Te espero, amor

Y tú estabas allí, lejana como el horizonte, mientras que yo me mostraba huidizo, incapaz de asumir las consecuencias del terremoto y encerrado en la pantalla de este armatoste plateado. Me dolía más tu silencio que las múltiples mentiras que afloraban a medida que me contabas la verdadera historia de tu vida. Esperé tu llegada en un avión supersónico, imaginé una llamada por skype que me dijera que estaba totalmente equivocado. El cielo se llenó de bandadas de pájaros sin rumbo y al final cayó el ocaso y empezó esta larga noche. 
-Te sigo esperando, amor. Créeme. Te espero...

La palabra

                                           La pala abra lapa. 
                                                                    Lapa labra ala. 
                                                                                            Pala, lapa, ala: 
                                                                                               La palabra.  

Un sueño de muerte

En aquella pesadilla, una mujer harapienta con rostro de calavera se le acercaba. El soñador era un hombre que intuía de algún modo un gran peligro y que, a pesar de que su cuerpo le pedía levantarse a toda prisa para poder escapar, estaba paralizado por el terror. Aprovechando el momento, la mujer armó su brazo para accionar su guadaña y cortar el cuello al hombre. Lo hizo con precisión. Después se introdujo en una cueva para apagar el cabo de una vela temblorosa, mientras el descabezado recorría el inclinado sendero que conduce hasta el barco de la noche y el sueño se terminaba. 
Por miedo a ver a la muerte, el hombre dejó que sus párpados siguieran cerrando sus ojos y así pasó varias días, esperando. El sueño, sin embargo, no volvió a ponerse en marcha, de modo que al final se vio obligado a dejar de fingirse dormido.  
-Que sea lo que Dios quiera- dijo, pero, a pesar de que lo intenta, no ha podido despertarse.

Aquel amor luminoso

La luciérnaga salió de su oscuro refugio, subió a la acera y llegó hasta el pie de la farola.
-Te quiero- dijo el insecto en su idioma luminoso.
La farola contempló desde lo alto la tibia luz que se arrastraba por la acera y permaneció inmóvil.
-Amor mío, no te entiendo- continuó la luciérnaga
La luz eléctrica se mantuvo fija, absolutamente estática. Parecía disfrutar con el círculo de claridad que producía a su alrededor o tal vez con lo impreciso de la zona de penumbra que surgía más allá.
-Me deslumbras, pero no te entiendo, lo siento- insistió.
Como siempre en aquel sitio, la farola repitió de forma terca el sentido de su único mensaje. Lo hizo diez, cien, mil veces. Lo hizo de forma automática e inconsciente porque su luz provenía de los watios de su bombilla, mientras el insecto luminoso sacaba conclusiones de su extraña experiencia:
-Ya, ya sé que no me engañas y que no sabes hablarme ni entiendes lo que te digo.
Y de pronto el filamento incandescente que alimentaba el intenso brillo de la máquina de luz se fundió sin previo aviso y todo cambió de repente. Confundida, la pequeña enamorada no sabía qué pensar: ¿Se había ido, se había muerto o intentaba contestarla con silencio? Esperó acontecimientos sin moverse. Pasaron dos coches rugiendo y el viento jugó al escondite con las hojas de los árboles. Escuchó vibrar al suelo y no quiso responder al instinto que apremiaba para evitar el peligro. Cometió un error fatal. La suela de un gran zapato le cayó sobre su cuerpo de lombriz fosforescente con la fuerza de un batán y aplastó su desaliento. Como un recuerdo marchito, la luz verde se apagó sobre la acera.

Puertas

Salgo de la cocina, recorro el largo pasillo y al final llego al salón. Abro la puerta, miro hacia adentro y pienso:
-¿Para qué he venido aquí?
Me vuelvo sobre mis pasos para ver si en la cocina hay algo que me oriente. Al entrar, el sol penetra por la ventana y se queda jugando un poco con un brillo del fogón. Contemplo el aceite requemado que hay en la sartén y destapo una olla de caldo, mientras intento recordar qué era lo que estaba haciendo. Me vuelvo a girar en redondo y emprendo otra vez el camino por el pasillo y voy reconociendo las puertas entornadas de los baños y las de las habitaciones de mis hijos. Al entrar en el salón me sorprendo un poco más: El sofá, la mesa, la tele y el color de las paredes es diferente al que yo recordaba. Por eso se me ocurre pensar que estoy en la casa de alguna vecina de mi bloque y me entra una congoja que me ahoga. Me vuelvo corriendo a la cocina y otra vez percibo que sigue entrando el sol. Abro la puerta del frigorífico y veo que está casi vacío, que la compra que hice ayer ha desaparecido, de modo que concluyo que sí, que tenía razón antes, que debo de estar en ajeno territorio y siento que de alguna manera empiezo a estar en peligro,..
-Perdón, perdón, ya me marcho, no sé qué me ha pasado, lo siento- digo sin más en voz alta, intentando calmar al presunto propietario y, aunque nadie me contesta, yo ya estoy a punto de salir. Atravieso el hall en dos pasos y quito la cadena de la puerta. Acciono el picaporte, girándolo hacia abajo para intentar salir al descansillo de la escalera, llamo al ascensor y espero veinte segundos hasta que llega. Estoy hecha un mar de nervios y sudo como si estuviera tomando un baño turco. Se abre la puerta metálica, entro en el prisma estrecho y pulso el botón del bajo. Después guardo silencio y tiemblo como una peonza, mientras suena un mecanismo en cada piso y me miro fijamente en el espejo. 
-¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí?

Vino

Vino: el futuro de la uva y una forma personal del pretérito indefinido del verbo ir. Vino, sabor y color en presente. Vino: el proceso que envejece en la bodega y depura sus defectos con el tiempo. Vino, una ambición de eternidad que emborracha por la fuerza que resulta de su química quimérica.

Bajo el dosel de un aliso

 Escribo con letras de piedra, 
           mirando correr al Nansa. 
               Escucho el rumor del agua 
                       que baja como una estrella 
                              por la escala engalanada 
                                    con los destellos del sol 
                                         y miro a los paseantes 
                                             hacer de cuerpo de baile, 
                                                 al ritmo de un terco batán 
                                               que brota del centro del mundo. 
                                                      Tienen sombreros verdes  
                                                       como el color de las pozas 
                                                            y dejan sus "buenos días" 
                                                        como un coro que repite su papel 
                                                a la batuta de un viento caprichoso e indolente... 
                                                     Y yo, que bajo con ellos por esta senda inclinada, 
                                                              y yo, que bajo cubierto por el dosel inconsciente 
                                                                                  de los temblones alisos, 
                                                                      y yo, que estoy escribiendo y que voy lleno de gris, 
                                                             corrijo versos podridos por el cansancio y el tedio, 
                                                                 y recuerdo a mis amigos retazos de lances antiguos. 
                                                                     A pesar de que son viejos, me cuesta seguir su ritmo. 
                                                                         Estoy cansado y herido. El mar inmenso y lejano 
                                                                              espera azul en la playa las lágrimas derramadas 
                                                                                       por los todos los hombres muertos. 
                                                                      El mar espera tranquilo, mientras suben los salmones por el río. 

Somos de la misma pasta

Lo había visto rondar a la muchacha que me habían encomendado en el cielo y me había llamado la atención por su belleza y por su porte. Él era elegante y perfecto, un varón joven y esbelto. Él la seguía a todas partes y le hablaba en voz muy baja para conquistar su corazón. Tenía un aura especial, un rostro imberbe y una estatura sólo ligeramente mayor que la de ella. La dulzura de sus ojos y su mirada ingenua conquistaba la voluntad de todas las mujeres que pasaban, de manera que dejé que brotase el amor en ella y que la historia se desarrollase sin percibir ningún peligro.
Pasaron al menos seis meses para que yo empezara a darme cuenta del efecto que tenía sobre mí su presencia. Desde lejos, día a día, contemplando su imagen o escuchando sus palabras, me fui enamorando de él. Poco a poco fue ocupando el territorio de mis sueños, de manera que al final llegó a ser un imán para mis ojos, una especie de obsesión lejana e imposible.
El día en el que él decidió romper la baraja los acontecimientos se multiplicaron. Actuó con precisión y con un ensañamiento inexplicable para un observador imparcial. Sus palabras penetraron como finos estiletes en el corazón de la chica y su efecto fue demoledor.
-No te quiero- le dijo -me das asco. Muérete.
La muchacha acabó por despeñarse desde lo alto del acantilado. Yo no pude intervenir, no me dio tiempo. Sin embargo, no le odié por engañarme. Para entonces yo ya estaba tan colado que, en vez de preocuparme, en vez de lamentar el engaño, me felicitaba al descubrir que los hechos que había visto no eran obra del amor.
Decidí ponerme a tiro para conocer las razones de mi fracaso y saber quién era él:
-Oye -le dije-, ¿me conoces?
-A los diablos nos basta con mirar para saber. Sí lo sé. Eres un ángel- contestó.
-¿Qué?- repliqué, desarmado por la sorpresa y humillado por el engaño, pero él avanzó hacia mí y comenzó un largo beso.
-Déjame, no me toques, ¿no entiendes que ésto no es posible?- continué.
-Claro que es posible, el amor siempre es posible.
No hizo falta que me diera más razones. Dejé trabajar a sus labios, a sus manos y a su voz y en el centro de mi alma germinó un nuevo ser.
Nueve meses después nació nuestro hijo, un bebé sano y hermoso.
-Hijo mío -le decimos muchas veces al pequeño-, el bien y el mal no son cosas ni tienen lugares opuestos. Los demonios y los ángeles somos de la misma pasta.

El pozo

                                                 Desde el cielo                                                  
                                              hasta el infierno                                              
                                              cavo un pozo...                                              
                                               Las palabras,                                              
                                                  las ideas,                                                  
                                                los errores,                                                
                                                las erratas,                                                
                                               las torpezas,                                              
                                                  repetidas                                                 
                                               día tras día,                                               
                                               van cayendo                                               
                                               por el hueco                                               
                                              como plumas                                              
                                               despeinadas.                                              
                                                En el fondo                                               
                                                del abismo,                                               
                                              sin embargo,                                              
                                                 solo hay                                                  
                                                   agua...                                                  
                                             ... ... ...                                             
                                                                  
                                 

Verdad

Juntando el infinitivo
del sensible verbo ver
con la forma personal
del verbo dar, para todos,
en el modo imperativo,
no solo unimos la acción
del fino sentido del ojo
con el consejo cristiano
de repartir propiedades,
juntándolos alumbramos
al término que resume
el fin del conocimiento.
Es una palabra corta,
es un bisílabo agudo
que se enfrenta a la mentira
lo mismo que hace la vida
con su rival, Doña Muerte.
Es delicada y preciosa.
La cuidan con atención
la historia y los buenos jueces.
Los políticos la visten
con truculentos disfraces,
aunque al final es desnuda
como prefiere mostrarse.
Quisiera vivir con ella
para escuchar su voz clara
y tocar su pecho blanco.
Quisiera seguirle los pasos.
Le miro a la cara, muy fijo,
le pido consejo a diario.
Le mando mensajes escritos
pero nunca me hace caso.

La caja de las palabras

 Si el silencio es nieve virgen, 
uniforme de un paisaje derrotado por el frío,
     las palabras son las huellas inseguras,     
 sombras negras que las botas van pintando 
  sobre el camino escondido

Del origen de la familia

El primer hombre, tras inaugurar la lengua con un celebrado palíndromo ("Yo soy Adán, nada yo soy"), pasa al lado del árbol de la ciencia y contempla el cuerpo desnudo de Eva. La visión de las formas sensuales del cuerpo femenino le producen un efecto inesperado. De pronto su corazón se acelera y se le ocurre fijar en el tronco, con resina, unas letras de molde que ha encontrado allí mismo en una caja. "NADA ROPA VE", escribe justo a la derecha de un corazón grabado en la corteza que parece dejarse acariciar por las manos de la letra E. Entonces la mujer se acerca, coge una manzana del árbol, la muerde delicadamente y se la ofrece.
-"Toma"- dice, e invierte el orden de los signos alfabéticos: “EVA POR ADAN”, pone justo encima del grabado.
El primer hombre duda, pero tiene hambre y está encandilado por el atractivo irresistible de lo que tiene ante los ojos, así que lee el mensaje, se anima a comer de la manzana y se aproxima a la mujer para intentar rozar sus labios:
-"Amo T"- dice en voz alta, intentando asimilar el juego, mientras ambos gozan del placer del primer beso en el centro del exuberante paraíso. Son apenas veinte segundos, justo el tiempo necesario para que se saluden las lenguas y se haga sensible la humedad interior de los cuerpos. Después, se separan.
El ejercicio se ha acabado con un signo de interrogación. ¿Y ahora qué? Ambos están indecisos, pero ella, que se ha tomado un momento para pensar, se decide finalmente. Se acerca de nuevo al árbol, junta todas las letras en el mismo orden y despega la última para ponerla más abajo, a la derecha del grabado que parece inflarse como un globo ante la presión insistente de aquella: "EVAPORADA" pone arriba, mientras abajo la N busca la forma de combinarse con el signo.
Adán gira su cabeza de izquierda a derecha y luego de derecha a izquierda en un gesto inequívoco, al tiempo que la mira fijamente y le sonríe:
-No- dice y se acerca para intentar un nuevo beso.
Ella le está esperando, de manera que sus labios se juntan, se separan y se vuelven a juntar, mientras sus vientres se acoplan y los miembros van tejiendo las acciones sucesivas que conciertan sus instintos y se van abriendo puertas que conducen a los túneles oscuros del placer.
-¡Oh!- grita ella.
-¡Oh!- grita él.
Y en tan sólo diez minutos surgirá en las entrañas femeninas un embrión humano, un ente inquieto, carnoso y minúsculo que empezará a latir por su cuenta con la fuerza renovada con que brota un nuevo ser.

Epitafio

En el más allá no hay nada.

Un final feliz

Hoy y he visto una vez más la última escena de "luces de la ciudad". La ponían en TCM. Me he topado con ella al zapear y no he podido resistirme. Decir que me encanta es decir poco. Me emociona. Veo al Charlot-mendigo, que viene de la cárcel y que acaba de ser humillado por los chicos de la calle, justo en el momento en que se encuentra con su amada, la bella y rubia cieguecita que ahora está tras el limpio cristal del escaparate de una floristería en el centro de la ciudad. En ese momento el joven mendigo siente que su corazón está punto de estallar. Ella está preciosa y no puede reconocerle aún, porque esa era la primera vez que podía verlo. Sin embargo a la chica algo le llama la atención en la expresión del rostro del muchacho que le impulsa a salir afuera para darle una limosna y una flor que sustituya a la que él ha destrozado entre sus dedos, presa del nerviosismo, al descubrirla en la tienda. Ella intenta convencerle de que coja sus presentes, mientras él hace por irse, pero ella le detiene y al tocar su mano, de pronto, su rostro se ilumina. Acaba de darse cuenta de que es él: El hombre que pagó para operarla de la vista y que luego desapareció sin dejar pistas de su oculto paradero. Entonces ella, que acaricia suavemente sus brazos para estar totalmente segura, pone los dedos de Charlot sobre su pecho y le entrega la llave de su amor. 
¿Será verdad lo que parece? ¿Será verdad que ella lo ama, aunque sepa, finalmente, que él es tan sólo un mendigo, un joven sin oficio y sin futuro? A mi se me llenan siempre los ojos de lágrimas y recuerdo la primera vez que la vi, en aquel cine de barrio, o las veces que la he visto solo en casa. Entiendo que en mi alma de viejo hay algo roto y que por eso sigo llorando como un tonto cada vez que vuelvo a verla. Lo entiendo y lo valoro, pero no hay por qué exagerar la nota. No estoy loco y no es necesario destacar lo evidente. Sé muy bien que lo que pasa en la pantalla es tan sólo una ficción. Sin embargo también sé que mis lágrimas provienen más de los méritos de los que hicieron la película que del carácter enfermizo de mi sensibilidad. Es más, creo que no costaría mucho demostrarlo. Sería muy fácil. Bastaría que tú misma te dejases llevar por la historia que se cuenta y que al final te fijases en los rostros de los dos enamorados, mientras se oye la violetera. Si en el curso de la escena te emocionas como yo, es que tengo la razón. Si sucede lo que digo, hazme caso. Dame un beso delicado y cariñoso. Te lo pido de verdad: Acuérdate. Con el tiempo las verdades pierden fuerza, Es preciso dar el paso en el momento. No te olvides, por favor.