Amor fugaz

Él era un viento ingenuo, una masa de aire brusca y fresca que invadía la cordillera de repente con su esencial inconsciencia. Ella era una peña enhiesta, una cima orgullosa frente al cielo que cubría su desnudez con verdes bosques. Ella exhibió su atractivo para atraer al muchacho y él resopló sobre sus formas esbeltas con toda la fuerza de su estirpe. La caricia del viento refrescó a la roca, que abrió agradecida sus entrañas, cuando él ya se estiraba por la falda de la montaña para contarle al río su aventura.
Poco a poco se fue alejando por el valle. La memoria recién adquirida estaba empezando a cambiarle, de manera que exhibía un carácter diferente, más templado por la fragua de la calma y la firmeza. Y así recorrió los mares y cruzó los continentes, apagando cien mil fuegos y amando de formas diversas a los bosques, a las olas y a las dunas.
Ella, por el contrario, permaneció en su lugar, desafiando a todos los meteoros y esperando que su amor volviese una vez a verla, derribase uno tras otro a los pinos que guardaban el acceso a sus secretos y penetrase por fin en su tibia y oscura cueva.

¿Quién?

Me encuentro en plena calle con Antonio, el mejor amigo del único hermano de mi amigo Carlos. Hubo un tiempo en el que Carlos y yo jugábamos al mus contra ellos dos.
-Hombre Carlos, ¿cuánto tiempo sin verte?
-No, hombre, no, Antonio. Soy Elías, el amigo de Carlos.
-Ah, perdona, me he despistado, ¿y tu hermano?
-¿Mi hermano? Bien.
-Tu hermano es un pájaro de cuidado. Anda, dile que le llamo un día de éstos. Hace mucho que no hablamos.
El problema es que Antonio, que yo sepa, no conoce a ninguno de mis hermanos, así que le dejo que se crea que soy Carlos, porque ahora me resulta muy difícil convencerlo en dos palabras de su error.

Los muertos en Tepoztlán

Cuando el viento se levanta, las telarañas ondean como banderas de muerte. En los huecos del adobe de las tapias de la calle que baja hasta el cementerio, las arañas nos recuerdan a las parcas, que tejen y tejen trampas y que cortan al final el hilo que nos condena.
-Si vibra la trampa tejida es como si llamases al aldabón de una puerta. Mira cómo sale el bicho- dijo Rafa.
Ana vio cómo el joven adelantaba su mano hasta tocar la telaraña y cómo asomaban las enormes patas:
-¡Dios! ¡Son monstruosas!
Ana se había apartado horrorizada, pero Rafa tiró de ella y la apretó contra él. La muchacha cedió un poco para seguir en contacto, pero giró su cabeza para impedir que él la besara.
-Vamos, no te entretengas y vete sacando la cámara. Tenemos que filmar la fiesta- cortó Ana.
El joven se quitó la mochila de la espalda y le fue dando la cámara, los objetivos y el trípode. 
-¿Tienes preparado el micrófono?- preguntó Ana.
-No te preocupes eso es pan comido.
La chica fijó su atención en el rumor que venía del cementerio.
-Oye- le dijo -me encantan esos mariachis. ¿Te imaginas la película? Un sonido que se va concretando poco a poco, un sonido que se hace más claro a medida que el paisaje va saliendo del polvo o de la niebla.
-Sí- contestó -eso está chido... Espera, que pongo en marcha la grabadora.
Rafa preparó sus aparatos y avanzó con el micrófono delante, como un cazador de sonidos en safari. Ana le seguía con la cámara colgada y con el trípode bajo el brazo. Los ecos de la música se mezclaban con el guirigay de los puestos de flores y con el ruido de sus pasos ligeros.
Al pasar bajo el arco de la entrada del cementerio, Rafa interrumpió la grabación y comentó el espectáculo:
-¿Qué te parece? ¿No te lo había dicho? ¡A que merece la pena!
Ana estaba fascinada. La noche estaba cayendo y las luces de las bombillas reforzaba los colores amarillos de las flores. Tenía allí delante todo el pueblo: los viejos y los adultos hablaban animadamente. Los niños jugueteaban, saltando sobre las tumbas y se oían las canciones superpuestas de la fiesta.
-Esto es mi México- añadió Rafa -un territorio mestizo. El país que debe al tuyo su lengua y su magro estado, y también los curas viejos que hicieron su independencia. El lugar donde la vida vale tan poco que la muerte está presente en casi todo.
Ana extendió su brazo para dejar el trípode en las manos del joven y se llevó a los ojos la cámara para ensayar los encuadres.
-¡Es formidable! ¿Tú crees que nos dejaran hacerlo?
-Sí, no creo que se opongan. Nos encanta salir por la tele.
A su izquierda, un hombre con su guitarra cantaba "Cachito mío",y Rafa comentó:
-Para la gente rica hay mariachis grandes con cinco o seis miembros, pero también los hay de dos o de uno para los pobres.
Ana, sin embargo, estaba más interesada en la familia de la tumba de la derecha, que había empezado ya la cena. El puchero con mole caliente olía mejor que un perfume.
-Oye Rafa- dijo Ana -pregúntales si hay algún problema en que les filme.
Rafa se acercó a los mayores, que se encontraban sentados sobre la losa de la tumba, y Ana vio cómo sonreían ante la plática de su amigo. Apenas tardó un minuto. El muchacho hizo un gesto inequívoco en la distancia y Ana comenzó un largo plano que penetraba en el grupo. Luego el objetivo giró en horizontal persiguiendo un primer plano de los rostros.
-Mi hermano Tomás se murió hace tres años estuvo luchando un mes entero, pero al final claudicó. -dijo el que parecía más anciano-.Mientras vivió fue mi hermano. Apenas nos encontrábamos en navidad y el día de los muertitos, pero desde que se murió no hay un día en que no piense en él.
-Yo lo entiendo- dijo Rafa - mi padre también está muerto.
-A mi hermano le gustaba mucho el mole y hoy lo hemos hecho a su salud, ¿quieren ustedes probarlo?-añadió el viejo.
Como el hambre no faltaba y los pesos no eran muchos en sus bolsillos de pobre, los dos jóvenes aceptaron la invitación. Se sentaron en la tumba, justo al lado del anciano, sonrientes, haciendo ostensible su agrado. Sin embargo, la comida estaba picante y Ana no pudo evitarlo y pronto empezó a resoplar.
-Vaya, se ha enchilado- dijo entonces el anciano-. Lo mejor es beber leche. Dadle un vaso.
Un chiquillo rebuscó en una bolsa verde, sacó la botella blanca y rellenó un vaso de plástico. La joven bebió a tragos cortos.
-Ana es española y no está acostumbrada al picante- dijo Rafa.
-¿Española?
-De Santander, en el norte...
La chica, que empezaba a lamentarse de no haber besado a Rafa, dejó ahora que su mente volase hacia España. Dos enormes lágrimas bajaron por sus mejillas y añadió:
-Cuando mi padre falleció, yo ya no estaba allí y no pude despedirme.
-De mi padre apenas me acuerdo. La última vez que lo vi yo tenía solamente cinco años- dijo Rafa, conmovido.
-Morirse es lo más natural. Lo que es raro es estar vivo- terció el anciano justo al tiempo en que el mariachi de la tumba de al lado entonaba desafiante el estribillo de: "Y volver, volver, volver..."
El sonido de este canto sirvió entonces para raptar su palabra. El viejo se paró en seco para pensar en los sentidos ocultos de esa letra y elevó su mirada cansada hacia la oscuridad de la noche... Cuando la música cesó, en el pecho del viejo se abrió paso un profundo suspiro. Después añadió:
-Seguiremos recordando, suavizando los contornos de sus faltas, perdonando sus ofensas o insultando su memoria, para animarlos un poco. Seguiremos dando vueltas y más vueltas a sus vidas y al final nos harán caso. No será necesario invocarlos por su nombre. Saldrán confusos de sus tumbas sin hacer ningún ruido, lo mismo que las arañas, y nosotros no nos daremos cuenta, porque no podremos ver el color transparente de sus almas. Asomarán su cabeza, nos mirarán un momento e, incapaces de saber si fueron ellos realmente los que hicieron las historias que contamos, volverán a meterse en sus guaridas, sin decir una palabra y sin llorar.

Últimas palabras

 Escribí: “Me estoy muriendo” 
 y mis ojos se han llenado de ternura. 
             Luego digo: "Ahora”             
 y persigo los tres golpes de mi voz 
 por la lúgubre cubierta. 
 Ella está sobre el timón y comprueba 
 que se agota mi ya débil resistencia. 
 Cómo ladra el fiel guardián del laberinto, 
 cómo duelen los pecados sin perdón, 
 y cómo el terror se abre paso 
 desde las hondas tinieblas. 
 Desfilan las olas blancas 
 como un batallón de espuma 
 frente a la grada de arena. 
 La playa espera tumbada, 
 tiritando bajo el manto gris de niebla. 
 De pronto se apaga la vela 
 y se arroja de cabeza el cormorán 
 en la fría superficie de este mar 
 que transforma mi memoria 
 en gotas negras... 
 En el fondo, la ceniza, 
 cual notario del pasado 
 que se escapa, 
 toma nota. 

Anunciación

La virgen contemplaba la trayectoria espiral de una pluma que caía. Sentada en su silla de cuero repujado, la joven cerró el libro abierto que tenía entre sus manos, lo puso sobre su regazo, levantó su mirada hacia la ventana y escuchó un trino agudo y sorprendente:
-Dios es ave, María- le cantaba un pájaro blanco y parlanchín.
La muchacha sonrió al principio levemente, pero pronto se abrió paso una sonora carcajada justo al tiempo en que sus labios susurraban:
-Gracia plena.

En el rápido del río

 Las cosquillas que hace el sol 
 al mirarse en el espejo 
 de su plana superficie 
 multiplican los reflejos saltarines. 
 El agua se muere de risa 
 y al cielo salpica su gozo, 
 mientras jirones de niebla 
 se disipan en azul de mediodía, 
 mientras la espuma florece 
 y salpica su placer de blanca novia, 
 mientras corre por la roca como loca 
 y sus dedos acarician los brillantes escalones 
 en el centro del pequeño paraíso 
 que es el rápido del río. 

Los frentes de la Historia de España reciente

Guerra civil

Franquismo
Democracia bipartidista
Octubre 2017
Signos convencionales:   Círculo rojo-izquierda    Círculo azul-derecha    Círculo verde-nacionalistas periféricos

La tierra de Pico de monte

 Dicen que hay un país 
 al sur de los Pirineos, 
 que llama a sus picos: Puig 
 y siente fluir por sus venas 
 el latido de una tierra 
 independiente. 
 En las alturas, los Puig, 
 tan fríos y tan escarpados, 
 han puesto una estrella azul 
 a las rayas de color de su bandera 
 para intentar explicar 
 que rechazan la cultura horizontal de la llanura 
 y que aspiran a llegar a tal ruptura, 
 que al final todos sus Puig puedan volar. 
 En la llanura, las gentes 
 trabajan todos los días 
 y tienen que soportar 
 las locuras de la clase dirigente, 
 la mentira de una historia reformada 
 y el imperio de una lengua diferente. 
 ¡Qué solas se van a quedar     al pie del Puig convergente! 

Canción del drogata

Le he visto llegar en moto.
Hoy vende a precio de oro 
viajes de blanco caballo...
Preparo la guita en silencio 
y se la entrego al pasar.
El antro umbroso en la tarde
protege su identidad:

-Te busqué en la cabalgata, 
siguiendo a Melchor o a Gaspar-
le digo, intentando un sarcasmo.

-Salimos con Baltasar. 
También nos gusta lo negro-
me contesta en la penumbra
y luego se gira en redondo
y se enfrenta con mi rostro
en el fondo del local:

-Es cierto, soy un camello,
un despojo, un traficante,
un viejo pirata sin mar,
un ser humano inmoral.
No aspiro más que a esnifar
un par de veces al día.
Estoy de vuelta de todo.

Tú sabes que suelo cantar:
"Que es mi dosis mi tesoro, 
que mi ley es la omertá, 
mi dios el polvo de nieve 
y mi patria un sucio bar".

Pues eso, no digo más.
A Espronceda, estoy seguro,
la letra le va gustar.

La novena

En mi pueblo, cuando se acerca Santa Cecilia, siempre nos ponemos de acuerdo para hacer una novena.

No es justo

Toño apareció de improviso por la puerta del salón, llorando con toda su rabia:
-¡Me ha pegado! ¡Me ha pegado!
Detrás venía Rhut:
-No es verdad, papá, no es verdad.
El padre levantó la mirada, ajeno a toda la historia. Tenía un engorroso examen en la mano y un argumento clave en la cabeza que había que verificar antes de que se esfumase.
-A ver, ¿qué demonios pasa?
-¡Me ha pegado! ¡Me ha pegado!
-No es verdad, ¡mentiroso!
El padre empezó el interrogatorio, intentando poner calma en medio de la excitación y haciendo ostensible su mirada escrutadora, ese intenso dardo de la verdad que sólo servía cuando hacía diana justo en el centro de las pupilas de cada uno de los niños.
-Dime, Toño, ¿por qué te ha pegado?
-Porque, porque...
-Qué no, papá, no le creas, que se lo inventa todo- le interrumpía Rhut cada vez que su hermano pequeño abría la boca.
Lo de siempre, pensó el padre, así no hay forma de aclararse.
-Sabéis lo que os digo, Ni una palabra más. Ahora mismo os vais de aquí. Cada uno a su habitación, luego hablaremos.
-Pero papá, yo no he hecho nada- retrucó la niña.
-No, no es justo- dijo Toño, que seguía llorando como una magdalena.
El padre suspendió su juicio un momento para escuchar el eco de esa última frase, la misma frase que él repetía de niño cuando su madre, que siempre lo hacía responsable de todos los conflictos, le castigaba.
-Justicia, ¿qué es eso? Una palabra, nada más. ¿Tú quieres ser justo? Entonces di la verdad ¿Qué es lo que ha pasado?
Pero antes de que los dos niños ordenasen sus ideas e intentaran explicarse, el padre se paró en seco. De pronto se dio cuenta de que cada vez estaba más lejos de saber qué sucedía. El tiempo corrompe el pasado porque la memoria, en realidad, es ya un cadáver. La verdad y la justicia son términos abstractos. Ideas de un éter lejano. Si seguía preguntando tan sólo contribuiría a dar pábulo a las varias justificaciones de cada uno. Además, este juego tenía siempre un perdedor: el muchacho que aún no usaba las palabras como un arma arrojadiza, el muchacho que a su edad aún no sabía que ésa era la única forma civilizada de atacar y defenderse. Por eso y porque la urgencia del examen demandaba toda su atención, el padre lanzó un suspiro, abrazó a los niños y reconoció su fracaso. 
-Lo siento. Se acabó. Ni una palabra más. Se acabó.