Carreras

Carreras que ya se acaban se cruzan con las que empiezan. Hay quien corre a toda prisa, luchando por avanzar y demostrar su dominio y hay quien se detiene en el curso para mirar el paisaje o para pensar el futuro. Sin embargo, la carrera no es más corta, si aceleras, ni más larga, si te paras. Las carreras duran siempre el tiempo de toda una vida. Corremos porque vivimos y porque queremos vivir y en su discurso cansado vemos vivir a los otros y también morir a algunos. Corremos porque el runrún nos arrastra hacia adelante sin dejarnos reposar en ningún sitio. El paisaje que miramos es tan sólo un decorado intercambiable. No es posible llegar antes de tiempo ni retrasarse un momento. Vivimos el mismo presente y, lo quieras o no lo quieras, al final de la carrera está la meta.

Semáforo

Sucedió un Viernes Santo, en Granada, a principios del siglo XXI. En la Plaza Nueva la densidad de procesiones es tan alta que la decisión de cortar el tráfico se repite año tras año. Por razones que desconozco, aquella Semana Santa los semáforos no habían sido desconectados y alternaban sus luminosos signos con el mismo ritmo con el que se sucedían normalmente. Los granadinos y los turistas hispanos hacíamos caso omiso de la fuerza coactiva de sus verdes y sus rojos y cruzabamos por los pasos sin el menor temor, pues resultaba meridianamente claro que la circulación de automóviles estaba cortada antes. Para un grupo de jóvenes turistas alemanes que acababa de entrar en la plaza, sin embargo, este asunto no debía resultar tan evidente. En efecto, la primera de entre ellos, que era una rubia preciosa y sonriente, se detuvo en el límite de la acera. Me llamó la atención su gesto de contención, justo enfrente del lugar por donde yo cruzaba con el semáforo en rojo. Detras llegaron diez, veinte o treinta alemanes que cubrieron toda la línea fronteriza un segundo después de que yo pasase a su lado. Me detuve para ver en qué acababa todo aquello. Los alemanes se miraban y comentaban, mientras los granadinos seguían cruzando y sonreían con aire de superioridad. La situación se prolongó casi medio minuto, un tiempo suficiente como para llegar a pensar que la prohibición estaba fija. Impertérrito, el destacamento germano aguantó en el frente de la acera hasta que la autoridad automática permitió cruzar al otro lado. La rubia y sus dos amigas salieron ahora las últimas y miraron hacia atrás, conscientes de que un poco más allá yo las estaba mirando. Cada vez que las recuerdo, pienso en que a los españoles no nos vendría mal ser un poco alemanes y a los alemanes, también, acercarse a comprender el pícaro aprendizaje del español de la calle, pero luego siempre acabo por mirar alrededor y suspirar.

El gurruño

El gurruño se abre un poco. Las palabras se despegan de su fondo y luego se van agrietando. Y después que pasa un tiempo se van rompiendo en cachitos, en sílabas sin sentido y en absurdos sonidos huecos. Y cuando el gurruño se olvida de que fue en su vida plana el soporte necesario de la tinta, se le caen las letras de negro. Es entonces cuando brotan cien mil bichitos pequeños en torno a la papelera. Son bacterias, virus, ácaros o tal vez insectos ínfimos que miran con avidez, luchando por sobrevivir. A veces se enfrentan entre ellos por una Pe o una ese o por un trozo de tilde perdida en la marabunta, en un extraño conflicto que nadie mira ni cuenta. El polvo se posa a su lado. Se escucha el rumor del silencio.

Se vela

Si corre, vuela, y si no corre se vela… Claro, si no corre, se vela, es decir, se pone el velo y se va a la Catedral. En cambio, si corre, vuela: No hay quien pueda mantener la frecuencia de su ritmo ni la enorme dimensión de su zancada. De modo que un año tras otro, con apoyo de la Virgen, gana el maratón. Sin embargo, en la próxima edición su triunfo no se repetirá. Resulta que la organización exige en 2020 una ficha a todos los participantes y sucede que la Federación no ha dado de alta a nuestra atleta porque la foto que ella había aportado la recoge de perfil y en movimiento. Según nos cuentan las crónicas, no ha habido fotomatón capaz de hacerle una imagen conforme a la pauta oficial… Y es que también su foto se vela cuando no corre.

La creación

 La mujer, 

que en su vientre crea la vida 

con la vara del varón, 

a la luz la empuja luego,

con dolor,

en el acto de nacer.

Anastasio

Porque él se apellidaba Rojo y yo era el último de los Rodríguez y porque en los grupos de párvulos de mi colegio nos colocaban por orden alfabético, Anastasio y yo estábamos predestinados a ser compañeros de clase o a estar él detrás de mi, compartiendo aquel lugar algo esquinado de la fila de pupitres de la derecha del aula. En efecto, eso fue lo que sucedió hace ya sesenta años. En aquella tierna edad, nos tratamos sin prejuicios, con toda la curiosidad y con todo el tiempo del mundo, de manera que nos fuimos acostumbrando el uno al otro como una presencia necesaria, como algo obligatorio que surgía de una forma natural pero también nos enfrentaba de una forma irremediable. Compañeros y rivales nuestra relación no fue nunca fácil, porque siempre competíamos por todo. Nos pasábamos el día discutiendo y quitándonos la palabra de la boca, explorando nuestros yos, intuyendo cuales eran nuestras fallas y nuestras virtudes, experimentando qué instrumentos harían llegar más allá a nuestros brazos, qué espada nos defendería o a quién podríamos pedir apoyo o ayuda:

-Pues yo se lo digo a mi padre.

-Y yo se lo digo a Franco.

-Y yo al Papa.

-Y yo a Dios... 

Anastasio era un chico pequeño con las piernas delgadas y huesudas, con los ojos muy oscuros y con un mechón de pelo negro y lacio casi pegado a la frente. Él hacía como yo, me miraba a los ojos fijamente, intentando entender por qué no me ponía de su lado, por qué la complicidad era más bien imposible entre nosotros. La verdad es que él sí que lo intentaba en ocasiones, en especial cuando me contaba cuentos de miedo de su pueblo mesetario. Sin embargo yo aún no estaba preparado para tales terrores y le solía salir por peteneras. 

-Eso es mentira, Anastasio, eso es mentira.

De resultas de todo aquello surgió nuestra relación. Una relación bastante equilibrada, de dos niños de pareja inteligencia que se conocían cada vez mejor pero nunca confiaban en el otro, de dos rivales ingénuos e inconscientes entre los que las trastadas estaban al orden del día. Aún recuerdo cuando harto de pedirle que quitara sus zapatos del larguero que en la parte trasera de mi pupitre ligaba mi asiento a otro, se me ocurrió que podía atar su cordón y atraparlo así en mi mesa... Con el sádico placer del que entiende los efectos que provoca, hice lo que había pensado y disfruté como un enano de sus gritos y aspavientos.

-Pero quita eso de ahí. ¿Por qué te metes conmigo?

Luego cambiaron las cosas, empezaron a sentarnos por otros criterios distintos y dejamos de coincidir en el mismo banco. Nos seguimos tratando en el recreo, pero allí Anastasio era pan comido porque yo era más rápido y mas grande, de manera que acabamos cada uno en un grupo de juegos diferente y apenas volvimos a enfrentarnos. Tal vez por eso, no le recuerdo nunca entre los chicos con los que cambiaba cromos ni entre los del equipo de futbol o sus contrarios. Tampoco lo recuerdo entre los que se señalaron por sus méritos o sus castigos, aunque sí que me hizo siempre mucha gracia recordarle en la más plena adolescencia, interpretando de espaldas al público el disimulado papel de novia del protagonista en "El cartero del rey" de Tagore, con el lógico y cruel cachondeo de muchos de sus compañeros. También me acuerdo de que al año siguiente me adelantó en la carrera de fondo de las fiestas del colegio, justo antes de que yo me retirase al verle pasar a mi lado.

Mas tarde le vi aparecer por la Facultad de Filosofía y frecuentar a los arquélogos. Para entonces ya no nos saludábamos, entendiendo que el saber uno del otro había sido un accidente. Nos mirábamos de lejos y luego disimulábamos, y yo preguntaba a la gente que se relacionaba con él por mera curiosidad, y sus amigos me decían que era un fenómeno, que estudiaba medicina y que era carne de archivo, pero yo lo seguía despreciando, pues de sobra conocía su pasado de Anastasio. Vaya nombre, por favor.

Después llegó nuestra larga vida adulta, cuarenta largos años que conducen hasta hoy. Ya nunca lo volví a ver, aunque supe de su obra, muy fecunda, porque llego a publicar miles de historias que iluminaban las fuentes del hermoso mundo antiguo de la ciudad donde habíamos nacido. Yo las leía con nostalgia, porque sabía que era él el que escribía y que era yo el que ya no estaba en mi lugar. De este modo lo ví crecer en el recuerdo a medida que surgía en mí un reproche por el signo negativo de un desprecio que ya no tenía sentido. Cuando murió me di cuenta. Él había sido el mejor y yo el pequeño. Él había producido día a día, mientras yo malgastaba mi vida. Por esta razón egoísta, lamento que se haya ido. De sus cuentos para mí no queda más que un páramo oscuro con el aire enrarecido. Su rostro de niño pequeño, sin embargo, se mantiene aquí en mi mente imperturbable contra el tiempo. El pasado es algo fijo, pero tiene cien mil puertas. Buscaré en el viejo desván, aunque sé que ya he perdido tantas llaves que resulta imposible volver.

Escrivolando

Suele haber un aleteo, un pensamiento fugaz que pone en marcha el mecanismo del deseo de contar algo que merece la pena, y entonces pierdes pie y sobrevuelas tu sueño y tu propio yo para buscar las palabras apropiadas, para ser al mismo tiempo alguien que piensa como tú o alguien que es capaz de entenderte y describir con claridad el paisaje que aparece ante tus ojos. En el cielo vas buscando las corrientes que te eleven o te bajen del lugar donde te encuentras y peleas con los seres que se enfrentan con tu vuelo. Te hacen daño los insectos que parecen brotar de tu corazón aturdido y te pican sin piedad. Te inquieta el ataque de las gaviotas y el reflexivo afán del aguila que desde el zenit te observa subir y bajar. Luego te vas quedando frío, suspendido tal vez sobre los filamentos algodonosos de una nube pasajera, y te fuerzas a hacer ejercicios para darte confianza. Así que relees los párrafos y sientes que ya has cambiado, que ahora eres un lector que entiende lo que le están diciendo y hablas con él un poco y aceptas que te corrija. De este modo vas metiendo cien morcillas que reescriben las frases primeras y complican el original y tomas cien mil decisiones que no tienen vuelta atrás, como la de borrar una idea o la de tirar todo el trabajo a la basura. No lo haces, normalmente. Permaneces volando bajo los altos cirros o realizando un rápido eslalon entre los cúmulos, mientras buscas imágenes en el cielo, mientras te deslizas por el mundo al ritmo del canto de un mirlo o siguiendo a las olas juguetonas que dibujan los estorninos al amanecer. Y allí sigues todavía unos minutos, ensimismado con el tren que va avanzando en cada línea y que siermpre descarrila en el margen derecho de la hoja, alelado por el fluir natural de un pensamiento que aprovecha las corrientes de los vientos giratorios, dando vueltas a este yo que se repite y buscando una salida entre las nubes. 

El proceso

El pintor enseña a sus ojos a mirar y a ver el rostro que está pintando. Luego elige los colores que se parecen más al rostro, de acuerdo con la luz que entra por la ventana, y después los dispone sobre el papel o sobre el lienzo y surge una imagen inmóvil, quieta, una imagen que, sin embargo, transmite la sensación de que quiere hablar, porque sus ojos abiertos están llenos de vida.
Tanto le gusta al autor el retrato que ha pintado, que lo lleva a la galería y lo expone a la mirada de la gente. Las personas que asisten a la inauguración ven el cuadro y se imaginan que ese rostro no está quieto y que en el fondo hay un hombre que les mira y que se mueve y que, además, parece que quiere comunicarse, que tiene algo que decir y puede escuchar nuestras palabras. "Sí", dice el contemplador, "este rostro me habla, me interpela...", y la gente le hace ver que también a ellos les dice cosas, que a veces pregunta y que en ocasiones contesta, que es un señor parlanchín que quiere explicarse allí y que eso es lo que espera cuando se queda plantado justo en el medio del cuadro y te mira como diciendo: "¿Qué me dices? ¿Qué?"
Sin embargo, el personaje al que miran está callado. En realidad no se mueve. "Qué locos estamos todos", concluyen. "De remate, de remate", dicen... Y siguen mirando a los ojos y a la boca del retrato. Que ¿para qué? Para entender, para pedir perdón, para obtener placer, para salvarse.

Luces de la ciudad


Hoy y he visto una vez más la última escena de "luces de la ciudad". La ponían en TCM. Me he topado con ella al zapear y no he podido resistirme. Decir que me encanta es decir poco. Me emociona. Veo al Charlot-mendigo, que viene de la cárcel y que acaba de ser humillado por los chicos de la calle, justo en el momento en que se encuentra con su amada, la bella y rubia cieguita que ahora está tras el limpio cristal del escaparate de una floristería en el centro de la ciudad. En ese momento el joven mendigo siente que su corazón se rompe. Ella está preciosa y no puede reconocerle aún, porque esa es la primera vez que puede verlo, a pesar de haber sido él su benefactor. Sin embargo algo le llama la atención en el rostro del mendigo que le impulsa a salir afuera para darle una limosna y una flor que sustituya a la que él ha destrozado entre sus manos, presa del nerviosismo, al descubrirla en la tienda. Ella intenta convencerlo de que coja sus presentes, mientras él hace por irse, pero ella le detiene y al tocar su mano, de pronto, su rostro se ilumina. Acaba de darse cuenta de que es él. El hombre que pagó para operarla de la vista y que luego desapareció sin dejar pistas. Entonces ella, que recorre su cuerpo para estar totalmente segura, pone la mano de Charlot sobre su pecho y le entrega su belleza.¿Será verdad lo que dicen las imágenes? ¿Será verdad que ella lo ama, aunque sepa, finalmente, que él es tan sólo un mendigo, un joven sin oficio y sin futuro? Sí, es verdad. La verdad pura del arte.

La paleta femenina

Estoy haciendo un dibujo

en el que salgo en el centro

y aparecen a mi lado mis tías y mis abuelas.

Encima de cada una 

pondré su nombre

en mayúsculas.


Si los nombres de la gente son vestidos diferentes,

cada nombre le hace juego a algún color.

En mi nombre y el de Blanca el asunto es evidente 

porque Aurora significa también Alba,

aunque el rosa es más bonito, para mí.

A abucarmen la pondré de color carne

y de negro a mi mamá, a Lala y a tía Denise.

A abuleo, Lily y Cuca las haré mejor de rojo

y el azul se lo reservo a Cuqui y a Beatriz.

Dejo sin rellenar a dos figuras sin nombre

por si acaso me he olvidado de pintar 

alguna mujer importante.

Tal vez pinte al sol dorado

y a algún pájaro volando

sobre el mar.


Mamá dice que es precioso.

Por la tarde, 

cuando acabe,

les envío a todas ellas

un watsapp.

 ¨:_:¨ 

Ayúdame, por favor

Me desperté un día más tarde y todavía sigo atrás, sin poder recuperar el tiempo que se pasó soñando que estaba despierto. Lo grave de no vivir en el día que corresponde es que las cosas suceden sin ti, que llegas tarde a todo, que no contestas con espontaneidad a las cosas que te dicen, que han de esperar a tu firma los documentos, como mínimo veinticuatro horas, que has de llegar a tus citas el día anterior al que tienes señalado en la agenda, y muchísimas cosas más que resultan aún peores, en especial todas esas que tienen que ver con el sentimiento o con una excitación momentánea y que se deciden de pronto, sin que tú colabores en el calor de los hechos y de forma muy diferente a la que la naturaleza o la dinámica del acontecimiento parecía que debía resolver en su momento. Eso por no añadir lo que piensas al sentir lo que pasa en tu corazón y en las partes más sensibles de tu cuerpo al padecer a destiempo los dramas y las alegrías. Yo siempre lo he lamentado y hubo períodos en mi vida en los que comentaba mi extraño padecimiento sin temor, intentando justificarme o buscando remedio a mi mal, pensando en que yo no era el primero en sentir lo que sentía y que había gente sabia que podría aconsejarme con un día de retraso. Hablé con médicos, filósofos y literatos del más diverso signo y ninguno fue capaz de comprenderme o de darme una receta que sirviera como cura. La mayor parte de ellos se rieron en mi cara, pensando que lo que a mí me pasaba era increíble y que les estaba tomando el pelo, y los que me creyeron no supieron enfocar el problema, ni dar con la causa o con una prescripción que enfrentase los desagradables efectos de mi enfermedad. Por eso he decidido abandonar esta estrategia, aparentar que vivo el mismo presente que todos, disimular y buscar la solución en el mundo de la ficción. Esto es lo que ahora hago aquí. Escribo este cuento corto que plantea la cuestión y espera que algún lector piense el asunto por mí y me encuentre una salida. Lo hago muy convencido, pues sé que la literatura es sobre todo tiempo, tiempo en conserva puro, presente que se hace eterno en el papel. Entiendo que a la literatura le pasa lo mismo que a mi, que sirve para parar la incesante sucesión de los instantes. En efecto, creo yo, el tiempo estalla a tu lado de la forma más ruidosa y olorosa y no se detiene por nada. El tiempo labra arrugas en tu frente y te hace viejo y cascarrabias. Sin embargo, la literatura es siempre joven y fresca. Ulises o Don Quijote mantienen su edad y su sino por los siglos de los siglos. Por eso yo acudo a ella, y me cuento como el ser protagonista de esta historia. De modo que no digo más, querido lector y amigo, escucha mi triste pasión y ayúdame, por favor. 

Una copla

 Te fuiste lejos de casa,
sin despedirte siquiera
 y yo me quedé mirando
fijamente a las dos velas
que dejaste justo aquí.

Así que, por no sufrir, 
empleé mis malas artes 
de cirujano interior
en extirparte de mi.

Me lo tomé muy en serio.
Te saqué casi completa.
Tiré millares de objetos,
a veces cartas o fotos 
y a veces simples recuerdos.

Lo hice con gran decisión,
 más fracasé en el intento.
Se hicieron fuertes los sueños
que hablaban de ti cada noche.
Ayer te soñé una vez más:

"Por fin" te dije después,
"querías mirar más allá, 
te fuiste para quedarte
y yo, que estoy fuera de mi,
ya nunca podré olvidarte".

In fraganti

Cierro los ojos de golpe para ver si así destruyo la imagen de la traición, pero él y ella aún están ahí sobre la cama y siguen su rito amatorio. Entonces les amenazo. Saco mi pistola y les apunto con ella. Se cruzan nuestras miradas. Las suyas son de terror y en la mía la venganza es dominante. “¿Y ahora qué?”, digo, y aprieto el gatillo ya y se acaba el sufrimiento de repente.

Con cariño

Te quería a mi manera.
Tú me has visto interpretar
el papel del suficiente,
del que tiene confianza
y se mueve por el río
con la piel resbaladiza 
de la anguila, o el papel
del que no sabe dónde va.
Tú sabes, porque lo has visto,
que de veras te quería
pero nunca fui capaz de devolverte 
ni siquiera la mitad
de aquello que tú me entregabas.
He sido un hombre sin rumbo,
un loco sin fundamento,
un edificio sin plan,
un avaro que administra
sus rentas de amor sin pensar
en los efectos dañinos 
de estar en números rojos.
Nunca he sabido medrar
en la liga que jugabas 
tú conmigo...
 En el pulso de la vida,
me has ganado tantas veces
que te quiero cada día
un poco más.

El sitio en donde Tzara goza

Si cruzara Tristan Tzara la frontera, si hiciera en tren la distancia que va de Irún a Miranda, creería que disfruta del aura de un buen poeta, si ante el Ebro transiTzara, pensando en el verbo aller de la ciudad guipuzcoana, mezclado con el gerundio del lugar en donde estaba, y en la tensión existente entre el ir y entre el mirar, unidos por el subjuntivo que brota de su apellido, por mera casualidad. Si parara en el trayecto que sigue recto hacia el mar, lo haría en una almaTzara, para pedir penitencia. Si cenara allí ensalada, en la mesa decorada con cándidos ramos de azahar, Tzahareño encontraría el sabor que aparecía al fondo de su paladar. Si lanTzara Tristan Tzara al aire tres tristes tiros para cazar Tzarapitos en el galacho de Alfranca, si al largo cañón de Ordesa dejara al fin sin cureña, si, muerto de aburrimiento, siguiera la estrecha senda de sirga del Imperial, en la ciudad donde goza su nombre de predicamento entraría cualquier día, en busca de alojamiento. Si danTzara Tristan Tzara, metido en la Tzarabanda de la plaza principal, en vez de bailar la jota, bailaría más las letras del título de un poema firmado con su santo nombre, de Isolda renovaría su antiguo amor por Tristán y luego tomaría nota del cuento de aquella virgen que odiaba a la Marsellesa el día de la hispanidad. Si rezara Tristan Tristan y empezara a investigar en las costumbres hispanas, es probable que a la Seo dirigiera sus pesquisas, bien por la torre eminente, que expresa su jerarquía como iglesia catedral, o bien porque es evidente que sirve para limpiar, al tiempo que es reflexiva, al empezar a nombrarla, aunque es más bien disyuntiva, si se lee por el final. Si Tristán amén y Tzara la misa del mediodía, en el banco del retablo, que se halla detrás del altar, la triple cruz de su nombre si pudiera asentaría, como inversión de sí mismo, para que obrara el milagro de comprender el sentido de la pasión de su requien, en medio de la homilía que está predicando el deán. Si su mano atenaTzara las ruinas del edificio, que nos legaron las taifas, seguro que trocaría sus arcos en diademas. Caras, caras y más caras verían a las dovelas ceñir la noble cabeza de la princesa ATzahara o de la diosa de Atenas. Si Tristán se disfraTzara y oculto aquí se quedara metido en su oficio disfraz, buscaría algún trabajo tratando así de afrontar sus gastos de hospedería. Entre todos los posibles, sería el de prestamista el que mejor seguiría los hados de su destino, pues la vieja quiromántica que en su mano habría leído el futuro inextricable, le había profetizado: “En tu caso, está muy claro, como eres un hombre austero, tu destino en este mundo incluye el de jardinero”. Si comprara Tristan Tzara, buscaría un buen reloj que en vez de sonar tic-tac dijera siempre Tris-tan, y luego en el gran bazar (en el lugar donde ahora se encuentra la tienda de Zara), a gritos exigiría la talla mayor que hubiera de la palabra alegría. Si el poeta retoTzara, la noche en que ReFordTzara sus canas con purpurina y su ego con un gran coche, lo haría frente al Pilar, para intentar acoplarse bajo las cúpulas altas que pintó la gran Gregoria al fresco de la ciudad. Si Tristán sodomiTzara en banco Tzaragozano a un chapero de arrabal, guardaría en el armario los datos para sus anales, dudando de su inversión, de sus principios morales y también de sus finales. Si Tristán cesara a Augusto, rechaTzara a TzaraTustra, el acento militar del “Sitio de Tzara goza” y el catecismo de Marx, alimentando a las tropas que hablaron ruso en Hungría, caducas las grandes ideas que agitan a la humanidad, haría que Augusto volviera al circo de la ciudad. Si almorzara Tristan Tzara, a un paso de la algaTzara que reina en la Aljafería, gozaría de las letras (con mucha T y mucha Z) de una sopa calentita y hasta tres tazas de té se tomaría, después de dormir la siesta a un paso de la Romareda. Más tarde, al atardecer, a las puertas del hotel, llamado de la independencia, leería en un papel, la loa a su propio nombre, pero su acento gabacho, en plena calle del centro, sería un lastre excesivo para alcanzar su objetivo de tener alguna audiencia: - “Aunque nací en Rumanía, on pense que je suis français...” -diría para sus adentros. Si trazara Tristan Tzara los signos del alfabeto sobre un pergamino impreso: “Tzantza, tzantza, ganga nfounfa”, escribiría, rindiendo al azar pleitesía y conquistando de golpe el título de Palimp Sexto. Si Tristán AmenaTzara al servicio del hotel, lo haría al telefonista, a causa de su incompetencia, pues la escueta conferencia que establecer pretendía para enviar el mensaje de que a París volvería, no encontraba hora ni día, al decir del empleado por falta de destinatario, y al decir de Tristan Tzara por no entender el idioma ni el quehacer de un dadaísta. “Pa ris, cuando sopla el cierzo...” Me dicen que con un par replicó el recepcionista a aquel numerero franchute. Si Tristán agonizara seguro que desearía que en esta mañosa ciudad sus restos al fin descansaran, y que no se lo llevaran ni al lúgubre Montparnasse ni a China ni a Tzaratán, y menos a Transilvania. Por eso, si se taTzara la cuerda de su reloj o el azar paraliTzara el ritmo de su tris-tan, en el río que ante el espejo refleja el orbe completo o en la nada que invierte el nombre de Adán, que fue el primer hombre, nadaría su me moría, antes de hundirse en el mar. 
Concluyo. Cuatro palabras: Si es posible transformar la vida en una charada, un ejemplo es Tristan Tzara. Su estancia en nuestra ciudad para ver si era posible vivir y al tiempo gozar, en vez de canonizarlo lo hicieron el zar del canon. Por eso son muchos hoy los que estudian su pasado, inventan largos palíndromos, y siguen sus postulados. Juegan a juegos escritos, esconden los calambures en frases de doble sentido, abusan de homofonías e incluso a veces se juntan para dejar que el azar confiera un brillo dorado a un anagrama especial o infunda vida inmortal a un cadáver exquisito. Hay de entre ellos quien piensa que el día de San Eloy podría ser buen momento para hacer una bisita (o una trisita quizás) a la ciudad del Pilar y celebrar al poeta. ¿Qué os parece si quedamos debajo de una pintada que ponga que Tzara goza es justo el centro del orbe? Yo entre tanto intentaré perfeccionar estas líneas para ubicar su gran banco, o enseñaré a los que pasen las más caras diademas que luce la Aljafería o explicaré a quien no entienda el por qué en la Seo enorme se limpian las almaTzaras y qué es un íntimo requien. ¿Lo hacemos el año que viene? Lo pasaremos de miedo. Si pedimos subvención al gobierno de Aragón, que tiene un par por apoyo, seguro que le conviene. Los que estéis interesados podéis mandar sin arrobo los datos a mi dirección: Decarloselmundodeahori@hotmail.com. En “el asunto” ponéis: “Congreso de Tzara goza”. He pensado en alquilar un gallinero en Marlofa para alojar a la peña, de modo que algunas ponencias podrían ponerse allí. Ayer he invitado a Otto Dix, pensando en el nueve que falta. Nos vemos, si así os parece.

El diálogo del viento

-Viajero, ¿dónde vas?
-Si puedo, hasta el fin del mundo.
-¿Qué es lo que quieres lograr?
-Llegar al fin, nada más. Concluir lo que empecé.
-¿Quién eres? Quiero saberlo.
-No tengo forma ni autor, no sé escribir ni pensar, tampoco me puedo nombrar, pero puedo decir algo que me describe mejor.
-Habla entonces, viajero.
-Soy la capa transparente que cubre el mundo macizo.
-Entonces, ¿eres el viento?
-No sé cómo contestarte, porque nadie me ha nombrado todavía.
-Te llamaremos así. ¿Me dejas que te acompañe?
-Yo no puedo decidir. No tengo más voluntad que llegar hasta el final ¿Podrás seguirme los días que me vuelva violento? ¿Soportarás esas calmas que duran como un dolor?
-Te seguiré donde vayas.
Y entonces el dios Mercurio levantó su caduceo, desplegó las cortas alas del casco y de las sandalias y ambos se fueron volando.