Palimpsesto

Tu rostro es un palimpsesto.
En tu cara están inscritas
las palabras que dijimos.
Tus lágrimas son elegías
y en tu sonrisa hay un ritmo
de imprecisas comisuras.

Paleológo de tu cuerpo,
recorro líneas de tiempo
en tu frente y en tus labios
y encuentro un rastro perdido
en el camino ondulado
de un rizo de tu cabello.

Yo sigo buscando signos 
y sigo leyendo en tu cuerpo
e interpreto el laberinto
de tus dos blandas orejas
o el pequeño movimiento
de tus cejas
al final de la meseta
que rasa tu frente rugosa,
y el abrupto acantilado
que cobija las lagunas
de tus ojos.

Y me lanzo de cabeza
y en el negro torbellino
de tus párpados inquietos
contemplo emerger la sombra
de una dura decepción…

Yo sé que tú mantenías
opiniones divergentes
de las mías y que tu fuerza
y sentido superan a mi torpeza
en cualquier campo de juego,

yo sé que somos distintos,
pero hemos vivido tanto
la misma historia común
que debo mirar hacia ti,
para escuchar el runrún
del tiempo que nos tocó,
para entender qué pasó
y el ciego futuro escondido.

Me dices lo que he de hacer
y en qué acerté sin querer, 
y me recuerdas quién fui
y cómo he llegado a ser
ese rostro con arrugas 
que me mira en el espejo,
la torpe caricatura 
del hombre que imaginé,
que ahora dirige mi yo.
Tú tienes la clave, lo sé.

Insomnio

En el lago de la noche,
el insomnio hace sondeos.
Analiza sus mensajes.
De los datos que te entrega
la memoria desconfía…
¿No has caído, todavía,
en que mil falsos recuerdos
en las aguas del olvido están flotando?
La balanza del pasado ya se ha roto. 
De la historia y la verdad estás muy lejos.
La nostalgia va inventándose el sentido
que da forma a las acciones de tu vida.
No pretendas construir tu biografía.
¿No comprendes que el futuro que construyes
se compone con los pecios de tu yo, tras el naufragio?

Montan mis letras un número...

Estoy dormido. Sueño que se convoca un concurso de cuentos que cuenten sueños y sueño que con las letras de mis deudas monto un número y que con ese mismo número abro una cuenta que cuenta lo que las letras callaron hace un momento. Y copio el número que cuenta y la letra que valora y decido publicar su contenido y enviar todo al concurso convocado en ese momento extraño en el que intento salir del sueño y subo a la superficie y me despierto.

Palabras desde la otra orilla

Esperaré tu oración de despedida,
cuando el pulso en mi muñeca 
no se encuentre
y el reloj se haya parado para siempre.
Esperaré a que aparezcas ante mi, 
con tu abrigo de visón de pelo gris,
 presumiendo de tu cálida presencia, 
deseando que me hables como hacías,
 susurrando las palabras una a una, 
para hacer de su rumor una caricia. 
Será un ritual sencillo:
Cuatro términos de amor 
que hagan tibio el cruel silencio,
cuatro frases desgastadas por el uso,
que te salgan de la boca sin esfuerzo
y celebren los momentos que vivimos.
Sometido a la parálisis eterna,
yo seré tan sólo tu brillo, 
un Ulises que navega 
sobre el mar de tus recuerdos,
un lejano compañero
que se instala por un tiempo,
en el cuarto de invitados,
o seré, quizás, la huella, 
a tu gusto edulcorada,
de aquel joven que quisiste.
Sin embargo, también sé que, 
cualquier día,
 del invierno vendrá un escalofrío, 
un relámpago herirá tus ojos verdes
y mi exilio se impondrá, definitivo.
Cuando sientas que empiezo a molestarte,
cuando dejes, por fin, de imaginarme,
no hará falta que me cuentes lo que pasa,
bastará con que me cierres
el umbral de tu memoria
y me arrojes al abismo de la nada.
En el fondo de un gran mar, 
se hundirá todo el azul, 
y en su lecho acabaré.
Así quedará claro 
que mi mundo se ha fundido, de repente, 
que el telón ya no se mueve
de su amor por la tarima,
y que el barco de Caronte, 
que discurre con las velas arriadas,
está a punto de atracar en el olvido.

Que yo te tiré los tejos

Y yo te tiré los tejos

y tú no me hiciste sitio, 

ni en tu agenda, ni en tus ojos,

ni en tu lecho...

Me miraste con desprecio,

me arrancaste la esperanza

y me hiciste aquí en el pecho

un tajo profundo y rojo.

Ahora te miro de lejos  

e imagino cada noche

que quieres salir conmigo

y que en verdad te intereso.

Carreras

Carreras que ya se acaban se cruzan con las que empiezan. Hay quien corre a toda prisa, luchando por avanzar y demostrar su dominio y hay quien se detiene en el curso para mirar el paisaje o para pensar el futuro. Sin embargo, la carrera no es más corta, si aceleras, ni más larga, si te paras. Las carreras duran siempre el tiempo de toda una vida. Corremos porque vivimos y porque queremos vivir y en su discurso cansado vemos vivir a los otros y también morir a algunos. Corremos porque el runrún nos arrastra hacia adelante sin dejarnos reposar en ningún sitio. El paisaje que miramos es tan sólo un decorado intercambiable. No es posible llegar antes de tiempo ni retrasarse un momento. Vivimos el mismo presente y, lo quieras o no lo quieras, al final de la carrera está la meta.

Semáforo

Sucedió un Viernes Santo, en Granada, a principios del siglo XXI. En la Plaza Nueva la densidad de procesiones es tan alta que la decisión de cortar el tráfico se repite año tras año. Por razones que desconozco, aquella Semana Santa los semáforos no habían sido desconectados y alternaban sus luminosos signos con el mismo ritmo con el que se sucedían normalmente. Los granadinos y los turistas hispanos hacíamos caso omiso de la fuerza coactiva de sus verdes y sus rojos y cruzabamos por los pasos sin el menor temor, pues resultaba meridianamente claro que la circulación de automóviles estaba cortada antes. Para un grupo de jóvenes turistas alemanes que acababa de entrar en la plaza, sin embargo, este asunto no debía resultar tan evidente. En efecto, la primera de entre ellos, que era una rubia preciosa y sonriente, se detuvo en el límite de la acera. Me llamó la atención su gesto de contención, justo enfrente del lugar por donde yo cruzaba con el semáforo en rojo. Detras llegaron diez, veinte o treinta alemanes que cubrieron toda la línea fronteriza un segundo después de que yo pasase a su lado. Me detuve para ver en qué acababa todo aquello. Los alemanes se miraban y comentaban, mientras los granadinos seguían cruzando y sonreían con aire de superioridad. La situación se prolongó casi medio minuto, un tiempo suficiente como para llegar a pensar que la prohibición estaba fija. Impertérrito, el destacamento germano aguantó en el frente de la acera hasta que la autoridad automática permitió cruzar al otro lado. La rubia y sus dos amigas salieron ahora las últimas y miraron hacia atrás, conscientes de que un poco más allá yo las estaba mirando. Cada vez que las recuerdo, pienso en que a los españoles no nos vendría mal ser un poco alemanes y a los alemanes, también, acercarse a comprender el pícaro aprendizaje del español de la calle, pero luego siempre acabo por mirar alrededor y suspirar.

El gurruño

El gurruño se abre un poco. Las palabras se despegan de su fondo y luego se van agrietando. Y después que pasa un tiempo se van rompiendo en cachitos, en sílabas sin sentido y en absurdos sonidos huecos. Y cuando el gurruño se olvida de que fue en su vida plana el soporte necesario de la tinta, se le caen las letras de negro. Es entonces cuando brotan cien mil bichitos pequeños en torno a la papelera. Son bacterias, virus, ácaros o tal vez insectos ínfimos que miran con avidez, luchando por sobrevivir. A veces se enfrentan entre ellos por una Pe o una ese o por un trozo de tilde perdida en la marabunta, en un extraño conflicto que nadie mira ni cuenta. El polvo se posa a su lado. Se escucha el rumor del silencio.

Se vela

Si corre, vuela, y si no corre se vela… Claro, si no corre, se vela, es decir, se pone el velo y se va a la Catedral. En cambio, si corre, vuela: No hay quien pueda mantener la frecuencia de su ritmo ni la enorme dimensión de su zancada. De modo que un año tras otro, con apoyo de la Virgen, gana el maratón. Sin embargo, en la próxima edición su triunfo no se repetirá. Resulta que la organización exige en 2020 una ficha a todos los participantes y sucede que la Federación no ha dado de alta a nuestra atleta porque la foto que ella había aportado la recoge de perfil y en movimiento. Según nos cuentan las crónicas, no ha habido fotomatón capaz de hacerle una imagen conforme a la pauta oficial… Y es que también su foto se vela cuando no corre.

La creación

 La mujer, 

que en su vientre crea la vida 

con la vara del varón, 

a la luz la empuja luego,

con dolor,

en el acto de nacer.

Anastasio

Porque él se apellidaba Rojo y yo era el último de los Rodríguez y porque en los grupos de párvulos de mi colegio nos colocaban por orden alfabético, Anastasio y yo estábamos predestinados a ser compañeros de clase o a estar él detrás de mi, compartiendo aquel lugar algo esquinado de la fila de pupitres de la derecha del aula. En efecto, eso fue lo que sucedió hace ya sesenta años. En aquella tierna edad, nos tratamos sin prejuicios, con toda la curiosidad y con todo el tiempo del mundo, de manera que nos fuimos acostumbrando el uno al otro como una presencia necesaria, como algo obligatorio que surgía de una forma natural pero también nos enfrentaba de una forma irremediable. Compañeros y rivales nuestra relación no fue nunca fácil, porque siempre competíamos por todo. Nos pasábamos el día discutiendo y quitándonos la palabra de la boca, explorando nuestros yos, intuyendo cuales eran nuestras fallas y nuestras virtudes, experimentando qué instrumentos harían llegar más allá a nuestros brazos, qué espada nos defendería o a quién podríamos pedir apoyo o ayuda:

-Pues yo se lo digo a mi padre.

-Y yo se lo digo a Franco.

-Y yo al Papa.

-Y yo a Dios... 

Anastasio era un chico pequeño con las piernas delgadas y huesudas, con los ojos muy oscuros y con un mechón de pelo negro y lacio casi pegado a la frente. Él hacía como yo, me miraba a los ojos fijamente, intentando entender por qué no me ponía de su lado, por qué la complicidad era más bien imposible entre nosotros. La verdad es que él sí que lo intentaba en ocasiones, en especial cuando me contaba cuentos de miedo de su pueblo mesetario. Sin embargo yo aún no estaba preparado para tales terrores y le solía salir por peteneras. 

-Eso es mentira, Anastasio, eso es mentira.

De resultas de todo aquello surgió nuestra relación. Una relación bastante equilibrada, de dos niños de pareja inteligencia que se conocían cada vez mejor pero nunca confiaban en el otro, de dos rivales ingénuos e inconscientes entre los que las trastadas estaban al orden del día. Aún recuerdo cuando harto de pedirle que quitara sus zapatos del larguero que en la parte trasera de mi pupitre ligaba mi asiento a otro, se me ocurrió que podía atar su cordón y atraparlo así en mi mesa... Con el sádico placer del que entiende los efectos que provoca, hice lo que había pensado y disfruté como un enano de sus gritos y aspavientos.

-Pero quita eso de ahí. ¿Por qué te metes conmigo?

Luego cambiaron las cosas, empezaron a sentarnos por otros criterios distintos y dejamos de coincidir en el mismo banco. Nos seguimos tratando en el recreo, pero allí Anastasio era pan comido porque yo era más rápido y mas grande, de manera que acabamos cada uno en un grupo de juegos diferente y apenas volvimos a enfrentarnos. Tal vez por eso, no le recuerdo nunca entre los chicos con los que cambiaba cromos ni entre los del equipo de futbol o sus contrarios. Tampoco lo recuerdo entre los que se señalaron por sus méritos o sus castigos, aunque sí que me hizo siempre mucha gracia recordarle en la más plena adolescencia, interpretando de espaldas al público el disimulado papel de novia del protagonista en "El cartero del rey" de Tagore, con el lógico y cruel cachondeo de muchos de sus compañeros. También me acuerdo de que al año siguiente me adelantó en la carrera de fondo de las fiestas del colegio, justo antes de que yo me retirase al verle pasar a mi lado.

Mas tarde le vi aparecer por la Facultad de Filosofía y frecuentar a los arquélogos. Para entonces ya no nos saludábamos, entendiendo que el saber uno del otro había sido un accidente. Nos mirábamos de lejos y luego disimulábamos, y yo preguntaba a la gente que se relacionaba con él por mera curiosidad, y sus amigos me decían que era un fenómeno, que estudiaba medicina y que era carne de archivo, pero yo lo seguía despreciando, pues de sobra conocía su pasado de Anastasio. Vaya nombre, por favor.

Después llegó nuestra larga vida adulta, cuarenta largos años que conducen hasta hoy. Ya nunca lo volví a ver, aunque supe de su obra, muy fecunda, porque llego a publicar miles de historias que iluminaban las fuentes del hermoso mundo antiguo de la ciudad donde habíamos nacido. Yo las leía con nostalgia, porque sabía que era él el que escribía y que era yo el que ya no estaba en mi lugar. De este modo lo ví crecer en el recuerdo a medida que surgía en mí un reproche por el signo negativo de un desprecio que ya no tenía sentido. Cuando murió me di cuenta. Él había sido el mejor y yo el pequeño. Él había producido día a día, mientras yo malgastaba mi vida. Por esta razón egoísta, lamento que se haya ido. De sus cuentos para mí no queda más que un páramo oscuro con el aire enrarecido. Su rostro de niño pequeño, sin embargo, se mantiene aquí en mi mente imperturbable contra el tiempo. El pasado es algo fijo, pero tiene cien mil puertas. Buscaré en el viejo desván, aunque sé que ya he perdido tantas llaves que resulta imposible volver.

Escrivolando

Suele haber un aleteo, un pensamiento fugaz que pone en marcha el mecanismo del deseo de contar algo que merece la pena, y entonces pierdes pie y sobrevuelas tu sueño y tu propio yo para buscar las palabras apropiadas, para ser al mismo tiempo alguien que piensa como tú o alguien que es capaz de entenderte y describir con claridad el paisaje que aparece ante tus ojos. En el cielo vas buscando las corrientes que te eleven o te bajen del lugar donde te encuentras y peleas con los seres que se enfrentan con tu vuelo. Te hacen daño los insectos que parecen brotar de tu corazón aturdido y te pican sin piedad. Te inquieta el ataque de las gaviotas y el reflexivo afán del aguila que desde el zenit te observa subir y bajar. Luego te vas quedando frío, suspendido tal vez sobre los filamentos algodonosos de una nube pasajera, y te fuerzas a hacer ejercicios para darte confianza. Así que relees los párrafos y sientes que ya has cambiado, que ahora eres un lector que entiende lo que le están diciendo y hablas con él un poco y aceptas que te corrija. De este modo vas metiendo cien morcillas que reescriben las frases primeras y complican el original y tomas cien mil decisiones que no tienen vuelta atrás, como la de borrar una idea o la de tirar todo el trabajo a la basura. No lo haces, normalmente. Permaneces volando bajo los altos cirros o realizando un rápido eslalon entre los cúmulos, mientras buscas imágenes en el cielo, mientras te deslizas por el mundo al ritmo del canto de un mirlo o siguiendo a las olas juguetonas que dibujan los estorninos al amanecer. Y allí sigues todavía unos minutos, ensimismado con el tren que va avanzando en cada línea y que siermpre descarrila en el margen derecho de la hoja, alelado por el fluir natural de un pensamiento que aprovecha las corrientes de los vientos giratorios, dando vueltas a este yo que se repite y buscando una salida entre las nubes. 

El proceso

El pintor enseña a sus ojos a mirar y a ver el rostro que está pintando. Luego elige los colores que se parecen más al rostro, de acuerdo con la luz que entra por la ventana, y después los dispone sobre el papel o sobre el lienzo y surge una imagen inmóvil, quieta, una imagen que, sin embargo, transmite la sensación de que quiere hablar, porque sus ojos abiertos están llenos de vida.
Tanto le gusta al autor el retrato que ha pintado, que lo lleva a la galería y lo expone a la mirada de la gente. Las personas que asisten a la inauguración ven el cuadro y se imaginan que ese rostro no está quieto y que en el fondo hay un hombre que les mira y que se mueve y que, además, parece que quiere comunicarse, que tiene algo que decir y puede escuchar nuestras palabras. "Sí", dice el contemplador, "este rostro me habla, me interpela...", y la gente le hace ver que también a ellos les dice cosas, que a veces pregunta y que en ocasiones contesta, que es un señor parlanchín que quiere explicarse allí y que eso es lo que espera cuando se queda plantado justo en el medio del cuadro y te mira como diciendo: "¿Qué me dices? ¿Qué?"
Sin embargo, el personaje al que miran está callado. En realidad no se mueve. "Qué locos estamos todos", concluyen. "De remate, de remate", dicen... Y siguen mirando a los ojos y a la boca del retrato. Que ¿para qué? Para entender, para pedir perdón, para obtener placer, para salvarse.

Luces de la ciudad


Hoy y he visto una vez más la última escena de "luces de la ciudad". La ponían en TCM. Me he topado con ella al zapear y no he podido resistirme. Decir que me encanta es decir poco. Me emociona. Veo al Charlot-mendigo, que viene de la cárcel y que acaba de ser humillado por los chicos de la calle, justo en el momento en que se encuentra con su amada, la bella y rubia cieguita que ahora está tras el limpio cristal del escaparate de una floristería en el centro de la ciudad. En ese momento el joven mendigo siente que su corazón se rompe. Ella está preciosa y no puede reconocerle aún, porque esa es la primera vez que puede verlo, a pesar de haber sido él su benefactor. Sin embargo algo le llama la atención en el rostro del mendigo que le impulsa a salir afuera para darle una limosna y una flor que sustituya a la que él ha destrozado entre sus manos, presa del nerviosismo, al descubrirla en la tienda. Ella intenta convencerlo de que coja sus presentes, mientras él hace por irse, pero ella le detiene y al tocar su mano, de pronto, su rostro se ilumina. Acaba de darse cuenta de que es él. El hombre que pagó para operarla de la vista y que luego desapareció sin dejar pistas. Entonces ella, que recorre su cuerpo para estar totalmente segura, pone la mano de Charlot sobre su pecho y le entrega su belleza.¿Será verdad lo que dicen las imágenes? ¿Será verdad que ella lo ama, aunque sepa, finalmente, que él es tan sólo un mendigo, un joven sin oficio y sin futuro? Sí, es verdad. La verdad pura del arte.

La paleta femenina

Estoy haciendo un dibujo

en el que salgo en el centro

y aparecen a mi lado mis tías y mis abuelas.

Encima de cada una 

pondré su nombre

en mayúsculas.


Si los nombres de la gente son vestidos diferentes,

cada nombre le hace juego a algún color.

En mi nombre y el de Blanca el asunto es evidente 

porque Aurora significa también Alba,

aunque el rosa es más bonito, para mí.

A abucarmen la pondré de color carne

y de negro a mi mamá, a Lala y a tía Denise.

A abuleo, Lily y Cuca las haré mejor de rojo

y el azul se lo reservo a Cuqui y a Beatriz.

Dejo sin rellenar a dos figuras sin nombre

por si acaso me he olvidado de pintar 

alguna mujer importante.

Tal vez pinte al sol dorado

y a algún pájaro volando

sobre el mar.


Mamá dice que es precioso.

Por la tarde, 

cuando acabe,

les envío a todas ellas

un watsapp.

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