas vacías, pero ella continúa y cumple con el programa previsto, ella sigue contemplando su reflejo en el espejo y se sigue desnudando más y más.

Las cerillas

Son muchas
hermanas gemelas,
achuchándose en el marco
  de su caja de cartón.  
Están soñando en silencio. 
 Son puritanas sin brazos 
y sin manos y sin dedos,
y son mensajeras del cielo
 de la luz y del color. 
No se tocan
entre ellas,
pero conocen
que un roce
 encenderá 
sus cabezas
y que el destino
 común 
de ser una flor
 de fuego 
habrá de llevar
a la llama,
siguiendo
su cuerpo
 recto, 
de la cabeza
a los pies.
Desean
quemarse
 pronto,
 brillar
 un segundo 
en la noche
y que sus 
 restos 
negruzcos
 reposen 
con todo
 derecho 
en el edén
de las cosas 
que han 
 cumplido 
su función.
 Esperan 
 la mano 
 firme 
que abre 
 la caja 
 y saca, 
 y prende 
en el lateral 
 y esperan 
 la paz 
 tranquila 
 del cenicero 
 final. 
 Ras, 
ras,ras. 
 Ras, 
ras, ras. 

El reloj y el libro

Me vino a ver tu sobrina para entregarme un mensaje. Querías romper nuestro vínculo. Ese vínculo de amor y de silencio que ambos aceptamos y que habíamos cumplido a rajatabla. Te aseguro que fue tanta mi sorpresa y mi dolor que le entregué mi reloj convencido de que así se terminaba para siempre este juego interminable de cariño y larga ausencia. Ahora estoy arrepentido. El reloj que tú me diste lo he llevado en mi bolsillo todo el tiempo como pago de un tributo a tus promesas. En él ha vivido tu rostro los últimos cuarenta años sin dejar de contemplarme y de contar. Ayer te llamé y tú te mostraste receptiva, así que concertamos una cita para hoy. Te confieso que estoy muy preocupado. Nos jugamos el papel de lo que fuimos en un desenlace final parco y definitivo que no tenemos ensayado. Después del tiempo pasado dejamos de ser quienes éramos. Somos personas distintas. Apenas quedan ya rastros difuminados de lo que nos pasó en nuestra frágil memoria. La historia la hemos cambiado de tanto pensar en ella. ¿Qué podemos esperar que nos suceda? ¿Renacerá la magia antigua o nos comportaremos como desconocidos? ¿Nos dará por repasar nuestro pasado? No, no podremos. Los recuerdos son andrajos, imágenes deformes y descoloridas. No es posible soslayar el paso del tiempo. Sin embargo, sí que podemos leer. ¿No te acuerdas del poema que nos hizo coincidir en la sala de lectura de la vieja biblioteca? En las hojas de papel todo es permanente. Es por eso que te traigo este regalo. Frente al reloj que me diste, frente a la memoria engañosa, las palabras escritas te prometen algo fijo: Una trama, sembrada de símbolos, y unas voces verosímiles. Lo escribí para intentar imaginar esa vida que, cobardes, rechazamos. Lo escribí para que un día lo leyeras y sintieras el calor de la nostalgia. Si consigo que te sientas concernida, al final habré triunfado.

Mi sino

No atino a ser un fulano. No soy un gitano enano, ni un tibetano chino, ni un gusano con kimono, ni un veneno veneciano ni un colombiano zaino. No pesan en mi destino ni el pleno de mi gobierno, ni ese vino riojano que tanto me gusta probar, ni mis alumnos mirando, ni el tono abaritonado que pone mi hermano al cantar. Camino ensayando un himno que cante el aire soprano, corriendo por el intestino. Soy un humano mohíno, un anciano pucelano, un huno hispano genuino, un romano provinciano y un alumno cervantino que intenta aflorar arcanos, aunque sea por el ano y en invierno. Me importa un comino el bochorno. Ahí va todo lo que tengo.

Narciso

Le dijo el joven Narciso a su cura confesor:
-¿Qué importa el placer que sientas al contemplarte desnudo ante el espejo o al contarlo en un papel y publicarlo en los medios?¿Qué importa si ese placer conduce a tu vientre al éxtasis? ¿Por qué es un pecado gozar? ¿Qué importa la dimensión de ese placer tan íntimo?
El cura guardó silencio.

Un profeta

El mismo día en el que se iba celebrar el sorteo de Navidad del año 1989, en la noche del veinte al veintiuno de diciembre, soñé que tocaba un premio gordo en una administración de lotería del centro de mi ciudad. Apenas media hora más tarde, agitado por la presunta revelación de lo que el futuro podría depararme, pasé por delante del lugar que había soñado y pensé en que, si aquello hubiera sucedido veinticuatro horas antes, bien podría haber comprado un décimo. Después, una hora más tarde, al volver a casa por el recorrido inverso, me encontré con un gran cartel en el escaparate de la administración de lotería que informaba de que había caído allí el segundo premio. Aquello me dio mucho que pensar. ¿Podrían estar surgiendo unas dotes de adivinador que hasta entonces me habían pasado inadvertidas? ¿Tenía yo madera de profeta? Tras una reflexión superficial, convencido de la imposibilidad de llegar a una conclusión definitiva, decidí dejar el asunto entre interrogaciones, fomentar una duda razonable en la que el sueño podría haber sido tan sólo un producto de la calenturienta imaginación del duermevela y reforzar la idea de que la memoria es un arma traicionera que tiene la mala costumbre de cambiar la forma o la sucesión de los acontecimientos para llegar de ese modo a la conclusión que más nos interesa. 
Al año siguiente volví a soñar que me tocaba la lotería de Navidad, pero en esta ocasión el sueño permitía la inversión de mis ahorros en la ruleta de la suerte, porque esta vez la revelación se había producido una semana antes del sorteo e incluía una bolera imprecisa como centro de distribución de participaciones. Aquel curso, yo me estrenaba como profesor de Historia en un Instituto de provincia y visitaba diariamente un bar con ese nombre. La bolera era un local pequeño, situado en los bajos de un bloque de pisos reciente, que había abierto el mes anterior y que estaba prácticamente vacío la mayor parte del día, pero a mí me gustaba el café de su máquina italiana y la charla animada de su camarero. No resultará extraño, por lo tanto, que yo pensase que mi sueño apuntaba exactamente hacia este sitio.
El proceso de la compra de las participaciones fue algo complicado. En diciembre de aquel año, todavía no me habían pagado el primer sueldo, y los ingresos que esperaba obtener de un día para otro me habían acostumbrado a vivir del crédito, de manera que, limitado por una cuenta corriente próxima a los números rojos y cegado por la avaricia de una inversión que se me antojaba segura, tuve que apañármelas para pedir algún dinero prestado e invertir cinco mil pesetas de las de entonces en aquella extraña bolera. Lo hice y salí tan campante, esperanzado, mientras el camarero se frotaba las manos por detrás del mostrador. 
Cometí también la imprudencia de contarle la historia a mi hermano, el prestamista, y al director del instituto, de manera que el primero me encargó que una parte de mi compra se hiciera en su nombre, mientras el segundo y algunos de mis compañeros, siguiendo mi ejemplo y aprovechándose del sentido de mi sueño, adquirieron lotería en la bolera, que multiplicó en aquellos días su muy escasa clientela. 
El día del gran sorteo, la expectación para mí fue mucho mayor que en los años anteriores. Los millones del premio y mi propia credibilidad estaban en juego.
-“La suerte está echada”- pensé, convencido de que el éxito culminaría la aventura del sorteo. Sin embargo, no fue así. A medida que los niños de San Ildefonso cantaban los premios, la decepción fue creciendo. El resultado fue desolador. ¿Qué se podía hacer para minimizar la derrota? Me sentí acogotado por el destino, imaginé la cara de perdonavidas que pondrían mis compañeros al verme y lo que estarían comentando de mí, y concluí que acababa de caer en el más espantoso de los ridículos. Estaba a punto de asumir la posibilidad de pedir una baja por depresión, cuando sonó mi teléfono. Descolgué el auricular y escuché la voz de mi hermano mayor: 
-Dígame. 
-¿Ya te has enterado? 
-¿De qué? ¿De que no nos ha tocado la lotería? 
-De eso, justamente, pero al revés, porque sí que nos ha tocado. 
-No, no ha tocado nada. 
-Te equivocas, déjame que te cuente. Verás, ya sé que tu número no ha salido pero yo he improvisado un poco- me dijo con voz serena y cierto aire teatral... Tras una pausa muy suya y ralentizando artificialmente el ritmo de su pronunciación para darle un tono trascendente, añadió: 
-No sé si sabes que los domingos vamos Rosa y yo a una bolera, pues bien, teniendo en cuenta lo tuyo, además de lo que te encargué, he comprado allí unas participaciones y me han tocado veinte mil pesetas. 
-¿Veinte mil? ¿Una pedrea? 
-Eso es, ¿no está mal, no? Venga, anímate, hermanito, que ya lo celebraremos. 
En efecto, al mes siguiente, después del Niño, lo celebramos. Con el tiempo, yo también lo he celebrado muchas veces. Es de lo más normal, porque gracias a aquello y al cursillo de control de los sueños que realicé aquel verano, descubrí mis dotes de profeta y hoy en día tengo un curriculum que para sí lo quisieran la mayor parte de los falsos magos que proliferan por las televisiones. Soy un vulgar adivino, ciertamente. Echo cartas, leo rayas en las palmas de las manos y averiguo el porvenir. Soy un hombre concienzudo y no hablo sin pensar en lo que digo y sin hacer un trabajo que someta a la razón el porvenir. Investigo con mayor avidez que los científicos para saber del futuro y sé que lo tengo crudo, pero acierto muchas veces, porque no confundo lo que pasa con mis deseos y mis fobias, porque preciso en lo posible el contenido de lo que se me pregunta y porque someto a una cuidadosa autocrítica todas y cada una de mis conclusiones. Mis amigos dicen que lo veo venir.

¿Qué fue de los revolucionarios?

Hubo un tiempo en el que creí en la fuerza de la revolución. Me habían contado que las fuerzas del progreso, el impulso de la juventud, las ansias de justicia social y los viejos ideales de libertad estaban del mismo lado. Del otro no había más que fuerzas reaccionarias. Fue muy fácil creer en ello en la época de Franco. Sin embargo con el tiempo, después de darle cien mil vueltas, surgieron grietas en mi pensamiento y descubrí que no era cierto todo lo que me decían. En efecto, con el tiempo descubrí que frente a la revolución social estaba la revolución burguesa y su gran conquista, la democracia, y que ésta merecía más nuestro apoyo porque respondía mejor a nuestras necesidades y a nuestros ideales, y también descubrí que aquellos que vendían la revolución social se olvidaban de la libertad cuando llegaban al poder, rechazaban la idea de que el capital fuera la causa de que el mundo diera de comer a diez veces más humanos que hace doscientos años y no querían darse cuenta de que los obreros no llegarían nunca a ser la fuerza de trabajo dominante.
Poco a poco, los revolucionarios de entonces abandonamos nuestras posiciones. La razón y la historia nos fueron convenciendo. Así llegamos a un tiempo en el que nadie en su sano juicio (salvo Mao, Paul Pot, Sendero Luminoso y muchos ecologistas demagogos) planteaba la vuelta a una economía feudal o a otra aún más primitiva, porque eso habría supuesto la muerte por inanición de la mayor de la población del planeta. Hoy en día son muy pocos los que siguen defendiendo a los regímenes totalitarios comunistas que siguen gobernando tras la desaparición de la U.R.S.S., como es el caso de China, Korea del Norte o Cuba. Por eso lo único que tiene algún sentido para los antiguos "progres" en los países desarrollados de las clases medias es alcanzar el poder en unas elecciones libres, es decir, la socialdemocracia. El problema aquí es que detrás de ese título se esconde un gran amasijo de antiguos totalitarios que aún no han terminado sus deberes de aggiornamento y que suelen acabar en demócratas autoritarios, semejantes a los chavistas o a los peronistas, que entienden que sólo hay auténtica democracia cuando ellos llegan al poder. Y es que para ser un auténtico socialdemócrata es necesario entender la segunda parte de su nombre compuesto, pensar más en el origen del poder y en la función de la soberanía y actuar en política sin odio, lejos del revanchismo dualista de pobres y ricos (o de hombres y mujeres) y cerca del pacto con los otros partidos para establecer mayorías amplias y centradas que eviten los radicalismos extremistas y la inestabilidad de los gobiernos en minoría. Llegar a ser un verdadero socialdemócrata es entrar en la autocrítica, para entender que todos los regímenes totalitarios, tanto los de izquierdas como los de derechas, han sido auténticos nidos de corrupción, y que el conchabeo con los sindicalistas y amiguetes es una forma de lo mismo tan odiosa para la gente común como la que se adjudica a sus contrarios. Llegar a ser socialdemócrata es dejar de votar a los corruptos e impedir la colonización del poder judicial por el ejecutivo, y entender que el poder es de todos, de los que te votan y de los que no te votan, y defender el acuerdo para que las leyes recojan el sentir general, y se apliquen sin distinción, incluso en el caso de que el partido no las votara en su momento. Ser socialdemócrata, por último, no sólo debería de suponer que paguen más impuestos los que tenga más renta y patrimonio y desarrollar el estado del bienestar, sino que también debería incluir la defensa del himno, del rey y de la bandera, como símbolos de la constitución que dicen respaldar.
Miro a mi alrededor y veo muy pocos socialdemócratas. De su escasez da muestras el izquierdismo de la política del PSOE en el poder en siglo XXI, desde la irrupción de Rodríguez Zapatero, con el pacto del Tinell, hasta el gobierno que hoy preside Sánchez. Ambos han preferido los pactos con revolucionarios sindicalistas, comunistas o nacionalistas periféricos a los acuerdos con lo que con cierto desprecio y desdén llaman la derecha o las derechas. Esta situación y el uso de la corrupción para marginar del poder a la mitad del país que representan sus contrarios, ha conducido a que se rompieran los acuerdos básicos de política exterior e interior y a que nuestros medios de comunicación estén tan atrincherados que la realidad se oculta o se desfigura de forma torticera cada vez más.
Vivimos en una España especialmente maniquea. Son demasiados años de enfrentamiento civil. Televisiones y radios presentan el debate descontrolado entre periodistas de uno u otro signo como el típico espectáculo al que se acude los fines de semana para tranquilizar las conciencias izquierdistas y renovar los argumentos. A pesar de todo esto, sin embargo, no desfallezco. Voto porque en el futuro la lógica de la razón democrática se imponga. Espero que en algún momento llegue la prueba del nueve de la normalización democrática que es la de un gobierno de coalición entre los dos partidos mayoritarios en el más alto nivel de la Moncloa. Para ello, habrá que combatir a los sectarios que se creen que se puede ser más solidario, libre y justo que los otros y que no admiten otra verdad más allá de la suya, a pesar de contemplar que los de enfrente no están de acuerdo. A estos les digo, sed demócratas, nadie os pide que cambiéis de opinión, solo se os dice que miréis y escuchéis al otro lado y que entréis en negociación con ellos. En eso, y no en llegar al poder y mantenerse en la poltrona, consiste la verdadera democracia.

Augusto de Todos

Augusto fue una gran persona. Los que le conocimos supimos de su humanidad, de su carácter y de su capacidad. Todos en la redacción del periódico le queríamos y le respetábamos a pesar de que era un ser huraño, un individuo distante que nunca nos quiso contar de dónde venía ni adonde iba. De él sabíamos muy poco, apenas nada. Que un buen día apareció, enviado por el centro meteorológico, que hacía unas predicciones muy extrañas e imprecisas, sin borrascas ni anticiclones, sin corrientes en chorro ni mapas del tiempo. Sabíamos, sin embargo, que sus palabras tenían un extraño embrujo, un ritmo y una profundidad que retumbaban en nuestros oídos y nos dejaban con la boca abierta. Era seguramente su voz de bronce, que resonaba en la sala como un artificio perfecto que nos hipnotizaba, pero era también la pasmosa seguridad con la que entraba y salía de los temas más diversos. Alguien dijo de él que hablaba como hablaban los profetas, convencido de que tenía a sus pies el futuro y la verdad. Cuántas veces su verbo florido en medio de intensos debates, abría un tenso silencio, un paréntesis oscuro y necesario que nuestras mentes creaban para pensar en el sentido de lo que nos acababa de decir. Cuántas veces, nuestro director le sugirió que escribiese esas palabras que acababa de dejar flotando en la redacción para imprimirlas sin más en primera plana, porque estaba convencido de que Augusto sabía más que todos juntos de todo lo que estaba pasando. Sin embargo, él nunca aceptaba estas propuestas. Se excusaba alegando una dedicación casi exclusiva a labores tan complicadas como la de realizar las mediciones más precisas de los ritmos de los cambios de los datos obtenidos de presión, humedad o temperatura, o como la de componer un atlas completo de las nubes del ocaso. Otras veces se escabullía hablando de la relación estadística que estaba estableciendo entre la cantidad de suicidios y de agresiones sexuales, según el distinto origen de sus protagonistas, con la variable dirección e intensidad de los vientos, o recordando la complejidad de los medios técnicos empleados para la obtención de los datos y la enorme complejidad de los saberes físicos necesarios para interpretarlos y transformarlos en la diaria previsión meteorológica. Le recuerdo una tarde con sus ojos muy abiertos contemplando los colores del crepúsculo. Recuerdo cómo pasaban del rojo al anaranjado y acababan en azul, tirando a negro, y recuerdo su intensa concentración y sus palabras: Mira, me dijo, ahí está el secreto: El tiempo del tiempo. Y luego sacó el bolígrafo del bolsillo de su camisa y apuntó en una pequeña hoja que arrancó de una libreta aquella media frase inacabada que quedó como un resumen del norte de su destino: "Nunca llueve..."
Ahora que se ha marchado definitivamente, los compañeros de la redacción hemos reproducido esta misma hojita a escala 1:1, con su caligrafía y su firma, en una pequeña placa que hemos colgado en la pared que se halla justo detrás de su mesa. Yo me acerco muchos días hasta allí y la leo en voz alta, lentamente, para que escuchen los nuevos y para que los viejos recuerden.
-"Nunca llueve", Augusto de Todos- digo, y me vuelvo satisfecho hasta mi sitio, convencido de que un poco de su magia se ha quedado aquí conmigo.

Ensimismado

Un día, un lector me envió este mensaje: “Estos cuentos hablan de las cosas que realmente importan. Enhorabuena”. 
Al intentar contestarle me di cuenta de que la dirección a la que escribía era la mía y, sin embargo, seguí adelante.

Cambio de identidad

Después de treinta años de matrimonio, aquel día dejé de ser yo. En la cocina, me encontré con ella:
-¿Qué pasa? – le dije.
Y fue la primera vez que ambos pensamos lo mismo.

Marioneta

Estabas harto de obedecerme, así que te corté los hilos y te dejé en libertad, pero tú ni te giraste para despedirte. Empezaste por sentir que tu corazón latía como un diapasón y la fuerza de tus músculos textiles. Luego apretaste los puños, te pusiste en pie y buscaste la manera de escapar de aquel paisaje infantil en donde cada noche yo te hacía bailar a mi capricho. Aún estabas desnudo y, a pesar de que tu cuerpo se movía con torpeza, te marchaste a toda prisa, arrastrando los hilillos por el suelo.

La fuerza de la naturaleza

Sucedió que, cuando iban a sacarlo del lugar en el que estaba enterrado, se levantó el Francolí.

Frankenstein

En su barca a la deriva, el monstruo recorrió las orillas del Ártico, hasta que el océano lo engulló. Sucedió entonces que una gigantesca ballena le dio posada en su vientre y que dos meses después, justo en el mismo sitio en donde una tatarabuela del cetáceo había depositado a Jonás, aquel pálido individuo emergió del ancho mar: 
-Preparad los caminos del señor- dijo de forma mecánica al locutor de la radio al tocar tierra, pero allí nadie sabía de las sucesivas creaciones de Mary Shelley, del doctor Frankenstein ni de aquel individuo horrible que les hablaba con el verbo arrebatado de los santos convencidos. Él era un ser monstruoso, sí, pero también era inteligente. Él había estudiado incansablemente en sus largos meses de reclusión forzada y ahora intentaba culminar su trabajo, cultivando su presencia en los distintos medios de comunicación y pretendiendo cerrar por fin el círculo, con el invento de un nuevo ser omnipotente que fuera capaz de crear a Mary Shelley.
A pesar de los enormes esfuerzos apostólicos de Franquenstein, el sentido de su mensaje nunca se entendió correctamente.

Jaimito

Había una vez un hombre de risa fácil:
-Ja, ja, ja, ja, ja...
Tanto y tan bien se reía que llamaba la atención, de modo que un día otro decidió hacer lo mismo:
-Ja, ja, ja, ja, ja... Imito.
Con el paso de los años, se entendió que era muy positivo el comportamiento del hombre de risa fácil y el del hombre que lo imitaba, y así surgieron otros muchos que siguieron sus ejemplos, de manera que llegó un momento en el que la mayor parte de la gente se dijeron partidarios de la risa. Y sucedió que en las casas y en las calles de aquel remoto entonces, retumbaban las sonoras carcajadas, de una forma tan notoria que un escritor sensible pensó en componer una historia que contara su opinión acerca de lo que les había pasado. Tras una larga reflexión, sobre el papel de su creativo cuaderno, escribió:
-Ja, ja, ja, ja... Y mito...
Y después de componerlo y publicarlo, y después de que se leyera en todo el mundo y de que la obra fuera reconocida como la mejor de todas las obras maestras del género de los aforismos, alguien quiso poner nombre a su eximio autor anónimo. Fue entonces el turno de un filólogo investigador que trabajaba en la biblioteca nacional y daba clases de literatura, que examinó las fuentes originales, corrigió sus faltas de puntuación y de ortografía, analizó las anotaciones de los márgenes e hizo pública la conclusión definitiva de una sesuda investigación que tenía también como objetivo el nombre desconocido. Al respecto de este último punto escribió:
-"Con arreglo a los datos relevantes que obran en mi poder, la onomatopeya de la risa tuvo que ser la base del nombre de su autor. Por esta misma razón, he rastreado en el diccionario los nombres que empiezan por Ja y he concluído que su nombre pudo ser James, en inglés, Jaques en francés, Jaime, en español, o Jaume en catalán. Sin embargo, la epopeya se escribió en castellano, de eso no cabe la menor duda, y su nombre, por lo tanto. a mi modo de ver, es probablemente Jaime. J'aime Jaime: Ja y me".
Entretanto, en el Valle aislado del Silicio, en California, un joven planteaba otra salida al oscuro misterio de la risa:
-Je, je, je, je,- decía -"Cuatro je". Je, je, je, je, je... "Cinco je".

A vuelapluma

Escucha lo que te digo. No te conozco, lector, ni sé quién eres ahora, ni el tiempo en el que me estás leyendo. Espero no hacerte daño. Como yo no sé de tí, te cuento lo que yo siento. Aprieto en este papel las letras de mis palabras en líneas horizontales y te hablo de quien soy y de las cosas que en verdad me preocupan. Soy una persona normal, un hombre gregario y vulgar que se ha pasado la vida mirando cómo luchaban las gentes a su alrededor. Carezco de rasgos insignes y padezco de la simpleza del imbécil. Soy un pelele común, un individuo mediocre, cuya mente limitada en ocasiones exhibe un sentido del humor de gracia fácil y algún truco intelectual. Mi defecto más notable es que no sé decir no, que me refugio en la sombra de los que quieren mandar y piden lo que necesitan. Sin embargo, no soy malo. Tengo méritos morales relevantes. Me cuesta un mundo mentir y me gusta decir lo que pienso. Cultivo la soledad, buscando en mí una verdad que está lejana y distante y sigo un camino gris, muy lejos de los oropeles. A nadie he rendido culto y pienso seguir así, incluso en el caso difícil de que alguien procure el éxito de estos escritos escasos que emanan descontrolados de mi mente de escritor atolondrado. Por eso puedo decir que soy un autor autista y que soy al final como tú, una enorme masa gris que en el tiempo se ha cocido y ve que sus grandes defectos brotan también en sus hijos y siguen vibrando en sus nietos. La historia conserva su herencia en cajas de carne y hueso. Lo demás, las cuatro cosas en las que he gastado el tiempo, el amor de las mujeres y el cariño que me dieron mis amigos, son sólo pequeños cuentos, ficciones que salvo excepción nadie jamás contará, negruzco légamo azul en el lago del olvido. Si alguno de mis lectores asiste a mi entierro el día que toque hacerlo, en vez de decir mentiras y rellenar los silencios con típicos lugares comunes, podría leer estas letras y recordarme un momento. 

Te escribiré

Te hablo desde muy lejos, para reprocharte tu actitud. Tú me has declarado la guerra, no lo niegues, tú lo has querido así. Tú me has hecho callar, tú me has tapado la boca, alegando que en mi había una cerrazón inexplicable. Tú has anulado mis razones, agregándolas de antemano al cubo de la basura, y te has cebado conmigo. No admites mi olor natural ni el uso que hago del mando a distancia, te molestan mis comentarios intrascendentes, mis reflexiones políticas, mis opiniones morales e incluso las sugerencias que se me ocurren de pronto para dar salida a un hecho que se impone de repente. No soportas que pregunte para aclarar lo que dices y te irrita en ocasiones que hable alto o que hable bajo. Tienes algo contra mí. Algo actúa en el tono de mi voz, en la tensión muscular de mis risas, en el rumor de mis ronquidos o en el ruído que hago al comer que te repele, que te hace actuar con rabia y con mala leche. Nada de lo que sale de mi tiene interés para ti, no te importan ninguna de mis experiencias. Me desprecias. Se diría que segregas una hormona cuyo fin es combatirme. Yo no sé de qué manera te hice daño ni la idea que te has hecho de mi, pero si que estoy seguro de que lo que digo, lo que sé o simplemente mis olores o la sombra que proyecta mi figura en la pared se enfrenta con lo que eres y con lo que quieres y que, por eso, me has desterrado de tí y me has sentenciado al silencio. Pensar en intentar reconstruir los puentes que has destruido, pedirte una reconciliación o una cita en territorio neutral para cambiar impresiones y sembrar la concordia es simplemente ridículo. Todo eso, ahora, son estrategias vanas, destinadas al fracaso, porque tú ya has tomado la decisión definitiva, porque tú ya no me quieres.
Me voy. Contigo no hay nada que hacer. Me voy para que sepas que no soporto que me trates de esa forma, pero también para decirte que yo te sigo queriendo y que te seguiré escribiendo cada noche para seguir a tu lado y para romper el silencio.