Coco

Coco Martín era el nombre que mis dos hijos, de siete y cuatro años por entonces, eligieron para el pequeño canario que nos había regalado nuestro amigo Carlos en Reinosa. Era un pajarito totalmente amarillo. Solo sus ojos negros, negros, y sus patas rosa claro escapaban del color de sol brillante de sus plumas, aunque su rasgo más reconocido era que cantaba y cantaba con tal fuerza que hubo que tomar la penosa decisión de tapar la jaula por las noches con un paño absolutamente opaco para evitar que al amanecer despertara a todo el vecindario.
Mis hijos, que deseaban tener alguna mascota con la que jugar y encariñarse, sabiendo que sus dos padres se oponían, concentraron toda su atención en el lindo pajarito que tanto se hacía notar. Ambos ayudaban a sus padres a limpiar bien la jaula y a rellenar de agua y de alpiste cada dos días los depósitos correspondientes y se comportaban con el animalito con toda familiaridad, hablando con él, incluso, como si fuera un querido y volador último hermano.
El pájaro se fue criando bien, sin ningún problema relevante, saltando entre las dos barras de trapecista de su jaula, hasta que en las vacaciones de Navidad del año en el que el muro de Berlín se hizo añicos se  planteó la necesidad de transportarlo con toda la familia a Valladolid, pensando en que los doce días que se planeaban fuera de Reinosa eran demasiado tiempo para dejarlo solo en casa. Así se hizo, pero el viaje resultó fatal para la limitada capacidad de adaptación del pequeño canario. En efecto, ya fuera a causa del mareo al que fue sometido en el asiento trasero de nuestro R5 o fuera por los efectos nocivos del clima y la presión de la Meseta, Coco Martín apareció espatarrado sobre la placa metálica que servía de base a la jaula. Mis hijos, naturalmente, se preocuparon de inmediato y pidieron una intervención resolutiva a sus padres y abuelos. Sin embargo, contra la muerte nada se podía hacer, de manera que los adultos se ocuparon de consolar a los niños, repartiendo aún más cariño y tratando de educarles en la idea de la muerte. Fue al abuelo Víctor a quien se le ocurrió realizar un simulacro de entierro para así poner punto final a una tragedia que amenazaba con prolongarse indefinidamente entre lágrimas y abrazos. No hizo falta discurrir mucho para aprobar la idea y para organizar una comitiva, compuesta por las tres generaciones sucesivas, que pasó el puente sobre el Pisuerga a la busca de un espacio ajardinado, en la Huerta del Rey, en donde enterrar a Coco.
Tras cavar un hueco en el suelo con una azada pequeña, lo pusimos en el hoyo, lo cubrimos con un trozo de hierba y le hablamos por última vez:
-Te queríamos mucho Coco ¡qué precioso eras!
-Coco, bonito, te vamos a echar de menos.
Hoy, treinta años después, paso por delante del lugar en donde Coco debería seguir reposando y me acuerdo de mi padre y de mi amigo Carlos. Los dos se han muerto ya, y ahora, como entonces, vuelve a ser Navidad.

La rana dama

La rana está muy mala. Tumbada en la cama ancha llama al lama. El lama le habla al alma y la sana: 
-“Rana, calla, ahora eres una dama”. 
Así que la blanca dama se mete otra vez en la cama y espera callada y sola a que el príncipe aparezca, y luego, cuando aparece, se deja besar en la boca y vuelve de pronto a ser rana y a enfermar y a estar muy mala y a croar llamando al lama.

La ermita de San Sebastián

Hacia las nueve de la mañana, antes de que el sol caliente, el Andrés sale del pueblo. Con su barba recortada y sus casi sesenta años pasa por delante de la fuente para tomar después el camino hacia el prado de San Sebastián. Es extraño. Aunque Andrés nunca va a misa siempre se detiene ante la ermita y se asoma al ventanuco. No hace gestos, tan sólo mira hacia el fondo y luego se da la vuelta. Y yo que suelo andar por allí con las ovejas le saludo: 
- Andrés, ¿qué tal va eso? 
- Bien, bien... 
Un día me comentó que este paseo tenía fines terapéuticos y que era la clave del tratamiento que le había impuesto el psiquiatra. 
- Para un jubilado como yo- me dijo - la pereza y el aburrimiento son los peores enemigos. 
- Si es por eso ya te busco yo qué hacer – contesté -. Oye, ¿por qué no te pasas por el bar cuando te levantes de la siesta para echar una partida? 
- Bueno... Ya veremos. 
Pero luego, nada, ya se sabe, hoy por esto y mañana por lo otro. Él hace mal, creo yo. No se da cuenta de que la gente empieza a hacer comentarios, de que en la tienda le critican las mujeres por ser tan estirao y en el bar se está diciendo que es un raro y que no tiene sociedad. Yo le digo que su honor es cosa suya, pero él sigue encerrado en su vida solitaria y de paseos. Ayer mismo, el señor cura preguntaba en la partida al secretario por el hecho discutible, según él, de que Andrés estuviese jubilado. Me extrañó que el boticario, que sabe mucho del caso, se callase. Lo he pensado, y de pronto me ha venido a la memoria el santo mártir de la ermita y la fuerza de su cuerpo: Herido de muerte, asaeteado y desnudo, intenta sin éxito escapar de la hornacina en el centro del retablo y me sonríe.

Perder la cabeza

Su cabeza se despeñó como un plomo pesado pero él no se dio cuenta. Levantó sus manos hasta el lugar en donde antes estaba la cara y palpó su antiguo rostro. Le pasó como a los mancos o a los cojos que aún se quejan del dolor o las cosquillas que sienten en sus miembros extirpados, de manera que él creyó en su sensación. Después se levantó y se fue al cuarto de baño para lavarse las manos y al mirarse en el espejo, tampoco notó nada raro. Su familia, sin embargo, no pudo dar la espalda a la evidencia. Don Antonio había perdido la cabeza totalmente y había que afrontarlo. Lo primero fue intentar convencerle. No hubo forma:
-Pero bueno, ¿qué os creéis? ¿Os pensáis que estoy tonto? Mi cabeza está en su sitio ¿acaso no la estáis viendo? – les decía muerto de risa. Por eso no quedó más remedio que actuar sin su permiso.
La esposa llamó a los loqueros y se encargó de impedirle los paseos por el centro, evitándole el acceso a sus vestidos de calle y obligándole a vivir con el pijama en el interior de su casa. La niña consiguió que su padre abandonase sus paseos matutinos, requiriéndole constantemente para resolver las múltiples dudas que se le ocurrían al hacer los deberes del cole, y ambas se coaligaron para conseguir que saliese mejor por la noche, cuando su decapitación resultaba mucho más disimulable. Para conseguirlo hubo que responsabilizar a Don Antonio del paseo diario del perrito y de bajar la basura a los depósitos municipales. 
Cuando le vieron los médicos, apreciaron la gravedad de su enfermedad mental y dictaminaron su rápido ingreso.
-¿Que yo no tengo cabeza? No me toméis el pelo-les decía.
-Antonio, Antonio... Haznos caso, te vas a venir con nosotros y vas a ver lo bien que estás.
Y como todos insistían y nadie le respaldaba, el hombre acabó por ingresar en el psiquiátrico y allí siguió un protocolo de convicción permanente que, en vez de mejorarlo, lo hizo, casi de golpe, transparente. 
Ayer ha desaparecido. Nadie sabe exactamente si sigue viviendo de extranjis en el sanatorio mental o si ha decidido volver a su casa con los suyos, pero a todos se nos alcanza que algunas cuestiones raras que pasan en las alcobas de algunas mujeres del barrio parecen tener relación con nuestro enfermo mental inubicable. Como a Antonio no le ha dado por robar o delinquir de forma clara y como en el sanatorio no han querido que sus problemas con él sean del dominio público, nadie ha hecho todavía que investigue la policía. Yo tampoco, a pesar de que he caído enamorada de sus huesos transparentes, y a pesar de que lucho con él cada día para intentar que no siga un modelo de vida tan disoluto.
Ayer, por ejemplo, le dije:
-Antonio, tienes que sentar la cabeza.
Y él, terco como una mula, se mantuvo en sus trece y contestó:
-Mi mujer y mi hija me dan la vara con que no tengo cabeza y ahora tú con que la siente, pues lo siento, amiga mía. No soy duro y quebradizo como Vidriera, el licenciado, y sí blando y transparente. Las cosas son como son y así es como deben de ser.

La mujer ante el espejo

La mujer se quita el sombrero de paja y lo deja en el perchero y se gira para ver su rostro en el espejo de la pared del fondo del pasillo. Sus ojos enfocan la vista del doble. Las cejas están levantadas y los músculos de la comisura de la boca permanecen sin marcar el más leve movimiento hacia arriba o hacia abajo. Ella se reconoce. Es su propio autorretrato. En él se ve como es, como una mujer que ya no es joven, pero aún no es una anciana.
De pronto sonríe. Disimula sus arrugas y exhibe ese brillo suyo que le agrega a la mirada inteligencia, y sigue jugando un poco, y pone sus labios de embudo que se abren hacia afuera como si fuera una actriz que juguetea con las cámaras. Luego alterna el dibujo de esta falsa letra U con su sonrisa infantil, fingiendo una ingenuidad que ya no existe, y acaba por levantar sus manos hacia sus ojos para cubrirse la cara. Sí, ella ya no es la que era, ella ya no es la que fue.
Entonces empieza a quitarse los botones de la camisa y deja que se vea el somero sujetador y se lleva las manos a los pechos y los libera de allí. Exhibe sus dos globos carnosos y sus manos dialogan con los pezones como si fueran las partes del cuerpo de otra mujer, como si sus dedos sensibles fuesen capaces de infundir vida, y los pezones comprenden y se apuntan hacia arriba complacidos.
Más tarde decide quitarse la camisa y vuelve a contemplarse. Ahora en su rostro hay una expresión serena, pensativa. Parece una diosa griega que está pensando en su vida, quitándose capas de tiempo. Recuerda cuando era niña y sigue avanzando hacia atrás. Después se desabrocha los vaqueros y deja que se desplomen hasta el suelo como la piel de una serpiente que se cae bajo el impulso de una vida renovada... Y surge una leve sonrisa y su cuello se mueve hacia abajo mientras sus manos empujan las bragas blancas y la tela se desliza por los muslos y emerge su pubis poblado de rizados pelos rubios. Y piensa en sus hijos naciendo por aquel escueto hueco y en aquel amor antiguo que pasó, y penetra con sus uñas en la piel y se va despellejando con cuidado como aquel Bartolomé de la Sixtina que exhibe su máscara hueca con rostro de Miguel Ángel. Y luego desmonta su carne, tirando de sus arterias y de sus venas azules y forma un tocho imponente con los desechos que salen de su cuerpo hecho jirones. En el montón deleznable se acumula sangre roja y músculos desgajados y las más variadas vísceras, incluyendo el gris cerebro. Al final tan sólo queda en su sitio el esqueleto, la estructura interna de su figura, la inerte calavera que mira a través de sus cuencas. Su cuerpo es ya transparente, pero ella no deja de mirarse. Ella sigue preguntando al vacío del espejo por el ciego contenido de su rostro y se sigue desnudando más y más.

Acaba conmigo ya

Ya
sabes que no maldigo
la fuerza de mis instintos
 y sabes que estoy perdido,
\\                                 cautivo de tus encantos,                                //
\\;;............................. en el centro de la red. .............................;;//
Yo no soy protagonista,
yo soy tan solo un varón
 que está cercano a la muerte. 
Tú no estás apresurada.
 Prudente y desconfiada,
\\                                 compruebas que estoy atrapado                                   //
\\;;..................................... y giras en torno a mí. .....................................;;//
Yo sé que mi suerte está echada.
Te presiento en el bramido del terremoto continuo
del piso por donde discurren nuestros pasos
y te sigo hipnotizado por el diapasón del placer.
Te pido que no prolongues tu negra mirada asesina,
         \\             que dejes que entre en tu cuerpo y que acabes cuanto antes          //        
\\;;...................................... este coito criminal ........................................;;//
 y tú me dejas encima y empiezas el baile nupcial. 
Abrázame, por favor, copula con tu inmensa masa
libera el instinto animal que circula por tus venas,
  \\                           disfruta del toque sensual de mis antenas,                            //    
\\;;................................  y aplástame para siempre. .................................;;// 
El miedo me paraliza.
Asumo el destino fatal.
Me quiero morir en tu vientre.
Acaba conmigo ya.

A las puertas de la muerte

Miro el reloj, el extraño laberinto de ese círculo cerrado sin final y sin principio. Me duele verlo avanzar, con ese ritmo inalterable, frío, metódico. Van a ser las doce. Todos me miran en silencio y con el rostro muy serio. Estoy en la silla fúnebre: las once y cincuenta y nueve. Me queda tan sólo un minuto. Cuando el tiempo es tan escaso, todo el mundo creer saber que hay mil cosas muy urgentes que reclaman tu atención. Sin embargo para mí, no existe cosa mejor que contar como un autómata. Contar hacia atrás lentamente, comenzando en el cincuenta y nueve, intentando ajustarme al ritmo de los segundos que nunca se recuperan. Paso por el cincuenta y luego por el cuarenta, y después llego a los treinta. Quiero saber en qué momento dejaré de existir. Quiero que no me pille por sorpresa. Así que contemplo el reloj con avidez y verifico el acierto relativo de los números que canto. Me gustaría estar corriendo por la playa. Me gustaría poder volver atrás. Me quedan veinte segundos. Podría lamentarme, llorar, intentar desahogarme. Todos lo entenderían, pero no serviría de nada, porque la cuenta atrás no se para. Quince segundos. ¿Qué diría mi madre si me viera? ¿Suplicaría un milagro del cielo? ¿Cómo hacer que los segundos se detengan? Diez. Diez... ¡Qué deprisa pasa el tiempo! El fin se acerca. Estoy a punto de marcharme. No sé si gritar o despedirme. No sé si podré llorar. ¡Cómo duelen estos últimos instantes! Ya sólo quedan cinco, cinco golpes diminutos. Quisiera pedir perdón y empezar otra vez. Adiós, les digo, acuérdense de mí. Dos, uno. Ahora viene la descarga.

El augurio

El augurio predecía que mi amor se marcharía y que yo la buscaría y al final la encontraría. Luego pasaron los años y el olvido fue escondiéndolo en su almacén más oscuro, hasta el día en que mi esposa se esfumó. Entonces recordé la profecía, lloré cascadas amargas y decidí ir en su busca con la sola compañía de una joven contratada a mí servicio. Fue una época difícil. Recorrí ciudades inmensas, los pueblos de los grandes valles de la China y de la India y los desiertos de Arabia, pero nunca di con ella. Al acabar el viaje, contemplando ya en mi rostro los surcos del paso del tiempo, a las puertas del hogar desvencijado por el dolor de la ausencia, mi joven acompañante me dijo que estaba segura de que al final, en sus ojos, leería la elegía del amor y que, por eso, a mi lado había estado todo el tiempo, mientras yo seguía buscando más allá.

El tragón

Ayer me comí la letra O. Mi cuerpo se volvió redondo y tosco y todo cambió:
Fue de repente. Que ¿qué fue? Pues verás. Sucede que desde ayer se me pierden ciertas letras en la lengua. Que pierde mi mente pie al hablar, al intentar decir cualquier palabra que incluya esa letra circular. Además, incapaz de negar, mi mente se expresa mal. Me persigue al expresar miles de ideas y me deja en muy mal lugar o me deja en un planeta gris y azul. Verdaderamente, ni mi tía ni mi abuela me entienden. Sí, es verdad, hay mentiras y verdades que sí que están, más hay miles de frases que parecen alas estáticas en el aire, lejanas plumas desgastadas que caen fuera de mi vista y desaparecen. Me dicen que decir así es una aventura y que así es difícil vivir. ¡Ayayay! La nada se acerca a mí: ¿Qué mal terrible me acecha? ¿Qué me espera en esta vida? ¿Qué será de mí después?
Pues después me comí la letra I:
Esta letra mayúscula sabe a leche, huele a fresa y es azul y alargada... Es larga, larga y además vuela. Vuela hasta que se cae y se te clava y te duele. Duele rezar a la suerte, rezar a la naturaleza y velar la tumba cerrada. La negra muerte se te acerca y te cansas de rezar. Rezas y rezas hasta que te quedas muda, hasta que ella te deja exhausta y te mata lentamente.

Diana

Ana le preguntó: "¿Quién eres?"
La diosa le contestó: "Diana". 
-"¿Di Ana?"- dijo.
-"No. Di-a-na".
-"Pues eso, Ana, Ana, como yo". 
La diosa, contrariada, continuó repitiendo:
-"Diana, Diana, Diana..."
Pero Ana, que no soportaba el monopolio divino de algunos nombres propios, siguió con su estrategia:
-"¡Ah! ¡Diana! Ya la di. En el centro, exactamente, yo la di".

La metamorfósis del P.S.O.E.

El hecho incontrovertible de que en las tres últimas direcciones del partido no hubiera ningún obrero en su ejecutiva les condujo a la idea de que sería bueno prescindir de la O de sus siglas. Finalmente se aprobó por mayoría. 
Más tarde, la relación especial de alianza con los nacionalistas catalanes y vascos y el apoyo circunstancial a puntos de su estrategia independentista llevó a plantear que sería interesante prescindir de la E de España. No fue fácil, pero al final, también se aprobó.
Llegó un tiempo en el que la crisis de la socialdemocracia planteó que, tal vez, denominarse socialista quitaba votos. Socialista era un sustantivo muy duro y podría resultar interesante su posible sustitución por un término más ancho e inclusivo como era el de demócrata o el de progresista. Esos fueron los dos términos alternativos que se ofrecieron a la discusión de los militantes. Primero se aprobó por mayoría la eliminación de la S. Tras un corto debate en el que se expresaron los líderes, se llegó a la votación: La D salió derrotada y la P salió triunfante. "Demócratas", decían, "son los conservadores y los moderados de derecha. Gente de mal vivir como Reagan o la Tatcher son indiscutiblemente demócratas. En cambio los progresistas están del lado correcto. Son todos los que nos apoyan para llegar al poder. Con la P de progresista se puede ligar con Podemos, con Esquerrra y hasta con Bildu..." Desde entonces el partido de Largo Caballero, de Besteiro, de Iglesias y de Felipe pasó a denominarse P.P., Partido Progresista. 

Leonardo

El asunto empezó en París de una forma casual e inesperada al ponerse delante de la Gioconda. Aquella mirada enigmática capturó su pensamiento con la fuerza arrebatadora de un ciclón. Sabía que tenía ante él una imagen demasiado semejante a la que él lucía a diario como para no preocuparse de ella. Una imagen cuyo alto parecido iba mucho más allá de ese vago aire de familia que en ocasiones se aplica a los hermanos. Sin embargo aquel retrato encerraba en la expresión un no sé qué que chirriaba y le impedía identificarse plenamente. Determinó dialogar con aquel rostro, enfrentarse día y noche con aquella obra maestra y aprender de los mensajes que leía en su mirada. Así comenzó el gran proceso que habría de cambiarle la vida, la lenta transformación de su íntimo ser vulgar en un alma cultivada. Fue cambiando poco a poco a medida que el discípulo comprendía la razón de su modelo, a medida que su mente se fundía con la forma y con el fondo de aquel cuadro singular. 
Cuando vio que la mera contemplación de la reproducción a tamaño natural que había comprado en el museo resultaba insuficiente, lo primero que pensó fue en visitar la consulta de un cirujano plástico, pero pronto concluyó que sólo acudiría a este recurso en el caso de que en todo fracasase. Y es que una operación estética sólo podría cambiar aquello que más tenía a su favor, como era la semejanza de las líneas de los dos rostros, y no lo que de verdad necesitaba, que era un secreto componente interno, un concepto de su ser y su importancia que dotaba a la Monna Lisa de una vida y un sentido que él jamás había captado en su propia personalidad. Por lo tanto, fracasado ya el proyecto dependiente de la búsqueda casual y de la contemplación placentera, decidió concentrar toda su energía en aprender. "Saber para elegir y poder decidir correctamente". "Saber para ser mejor". Para eso se gastó una auténtica fortuna en academias especializadas en la expresión plástica del rostro y también en estudiar el secreto de aquel oleo, relleno de craqueladas cicatrices que tanto lo había seducido. Además, un trabajo minucioso y persistente intentó modelar la cara abotargada que sus padres le dejaron en herencia para transformarla poco a poco en la viva imagen del pequeño retrato de París. Fue una época compleja que sirvió para acceder a una fórmula particular de la belleza y para comprender su importancia y la riqueza de las consecuencias positivas que de ella se desprendían, una época en la que también fue entendiendo los secretos de las reglas del comportamiento de las gentes exquisitas del tiempo de Maricastaña. Perfeccionó sus habilidades en el uso de los mas variados maquillajes y pudo caer en la cuenta de que la razón, el equilibrio y la sobriedad son los consejeros valiosos del hombre prudente. con este arsenal de conocimientos, afrontó con valentía la batalla contra la desafiante verdad de los espejos y contra las luces y las cámaras de fotos, para culminar un buen día su titánico esfuerzo y comprobar que la acertada estrategia utilizada y su enorme dedicación habían sido premiados con el éxito. 
Para celebrarlo se hizo una fotografía que atesoró en el cajón de su mesa bajo llave. Esa fotografía sería la versión definitiva de su cara y la demostración del éxito de su proceso. La disfrutaba en silencio casi todos los días en su piso de La Latina, pero pronto se dio cuenta de que debía hacerla pública. Aquello valía demasiado y el tiempo no pasaba en valde. De modo que pidió hora en comisaría, alegó que su anterior documento se había extraviado, pagó una pequeña multa y solicitó incluir la expresión radiante del rostro de la foto en su propio carné de identidad. Lo consiguió sin problemas, aunque siempre lamentó que todo aquello no durase nada más que algunos años y que su éxito innegable y meritorio, caducase, de una forma aleatoria, en el año dos mil veinticuatro. 

Parking

Mientras leía la crítica de Popper al historicismo, me quedé profundamente dormido.
En el sueño que de pronto se proyectaba en mi mente, yo había descubierto un hueco en un aparcamiento gratuito en el interior de la manzana de la casa en donde vivió mi abuelo con la suerte de esos días en los que el sol parece que ha salido especialmente para ti. Cuando a la media hora yo regresaba para recoger mi vehículo había ya un jubilado haciendo guardia en el estrecho acceso.
Como yo llevaba ya las llaves en la mano, el viejo, sentado al volante, me preguntó tuteándome:
-¿Sales?
-Sí, estoy aparcado ahí mismo.
-Con el precio del aparcamiento, merece la pena esperar- comentó.
Yo asentí y avancé hasta mi coche, con la sensación tramposa de aquel que se va de un sitio sin pagar. Luego me introduje en el asiento, arranqué y salí de allí. Al cruzarme con el hombre que esperaba, me dio por pensar en que yo no era igual que él y en que necesitaba decírselo:
-¿Sabe? Este edificio lo construyó mi abuelo y yo nací aquí mismo- le dije.
Y él se me quedó mirando inexpresivo, justo antes de meterse en el espacio que yo dejaba libre.
Nada más salir de aquel parking, que era también un residuo de la vida de mi estirpe, salí también de mi sueño y me topé otra vez, semidesnudo, frente al muro del osado historicismo.

La Angelita

La Angelita era vecina 
y amiga de mi tía Fina,
y era bajita e ingenua.
Contaba sin ningún rubor
que se casó con Arsenio
sabiendo que era el amor
lo que engendraba a los hijos
pero arrastrando el error
de que su puerta de entrada
era el botón del ombligo.

Su nieta fue la Glorita.
Glorita, que fue mi novia,
y que no pudo oponerse
a tan extraña encomienda,
debido a su corta edad
porque al nacer ya lo era
y nunca llegó a cuajar
en relación duradera.

Angelita era jovial.
Redonda como mamá Pig,
sus pechos y su barriga
se agitaban con su risa
que crecía y que menguaba
a un ritmo tan contagioso
que al decir de los que oían,
hasta las olas del mar
seguían a sus carcajadas.

Sentada en la estrecha camilla,
tejía con habilidad
jerseys de tonos oscuros.
Tenía un sexto sentido
para mover las agujas
más rápido que mis tías
y el secreto al golpear
del abanico en el pecho
después de abrirse de un golpe
igual que una vieja carraca
en medio del carnaval.

Conmigo, además, mantuvo
un especial tencontén.
El caso es que me ofrecía
galletas y mantecadas
y me llevaba consigo
a la plaza a comprar cosas
al cine a ver los dibujos
y a la bella Marisol,
a buscar en la estación
a algún forastero lejano
o incluso al coche de línea
para pasar los envíos
del residual estraperlo
de sus amigas del pueblo.

Un día, no sé por qué,
sentados en la parada
en donde el bus conectaba
con la red de la ciudad,
me pidió que las mintiera,
diciendo que yo era sobrino
y ella mi tía carnal
y yo la dejé creer que cedería,
a pesar de tener claro
un plan oculto y traidor
para decir la verdad.

Lo hice, con gesto de pillo,
y en su pueblo, al parecer,
se lo pasaron en grande
celebrando el "nada, nada.
Nada que no somos nada,
pero nada, nada, nada..."
que yo les planté en plena cara
para dejarlo bien claro.

Pasados sesenta años,
ahora cuando  mi edad
supera ya la de ella,
cuando pasó aquella historia,
ahora cuando Glorita
también ha dejado de ser,
me enfrento a los cuatro retazos
que quedan en mi memoria
de su presencia de ayer:

Recuerdo el ático gris,
la calle Ferrocarril
y las mañanas desnudas
de la tibia primavera
y la penumbra enroscada
en las persianas de verde
durante las siestas de agosto,
el cálido tazón con garbanzos
que inventó entre los vecinos
para saldar una perra
que cogí por un cocido
y el daño de los sablazos
que su marido infringió
cuando la ruina llegaba,
subiendo por las escaleras
hasta el salón de su casa.

Recuerdo también muchas cosas
del viejo Valladolid
 que seguía entre semana
la bocina de la RENFE
y que escuchaba en las fiestas
las campanas de la torre
del lejano San Andrés.

Pero yo no hablaba de eso,
 y sí de lo que brotaba
de su forma de tratarme.
Ella no se esforzaba
por enseñarme la vida
ni por llenar de ternura
mis mejillas,
el fuerte de su atractivo
era su forma de ser,
y el gusto por darme palique
y comprender que era un niño.

Por eso fue fácil quererla
y sigue su imagen firme
en mi memoria marchita
y puedo seguir hablando
con toda la confianza.

Así que escucha, Angelita:
"Si yo pudiera tocarte,
lo haría con esta mano
que tú llevaste agarrada,
de paso hacia el Campo Grande.

Si yo pudiera decirte,
diría que aún no he tasado
la vida que me prestaste
ni te he devuelto una parte
del cariño que me diste.
Estoy en deuda contigo,
y remuevo esta capita
de etéreos recuerdos mudos
de nuestro pasado común,
para mandarte un besito,
que encienda de nuevo la luz,
del negro desván del olvido".

Tu amigo, falso sobrino y frustrado nieto político, Carlitos, el de la Susi.

Del P.E.N. independiente

Del P.E.N. "in" dependí. Di pendientes. Pendiente de los pendientes, pendiente de la pendiente de los dependientes, diente a diente, te di un ente independiente.

Marathon

Salgo corriendo. Soy tan joven como ingenua y me siento fuerte por dentro. Necesito descubrirme tal cual soy lejos de mi familia, cambiar de lugar y de gente, navegar por mares sin nombre. La vida ha de ser mejor al otro lado, allí adonde me llevan mis pasos. ¡Qué gusto me da sentir! ¡Qué placer da comprobar la forma natural en la que el cuerpo me responde! Yo sé que tengo futuro. Puedo con pesos pesados y resisto mucha más de lo que se podría esperar después de no haberme entrenado para ello. Por eso sigo corriendo y piso la blanda hierba, satisfecha, a la hora en que la aurora está naciendo. "¡Venga! ¡Corre!, las puertas del mundo aún están abiertas". 
El sol aspira en el cielo y me quita el aire limpio que respiro. Es el calor asfixiante de la mañana ascendente. Empiezo a cansarme un poco por el esfuerzo continuo. Estoy en medio del mundo, en una larga carrera que se sucede a sí misma. Voy buscando las razones de todo lo que me pasa, rompiendo amarras antiguas y buscando cosas nuevas: El mundo es un gran almacén que acaban de abrir allá lejos y cada vez que tomo una decisión dudo de que el sentido del camino sea el correcto y de que merezca la pena debatirse contra un mal que tan sólo intuyo, porque aún no soy muy sabia. Mis pies son como mariposas y mis manos van tirando de mis pies, cual marionetas sin hilos. Gotitas de agua salada se deslizan por mi frente y riegan mi piel del olor que los poros de mi cuerpo van soltando. Jadeo de forma rítmica, acomodando los ritmos del corazón inconsciente con los del fuelle del pecho y cada paso que doy me cuesta más que el que di un momento antes. Así que sigo corriendo y pienso que en algún momento tendré que detenerme. Luego las nubes se instalan, restando luz al paisaje y mi cuerpo empieza a dar síntomas de agotamiento. Corro sin fuerzas ya y pienso en pararme en seco y descansar finalmente. Sin embargo, siempre hay razones para persistir. La fuerza de las decisiones, el pasado con su peso insobornable que gobierna a la memoria: "Venga, aguanta un poquito", me digo, "Tienes que llegar aunque agonices, aunque sea lo último que hagas. La meta no debe andar lejos. Seguro que se encuentra ahí, después de llegar a esa cumbre o a la vuelta de esa curva tan cerrada". De este modo me convenzo de que aún está a mi alcance el objetivo e intento un último impulso. Amplío mi corta zancada y reduzco la frecuencia de los saltos y siento que mi carrera se hace lenta y que apenas puedo seguir, pero lo intento de nuevo: El cuerpo desmadejado, el corazón hecho un cisco y mi piel bañada en sudor: "Adelante... ¡Vamos! ¡Vamos!" 
Al rato el fracaso me asalta. Empiezo a sentir un cansancio insoportable. Ya no puedo con mi alma. El depósito está casi vacío. No encuentro lo que esperaba y estoy cada vez más sola. El sol ha borrado las nubes y escala en el cielo claro hasta un punto vertical. Parece afirmar su dominio. Lo siento, no puedo más.

El poder del asesino

Matar es algo sencillo que se aprende y te estimula. Después de matar varias veces, el asunto se convierte un poco en vicio. Es como una borrachera. Se puede matar por nada. Se puede matar por dinero, se puede matar por política o se mata simplemente porque así te viene en gana. Cuando se llega a asumir que uno es capaz de matar, se puede matar a quien sea por el simple placer de acertar con aquello que se mueve. Cuando uno aprende a matar, su sangre está vacunada. Se asciende de categoría. Empiezas a respetarte y a ser respetado por todos como si fueras un dios. Te sientes más poderoso, más libre y mucho mejor. Nada de códigos muertos de lloronas melindrosas, nada de pactos escritos. Entonces no son necesarios grandes argumentos ni la presión del mercado que utilizan con frecuencia los burgueses para llevar al aprisco a los corderos. Entonces basta con empuñar la pistola y con mirar a los ojos a las víctimas para ver qué fácil es acabar nuestro trabajo con sólo un golpe de dedo y contemplar de seguido cómo cae la masa humana que rogaba hace un momento. Cuando el cañón de tu arma elige el lugar donde irá la bala que está en la recámara, uno se siente más fuerte, uno disfruta a lo grande en medio del alto Olimpo, dejando atrás la vergüenza, la pobreza o lo que sea. Disfruta porque uno al fin es un inmenso gigante que impone su ley por la fuerza y puede obligar a los otros a hacer lo que nunca pensaron. La muerte no es ningún drama. Muchas veces es gracioso lo que pasa. Se muere de muchas formas y el hecho de ser la causa permite cambiar la comedia, improvisar el papel, jugar con las ansias de vida y construir un teatro en torno al protagonista: 
-Te jodes, cabrón, te he cogido. Te voy a matar, si quiero. Mírame a los ojos fijo y empieza a rezarme en voz baja, porque ahora tu pellejo está en mis manos. ¿Qué me dices, insolente? ¿Que de verdad no te crees que sea capaz de matarte? Espera a que apriete el gatillo. Verás que pronto termino con tu sonrisa insultante y te mando al más allá.

Cernícalo

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 Mi vecino más querido es un cernícalo pardo. Él cazaba a los topillos 
 del prado de enfrente de casa, cerniéndose sobre ellos, para dar carne a sus crías. 
 Su nido estaba en la esquina del tejado colorado del edificio más bajo que está justo al lado del mío. 
 Ahora gaviotas blancas, intentan echarles de aquí. Son bandas organizadas, atentas a la basura, 
 mafiosas y muy ruidosas, crueles y peligrosas. 
 "¿No eres un ave rapaz? 
Pues lucha 
por tu 
 libertad" 
 . . 
.

El señor Pachi y la señora Balbina

El señor Pachi y la señora Balbina son dos nombres de mi más remota infancia. Vivían en Vitoria y fueron amigos de mis padres, cuando ellos eran jóvenes. Eran señores mayores, aunque aún no habían llegado a ser como mis abuelos. Me imagino que se conocieron en algunas vacaciones de aquel tiempo en blanco y negro, cuando a los vascos se les tenía por nobles y cumplidores, cuando la hospitalidad a los forasteros era una obligación que exigía corresponder a la recíproca, cuando se trataba con respeto a la gente con más años y nunca se dejaban pasar las navidades sin enviar a su escueta dirección un mensaje de año nuevo. Lo cierto es que se hicieron amigos y que eran buena gente. Yo apenas guardo de ellos poco más que el recuerdo musical de la ciudad de Vitoria siguiendo a la banda alegre que cantaba la copla de Madelón y una foto en la que se les identifica por su nombre. Sólo sé que no tenían descendencia y que un día desaparecieron, cuando supimos de sus muertes sucesivas, por un comentario sucinto y respetuoso al empezar la comida, sentados en torno a la mesa.
Hoy en día, cuando yo ya he alcanzado la edad que ellos representaban en mi memoria de niño, cuando ya no tengo a nadie a quien preguntar por su historia, me encuentro ante su recuerdo lo mismo que un viejo arqueólogo, perdido entre tantas ruinas. Su tiempo pasó de golpe y su rastro lo tiene el olvido, cosido a sus entretelas. Aquel tiempo ya marchito se esfumó entre las estrellas. Aquel tiempo se degrada cada vez que la memoria lo deforma para adaptarlo al presente. De aquel tiempo solo quedan documentos: escritos de autores conscientes, películas en blanco y negro, contratos con firma ilegible, las leyes que se cumplieron y crímenes y amores ciegos, que cuentan su historia muda a pesar de ya estar muertos. Su tiempo no volverá. Por eso escribo estas líneas y dejo que corra a mi lado su recuerdo.

Cervezas

En la tienda del convento de clausura, la monja me contestó: 
-Lo que más echo de menos son las cervezas. 
-¿Las cervezas? 
-Sí, las cañas de los domingos. 
Por eso, el domingo siguiente compré media docena de latas de mahou antes de ir al convento. 
-Sor Juana, mire lo que le traigo. 
-¡Cervezas!, ¡qué sorpresa!, muchas gracias. 
Aprovechando que aún no había clientela, abrimos dos latas a la puerta del local. 
-A su salud.
-Espero que lo disfrute.
Ella sonreía complacida, pero algo en su mirada me decía que, en realidad, las bebidas que añoraba estaban muy lejos de aquí.