La Angelita

La Angelita era vecina 
y amiga de mi tía Fina,
y era bajita e ingenua.
Contaba sin ningún rubor
que se casó con Arsenio
sabiendo que era el amor
lo que engendraba a los hijos
pero arrastrando el error
de que su puerta de entrada
era el botón del ombligo.

Su nieta fue la Glorita.
Glorita, que fue mi novia,
y que no pudo oponerse
a tan extraña encomienda,
debido a su corta edad
porque al nacer ya lo era
y nunca llegó a cuajar
en relación duradera.

Angelita era jovial.
Redonda como mamá Pig,
sus pechos y su barriga
se agitaban con su risa
que crecía y que menguaba
a un ritmo tan contagioso
que al decir de los que oían,
hasta las olas del mar
seguían a sus carcajadas.

Sentada en la estrecha camilla,
tejía con habilidad
jerseys de tonos oscuros.
Tenía un sexto sentido
para mover las agujas
más rápido que mis tías
y el secreto al golpear
del abanico en el pecho
después de abrirse de un golpe
igual que una vieja carraca
en medio del carnaval.

Conmigo, además, mantuvo
un especial tencontén.
El caso es que me ofrecía
galletas y mantecadas
y me llevaba consigo
a la plaza a comprar cosas
al cine a ver los dibujos
y a la bella Marisol,
a buscar en la estación
a algún forastero lejano
o incluso al coche de línea
para pasar los envíos
del residual estraperlo
de sus amigas del pueblo.

Un día, no sé por qué,
sentados en la parada
en donde el bus conectaba
con la red de la ciudad,
me pidió que las mintiera,
diciendo que yo era sobrino
y ella mi tía carnal
y yo la dejé creer que cedería,
a pesar de tener claro
un plan oculto y traidor
para decir la verdad.

Lo hice, con gesto de pillo,
y en su pueblo, al parecer,
se lo pasaron en grande
celebrando el "nada, nada.
Nada que no somos nada,
pero nada, nada, nada..."
que yo les planté en plena cara
para dejarlo bien claro.

Pasados sesenta años,
ahora cuando  mi edad
supera ya la de ella,
cuando pasó aquella historia,
ahora cuando Glorita
también ha dejado de ser,
me enfrento a los cuatro retazos
que quedan en mi memoria
de su presencia de ayer:

Recuerdo el ático gris,
la calle Ferrocarril
y las mañanas desnudas
de la tibia primavera
y la penumbra enroscada
en las persianas de verde
durante las siestas de agosto,
el cálido tazón con garbanzos
que inventó entre los vecinos
para saldar una perra
que cogí por un cocido
y el daño de los sablazos
que su marido infringió
cuando la ruina llegaba,
subiendo por las escaleras
hasta el salón de su casa.

Recuerdo también muchas cosas
del viejo Valladolid
 que seguía entre semana
la bocina de la RENFE
y que escuchaba en las fiestas
las campanas de la torre
del lejano San Andrés.

Pero yo no hablaba de eso,
 y sí de lo que brotaba
de su forma de tratarme.
Ella no se esforzaba
por enseñarme la vida
ni por llenar de ternura
mis mejillas,
el fuerte de su atractivo
era su forma de ser,
y el gusto por darme palique
y comprender que era un niño.

Por eso fue fácil quererla
y sigue su imagen firme
en mi memoria marchita
y puedo seguir hablando
con toda la confianza.

Así que escucha, Angelita:
"Si yo pudiera tocarte,
lo haría con esta mano
que tú llevaste agarrada,
de paso hacia el Campo Grande.

Si yo pudiera decirte,
diría que aún no he tasado
la vida que me prestaste
ni te he devuelto una parte
del cariño que me diste.
Estoy en deuda contigo,
y remuevo esta capita
de etéreos recuerdos mudos
de nuestro pasado común,
para mandarte un besito,
que encienda de nuevo la luz,
del negro desván del olvido".

Tu amigo, falso sobrino y frustrado nieto político, Carlitos, el de la Susi.

Del P.E.N. independiente

Del P.E.N. "in" dependí. Di pendientes. Pendiente de los pendientes, pendiente de la pendiente de los dependientes, diente a diente, te di un ente independiente.

Marathon

Salgo corriendo. Soy tan joven como ingenua y me siento fuerte por dentro. Necesito descubrirme tal cual soy lejos de mi familia, cambiar de lugar y de gente, navegar por mares sin nombre. La vida ha de ser mejor al otro lado, allí adonde me llevan mis pasos. ¡Qué gusto me da sentir! ¡Qué placer da comprobar la forma natural en la que el cuerpo me responde! Yo sé que tengo futuro. Puedo con pesos pesados y resisto mucha más de lo que se podría esperar después de no haberme entrenado para ello. Por eso sigo corriendo y piso la blanda hierba, satisfecha, a la hora en que la aurora está naciendo. "¡Venga! ¡Corre!, las puertas del mundo aún están abiertas". 
El sol aspira en el cielo y me quita el aire limpio que respiro. Es el calor asfixiante de la mañana ascendente. Empiezo a cansarme un poco por el esfuerzo continuo. Estoy en medio del mundo, en una larga carrera que se sucede a sí misma. Voy buscando las razones de todo lo que me pasa, rompiendo amarras antiguas y buscando cosas nuevas: El mundo es un gran almacén que acaban de abrir allá lejos y cada vez que tomo una decisión dudo de que el sentido del camino sea el correcto y de que merezca la pena debatirse contra un mal que tan sólo intuyo, porque aún no soy muy sabia. Mis pies son como mariposas y mis manos van tirando de mis pies, cual marionetas sin hilos. Gotitas de agua salada se deslizan por mi frente y riegan mi piel del olor que los poros de mi cuerpo van soltando. Jadeo de forma rítmica, acomodando los ritmos del corazón inconsciente con los del fuelle del pecho y cada paso que doy me cuesta más que el que di un momento antes. Así que sigo corriendo y pienso que en algún momento tendré que detenerme. Luego las nubes se instalan, restando luz al paisaje y mi cuerpo empieza a dar síntomas de agotamiento. Corro sin fuerzas ya y pienso en pararme en seco y descansar finalmente. Sin embargo, siempre hay razones para persistir. La fuerza de las decisiones, el pasado con su peso insobornable que gobierna a la memoria: "Venga, aguanta un poquito", me digo, "Tienes que llegar aunque agonices, aunque sea lo último que hagas. La meta no debe andar lejos. Seguro que se encuentra ahí, después de llegar a esa cumbre o a la vuelta de esa curva tan cerrada". De este modo me convenzo de que aún está a mi alcance el objetivo e intento un último impulso. Amplío mi corta zancada y reduzco la frecuencia de los saltos y siento que mi carrera se hace lenta y que apenas puedo seguir, pero lo intento de nuevo: El cuerpo desmadejado, el corazón hecho un cisco y mi piel bañada en sudor: "Adelante... ¡Vamos! ¡Vamos!" 
Al rato el fracaso me asalta. Empiezo a sentir un cansancio insoportable. Ya no puedo con mi alma. El depósito está casi vacío. No encuentro lo que esperaba y estoy cada vez más sola. El sol ha borrado las nubes y escala en el cielo claro hasta un punto vertical. Parece afirmar su dominio. Lo siento, no puedo más.

El poder del asesino

Matar es algo sencillo que se aprende y te estimula. Después de matar varias veces, el asunto se convierte un poco en vicio. Es como una borrachera. Se puede matar por nada. Se puede matar por dinero, se puede matar por política o se mata simplemente porque así te viene en gana. Cuando se llega a asumir que uno es capaz de matar, se puede matar a quien sea por el simple placer de acertar con aquello que se mueve. Cuando uno aprende a matar, su sangre está vacunada. Se asciende de categoría. Empiezas a respetarte y a ser respetado por todos como si fueras un dios. Te sientes más poderoso, más libre y mucho mejor. Nada de códigos muertos de lloronas melindrosas, nada de pactos escritos. Entonces no son necesarios grandes argumentos ni la presión del mercado que utilizan con frecuencia los burgueses para llevar al aprisco a los corderos. Entonces basta con empuñar la pistola y con mirar a los ojos a las víctimas para ver qué fácil es acabar nuestro trabajo con sólo un golpe de dedo y contemplar de seguido cómo cae la masa humana que rogaba hace un momento. Cuando el cañón de tu arma elige el lugar donde irá la bala que está en la recámara, uno se siente más fuerte, uno disfruta a lo grande en medio del alto Olimpo, dejando atrás la vergüenza, la pobreza o lo que sea. Disfruta porque uno al fin es un inmenso gigante que impone su ley por la fuerza y puede obligar a los otros a hacer lo que nunca pensaron. La muerte no es ningún drama. Muchas veces es gracioso lo que pasa. Se muere de muchas formas y el hecho de ser la causa permite cambiar la comedia, improvisar el papel, jugar con las ansias de vida y construir un teatro en torno al protagonista: 
-Te jodes, cabrón, te he cogido. Te voy a matar, si quiero. Mírame a los ojos fijo y empieza a rezarme en voz baja, porque ahora tu pellejo está en mis manos. ¿Qué me dices, insolente? ¿Que de verdad no te crees que sea capaz de matarte? Espera a que apriete el gatillo. Verás que pronto termino con tu sonrisa insultante y te mando al más allá.

Cernícalo

 \     / 
 \  / 
 Mi vecino más querido es un cernícalo pardo. Él cazaba a los topillos 
 del prado de enfrente de casa, cerniéndose sobre ellos, para dar carne a sus crías. 
 Su nido estaba en la esquina del tejado colorado del edificio más bajo que está justo al lado del mío. 
 Ahora gaviotas blancas, intentan echarles de aquí. Son bandas organizadas, atentas a la basura, 
 mafiosas y muy ruidosas, crueles y peligrosas. 
 "¿No eres un ave rapaz? 
Pues lucha 
por tu 
 libertad" 
 . . 
.

El señor Pachi y la señora Balbina

El señor Pachi y la señora Balbina son dos nombres de mi más remota infancia. Vivían en Vitoria y fueron amigos de mis padres, cuando ellos eran jóvenes. Eran señores mayores, aunque aún no habían llegado a ser como mis abuelos. Me imagino que se conocieron en algunas vacaciones de aquel tiempo en blanco y negro, cuando a los vascos se les tenía por nobles y cumplidores, cuando la hospitalidad a los forasteros era una obligación que exigía corresponder a la recíproca, cuando se trataba con respeto a la gente con más años y nunca se dejaban pasar las navidades sin enviar a su escueta dirección un mensaje de año nuevo. Lo cierto es que se hicieron amigos y que eran buena gente. Yo apenas guardo de ellos poco más que el recuerdo musical de la ciudad de Vitoria siguiendo a la banda alegre que cantaba la copla de Madelón y una foto en la que se les identifica por su nombre. Sólo sé que no tenían descendencia y que un día desaparecieron, cuando supimos de sus muertes sucesivas, por un comentario sucinto y respetuoso al empezar la comida, sentados en torno a la mesa.
Hoy en día, cuando yo ya he alcanzado la edad que ellos representaban en mi memoria de niño, cuando ya no tengo a nadie a quien preguntar por su historia, me encuentro ante su recuerdo lo mismo que un viejo arqueólogo, perdido entre tantas ruinas. Su tiempo pasó de golpe y su rastro lo tiene el olvido, cosido a sus entretelas. Aquel tiempo ya marchito se esfumó entre las estrellas. Aquel tiempo se degrada cada vez que la memoria lo deforma para adaptarlo al presente. De aquel tiempo solo quedan documentos: escritos de autores conscientes, películas en blanco y negro, contratos con firma ilegible, las leyes que se cumplieron y crímenes y amores ciegos, que cuentan su historia muda a pesar de ya estar muertos. Su tiempo no volverá. Por eso escribo estas líneas y dejo que corra a mi lado su recuerdo.

Cervezas

En la tienda del convento de clausura, la monja me contestó: 
-Lo que más echo de menos son las cervezas. 
-¿Las cervezas? 
-Sí, las cañas de los domingos. 
Por eso, el domingo siguiente compré media docena de latas de mahou antes de ir al convento. 
-Sor Juana, mire lo que le traigo. 
-¡Cervezas!, ¡qué sorpresa!, muchas gracias. 
Aprovechando que aún no había clientela, abrimos dos latas a la puerta del local. 
-A su salud.
-Espero que lo disfrute.
Ella sonreía complacida, pero algo en su mirada me decía que, en realidad, las bebidas que añoraba estaban muy lejos de aquí.

Pasa el Pas

 Al paso del Pas 
  por la ría, la marea viene y va.  
  Desde su trono celeste, el astro rey dictamina 
   que el río empiece a bajar cuando caiga el mediodía  
 para evitar que se coma a la duna que se acuesta junto al mar. 
 La luna, que es la que manda, reclama su jurisdicción y acusa al sol del farol:  
  -Careces de soberanía para imponer esa ley-. El río sigue su curso, ignora la voz de mando, 
  espera a que llegue el ocaso y luego, a la luz de la luna, declara su amor a la duna y se sumerge en la ría.  
                                                                                                                                                                                             

Las labores del dios Cronos


 Labra surcos en sus frentes con su arado 
 y luego los quema en el fuego... 
 Las brasas se van apagando, 
 igual que el sol en el cielo 
 en el ocaso, 
 y al fin la noche se extiende, 
 por los fondos más oscuros de los mares 
 donde el monstruo se alimenta del pasado... 
..............................................................................

Charada de un clero altísimo

Cuando me llegue la muerte
ni un sínodo en el Vaticano,
ni el blanco en el humo de Roma.
En el número que sigue 
al santo de mi persona 
asoma la mala suerte.
Si te digo: "Ven e dicto"
y exhibo desde el retiro
el armario en donde vivo:
¿Quién soy y cuál es mi sino?

La despedida

A mi padre le gustaba despedirnos en la calle.
En el tiempo que tardábamos en bajar hasta el garaje,
en llenar el maletero y en salir,
 él llamaba a otro ascensor 
y se iba caminando
desde el portal a la esquina.
Desde allí nos despedía.
-Adiós, abuelito, adiós-
 le gritaban los niños en el coche, 
 y su estampa se quedaba allí pegada 
reduciéndose al tamaño de una hormiga
 a medida que avanzábamos rodando 
 por la recta que conduce a la autovía. 
 Aquel giro de su mano lo echo en falta 
cada vez que el coche emerge por la rampa
y su imagen sonriente ya no está. 

Lorna

Lorna era una maravilla. Una mujer sensual e inteligente, un fruto maduro y lejano, un recuerdo desgastado de un pasado abandonado en la memoria. Ella era profesora, PNN del departamento de Historia Moderna. Ella se estrenó con nosotros, pero sus clases, preparadas a conciencia, no fueron materia olvidada. Sus encantos resaltaban bajo el velo amarillento del inquieto proyector que servía como apoyo a sus palabras. La armonía de los lentos movimientos de su cuerpo o la dulzura de su rostro producían en mi mente los efectos de la droga. Yo era sólo uno más de entre los jóvenes silenciosos que la escuchaban con los ojos entornados, de entre aquellos que apuntaban en sus hojas sin saber si su vergüenza se notaba, de entre aquellos que esperaban la ocasión para decirle alguna cosa. De entre todos, quizá, yo fui el que la tuvo más a mano, el único, tal vez, que cultivó la promesa que su belleza pregonaba y que intentó cosechar su amor sobre el terreno.
Sucedió varios años más tarde, en el curso de un encuentro fortuito en una discoteca. Para entonces yo ya había terminado la carrera e intentaba escribir una tesina que me hacía un ser visible para ella. Aquella noche empezamos por mostrarnos en el suelto como colegas amables que exhibían sus sonrisas para mostrar simpatía, pero luego el pinchadiscos puso el "If you leave me now" de Chicago y a mí me sucedió algo parecido al efecto que produce la riada cuando rompe las compuertas de una presa. Embrujado por las notas de la música, respondí acercando levemente mis labios a su oreja, mientras mis manos avanzaban por su espalda.
Ella notó el sentido del ataque y se apartó con prudencia:
-¿Vienes mucho?- preguntó.
- No. Estamos celebrando mi cumpleaños.
-¿Cuantos cumples?
-Veintisiete.
-Pues muchas felicidades.
Y seguimos indecisos, refugiados en las notas de Chicago, sin saber si era mejor seguir hablando del trabajo o de los bares o dejar que la música expresase lo que el cuerpo nos estaba demandando.
-Me encanta esta canción- añadí.
En apenas dos minutos cambió el disco y el siguiente fue más bien de los de ritmo sincopado. La magia de Chicago se disolvió en el ambiente y ella acabó por sentarse. Desde el centro de la pista contemplé cómo explicaba algún asunto a sus amigas y se ponía su abrigo para marcharse. Pensé entonces en que podría hacerme el encontradizo y acompañarla, pero no me atreví, no tenía suficiente confianza para ello. Así que determiné que sería ella en adelante la que habría de tomar la iniciativa.
Al fin lo hizo, pero no cómo yo habría querido, pero no cuando la lógica de la naturaleza habría obrado el milagro. Lo hizo treinta años después, una mañana heladora de enero en la que Lorna se acercó a saludarnos ante el escaparate de una pastelería del centro de la ciudad de la meseta en donde ella continuaba dando clases. 
-Hombre, pareja, ¿qué ha sido de vuestra vida? ¿Por dónde vivís ahora?
Me sorprendió el tratamiento, me sorprendió la sincera confianza y el interés por saber lo que el tiempo había hecho de mi vida. De ella yo apenas sabía que había sacado la cátedra y que seguía siendo soltera y atractiva. Era una mujer adulta, una mujer segura y elegante. Una roja y pálida flor en el invierno.

El sexo de patria

En un mundo organizado en estados nacionales, el concepto de "patria", que alude al país en donde se ha nacido y que representa la parte más sentimental de la razón de ser de las naciones, plantea una profunda contradicción con la semántica igualitaria del feminismo. 
Así es, en efecto. A pesar de su género femenino, la palabra es sólidamente masculina, porque proviene de padre y porque responde a una tradición en la que el territorio es esencialmente patrimonio. Intentando hacer a su esencia más fecunda y en la búsqueda de un cierto equilibrio entre los sexos, en la España del siglo XX se sumó a patria la fuerza creadora de "la madre". Surgió entonces "la madre patria", ese concepto tan manoseado por los franquistas que los colectivos feministas nunca llegaron a aprovechar su sentido igualitario, de manera que hoy en día, a pesar de que las mujeres reinan en la calle, la palabra "patria" sigue sola, sin ningún contrapeso femenino. 
La discriminación se agrava cuando se valora la práctica habitual para su adquisición legal. Como sabemos dos son los caminos posibles para ser declarado español: el primero es el nacimiento, que es el único aspecto en el que la mujer, como madre, tiene un mayor protagonismo, aunque siempre es obra común de los dos sexos. El segundo camino es el proceso de nacionalización para los no nacidos, para los inmigrantes. Sus trámites son en general muy masculinos. En España, el proceso comienza con el registro en el "padrón", sigue con el programa PADRE, con el que todos acabamos retratándonos ante Hacienda, y utiliza con frecuencia un servicio militar, cuyo sexo, aunque ya no es exclusivo, sigue siendo en muy alto grado masculino.
Frente a patria, se me ocurre proponer a feministas, nacionalistas, sindicalistas e izquierdistas que hoy emplean el llamado lenguaje igualitario e inclusivo, el uso de un nuevo término, un sustantivo brillante que aluda más bien a las féminas y hable de nuestro origen. Propongo en este sentido, usar la palabra: útero, para sustituir por sistema al viejo y machista término, y reivindico, además, el uso de su derivado, el histerismo, como instrumento conceptual que equivaldría al de ese patriotismo cargado de hormonas que tan abundantes ejemplos tiene.

Un consejo de transporte

Para ir al quinto pino viene bien un pinto equino.

Demócratas de andar por casa

Mi amigo escribe un wathsapp en donde se queja del comportamiento insultante de los que lo llaman fascista cada vez que su opinión se enfrenta con la de ellos. Yo le digo que es verdad que eso sucede, pero que tiene que entender que los contrarios se confundan porque saben que entre los que opinan esas cosas existen muchos fachas, muchos estómagos agradecidos del franquismo, muchos mafiosos meapilas del Opus Dei o muchísimos clasistas despreciativos y despreciables. Lo mismo nos pasa a nosotros (me pongo en su mismo lado), cuando les acusamos de utilizar en exclusiva ese esquema dual del mundo que lo divide en ricos y pobres, como si eso fuera lo único que se puede ser sobre la tierra, o cuando les reprochamos que intenten imponer en la calle una fuerza que las urnas no les dan o cuando decimos de ellos que son comunistas extremistas o bien marxistas que aún no entienden que luchar por la dictadura del proletariado, cuando el mundo es de las clases medias y no de los obreros, es una barbaridad tanto en lo democrático como en lo sociológico.
Mi amigo se queda perplejo y piensa que le estoy traicionando:
-Vaya con Pablo Iglesias- me dice.
Y yo le digo que no, que entienda que democracia es pacto, no imposición, porque no hay democracia sin izquierda y sin derecha, y que sin respeto no hay pacto, y él me responde al instante:
-Demócrata de pacotilla.

Centauros del desierto

Vuelve Ethan a su hogar.
Añora su casa lejana.
El desierto queda atrás.
Descabalga su montura
y muestra el botín que ha traído:

La novia va en busca del joven,
y la madre reconoce
a la hija que los indios se llevaron...
Y traspasan el umbral
y todos entran adentro, 
salvo Ethan que, en la duda,
le da la espalda a la casa
y se sumerge en la luz,
y entonces se cierra la puerta.

Te doy mi vida entera

-Te doy mi vida entera- dijo ella.
Él amante sacó el arma, dirigió el cañón cilíndrico hacia la grieta carnosa en donde confluyen sus piernas, penetró los bajos fondos y disparó su cargamento, gimiendo de placer.

Un mayo de carne y hueso

Hoy me he visto en el espejo al levantarme y he pensado que, en pijama, soy la viva imagen de mi abuelo. Contemplo su foto en el álbum y me vuelvo a sorprender. Qué mirada tan intensa. Esa brillante calva, esos ojos enterrados en las carnosas arrugas, las largas mejillas colgantes de sabueso y la voluminosa papada que se abomba y se repliega para insertarse en el cuello... Él fue un hombre de carácter, un antiguo concejal de Izquierda Republicana que sufrió atentados falangistas en el año treinta y seis, la cárcel durante la guerra y los campos de concentración del sur de Francia, antes de volver a casa, en el cuarenta, arruinado por el régimen de Franco. Sin embargo fue capaz de levantarse y de sacar adelante a su familia a pesar de seguir siendo un apestado, el único superviviente en treinta años de la antigua democracia en su ciudad. Además, le dio tiempo a contemplar en la tele en blanco y negro la muerte infame del dictador, a conocer en persona al joven Felipe González en un mitin del P.S.O.E. y a votar en las primeras elecciones generales. Murió el día en que se votaba en las municipales y en familia lamentamos que el proyecto imaginado de visitar el ayuntamiento y entregar al alcalde democrático de la naciente monarquía su digna y cansada carga de legitimidad republicana nunca pudo hacerse efectivo.
Recuerdo que, en los años sesenta, en la época en que yo le visitaba con mis padres los domingos, tuvo un problema médico extraño y de mucho interés, al menos para el que suscribe. Fue una especie de colmillo que brotó como un volcán en el centro de su viejo paladar. El dolor que padeció fue tan intenso que pensó que aquello era el principio del fin, pero él no era un hombre sin recursos. Buscó ayuda, recorrió la consulta de cien médicos y acabó por extirpárselo y un día nos lo enseñó:
-¿Lo veis? Creía que era un demonio, pero al parecer era tan sólo una herencia algo tardía.
Yo le pregunté por si lo iba a guardar bajo la almohada para ver qué le traía el ratoncito.
-¿El ratoncito?
-Sí, el ratoncito Pérez...
Y, enseñando bajo el labio mis pequeños incisivos, separados cual menhires en el campo de mi encía, añadí:
-El diente que a ti te sobra, a mi me falta.
Le hizo gracia mi ocurrencia y me dijo que algún día aquel mal diente acabaría por ser mío, porque él lo dejaría establecido ante notario.
Ahora lo tengo aquí. El canino palatino de mi abuelo compensaba el incisivo que nunca jamás brotaría en la boca de su nieto. Por eso, ahora que estoy de nuevo ante el espejo y me miro a los ojos fijamente, le recuerdo como era: un anciano alto y derecho, un mayo de carne y hueso. Sus antiguos cromosomas descansan en paz conmigo y conducen en la nave que hoy piloto su mensaje hacia el futuro.

Tiempo al tiempo

El tiempo es un ser voluble que unas veces nos parece perezoso y otras un bruto sin alma, un violento asesino. Es así. Le gusta quedarse dormido y esconderse tras las formas sienciosas de su accion imperturbable, mientras el mundo se aburre y contempla la inquietante permanencia. Otras veces se comporta como un niño irresponsable, decide cambiar de golpe y de pronto nos sorprende por la fuerza que despliega. Normalmente, sin embargo, trabaja con calma y cautela, programa un proceso preciso que pregonan vientos vivos y que las nubes decoran a medida que en el cielo se construyen nuevos impetus. Él obra siempre en presente, aceptando las herencias del pasado y pensando solamente en el futuro. Hay que darle tiempo al tiempo.

El oráculo

El anciano habló con un murmullo. No te entiendo, le dije, estoy un poco sordo... Y el oráculo cesó.

Delincuentes juveniles

Éramos los reyes del barrio e imponíamos la ley en el colegio. Cuando montábamos alguna en los pasillos o en las clases, los profesores miraban hacia otro lado. Los chicos se sometían a nuestras bromas y las chicas no dejaban de dar vueltas a nuestro alrededor como planetas distantes. Una tarde nos juntamos en el gallinero para ver un programa doble y nada más entrar asistimos al desnudo parcial de la protagonista y al comienzo de una violación. En el transcurso del corte que subrayaba la ausencia de la escena caliente, el asunto tuvo algunos comentarios como éstos:
-La metía yo un chorizo hasta la boca... Qué buena estaba la tía...
No sé cómo a la salida del cine tropecé y un esguince en el tobillo me tuvo con dos muletas hasta el final de aquel curso y me impidió seguir tomando parte activa en las correrías de la pandilla. Por eso yo no disfruté de la fiesta que se dieron con el culo de Paulita y ahora no estoy fichado. La gente ha cambiado mucho. Hace un tiempo se tiraban por el suelo con todas nuestras ocurrencias y ahora se quedan mirando, reprobando lo que hicieron y susurrando chismes a mi paso, porque digo que esos tíos que se sientan cada día en el banquillo siguen siendo amigos míos y que yo no soy más listo ni mejor.

Política del amor

Porque el amor carnal es siempre una dictadura, porque el amor filial acepta el absolutismo de los padres y porque el amor paterno suele ser intervencionista, sin amor uno es más libre. Sin embargo, somos padres, somos hijos o buscamos sin cesar unos ojos en los que reconocernos. El amor se nos impone. Amamos porque queremos, entregamos lo mejor, disfrutamos del cariño y la ternura de los otros y aceptamos sin rechistar las placenteras cadenas.

Dos hormigas y N migas

En el mantel de una casa, dos hormigas que venían de dos hormigueros distintos se encontraron cuatro migas y se las repartieron: Dos migas para cada una.
Hablaron un rato largo y se hicieron muy amigas:
-Yo soy de ciencias exactas.
-Pues yo soy de letras puras.
Por la noche se encontraron un mantel mucho más sucio y una dijo:
-N migas hay ahí.
-¿Enemigas? ¿De verdad?
-N migas, N migas...
-¿Enemigas? Éramos viejas amigas. Ya no sigas.
-Lo que digas...
Y se marcharon de allí y avisaron del hallazgo a su hormiguero y olvidaron para siempre su amistad.

La invasión de las gotas

Los invasores del reino de Poseidón no vinieron por el agua, llegaron volando en el aire lo mismo que los marcianos. Cayeron sobre mi techo y mandaron emisarios: 
-Venimos a conquistarte- me dijeron -entrega tu territorio. 
Pero yo ignoré sus amenazas y dejé pasar el tiempo.
No tardaron en llegar organizados. Caían de un cielo oscuro, relleno de nubes grises y eran muy numerosos. Viajaban en sus naves con forma de esfera picuda y se paraban aquí, uniformados de azul y cantando un himno terrible:
-Por Neptuno y por Nerea, -repetían- soy líquido y transparente. Mi reino es limpio y sin forma. Arraso a quien se me enfrenta...
Su asedio resultó firme y rigurosamente organizado. No hubo forma de oponerse a su progreso. Desplegados en distintas unidades, que tomaban forma de círculo, atacaban disparándose hacia abajo como flechas inhumanas. Hacían un ruido seco, semejante al de un martillo, y el sonido machacaba mis oídos con su ritmo monótono y trágico:
-Toc, toc. Toc, toc. Toc, toc...
-Nunca podréis conmigo. Resistiré hasta la muerte- les dije.
Pero ellos continuaron su operaciones militares. Primero rodearon el fluorescente situado en medio de la cocina y luego llenaron de agua el suelo del largo pasillo y la pared orientada al suroeste del dormitorio principal.
-Ríndete. La naturaleza es persistente. Tarde o temprano podremos con tu resistencia. Depón tus armas humanas. Ya no puedes hacer nada.
Intenté pedir ayuda, pero todos me decían que no había presupuestos ni soldados preparados para poder derrotarlos y que aguantar agua, matar matas o correr en corro son pretensiones ridículas, esfuerzos inoperantes, destinados al fracaso. Intenté entablar negociaciones para pactar un alto el fuego y ganar tiempo, pero ellos lo rechazaron:
-Ríndete. No tienes alternativa. Somos invencibles.
Y vi como de mi propio techo brotaban cascadas múltiples que se llevaban por delante todas mis cosas (las frutas y las verduras, guardadas en la despensa, los cacharros de cocina, saliendo de la alacena, las fotos de mis recuerdos, los libros acumulados en cien años de lecturas y el mobiliario de Ikea) y luego una masa amorfa que quedaba frente a mi, flotando sin rumbo fijo, como residuos impuros de un mundo que desaparecía, como la armada que ha visto hundirse a todos sus barcos tras la terrible batalla. Y yo me puse a llorar y mis lágrimas traidoras se fueron con el enemigo, justo antes del momento en que el salón y el pequeño dormitorio de mi hijo cayeran en su poder. No sabía que, entretanto, en el baño se llenaba la bañera y las aguas del retrete rebosaban para unirse de inmediato al invasor y agregarse sin dudarlo al gran imperio.

El estreno

En la noche del estreno pintaban bastos. El patio de butacas estaba totalmente vacío, así que entre los actores cundió la idea de que sería mejor dejarlo, salir al bar de enfrente, tomar unas cuantas copas y emborracharnos. El director de la compañía lo impidió. Nos contó que al entrar había visto a un caballero que estaba comprando una entrada.
-Él no tiene la culpa de ser el único y se merece un estreno como dios manda.
Tras el timbre de llamada y las advertencias de rigor sobre los móviles, un hombre con gabardina y con un sombrero inclinado hacia delante, que le cubría el rostro parcialmente, entró en el patio de butacas y se sentó en su asiento. Después apagaron la luz y empezó la función. Actuamos para él. El drama fue creciendo ante sus ojos, mientras el escenario se calentaba poco a poco. Cuando el protagonista cerró la obra, pronunciando con gran énfasis la frase definitiva, aquella única sombra oscura que nos miraba desde abajo se levantó de su butaca, se puso a aplaudir y gritó:
-Bravo, muchachos, bravo... Y ahora vamos a celebrarlo.

Un encuentro

Paseaba lentamente por la calle disfrutando del sol del mediodía y tú te saliste de un grupo que se cruzaba conmigo y te pusiste delante, sonriendo.
-¿Quién eres?- te dije, intentando hacer memoria.
-¿Estás seguro de que no me reconoces?
Aquel timbre de su voz resultó como un chispazo, un efímero acto de luz en el desván de mi memoria.
-Sí, sé quién eres, pero he olvidado tu nombre- le dije, adelantando mi brazo y deslizando en forma de círculo la yema del dedo pulgar sobre la del dedo índice de mi mano derecha, y ella dibujó en mi rostro una caricia, que imitaba en la mejilla el recorrido de un borrador de seda sobre la negra pizarra, y continuó su camino.

Hablar en sueños

Por la noche, tú me llamas en tus sueños. Y yo te contesto siempre con palabras cariñosas, porque tengo un sueño ligero que atraviesa fácilmente la frontera a la conciencia sin parar nunca en la aduana:
-Tranquila, tranquila. Lo que pasa es sólo un sueño.
Y tú te acurrucas a mi lado y te sumerges en las olas que tu mente va lanzando hacia la costa, y yo te acompaño en silencio, atendiendo a los peligros que te acechan, esperando a que tu rostro o tus palabras me den alguna pauta para dejarte tranquila o para raptarte del sueño y traerte de nuevo aquí. Casi siempre te pregunto por la gente que aparece, porque antaño me contabas muchas cosas que me orientaban muchísimo, pero ahora casi nunca me contestas. Te empecinas en seguir nadando sola y yo me quedo pensando, indeciso, escrutando algún signo de inquietud bajo tus párpados cerrados para poder despertarte y volver a abrazarte otra vez, mientras tú me miras sorprendida de la suave calidad de mis caricias y cierras de nuevo tus ojos y te vas.

Juegos reunidos

-Si no espabilas te voy a conquistar el territorio de Yakutia- dije.
-De oca a oca- dijo ella.
-Las cuarenta- contesté.
-Órdago- replicó, mientras dejaba caer sobre el tapete verde cinco ases.
Yo no tenía una escalera de color pero entonces la miré fijo a los ojos y concluí la partida:
-Jaque mate.

Sin moverse

En aquellos lejanos años sesenta, las chicas se juntaban a las seis, cuando salían del colegio de las monjas, situado junto al río, y jugaban a la comba a las puertas de mi casa hasta las siete o siete y media. Venían vestidas con un uniforme de faldita príncipe de gales y jersey verde, y yo escuchaba sus canciones y el ruido que hacía la cuerda, repicando sin cesar sobre la acera, mientras intentaba a toda prisa acabar con los deberes para conseguir el visto bueno de mi madre y poder así llegar a tiempo de ver los dibujos animados. Entre ellas, casi siempre, estaba Elsa, una chica encantadora que saltaba como nadie aquí debajo. Su afición, al parecer, iba mucho más allá del propio juego, porque en muchas ocasiones aparecía con aquella cuerda corta con sus mangos de madera y empezaba aquella danza colosal sin moverse del lugar en donde estaba. Mi madre también la miraba y decía que, salvando las distancias, era como Manolete, porque su acción primorosa se clavaba en un lugar del que a pesar de los saltos apenas se movía. Yo tan sólo hablé con ella en un baile matinal de discoteca. Fue un momento deseado muchas veces, porque ambos nos hacíamos algún tilín, aunque todo pasó sin pena ni gloria. Ella, no sé por qué, me dijo entonces que su objetivo en la vida era seguir en su sitio, mantenerse imperturbable frente a todos los que intentaban manipularnos y permanecer siempre en el bien y en la defensa de lo correcto. 
Cuando tiraron las chabolas del callejón, Elsa se marchó con su familia a un piso de protección oficial de un barrio lejano y gris. Supongo que para ella aquello fue muy doloroso. Sus amigas me contaron que estudió en el I.N.E.F., que se afilió en la transición al partido socialista y que trabajó como profesora de gimnasia en un instituto de provincias. 
Anteayer me la encontré dando un paseo por la orilla del río. Fue como una aparición: Una señora jubilada, dando saltos a la comba sin moverse del lugar en donde estaba.
-¿Eres Elsa?- le dije.
Y ella me reconoció al instante y luego me sonrió. Me contó que, aunque la vida te modela de tal modo que destila tus mejores virtudes y que oculta tus mayores defectos, ella seguía siendo la misma; que los tiernos ideales que un día me confesó seguían, grabados en oro, sobre su único altar, y que por eso, precisamente por eso, ahora vivía sola y no votaba ya al partido.

Tiritando

Te duele mucho la rodilla. Acabas de pasar sobre ella el agua fresca del lavabo y el jabón del baño para limpiarla, pero la sangre sigue brotando. De modo que te levantas, buscas el botiquín, lo abres, deslizando la cremallera sobre los invisibles raíles, extraes el betadine y escoges la tirita que se adapta mejor al tamaño y a la forma de la herida. Te sientas. Lo primero es extender el desinfectante rojo sobre la erosión cutánea. Luego rasgas el papel del envoltorio industrial de la tirita y extraes su contenido. Contemplas su color mate, le quitas el papel blanco y la pegas en la herida, tiritando.

Un ocaso

Era el momento mágico en el que el sol intentaba esconderse bajo tierra y mis ojos disfrutaban con el fulgor colorado. Avancé hacia el horizonte y de pronto me encontré con su silueta inconfundible al contraluz:
-Coño José, ¿tú por aquí?
José levantó la vista como para mirarme pero no pareció verme, así que le hablé en voz alta:
-Joder, tío, cuanto tiempo.
Él estaba a lo suyo, miraba hacia el fondo del mundo, miraba sin enfocar. Su rostro no daba muestras de escucharme.
-Sí, lo sé. No quieres hablarme. Estás enfadado conmigo.
De pronto me dio la espalda y comenzó a caminar.
-Oye, espera, espera... Nosotros somos amigos ¿no? Los amigos son amigos porque quieren. Ser amigos es un acto de voluntad, no un acto de conveniencia. Es como en las parejas. Ser amigos significa muchas cosas: Que nos hemos ayudado, que nos hemos hecho daño y que hemos vivido a la vez.
José siguió caminando sin volver la vista atrás.
-Joder, tío, perdona. Sé que a veces no he cumplido, que no te he seguido en tus cuitas, que me pasé con mis críticas y con mis chanzas a destiempo. Deberías entenderme. 
Pero él se marchó hacia el ocaso y yo me froté los ojos porque un vago sentimiento de abandono me decía que de allí no volvería nunca más.

En el bocho

Después de echar un chinchón en el despacho de casa, Txetxu y la chacha de Chiapas se fuman la china entera y se devoran un ocho. El chico, que está al acecho del pecho de la chicana, ha improvisado un lecho con un colchón y una colcha y ha dicho al llegar la noche: 
-¿Me dejas tocarte un poco?
Y ella, que es chacha chocha, pochada de chocolate, se quita el poncho y el cincho, libera sus michelines e intenta pincharle al chico:
-¿Tú quieres pasarlo chachi?
El muchacho agarra el pecho y chupa como un poseso:
-Tu petxo me da la ditxa.
 Y entonces ella le chista un chisme que tiene chiste, una chanza localista:
-Me han dicho que en esta orilla no saben tocar la chistu. 
-¿Que no tocamos la txistu en esta orilla deretxa? ¿Nos tatxas de poco matxos a los de Guetxo y Neguri?
-Eres un mamarracho.  
Como un chamán de su sexo, el muchacho saca el chisme, se cala una gran chapela y chilla cual rompetechos:
-En Bizkaia, Matxitxako. Con este totxo te tatxo.
Y ella, que ve el chorizo, intenta chincharle un poco: 
-Del dicho al hecho hay un trecho. Para un chaval como tú, mi chocho es mucho trabajo. 
Y Txetxu se pone chulo. 
-Mi pitxa es un bitxo malo. Con este catxo de txorra te matxaco. Te pago lo que haga falta. ¿Me la txupas y txingamos por la notxe a trotxe y motxe? 
Y ella se enfada mucho.
-Soy chacha pero no puta y a ti te falta una ducha. Eres un gocho asqueroso.
Y Txetxu, que lucha con ella e intenta llevarla al coito, y ella que no se achanta y que sale como un rayo del despacho, coge el poncho y se marcha a toda prisa del chalé.
Luego en la calle respira, en el poncho abrocha un broche, que es de azabache de Chiapas, y canta este chévere charro que suena como un cha-cha-cha: 
-Escucha, mi amor, escucha: Mi hucha no guarda monedas. Mi hucha es de chicha blanda y se abre con llave de seda que tú no sabes usar.

El enigma de su nombre

De Remedios, mi mujer, que era capaz de arreglarlo casi todo, se decía que era el polo opuesto de la "bruja averías". Tanto es así que tuvimos amigos que le cambiaron el acento a su nombre para transformarlo en una palabra aguda y aludir de esa manera a lo divino de su ingenio. Por re-medios, además, la mía era una mujer muy centrada, y eso me molestaba porque yo, como los buenos matadores, prefería siempre la zona excéntrica de los tendidos. Por esa y otras razones, que no vienen al caso, hemos decidido separarnos. Ante el juez, me pide que reme y reme, como ella, para poner a nuestra barca en un lugar equidistante y seguir navegando juntos por el tiempo.
Medí y remedí su propuesta, acabé por rechazarla: ¡No!, no quiero más Remedios.

El viento y la peña

Él era un viento ingenuo, una masa brusca y joven que invadía la montaña de repente con su esencial inconsciencia, y ella una peña enhiesta, una gran masa afilada de roca gris y brillante, vestida de verdes bosques. Ella exhibió su atractivo para atraer al muchacho y él resopló como un toro. Las caricias masculinas de aire tibio resbalaron como gotas sobre la piel femenina de piedra angulosa y firme, pero no fueron capaces de fecundar sus entrañas. Ella tardó en concederle la llave de su corazón y él decidió progresar, dejarse arrastrar hacia abajo por la pendiente inclinada y contarle al largo río su aventura. El muchacho llegó al valle y su ímpetu se fue frenando. La memoria le cambiaba poco a poco con la fragua de la calma y la firmeza. Volando sobre los mares, cruzando los continentes, apagando cien mil fuegos, diseñando dunas blancas, bailando con los abedules o aumentando el radio azul de las olas en la costa, el viento siguió su camino, mientras ella seguía firme, clavada en la cordillera. Ella permaneció en su lugar, ella siguió de guardia sobre la línea de cumbres, enfrentándose a la fuerza de los locos meteoros y esperando a que su amor volviera otra vez a buscarla, derribase uno tras otro a los pinos que guardaban sus secretos, la penetrara en su cueva y se quedara a su lado para siempre.
Después de la eternidad, después de cientos de años avanzando sin cesar en la cuenta de los números enteros, el viento cansado y seco volvió a encontrarse con ella. A la hora del ocaso, la roca lo vio llegar: Él era un viejo cansado sin casa y sin porvenir. El viento la miró a ella, mugrienta y redondeada, sin recordar el pasado, sin comparar la apariencia de lo nuevo con la forma juvenil original, ni comprender el sentido de las líneas que el presente va trazando hacia el futuro. El viento, ignorante y mendigo, buscó acomodo en su cueva y ella se dejó habitar sin sospechar que la suerte culminaba la deseada carambola de la forma más extraña y más fugaz. En efecto, con la aurora, el viento sopló hacia el arroyo y reanudó su camino. Algo dentro le decía que a aquel sitio no debía volver.

Los desnudos del invierno

El vestido
de los árboles del bosque 
es el verde de las hojas 
al que el sol torna amarillo 
justo antes del desnudo 
del invierno. 
Es el tiempo en que la tierra 
se pone el traje de boda 
a la espera de la aurora 
que despierta el resplandor 
de su novio que en el cielo 
reina ahora 
y que funde su vestido 
con el fuego de su íntimo calor. 
La tierra está tiritando 
y deja que el tibio amor 
ilumine poco a poco su interior.

Al final

 Es 
 verdad, 
 querido amigo. 
 Al final, 
 sólo la nada transparente, 
 un instante suspendido en el reloj, 
 un recuerdo que resiste inútilmente 
 al imperio del olvido, 
 y los vivos, 
 que se quejan 
 de estar solos, 
 mientras tiran 
 tus cenizas 
 en el río 
 ............ 

El NADIÓN

En 1925, Mister George patentó su gran invento: El NADIÓN. Un objeto de color amarillo y con forma de lazo textil, compacto y redondeado, cuya cualidad más evidente era que no servía absolutamente para nada. De este original cacharro hizo fabricar en Denver (Colorado) más de dos millones de ejemplares. Tras una agresiva campaña publicitaria, en la que se asociaba el objeto con el envidiable tren de vida de los ricos del oeste del país y con un optimismo que iba mucho más allá de cualquier cálculo razonable, consiguió vender casi toda su producción, de manera que en 1927 era ya un hombre rico y admirado. Cuando a finales de año las ventas empezaron a flaquear, a Mister George se le ocurrió comprar millones de kilos de un matorral exótico, como es la genista escorpius, quemarla en sus almacenes y guardar su oloroso humo en tarros de color amarillo.
-Se venderá como el agua en el desierto y será el complemento adecuado del NADIÓN. Lo llamaremos "Libertity"- explicó a los representantes del producto en una gran fiesta campestre, amenizada por un músico jovencísimo, recién llegado al nuevo mundo, que se llamaba Xavier Cugat.
Contra la lógica implacable del mercado, el nuevo producto, que pasó a la historia como el primer ambientador industrial de los EEUU, alcanzó un éxito tan rápido y tan rotundo que en 1928 Mister George era el mayor contribuyente de la capital del Medio Oeste a la hacienda del estado.  
En la navidad de aquel año, el magnate padeció un fuerte síncope, provocado según las malas lenguas por un exceso en la bebida de una especie de Champagne, cultivado en Cataluña, que acabó con su salud delicada, de manera que el día de año nuevo de 1929, se murió sin remedio en el Hospital Central de Denver. Al parecer, dejó una fortuna considerable a su mujer, Montse, y a su hijo, Jordi, sus únicos herederos, pero ambos sufrieron pronto del impacto cruel del viernes negro, que acabaría por hundirlos en el fango de la ruina. Cuentan las crónicas de entonces que madre e hijo se subieron de la mano a la azotea del palacio-rascacielos de oficinas del NADIÓN Bussines Company y se dejaron caer al vacío. Algunos años después, derribaron el histórico edificio y construyeron otro aún más elevado para mayor gloria de su nuevo propietario, empeñado en la expansión de su apellido judío: Rockefeller, que exhibía como signo incontestable de su poder e influencia en todos sus rascacielos.
Hoy en día, de Mister George y de su empresa apenas quedan recuerdos, salvo aquel anuncio conciso en castellano con forma de la lazo gris en aquel mundo en inglés de tinta sobre papel, que se repetía sin cesar en los diarios de California, Oregón, Tejas, Nuevo Méjico, Nevada y Colorado, y que decía exactamente lo que sigue:
"Independencia, ilusión. El aroma de la libertad. Disfrute de su NADIÓN".

¿Quién?

Me encuentro en plena calle con Antonio, el mejor amigo del único hermano de mi amigo Carlos. Hubo un tiempo en el que Carlos y yo jugábamos al mus contra ellos dos.
-Hombre Carlos, ¿cuánto tiempo sin verte?
-No, hombre, no, Antonio. Soy Elías, el amigo de Carlos.
-Ah, perdona, me he despistado, ¿y tu hermano?
-¿Mi hermano? Bien.
-Tu hermano es un pájaro de cuidado. Anda, dile que le llamo un día de éstos. Hace mucho que no hablamos.
El problema es que Antonio, que yo sepa, no conoce a ninguno de mis hermanos, así que le dejo que se crea que soy Carlos, porque ahora me resulta muy difícil convencerlo en dos palabras de su error.

Los muertos en Tepoztlán

Cuando el viento se levanta, las telarañas ondean como banderas de muerte. En los huecos del adobe de las tapias de la calle que baja hasta el cementerio, las arañas nos recuerdan a las parcas, que tejen y tejen trampas y que cortan al final el hilo que nos condena.
-Si vibra la trampa tejida es como si llamases al aldabón de una puerta. Mira cómo sale el bicho- dijo Rafa.
Ana vio cómo el joven adelantaba su mano hasta tocar la telaraña y cómo asomaban las enormes patas:
-¡Déjalas quietas, por favor! 
Ana se había apartado horrorizada, pero Rafa tiró de ella y la apretó contra él. La muchacha cedió un poco para seguir en contacto, pero giró su cabeza para impedir que él la besara.
-Vamos, que se nos hace tarde. Anda, vete sacando la cámara. Tenemos que filmar la fiesta- cortó Ana.
El joven se quitó la mochila de la espalda y le fue dando el material, empezando por la cámara. 
-¿Tienes preparado el micrófono?- preguntó Ana.
-No te preocupes eso es pan comido.
La chica fijó su atención en el rumor que venía del cementerio.
-Oye- le dijo -me encantan esos mariachis. ¿Te imaginas la película? Un sonido que se va concretando poco a poco, un sonido que se hace más claro a medida que el paisaje va saliendo del polvo o de la niebla.
-Sí- contestó -eso está chido. Espera, que pongo en marcha la grabadora.
Rafa preparó sus aparatos y avanzó con el micrófono delante, como un cazador de sonidos en el centro de un safari. Ana le seguía con la cámara colgada, con los objetivos apropiados instalados y con el trípode bajo el brazo. Los ecos de la música se mezclaban con el guirigay de los puestos de flores y con el ruido de sus pasos ligeros.
Al pasar bajo el arco de la entrada del cementerio, Rafa interrumpió la grabación y comentó el espectáculo:
-¿Qué te parece? ¿No te lo había dicho? ¡A que merece la pena!
La noche estaba cayendo y las luces de las bombillas reforzaba los colores amarillos de las flores. Ana estaba fascinada. Tenía allí delante a todo el pueblo: los viejos y los adultos hablaban animadamente. Los niños jugueteaban, saltando sobre las tumbas y se oían las canciones superpuestas de la fiesta.
-Esto es mi México- añadió Rafa -un territorio mestizo. El país que debe al tuyo su lengua y su magro estado, y también los curas viejos que hicieron su independencia. Un lugar donde la vida vale poco y en donde la muerte está presente en casi todo.
Ana extendió su brazo para dejar el trípode en las manos del joven y se llevó a los ojos la cámara para ensayar los encuadres.
-¡Es formidable! La vida y la muerte juntas, compitiendo. ¿Crees que nos dejaran hacerlo?
-Sí, no creo que se opongan. A los mejicanos nos encanta salir por la tele.
A su izquierda, un hombre con su guitarra cantaba "Cachito mío" y Rafa le comentó a su amiga y compañera de fatigas:
-Para la gente rica hay mariachis grandes con cinco o seis miembros, pero también los hay de dos o de uno para los pobres.
Ana, sin embargo, estaba más interesada en la familia de la tumba de la derecha, que había empezado ya la cena. El puchero con mole caliente olía mejor que un perfume.
-Oye Rafa- dijo Ana -pregúntales si hay algún problema en que les filme.
Rafa se acercó a los mayores, que se encontraban sentados sobre la losa de la tumba, y Ana vio cómo sonreían ante la plática de su amigo. Apenas tardó un minuto. El muchacho hizo un gesto inequívoco, levantando el dedo gordo en la distancia, y Ana comenzó un largo plano que penetraba en el grupo. Luego el objetivo giró en horizontal persiguiendo un primer plano de los rostros.
-Mi hermano Tomás se murió hace tres años estuvo luchando un mes entero, pero al final claudicó-dijo el que parecía más anciano-. Mientras vivió fue mi hermano. Apenas nos encontrábamos en navidad y el día de los muertitos, pero desde que se murió no hay un día en que no piense en él.
-Yo lo entiendo- dijo Rafa - mi padre también está muerto.
-A mi hermano le gustaba mucho el mole y hoy lo hemos hecho a su salud, ¿quieren ustedes probarlo?- añadió el viejo.
Como el hambre no faltaba y los pesos no eran muchos en sus bolsillos de pobre, los dos jóvenes aceptaron la invitación. Se sentaron en la tumba, justo al lado del anciano, intentando con sus gestos dar señales de respeto y de sincero agradecimiento. Sin embargo, la comida estaba picante y Ana no pudo evitar resoplar.
-Vaya, se ha enchilado- dijo entonces el anciano-. Lo mejor es beber leche. Dadle un vaso.
Un chiquillo rebuscó en una bolsa verde, sacó la botella blanca y rellenó un vaso de plástico. La joven bebió a tragos cortos.
-Ana es española y no está acostumbrada al picante- dijo Rafa.
-¿Española?
-De Santander, en el norte.
La chica, que empezaba a lamentarse de no haber besado a Rafa, dejó ahora que su mente volase hacia su patria lejana. Echaba de menos aquello. Dos enormes lágrimas bajaron por sus mejillas y añadió:
-Cuando mi padre falleció, yo ya estaba de este lado del Atlántico, así que no pude despedirme.
-De mi padre apenas me acuerdo. La última vez que lo vi yo tenía solamente cinco años- dijo Rafa.
-Morirse es lo más natural. Lo que es raro es estar vivo- terció el anciano justo al tiempo en el que el mariachi de la tumba de al lado entonaba desafiante el estribillo de: "Y volver, volver, volver..."
El sonido de este canto sirvió entonces para raptar la palabra del viejo. Parecía embelesado por el sentido que adquiría la letra en aquel contexto. Elevó su mirada cansada hacia la oscuridad de la noche y esperó como ausente. Cuando la música cesó, en su pecho se abrió paso un profundo suspiro. Después añadió:
-Ustedes son muy jóvenes y tienen toda la vida por delante. Nosotros, los viejos, somos otra cosa. Nosotros somos memoria y vivimos recordando a nuestros muertos, suavizando los contornos de sus faltas, perdonando sus ofensas o incluso insultándoles, y así los animamos un poco. Seguimos hablando de ellos, valorando el patrimonio que dejaron, visitando los paisajes o las casas que hace años compartimos y rememorando sus frases afortunadas o sus visibles torpezas hasta que al fin conseguimos que algunos nos hagan caso. No es necesario invocarlos por su nombre. Ellos ya no son seres humanos. Ellos son sólo fantasmas, almas huecas, transparentes, que en sus huras nos esperan como arañas al acecho de un extraño movimiento al exterior. Al final salen confusos, temerosos de los riesgos de la luz y nosotros no nos damos cuenta. Asoman su cabeza, nos miran un momento e, incapaces de saber si son ellos realmente, vuelven a meterse en sus guaridas, sin decir una palabra y sin llorar.

Últimas palabras

 Escribí: “Me estoy muriendo” 
 y mis ojos se han llenado de ternura. 
             Luego digo: "Ahora”             
 y persigo los tres golpes de mi voz 
 por la lúgubre cubierta. 
 Ella está sobre el timón y comprueba 
 que se agota mi ya débil resistencia. 
 Cómo ladra el fiel guardián del laberinto, 
 cómo duelen los pecados sin perdón, 
 y cómo el terror se abre paso 
 desde las hondas tinieblas. 
 Desfilan las olas blancas 
 como un batallón de espuma 
 frente a la grada de arena. 
 La playa espera tumbada, 
 tiritando bajo el manto gris de niebla. 
 De pronto se apaga la vela 
 y se arroja de cabeza el cormorán 
 en la fría superficie de este mar 
 que transforma mi memoria 
 en gotas negras... 
 En el fondo, la ceniza, 
 cual notario del pasado 
 que se escapa, 
 toma nota. 

Anunciación

La virgen contemplaba la trayectoria espiral de una pluma que caía. Sentada en su silla de cuero repujado, la joven cerró el libro que tenía entre sus manos, lo puso sobre su regazo, levantó su mirada hacia la ventana y escuchó un trino agudo y sorprendente:
-Dios es ave, María- le cantaba un pájaro blanco y parlanchín.
La muchacha sonrió al principio levemente, pero pronto se abrió paso una sonora carcajada justo al tiempo en que sus labios susurraban:
-Gracia plena.

En el rápido del río

 Las cosquillas que hace el sol 
 al mirarse en el espejo 
 de su plana superficie 
 multiplican los reflejos saltarines. 
 El agua se muere de risa 
 y al cielo salpica su gozo, 
 mientras la espuma florece 
 mientras corre por la roca como loca 
 y sus dedos acarician los brillantes escalones 
 en el centro del pequeño paraíso 
 que es el rápido del río. 

Hablar se escribe sin h, en catalán

Después del gran Tarradellas, 
(Puigdemont, Pujol y Más), 
el honor/hable entre rejas, 
de verdad.

Los frentes de la Historia de España reciente

Guerra civil

Franquismo
Democracia bipartidista
Octubre 2017

España actual
Signos convencionales:   Círculo rojo-izquierda    Círculo azul-derecha    Círculo verde-nacionalistas periféricos

La tierra de Pico de monte

 Dicen que hay un país 
 al sur de los Pirineos, 
 que llama a sus picos: Puig 
 y siente fluir por sus venas 
 el latido de una tierra 
 independiente. 
 En las alturas, los Puig, 
 tan fríos y tan escarpados, 
 han puesto una estrella azul 
 a las rayas de color de su bandera 
 para intentar explicar 
 que rechazan la cultura horizontal de la llanura 
 y que aspiran a llegar a tal ruptura, 
 que al final todos sus Puig puedan volar. 
 En la llanura, las gentes 
 trabajan todos los días 
 y tienen que soportar 
 las locuras de la clase dirigente, 
 la mentira de una historia reformada 
 y el imperio de una lengua diferente. 
 ¡Qué solas se van a quedar     al pie del Puig convergente! 

Canción del drogata

Le he visto llegar en moto.
Hoy vende a precio de oro 
viajes de blanco caballo...
Preparo la guita en silencio 
y se la entrego al pasar.
El antro umbroso en la tarde
protege su identidad:

-Te busqué en la cabalgata, 
siguiendo a Melchor o a Gaspar-
le digo, intentando un sarcasmo.

-Salimos con Baltasar. 
También nos gusta lo negro-
me contesta en la penumbra
y luego se gira en redondo
y se enfrenta con mi rostro
en el fondo del local:

-Es cierto, soy un camello,
un despojo, un traficante,
un viejo pirata sin mar,
un ser humano inmoral.
No aspiro más que a esnifar
un par de veces al día.
Estoy de vuelta de todo.

Tú sabes que suelo cantar:
"Que es mi dosis mi tesoro, 
que mi ley es la omertá, 
mi dios el polvo de nieve 
y mi patria un sucio bar".

Pues eso, no digo más.
A Espronceda, estoy seguro,
la letra le va gustar.

La novena

En mi pueblo, cuando se acerca Santa Cecilia, siempre nos ponemos de acuerdo para hacer una novena.

No es justo

Toño apareció de improviso por la puerta del salón, llorando con toda su rabia:
-¡Me ha pegado! ¡Me ha pegado!
Detrás venía Rhut:
-No es verdad, papá, no es verdad.
El padre levantó la mirada, ajeno a toda la historia. Tenía un engorroso examen en la mano y un argumento clave en la cabeza que había que verificar antes de que se esfumase.
-A ver, ¿qué demonios pasa?
-¡Me ha pegado! ¡Me ha pegado!
-No es verdad, ¡mentiroso!
El padre empezó el interrogatorio, intentando poner calma en medio de la excitación y haciendo ostensible su mirada escrutadora, ese intenso dardo de la verdad que sólo servía cuando hacía diana justo en el centro de las pupilas de cada uno de los niños.
-Dime, Toño, ¿por qué te ha pegado?
-Porque, porque...
-Qué no, papá, no le creas, que se lo inventa todo- le interrumpía Rhut cada vez que su hermano pequeño abría la boca.
Lo de siempre, pensó el padre, así no hay forma de aclararse.
-Sabéis lo que os digo, Ni una palabra más. Ahora mismo os vais de aquí. Cada uno a su habitación, luego hablaremos.
-Pero papá, yo no he hecho nada- retrucó la niña.
-No, no es justo- dijo Toño, que seguía llorando como una magdalena.
El padre suspendió su juicio un momento para escuchar el eco de esa última frase, la misma frase que él repetía de niño cuando su madre, que siempre lo hacía responsable de todos los conflictos, le castigaba.
-Justicia, ¿qué es eso? Una palabra, nada más. ¿Tú quieres ser justo? Entonces di la verdad ¿Qué es lo que ha pasado?
Pero antes de que los dos niños ordenasen sus ideas e intentaran explicarse, el padre se paró en seco. De pronto se dio cuenta de que cada vez estaba más lejos de saber qué sucedía. El tiempo corrompe el pasado porque la memoria, en realidad, es ya un cadáver. La verdad y la justicia son términos abstractos. Ideas de un éter lejano. Si seguía preguntando tan sólo contribuiría a dar pábulo a las varias justificaciones de cada uno. Además, este juego tenía siempre un perdedor: el muchacho que aún no usaba las palabras como un arma arrojadiza, el muchacho que a su edad aún no sabía que ésa era la única forma civilizada de atacar y defenderse. Por eso y porque la urgencia del examen demandaba toda su atención, el padre lanzó un suspiro, abrazó a los niños y reconoció su fracaso. 
-Lo siento. Se acabó. Ni una palabra más. Se acabó.

Juan II

A las puertas de la vejez, después de intentarlo año tras año, Isabel consiguió que en su vientre se instalase un nuevo ser. Entre los más allegados, pronto empezó a comentarse que aquel embarazo tardío daría a luz un varón que se llamaría Zacarías, como su padre. Por eso fue muy extraño que ella se plantase ante sus suegros:
-Si lo que está por llegar es un niño, se llamará Juan.
-¿Juan?
-Sí, Juan, como su padre.
Entonces todos miraron a Zacarías y Zacarías, en tono conciliador, dijo:
-Bueno, no importa. ¿John? ¿Juan? ¿Giovanni? Juan está bien. El niño será un seductor. De casta le viene al galgo. Así lo quiere Dios.