Ensimismado

Un día, un lector me envió este mensaje: “Estos cuentos hablan de las cosas que realmente importan. Enhorabuena”. 
Al intentar contestarle me di cuenta de que la dirección a la que escribía era la mía y, sin embargo, seguí adelante.

Cambio de identidad

Después de treinta años de matrimonio, aquel día dejé de ser yo. En la cocina, me encontré con ella:
-¿Qué pasa? – le dije.
Y fue la primera vez que ambos pensamos lo mismo.

Marioneta

Estabas harto de obedecerme, así que te corté los hilos y te dejé en libertad, pero tú ni te giraste para despedirte. Empezaste por sentir que tu corazón latía como un diapasón y la fuerza de tus músculos textiles. Luego apretaste los puños, te pusiste en pie y buscaste la manera de escapar de aquel paisaje infantil en donde cada noche yo te hacía bailar a mi capricho. Aún estabas desnudo y, a pesar de que tu cuerpo se movía con torpeza, te marchaste a toda prisa, arrastrando los hilillos por el suelo.

La fuerza de la naturaleza

Sucedió que, cuando iban a sacarlo del lugar en el que estaba enterrado, se levantó el Francolí.

Frankenstein

En su barca a la deriva, el monstruo recorrió las orillas del Ártico, hasta que el océano lo engulló. Sucedió entonces que una gigantesca ballena le dio posada en su vientre y que dos meses después, justo en el mismo sitio en donde una tatarabuela del cetáceo había depositado a Jonás, aquel pálido individuo emergió del ancho mar: 
-Preparad los caminos del señor- dijo de forma mecánica al locutor de la radio al tocar tierra, pero allí nadie sabía de las sucesivas creaciones de Mary Shelley, del doctor Frankenstein ni de aquel individuo horrible que les hablaba con el verbo arrebatado de los santos convencidos. Él era un ser monstruoso, sí, pero también era inteligente. Él había estudiado incansablemente en sus largos meses de reclusión forzada y ahora intentaba culminar su trabajo, cultivando su presencia en los distintos medios de comunicación y pretendiendo cerrar por fin el círculo, con el invento de un nuevo ser omnipotente que fuera capaz de crear a Mary Shelley.
A pesar de los enormes esfuerzos apostólicos de Franquenstein, el sentido de su mensaje nunca se entendió correctamente.

Jaimito

Había una vez un hombre de risa fácil:
-Ja, ja, ja, ja, ja...
Tanto y tan bien se reía que llamaba la atención, de modo que un día otro decidió hacer lo mismo:
-Ja, ja, ja, ja, ja... Imito.
Con el paso de los años, se entendió que era muy positivo el comportamiento del hombre de risa fácil y el del hombre que lo imitaba, y así surgieron otros muchos que siguieron sus ejemplos, de manera que llegó un momento en el que la mayor parte de la gente se dijeron partidarios de la risa. Y sucedió que en las casas y en las calles de aquel remoto entonces, retumbaban las sonoras carcajadas, de una forma tan notoria que un escritor sensible pensó en componer una historia que contara su opinión acerca de lo que les había pasado. Tras una larga reflexión, sobre el papel de su creativo cuaderno, escribió:
-Ja, ja, ja, ja... Y mito...
Y después de componerlo y publicarlo, y después de que se leyera en todo el mundo y de que la obra fuera reconocida como la mejor de todas las obras maestras del género de los aforismos, alguien quiso poner nombre a su eximio autor anónimo. Fue entonces el turno de un filólogo investigador que trabajaba en la biblioteca nacional y daba clases de literatura, que examinó las fuentes originales, corrigió sus faltas de puntuación y de ortografía, analizó las anotaciones de los márgenes e hizo pública la conclusión definitiva de una sesuda investigación que tenía también como objetivo el nombre desconocido. Al respecto de este último punto escribió:
-"Con arreglo a los datos relevantes que obran en mi poder, la onomatopeya de la risa tuvo que ser la base del nombre de su autor. Por esta misma razón, he rastreado en el diccionario los nombres que empiezan por Ja y he concluído que su nombre pudo ser James, en inglés, Jaques en francés, Jaime, en español, o Jaume en catalán. Sin embargo, la epopeya se escribió en castellano, de eso no cabe la menor duda, y su nombre, por lo tanto. a mi modo de ver, es probablemente Jaime. J'aime Jaime: Ja y me".
Entretanto, en el Valle aislado del Silicio, en California, un joven planteaba otra salida al oscuro misterio de la risa:
-Je, je, je, je,- decía -"Cuatro je". Je, je, je, je, je... "Cinco je".

A vuelapluma

Escucha lo que te digo. No te conozco, lector, ni sé quién eres ahora, ni el tiempo en el que me estás leyendo. Espero no hacerte daño. Como yo no sé de tí, te cuento lo que yo siento. Aprieto en este papel las letras de mis palabras en líneas horizontales y te hablo de quien soy y de las cosas que en verdad me preocupan. Soy una persona normal, un hombre gregario y vulgar que se ha pasado la vida mirando cómo luchaban las gentes a su alrededor. Carezco de rasgos insignes y padezco de la simpleza del imbécil. Soy un pelele común, un individuo mediocre, cuya mente limitada en ocasiones exhibe un sentido del humor de gracia fácil y algún truco intelectual. Mi defecto más notable es que no sé decir no, que me refugio en la sombra de los que quieren mandar y piden lo que necesitan. Sin embargo, no soy malo. Tengo méritos morales relevantes. Me cuesta un mundo mentir y me gusta decir lo que pienso. Cultivo la soledad, buscando en mí una verdad que está lejana y distante y sigo un camino gris, muy lejos de los oropeles. A nadie he rendido culto y pienso seguir así, incluso en el caso difícil de que alguien procure el éxito de estos escritos escasos que emanan descontrolados de mi mente de escritor atolondrado. Por eso puedo decir que soy un autor autista y que soy al final como tú, una enorme masa gris que en el tiempo se ha cocido y ve que sus grandes defectos brotan también en sus hijos y siguen vibrando en sus nietos. La historia conserva su herencia en cajas de carne y hueso. Lo demás, las cuatro cosas en las que he gastado el tiempo, el amor de las mujeres y el cariño que me dieron mis amigos, son sólo pequeños cuentos, ficciones que salvo excepción nadie jamás contará, negruzco légamo azul en el lago del olvido. Si alguno de mis lectores asiste a mi entierro el día que toque hacerlo, en vez de decir mentiras y rellenar los silencios con típicos lugares comunes, podría leer estas letras y recordarme un momento. 

Te escribiré

Te hablo desde muy lejos, para reprocharte tu actitud. Tú me has declarado la guerra, no lo niegues, tú lo has querido así. Tú me has hecho callar, tú me has tapado la boca, alegando que en mi había una cerrazón inexplicable. Tú has anulado mis razones, agregándolas de antemano al cubo de la basura, y te has cebado conmigo. No admites mi olor natural ni el uso que hago del mando a distancia, te molestan mis comentarios intrascendentes, mis reflexiones políticas, mis opiniones morales e incluso las sugerencias que se me ocurren de pronto para dar salida a un hecho que se impone de repente. No soportas que pregunte para aclarar lo que dices y te irrita en ocasiones que hable alto o que hable bajo. Tienes algo contra mí. Algo actúa en el tono de mi voz, en la tensión muscular de mis risas, en el rumor de mis ronquidos o en el ruído que hago al comer que te repele, que te hace actuar con rabia y con mala leche. Nada de lo que sale de mi tiene interés para ti, no te importan ninguna de mis experiencias. Me desprecias. Se diría que segregas una hormona cuyo fin es combatirme. Yo no sé de qué manera te hice daño ni la idea que te has hecho de mi, pero si que estoy seguro de que lo que digo, lo que sé o simplemente mis olores o la sombra que proyecta mi figura en la pared se enfrenta con lo que eres y con lo que quieres y que, por eso, me has desterrado de tí y me has sentenciado al silencio. Pensar en intentar reconstruir los puentes que has destruido, pedirte una reconciliación o una cita en territorio neutral para cambiar impresiones y sembrar la concordia es simplemente ridículo. Todo eso, ahora, son estrategias vanas, destinadas al fracaso, porque tú ya has tomado la decisión definitiva, porque tú ya no me quieres.
Me voy. Contigo no hay nada que hacer. Me voy para que sepas que no soporto que me trates de esa forma, pero también para decirte que yo te sigo queriendo y que te seguiré escribiendo cada noche para seguir a tu lado y para romper el silencio.

Moisés

Moisés, salvado de las aguas: Para intentar el milagro que me arroja al ancho Nilo de internet.

Agustín

Después de una corta pero grave enfermedad, me enterraron en la tumba de mis antepasados en presencia de un número reducido de amigos y familiares; lo normal en el caso de una persona como yo de escasa vida social y alejada de las alharacas del éxito. De todo eso me enteré mirando desde arriba la sucesión de los hechos, y es que desde el primer momento mi alma de pecador fue recibida en el cielo. Aquello fue una sorpresa para mi, porque yo nunca había creído en las cosas de la fe y porque, aunque yo no estuviera convencido de mi maldad esencial ni hubiera arrastrado hasta la muerte ningún pecado terrible, sí que era perfectamente consciente de que algunos defectos malévolos estaban tan grabados en mi personalidad que habrían debido impedirme el acceso a ese club tan restringido de almas blancas y brillantes que se ubica en las alturas. Sin embargo, al parecer, el juicio de los difuntos salió perfecto, de manera que la sentencia, para mí, fue de lo más benevolente.
Sobre una algodonosa nube, en el comité de recepción del paraíso había un santo barbado y vestido de blanco. Hacia él me dirigí con el atrevimiento y la inconsciencia que casi siempre me habían caracterizado:
-San Pedro, supongo...
-¿San Pedro?-dijo- ¿no ve usted que llevo un libro aquí en la mano y que no se me ven las llaves por ningún lado.
-Perdone, lo siento mucho, entonces usted será...- y dejé la frase así en suspenso para no meter la pata nuevamente.
-San Agustín, señor mío, San Agustín; el santo que lo ha salvado. Gracias a mi intercesión está usted aquí, caballero. 
-Ah, lo siento, usted disculpe, se lo agradezco infinito.
Lo miré bien a los ojos para entender bien el sentido de lo que me estaba diciendo. Intentando saber más añadí esta media pregunta:
-¿Cómo puedo demostrarle...?
-No hay nada especial que hacer. Basta con ser de verdad- dijo.
-Agustín, perdone usted que prescinda del san del santo, no es fácil hacerse cargo. Si le voy a ser sincero le diré que no nunca creí en el más allá y que nunca pensé que estas cosas pudiesen hacerse algún día realidad.
-¿Realidad? ¿De qué habla usted? Se encuentra usted en el cielo, un lugar sin tiempo y sin espacio. Este lugar es algo más que real. Es esencial.
Ya empezamos, pensé, la típica disquisición.
-Caballero, dese cuenta de que ahora es usted tan sólo espíritu y de que todo lo que produce su mente es tan claro para todos nosotros como el color amarillo del limón, de manera que le aconsejo que abandone esa actitud crítica que es propia de su pensamiento y se vaya acostumbrando a los coros celestiales que cantamos a la gloria del altísimo.
-Lo siento, lo siento mucho, pero no es fácil... Espero que usted me comprenda...
-Lo comprendo, Don Carlos. Aquí tenemos toda la experiencia del mundo. Nosotros lo sabemos todo.
-Ya, ya... Pero yo vengo de donde vengo y sigo siendo un ignorante. Ni siquiera sé si estoy de verdad aquí y si merezco toda esta amabilidad.
-Poco a poco, caballero. Pregunte si quiere saber.
Me puse a reflexionar, flotando sobre la nube:
-Ya que está en tan buena disposición, Agustín dígame, por favor: ¿Qué es lo que usted ha hecho por mi? ¿Qué es lo que debo agradecerle?
-Pues verá, yo hablé por usted en el juicio. Después de que usted murió a todos nos parecía que la suya era un alma vulgar, que usted era un hombre gris, una persona mediocre sin especial relevancia, más cobarde que valiente y más vago que trabajador, un individuo soso y despistado que no había pretendido casi nada verdaderamente importante en el tiempo que le había sido concedido y que había pasado sin más a mejor vida. Sin embargo, para mí, había algo que usted había cuidado especialmente. Me refiero a las obritas que usted publicaba en internet.
-¿Se refiere usted a mi blog? ¿Al blog "De letras adentro"?
-Sí, exactamente.
-Entonces era usted mi lector, el único que me leía.
-Sí, era yo. Como usted debe saber, yo también fuí pecador y luego intenté ser escritor. Por eso sé de la vida y de lo que cuestan las letras y me siento capaz de valorar un trabajo como el suyo en el que destaca la verdad sin vanidad de lo que se cuenta, el ritmo de su prosa y de sus octosílabos y el ingenio de algunas de sus entradas. Por eso yo lo elegí.
-Joder, qué gusto me da.
-Vamos, vamos, cuide un poco su lenguaje, que no está usted en la tierra, y venga conmigo a hablar. No es fácil aquí encontrar alguien con quien discutir, y para mi, que soy un filósofo, un verdadero filósofo, eso es muy necesario. Por eso he intercedido por usted.
-Reconozco que me gusta mucho el debate y que he sido un poco más que plasta con los amigos de mi confianza, pero yo no sé si podré satisfacerlo.
-No, no se preocupe. Seguro que lo hará bien. Aquí en el cielo, después de tantos siglos de contemplación de la divinidad y gracias a la transparencia de nuestra esencia espiritual apenas hay nada que podamos discutir. Aquí estamos ya hartos del pensamiento único. Necesitamos sangre nueva, la aportación fresca y espontánea de la vida. Por eso está usted aquí, para romper con la inercia de mil siglos de cultura teocrática. Venga, haga el favor, empecemos ya: ¿Hacia dónde va la historia? ¿Qué opina usted del gobierno?

Y los sueños, sueños son

Soñé que estaba mirando un reportaje que trataba los problemas de salud relacionados con el sueño y que hablaba de los ronquidos, de las apneas, de la melatonina, de la hipersomnia diurna y del insomnio. Tenía un gran interés lo que decía del registro poligráfico, de la prótesis de avance mandibular, de la C.E.P.A. y de las distintas fases de sueño... El caso es que, sin querer, me fui quedando dormido y empecé a soñar que, en un momento dado, me enfocaban todas las cámaras y entraban dentro de mí, y que al terminarse el programa yo me dejaba llevar y contaba el contenido de mi sueño.

Erase una vez en el África

Nuestra historia comienza en la negra y mágica noche del centro de la sabana. Allí mismo una joven e inexperta leona acaba de dar a luz. El momento, que pudo estar lleno de amor y de esperanza, está sin embargo roto por uno de los comunes fracasos de la naturaleza. En efecto, la camada que esperaba el gran felino había nacido muerta y ahora su protagonista se sentía sola y exhausta. Tumbada bajo los inclementes pinchos de una acacia, le duele menos la herida en su vientre que el vacío de su alma. Allí está llorando sin tregua. Después se levanta del suelo, huele los húmedos restos, lame los cuerpecillos de sus cachorros sin vida y lanza un rugido a la noche que expresa su inmenso dolor. Luego camina ligero, huyendo de las hienas y de los buitres, que ya debían de estar oliendo su presa, e intentando poner tierra de por medio y alejarse del desgarro que estaba haciendo añicos su corazón.
Pasados cinco minutos, sus patas se toparon con el cuerpo tumbado de un herbívoro adulto muerto y aún tibio. Era una hembra de ñu que acababa de sufrir un proceso semejante al suyo a menos de doscientos pasos. Como el sitio del que venía, el lugar se encontraba salpicado de los húmedos restos de la placenta de una hembra, pero entre ellos había también una sorpresa inesperada. En efecto, ajeno al peligro inminente y absolutamente desamparado, un ñu recién nacido se debatía aún pringoso, abriendo sus patitas traseras, intentando conservar la vertical. La leona empujó a la cría con su morro bigotudo y siguió todavía unos pasos en la dirección del río. El hambre no la acechaba pero sí una sed enorme. Treinta pasos más allá, le sobrevino una flojera. Sus ojos se desenfocaron y un sudor frío brotó por todos sus poros, antes de caer a plomo sobre la hierba.
A la mañana siguiente, justo al salir el sol por los confines del mundo, la leona despertó en medio del girigay frenético de la sabana. Poco a poco sus sentidos le informaron de todo lo que sucedía a su alrededor: El pequeño ñu chupaba como un poseso de sus pezones de madre y en la colina de al lado los buitres se peleaban, luchando por los mejores trozos de un banquete con dos núcleos. Ella se sentía de repente fuerte y lista para todo. ¿Por qué no jugar a ser madre? ¿Por qué rechazar al pequeño, si el bicho no le hacía mal? ¿Por qué no dejar que las cosas siguieran su curso? Ella era joven aún y seguía sin tener hambre. Un asunto diferente era la sed que ya la martirizaba, de modo que se levantó y tomó la dirección del río, mientras la cría, convencida de que ella era su auténtica madre, la seguía paso a paso con la graciosa torpeza de los bebés recién nacidos. 
Abrevaron tranquilos, aprovechando que no había cocodrilos en el agua, y después comenzaron a subir a la colina. Producían una imagen tan extraña que todos los animales se quedaban boquiabiertos. La leona se dejaba trajinar en sus pezones por el pequeño y además en ocasiones le lamía, orgullosa de aquel hijo que acababa de adoptar, mientras la cría la seguía a todas partes y, a su estilo, repetía lo que su madre decía.
La cosa duró por un tiempo; el tiempo que a la leona le llevó comprender que, en realidad, aquel ser no era el cachorro que los dioses le negaron y sí un exquisito alimento, el tiempo necesario para que el hambre excitase sus instintos de gran depredador y le llevase a lanzar un zarpazo sobre el pequeño bebé y a morderlo y desgarrarlo con sus afilados colmillos, mientras la cría gemía sin entender que su madre le hiciera pasar por aquello. La boca de la leona se llenó de sangre y el bebé ñu desapareció para siempre. Su vida fue sólo un suspiro, una sorprendente comedia que nada más empezar acabó en dura tragedia. Murió sólo, como todos morimos. Murió sin saber quién era. Lo mató su propia madre y luego fue devorada por una manada de hienas. Cuando llegaron los buitres tan sólo que quedaba de él un trozo de su pellejo, prendido en los duros pinchos de aguja de un matorral sin nombre, y sus dos pequeños cuernos. Murió sin saber de la vida. Nadie le pudo contar las poderosas razones que movían a su madre a devorarle o al menos un cuento infantil que lo guiase a las puertas de la muerte. Nadie se preocupó. Nadie lloró al animal ni nadie esperó que su alma ascendiese al cielo azul. Nadie enterró sus huesos ni imaginó un triste epitafio. Nadie salvo un muchacho que pasaba por allí y que a mi me lo contó. A muchos nos pareció que esta era una buena historia. Por eso os la estoy contando.

El discurso

Hace casi cinco años, Raul nos congregó a los amigos en su finca, a las afueras de Valladolid, para una fiesta campestre que venía a repetir, ahora con nuestras mujeres, la que cuarenta años antes habíamos celebrado allí. Al acabar el ágape, algunos quisieron tomar la palabra para recordar en voz alta el pasado o para echar en falta a los ausentes. Yo no quise arriesgarme a pasarme de la raya o a no llegar lo suficiente y me limité a escuchar con atención los parlamentos.
Hoy me he despertado reprochándome el silencio. Me he puesto en pie y he dicho:
"Encontrar las palabras justas, las que expresan el contenido de la vida y dan sentido a todo, las pastillas necesarias que pueden curar el mal del tiempo, es difícil para alguien que no está muy acostumbrado a hablar en serio de las cosas del cariño y del corazón, de las cosas que nos emocionan y nos avergüenzan. Hablar de las verdades cultivadas largamente o de las mentiras que se mantienen contra viento y marea como un patrimonio común e intransferible suele ser una obligación que se adoba con ingenio y buen humor en momentos como éstos, pero yo no tengo chispa, nunca supe rematar el juego de nuestras conversaciones con el golpe del atrevimiento ni con el látigo de la sabiduría. Cuando hablábamos antaño, mi papel era el del vulgar centrocampista que elaboraba los temas, los dejaba desbrozados y brindaba a los demás su contenido para que alguien se luciese por la banda o diese el pase de la muerte. Por eso, yo ahora no debo ocupar posiciones que no me corresponden, no debo insistir en lo que ya sabemos, no debo escarbar en el pasado, no debo buscar el sentido a lo que pasó ni intentar modificar nuestra memoria con aportaciones de dudosa verosimilitud. Dejemos estar las cosas tal y cómo fueron contadas y sigamos recordando, respetando en cada cual el lugar que cada cual se ha trabajado.
Somos historias largas, recuerdos marchitos ya, que se hunden en el lago del olvido. Éramos un grupo compacto, una panda de cabrones solidaria en ocasiones, un equipo que quedaba a tomar vinos y a beberse los cubatas en los sitios de costumbre. Eramos nuestra juventud, un olor y un paisaje conocido, inconscientes chicos y chicas que querían enamorarse pero no sabían cómo ni de quien. Lo hicimos como pudimos. Pagamos muchos gintonics y los errores de bulto del escaso fundamento de nuestros proyectos. Hoy aquello ya pasó. Nos apreciamos. Intentamos mantener los lazos que el tiempo cruzó, los hilos que un día la parca cortará, y nos seguimos contando la historia de aquello que no hemos vivido juntos para decirnos muy claro que todo sigue igual entre nosotros. Sin embargo, no es así. Ahora somos ya viejos y el tiempo que queda atrás nos pesa bastante más que el que queda por delante. Ahora ya no nos interesa ningún secreto de entonces. Queremos un poco de paz. Unas risas y palabras de cariño. Cultivamos el apoyo de las viejas coaliciones y guardamos como gatos panzarriba nuestra honra. Por eso no hay nada que hablar. Por eso no hay nada que añadir a lo que ya sabemos de sobra.
Entonces, me diréis, ¿para qué hablo? ¿Qué pretendo levantando la voz para hacerme oír por una vez ante vosotros como si fuera quien nunca he sido? Pues en realidad no pretendo nada, sólo tomo la palabra por tomarla, para hacerme más visible, para adquirir más peso y estima y para dejar un residuo en esta mesa que diga que estuve aquí y que seguimos estando vivos, espero que por muchos años. Navegando todavía y con amigos. Un abrazo". 

Un nuevo Ulises

Delante de mis alumnos, acababa de escucharle que los libros que teníamos delante y vendía aquella organización de beneficencia eran libros viejos. Hablaba con una sonrisa de conmiseración, sin manifestar el menor respeto por el pasado, e imaginé que al hablar de esos conjuntos encuadernados de letra impresa se refería a unos trastos molestos que esperaban su último retiro en un asilo barato justo antes de morir, pensé que estaba aludiendo a unos objetos decrépitos, rellenos de arrugas profundas o de desgastadas hojas amarillas y atacados ya por la humedad y los insectos. 
-¿Cuanto quieres por este libro?- pregunté, señalando una vieja edición de la Odisea.
-Lo que te parezca- dijo.
Saqué de mi bolso la cartera y dejé tres euros en la mesa:
-Los libros son algo extraño. Los libros no tienen edad ni un paisaje definido entre sus letras, pero saben hacernos viajar. Los libros renacen en nuestras mentes y acaban por recibir nuestra sangre y nuestros sueños y, por eso, son tan jóvenes o tan viejos como lo somos nosotros, sus lectores.
De inmediato abrí el libro y comencé a leer la historia que Homero imaginó hace siglos y volví a ser Ulises. Un Ulises con más años, un Ulises que conoce las palabras del relato que los siglos han dejado pero quiere ir más allá porque sabe que sus viejas experiencias son la fuente que rellena de sentido lo que mira, el filtro que expande o limita la comunicación con los otros, la fuerza que integra o rechaza los mensajes de la cruda realidad.
Y entonces la magia de Circe, la ternura de Telémaco, la fidelidad de Penélope o la rabia de Polifemo lograron hacerse un pequeño hueco en nuestras mentes y volvieron a circular entre nosotros.

Coco

Coco Martín era el nombre que mis dos hijos, de siete y cuatro años por entonces, eligieron para el pequeño canario que nos había regalado nuestro amigo Carlos en Reinosa. Era un pajarito totalmente amarillo. Solo sus ojos negros, negros, y sus patas rosa claro escapaban del color de sol brillante de sus plumas, aunque su rasgo más reconocido era que cantaba y cantaba con tal fuerza que hubo que tomar la penosa decisión de tapar la jaula por las noches con un paño absolutamente opaco para evitar que al amanecer despertara a todo el vecindario.
Mis hijos, que deseaban tener alguna mascota con la que jugar y encariñarse, sabiendo que sus dos padres se oponían, concentraron toda su atención en el lindo pajarito que tanto se hacía notar. Ambos ayudaban a sus padres a limpiar bien la jaula y a rellenar de agua y de alpiste cada dos días los depósitos correspondientes y se comportaban con el animalito con toda familiaridad, hablando con él, incluso, como si fuera un querido y volador último hermano.
El pájaro se fue criando bien, sin ningún problema relevante, saltando entre las dos barras de trapecista de su jaula, hasta que en las vacaciones de Navidad del año en el que el muro de Berlín se hizo añicos se  planteó la necesidad de transportarlo con toda la familia a Valladolid, pensando en que los doce días que se planeaban fuera de Reinosa eran demasiado tiempo para dejarlo solo en casa. Así se hizo, pero el viaje resultó fatal para la limitada capacidad de adaptación del pequeño canario. En efecto, ya fuera a causa del mareo al que fue sometido en el asiento trasero de nuestro R5 o fuera por los efectos nocivos del clima y la presión de la Meseta, Coco Martín apareció espatarrado sobre la placa metálica que servía de base a la jaula. Mis hijos, naturalmente, se preocuparon de inmediato y pidieron una intervención resolutiva a sus padres y abuelos. Sin embargo, contra la muerte nada se podía hacer, de manera que los adultos se ocuparon de consolar a los niños, repartiendo aún más cariño y tratando de educarles en la idea de la muerte. Fue al abuelo Víctor a quien se le ocurrió realizar un simulacro de entierro para así poner punto final a una tragedia que amenazaba con prolongarse indefinidamente entre lágrimas y abrazos. No hizo falta discurrir mucho para aprobar la idea y para organizar una comitiva, compuesta por las tres generaciones sucesivas, que pasó el puente sobre el Pisuerga a la busca de un espacio ajardinado, en la Huerta del Rey, en donde enterrar a Coco.
Tras cavar un hueco en el suelo con una azada pequeña, lo pusimos en el hoyo, lo cubrimos con un trozo de hierba y le hablamos por última vez:
-Te queríamos mucho Coco ¡qué precioso eras!
-Coco, bonito, te vamos a echar de menos.
Hoy, treinta años después, paso por delante del lugar en donde Coco debería seguir reposando y me acuerdo de mi padre y de mi amigo Carlos. Los dos se han muerto ya, y ahora, como entonces, vuelve a ser Navidad.

La rana dama

La rana está muy mala. Tumbada en la cama ancha llama al lama. El lama le habla al alma y la sana: 
-“Rana, calla, ahora eres una dama”. 
Así que la blanca dama se mete otra vez en la cama y espera callada y sola a que el príncipe aparezca, y luego, cuando aparece, se deja besar en la boca y vuelve de pronto a ser rana y a enfermar y a estar muy mala y a croar llamando al lama.

La ermita de San Sebastián

Hacia las nueve de la mañana, antes de que el sol caliente, el Andrés sale del pueblo. Con su barba recortada y sus casi sesenta años pasa por delante de la fuente para tomar después el camino hacia el prado de San Sebastián. Es extraño. Aunque Andrés nunca va a misa siempre se detiene ante la ermita y se asoma al ventanuco. No hace gestos, tan sólo mira hacia el fondo y luego se da la vuelta. Y yo que suelo andar por allí con las ovejas le saludo: 
- Andrés, ¿qué tal va eso? 
- Bien, bien... 
Un día me comentó que este paseo tenía fines terapéuticos y que era la clave del tratamiento que le había impuesto el psiquiatra. 
- Para un jubilado como yo- me dijo - la pereza y el aburrimiento son los peores enemigos. 
- Si es por eso ya te busco yo qué hacer – contesté -. Oye, ¿por qué no te pasas por el bar cuando te levantes de la siesta para echar una partida? 
- Bueno... Ya veremos. 
Pero luego, nada, ya se sabe, hoy por esto y mañana por lo otro. Él hace mal, creo yo. No se da cuenta de que la gente empieza a hacer comentarios, de que en la tienda le critican las mujeres por ser tan estirao y en el bar se está diciendo que es un raro y que no tiene sociedad. Yo le digo que su honor es cosa suya, pero él sigue encerrado en su vida solitaria y de paseos. Ayer mismo, el señor cura preguntaba en la partida al secretario por el hecho discutible, según él, de que Andrés estuviese jubilado. Me extrañó que el boticario, que sabe mucho del caso, se callase. Lo he pensado, y de pronto me ha venido a la memoria el santo mártir de la ermita y la fuerza de su cuerpo: Herido de muerte, asaeteado y desnudo, intenta sin éxito escapar de la hornacina en el centro del retablo y me sonríe.

Perder la cabeza

Su cabeza se despeñó como un plomo pesado pero él no se dio cuenta. Levantó sus manos hasta el lugar en donde antes estaba la cara y palpó su antiguo rostro. Le pasó como a los mancos o a los cojos que aún se quejan del dolor o las cosquillas que sienten en sus miembros extirpados, de manera que él creyó en su sensación. Después se levantó y se fue al cuarto de baño para lavarse las manos y al mirarse en el espejo, tampoco notó nada raro. Su familia, sin embargo, no pudo dar la espalda a la evidencia. Don Antonio había perdido la cabeza totalmente y había que afrontarlo. Lo primero fue intentar convencerle. No hubo forma:
-Pero bueno, ¿qué os creéis? ¿Os pensáis que estoy tonto? Mi cabeza está en su sitio ¿acaso no la estáis viendo? – les decía muerto de risa. Por eso no quedó más remedio que actuar sin su permiso.
La esposa llamó a los loqueros y se encargó de impedirle los paseos por el centro, evitándole el acceso a sus vestidos de calle y obligándole a vivir con el pijama en el interior de su casa. La niña consiguió que su padre abandonase sus paseos matutinos, requiriéndole constantemente para resolver las múltiples dudas que se le ocurrían al hacer los deberes del cole, y ambas se coaligaron para conseguir que saliese mejor por la noche, cuando su decapitación resultaba mucho más disimulable. Para conseguirlo hubo que responsabilizar a Don Antonio del paseo diario del perrito y de bajar la basura a los depósitos municipales. 
Cuando le vieron los médicos, apreciaron la gravedad de su enfermedad mental y dictaminaron su rápido ingreso.
-¿Que yo no tengo cabeza? No me toméis el pelo-les decía.
-Antonio, Antonio... Haznos caso, te vas a venir con nosotros y vas a ver lo bien que estás.
Y como todos insistían y nadie le respaldaba, el hombre acabó por ingresar en el psiquiátrico y allí siguió un protocolo de convicción permanente que, en vez de mejorarlo, lo hizo, casi de golpe, transparente. 
Ayer ha desaparecido. Nadie sabe exactamente si sigue viviendo de extranjis en el sanatorio mental o si ha decidido volver a su casa con los suyos, pero a todos se nos alcanza que algunas cuestiones raras que pasan en las alcobas de algunas mujeres del barrio parecen tener relación con nuestro enfermo mental inubicable. Como a Antonio no le ha dado por robar o delinquir de forma clara y como en el sanatorio no han querido que sus problemas con él sean del dominio público, nadie ha hecho todavía que investigue la policía. Yo tampoco, a pesar de que he caído enamorada de sus huesos transparentes, y a pesar de que lucho con él cada día para intentar que no siga un modelo de vida tan disoluto.
Ayer, por ejemplo, le dije:
-Antonio, tienes que sentar la cabeza.
Y él, terco como una mula, se mantuvo en sus trece y contestó:
-Mi mujer y mi hija me dan la vara con que no tengo cabeza y ahora tú con que la siente, pues lo siento, amiga mía. No soy duro y quebradizo como Vidriera, el licenciado, y sí blando y transparente. Las cosas son como son y así es como deben de ser.

La mujer ante el espejo

La mujer se quita el sombrero de paja y lo deja en el perchero y se gira para ver su rostro en el espejo de la pared del fondo del pasillo. Sus ojos enfocan la vista del doble. Las cejas están levantadas y los músculos de la comisura de la boca permanecen sin marcar el más leve movimiento hacia arriba o hacia abajo. Ella se reconoce. Es su propio autorretrato. En él se ve como es, como una mujer que ya no es joven, pero aún no es una anciana.
De pronto sonríe. Disimula sus arrugas y exhibe ese brillo suyo que le agrega a la mirada inteligencia, y sigue jugando un poco, y pone sus labios de embudo que se abren hacia afuera como si fuera una actriz que juguetea con las cámaras. Luego alterna el dibujo de esta falsa letra U con su sonrisa infantil, fingiendo una ingenuidad que ya no existe, y acaba por levantar sus manos hacia sus ojos para cubrirse la cara. Sí, ella ya no es la que era, ella ya no es la que fue.
Entonces empieza a quitarse los botones de la camisa y deja que se vea el somero sujetador y se lleva las manos a los pechos y los libera de allí. Exhibe sus dos globos carnosos y sus manos dialogan con los pezones como si fueran las partes del cuerpo de otra mujer, como si sus dedos sensibles fuesen capaces de infundir vida, y los pezones comprenden y se apuntan hacia arriba complacidos.
Más tarde decide quitarse la camisa y vuelve a contemplarse. Ahora en su rostro hay una expresión serena, pensativa. Parece una diosa griega que está pensando en su vida, quitándose capas de tiempo. Recuerda cuando era niña y sigue avanzando hacia atrás. Después se desabrocha los vaqueros y deja que se desplomen hasta el suelo como la piel de una serpiente que se cae bajo el impulso de una vida renovada... Y surge una leve sonrisa y su cuello se mueve hacia abajo mientras sus manos empujan las bragas blancas y la tela se desliza por los muslos y emerge su pubis poblado de rizados pelos rubios. Y piensa en sus hijos naciendo por aquel escueto hueco y en aquel amor antiguo que pasó, y penetra con sus uñas en la piel y se va despellejando con cuidado como aquel Bartolomé de la Sixtina que exhibe su máscara hueca con rostro de Miguel Ángel. Y luego desmonta su carne, tirando de sus arterias y de sus venas azules y forma un tocho imponente con los desechos que salen de su cuerpo hecho jirones. En el montón deleznable se acumula sangre roja y músculos desgajados y las más variadas vísceras, incluyendo el gris cerebro. Al final tan sólo queda en su sitio el esqueleto, la estructura interna de su figura, la inerte calavera que mira a través de sus cuencas. Su cuerpo es ya transparente, pero ella no deja de mirarse. Ella sigue preguntando al vacío del espejo por el ciego contenido de su rostro y se sigue desnudando más y más.