Ay/uno


AYUNO

¡Cómo como!
Soy un uno...
Si antes fui un uno fino
ahora soy un gordo uno.
Así que ay-uno y ay-uno,
y bebo SOLARES a morro.
Tratando de reducir
del triple al doble mi tripa,
la llamo primero bi-Pa
y luego la nombro Pa
al quedarse en la mitad.
Pero yo no paro aquí.
Procurando adelgazar
mi silueta un poco más,
me propongo limitar
la ingesta de grasas e hidratos
y condenar a los dulces
a la pena capital.
Con el tiempo los pescados,
sudando sobre la plancha,
ocultan su encanto especial,
las purgas de aceite y sal
le quitan toda su gracia
al verde de las ensaladas,
en sueños se me aparecen
las rojas carnes guisadas,
las fabes y los garbanzos
y siento un hambre bestial
que no se calma con nada.
Después de la arcada vil,
que en la región palatal
provocan mis dedos blancos,
a veces mancho el mantel
con un pastoso residuo
de fruta o sopa de ayer.
Y acudo mil veces mil
al baño grande de casa
y miro el gráfico gris
que en un panel representa
la masa que el peso marca.
Suspiro y pienso: ¡Ay de mi!
Si sigo por este camino
¡qué pronto llegará el fin!
Pseudónimo: Adel Gazo

Ay/uno (continuación)

AYUNO
  
 No comía.
Cada vez
pesaba menos
y más alto parecía.
Mis tripas estaban vacías.
                                         
Al ver la radiografía
que reflejaba el espejo,
sentía que desfallecía
y luego que el “des” perdía.
                                                     
Cual príncipe de Dinamarca,
hablaba en voz alta del ser
y de su opuesto el no ser,
mirando a una gran patata.
                                           
Un día, al amanecer,
rodando sobre sí mismo,
un rosco cero en Courier
se quiso poner junto a mi
para intentar hacer diez.
                                                   
Silbando en el des/ay/uno
resopla la triste pavana
 para un Infante difunto:
                                                 
 -¡Ay Uno, qué a punto estás
de ser un-no, sólo un-no,
 del mismo tipo que yo!-
                                                   
Así que he vuelto a comer.
Espero que cojas la copla.


Pseudónimo: Adel Gazo

Es3

Chiquilicua3 pillas3,
pollas3 lacus3 y bui3
comparten por ser silves3

la falta absoluta de es3.
Por el contrario, los sas3,
los chan3 y burgomaes3
y también los petime3
que ambicionan ser ilus3,
pensando en los en3ijos
de la siembra de aligus3
al 3bolillo de Trieste,
se es3san mucho

 a diario.

El prescindir de los pos3
que te aconsejan los me3,
el que en ca3 cu3 duermas
hasta que frus3 tus sueños,
el que en 3illos pedes3,
ya nunca pene3 vien3
después de que tú te cas3, 

provoca unas depres
muy duras.

Por eso nunca demues3
el caletre de los tristes,
abandona los pupi3
y sigue rumbos campes3,
si ponen examen los miércoles
y grítame un ¡qué dian3!
siempre que sientas crecer

la horrible depre de antes
o el mal que llamamos 

es3...

Topografía

Las letras tienen tendencia a caerse, pues son de metales pesados y, si pueden, a poco que el joven calígrafo se olvide de la horizontal, cogen como una pendiente y se despeñan al suelo. Las palabras, como están hechas de letras, también sufren de esta ley gravitatoria. Las ideas, sin embargo, son más bien globos de aire, burbujas que brotan, que se fusionan, ascienden, se caen o explotan. Las ideas no se someten a más lógica que a la de su dinámica interna. Por eso, resulta tan difícil escribir. Las letras se pegan al suelo, buscan el recto equilibrio de la línea y el orden militar de las palabras. Las ideas todo lo lían. Las ideas son tormentas que enfrentan a las palabras o cambian la topografía lo mismo que una orogénesis, con la fuerza de la fe o con la universalización simplificadora de la ciencia. Las ideas unas veces se desenvuelven en el suave vaivén de las lomas que atraviesan y otras en la inmensa diversidad de las cimas y cañones del Nepal, unas veces en el centro de la corriente convectiva de un ciclón y otras en el curso de la explosión de un volcán stromboliano. Las ideas son seres incontrolables, diversos, insumisos, que se enfrentan con al peso de las letras y no entienden de escrituras ni de frases. Los autores intentan hacer que las frases convivan, que las letras se sujeten en las filas, y conectan las ideas. Negocian su espacio interior y el aire que necesitan para que no discutan de frente, para asumir la presencia del contrario y para poder alcanzar el consenso necesario en el que cada una encuentre su lugar. Lo intentan con pasión y mucha dedicación, ejerciendo su papel de jefes de un mundo anárquico, exigiendo a las ideas que se adapten poco a poco al perfil de la pendiente ara poder conducirlas, finalmente, hacia el curso controlado y horizontal del río de la llanura. De este modo, se mezclan en las obras lo más alto y lo más bajo, lo etéreo con lo profundo, la tierra, con el mar y el aire, y nosotros los lectores recorremos los raíles de las líneas sucesivas y emprendemos la aventura de la historia que nos cuentan. Nosotros, los lectores, somos los trenes, cargados de curiosidad, los que descarrilamos sin pausa sobre los márgenes blancos, los que prestamos nuestra vida y nuestra experiencia al estilo y al ingenio del autor, los que hundimos nuestra vista en ese descenso ciego que un número creciente corta en el fondo de cada página. Gracias a esta especial disponibilidad conseguimos que nuestra mente sobrevuele los trayectos infinitos que se narran y conocemos las vidas de otros seres diferentes sin tener que preguntar. Gracias a este pequeño esfuerzo, contemplamos las razones de este extraño reino en el que el blanco es la nada y el negro contiene la luz y la esperanza. Gracias a nuestra insistencia disfrutamos al final del abrupto desenlace, tras leer la última línea, para ver que, si pensamos y contamos, lo que pasa se rellena de sentido, y la vida, por excepción, deja de ser sólo caos para pasar a ser cuento.

El enigma de mi nombre

Cuando una acaba de morir, el dolor se acaba y florece la tristeza. Una inaudita inmovilidad se impone a todo. No hay frontera ni blanco paisaje. Cuando una acaba de morir, están frescos los recuerdos, porque una ráfaga instantánea acaba de revivirlos en la mente que ve próximo el final y que se niega a aceptar lo inevitable. En el último suspiro, el cerebro se concentra para hacer un reportaje que resume en un segundo todo lo que importa. A pesar de la tensión, en el último momento son más vívidos los hechos y el mayor galimatías se resuelve, porque entonces se miran sin prejuicios las razones de las cosas y se sacan conclusiones más allá de la apariencia; al final se disuelven los turbios engranajes del cariño, aquellos que impedían comprender esa simple relación de causa-efecto que era clave en nuestra historia; al final se confiesan las mentiras que el pasado había ocultado y, aunque todas nuestras fuerzas se aferran a la vida, todo se termina de repente.
Yo era demasiado joven y no había tenido tiempo de pensar. Me faltaba una explicación a mi existencia. No tenía, todavía, ni un sentido ni un trayecto definido. Es por eso que he dejado libertad a mi memoria para ver si era posible que las cosas se ordenasen, lo mismo que los sedimentos en el fondo de los mares y, al final, me he viso allí, tumbada en aquel cadáver. He sufrido al verme inmóvil e incapaz de abrir la boca y he sufrido por el tiempo que ya no viviré... Es por eso que reclamo vuestra atención, ese especial sentido, esa especial intuición que a veces permite a los vivos comunicar con los muertos. Escuchadme, entonces, si podéis, dejad vuestras ocupaciones y atendedme. Así podré colonizaros y florecer en vuestro pensamiento. Así podré vengarme de la muerte. Así denunciaré a mis asesinos y podré vivir lo que me falta. Así no me marcharé del todo... No, no podéis negaros, os lo ruego, por favor: Vosotros, que seguís vivos y que creéis que sois justos, abrid bien vuestros oídos y grabadme en vuestra mente...
Yo era Paloma. Esa niña que corría en la alameda con el rostro concentrado en la distancia y que luego creció un poco. Yo pensaba que en mi nombre se escondía mi destino y creía que mis brazos serían alas y que mi vello acabaría por transformarse en blanda pluma... Luego crecí de repente y escribía cartas largas a aquel chico de ojos negros cuyo nombre y dirección desconocía. Yo era la que esperaba que el tiempo se acelerase para ver el fin del mundo y navegar por mil mares sin pedir permiso a nadie. La que hubiera querido aprender mil lenguas, incluyendo las de hueso y de marfil para entender la verdad. Yo era aquella que pensaba que mezclar todas las razas era perfectamente posible, la que confundía a las estrellas con chinchetas de un azul tablón de anuncios y miraba por la tarde al sol poniente, cuando hunde su rojizo redondel en la línea interminable del color azul marino. Yo era la que envidiaba el vuelo de las cigüeñas y seguía con la vista el aleteo de las mariposas, la que no entendía que las focas tuvieran que morir ni el color del espanto, manando escarlata de la herida. Y también era tu amiga, la que se sentaba contigo en el pupitre, la que había salido voluntaria en geografía, la que sufría mucho más que las demás en la clase de gimnasia, sobre todo cuando había que hacer abdominales, la que conocía a un muchacho que jugaba al balonmano, la que se cruzaba contigo en el paseo los fines de semana. Esa chica que vivía en tu misma calle y compraba los domingos en el quiosco de la plaza los periódicos. Yo era Paloma, la que podría haber crecido al tiempo que tú creces o envejeces, la que podría haber sido tu vecina, tu médico, tu juez, tu alcalde o tu azafata, la madre de tus hijos o tu amor desesperado, la que podría haberte seducido, la que podría haberte descubierto o haberte amamantado... Mis padres me llamaron Paloma, por mi tía, que acababa de morir. A mí me gustaba ese sonido: Pa-lo-ma. Yo creía que mi nombre era un dibujo, una forma imaginaria, un contorno que la vida iba llenando de color. Yo buscaba en él la forma de mis sueños y me he visto disfrazada y volando por el cielo con mensajes o con ramas de un olivo milenario. En mi nombre se incluía el atributo de las alas. Yo soñaba que podría elevarme desde el suelo hasta el aire puro y fresco en donde surgen las tormentas y también imaginaba que la forma de mi cuerpo adquiriría la finura de un diseño aerodinámico. En mi mente daba vueltas a esa idea de un futuro sin fronteras ni poderes terrenales y confiaba en ser feliz, contando con la ayuda de mi nombre. 
Pero ahora, que os dejo sin remedio, pero ahora que ya me he muerto, os diré que aún no comprendo. Si todavía no han brotado las alas en mis brazos, ¿por qué me llamaron Paloma? No lo entiendo... Estoy aquí y me siento extraña, como si hubiera crecido de repente. Yo creía que la muerte sucedía cuando las arrugas se hundían en la piel y que los jóvenes no moríamos. Sin ningún fundamento, imaginaba un futuro perfecto con un príncipe esperando en una esquina con la cara de Brad Pitt y soñaba que algún día volaría, pues en realidad era Paloma y había nacido para eso.
Recuerdo que hace diez horas discurrían los segundos como siempre. Todo parecía fluir según la norma: Dormía, me despertaba, sonaba el reloj despertador en la mesilla y había prisa por coger el autobús para el colegio. Mi madre me reprendía porque no tomaba el desayuno y más tarde mis amigas se reían del profesor de matemáticas. En el aula, y a escondidas, repasaba una vez más esa carta que había escrito a un muchacho del que estaba enamorada. Y después también recuerdo la merienda y el color arrebolado de las nubes y mis dedos sujetando la bolsa de basura y mi rostro en el espejo del metálico ascensor. Luego bajé hasta el portal y salí a la calle. Me he mojado. Empezaba a descargar una tormenta. Se encendían las farolas y en la curva un coche rojo se acercaba. Una bomba lo ha elevado a las alturas y la tierra ha respondido de repente con un ruido de timbal. Mis tímpanos han estallado y he volado por los aires, pero no con la elegancia de las aves, pero no con el silencio. He volado, arrastrada por mil olas de aire negro y mi cuerpo se ha estrellado contra un muro. Vi volar mis brazos-alas, cada uno en un sentido diferente, mientras mis puños se cerraban sin que pudiera controlarlos. Vi elevarse el coche en llamas y he sentido un dolor tan excesivo, tan horrible y tan intenso que no he podido gritar. Tendida aquí en el suelo, suplicaba a lo más santo. ¡Santo Cielo! Me han mordido cien leones, me han pinchado mil agujas y me han quemado en la hoguera... Se diría que el dolor era absoluto y que no existía nada más. ¡Oh Dios! ¡Cómo he llorado! ¡Con qué avidez he invocado una ayuda imposible! ¡Con qué razón he pedido explicaciones! He intentado levantarme, pero mis piernas no me han respondido, y mis ojos se han abierto para intentar dibujar un por qué... Nadie me ha contestado. Nadie sabe. Nadie entiende los caprichos de la muerte. He pedido terminar, acabarme como un río en el océano, y después me ha parecido que todo se detenía... 
Ahora soy sólo un espectro, un fantasma refugiado en la memoria de los vivos. Soy un muerto, una huella que se borra. No me importan los discursos que dirán que era inocente ni las flores de mi entierro. Sólo intento acostumbrarme a la idea de la absurda soledad del cementerio. ¡Qué aburrido lo imagino, mientras pienso en los gusanos! ¡Qué terribles los cipreses en su estático papel de centinelas! El tiempo se ha terminado. Alguien se ha acercado a mi brazo, abandonado en la acera, y me ha puesto una flor entre los dedos. Un muchacho ha cerrado mis párpados y se ha oído por los montes un sonido salvaje: el relincho de un caballo yuxtapuesto a un gran mugido. Y mi madre, arrodillada, ha intentado componer el puzzle de mis restos, esos restos esparcidos por la bomba en un círculo de muerte de diez mil metros cuadrados.
¿Para qué me están hinchado los pulmones? ¿Para qué me han conectado los brillantes electrodos? Estoy muerta. ¿No lo saben todavía? Mis brazos ya nunca serán alas ni el joven que yo amaba sabrá que lo quería. Ya nunca podré entender el sentido verdadero de mi nombre, ya no podré volar sobre las cimas de los Alpes ni podré limpiar mis plumas con la nieve. Me han segado sin haber granado. Me han hundido antes de salir del puerto... Ya ha comenzado el viaje. Siento la invasión de las sombras, ese frío total y nebuloso, y ya no soy capaz de nada. Ni siquiera sé si existo o si alguna vez viví. ¡Cómo cantan las sirenas ese canto que enloquece! Todo se está borrando. Lo que fui se disipa en el aire. Cruzo una oscura laguna y se oyen a lo lejos los ladridos. Me he marchado y ya no estoy en ningún sitio. Soy vacío en el vacío.

El tío Dionisio

Él siempre había sido el tío político, el marido de la tía Encarna, pero la tía había sido hasta su muerte tan querida, tan amable y cariñosa que el tío Dionisio era también un personaje necesario de mi infancia. Por eso, a pesar de que ya no nos tratábamos, cuando le vi aquel día paseando sólo por la acera, sentí que tenía que parar... Se lo dije a Caty y a los niños: 
- Mira es el tío Dionisio. 
Aparqué el coche, salí afuera y le grité. 
- ¡Eh!, tío, ¿sabes quién soy? 
- Luisito... – dijo sorprendido. 
Me acerqué hasta donde él se encontraba e hice con la mano una señal a Caty y a los niños para que salieran. Pensé en que, a pesar de sus noventa años, el tío mantenía una pinta envidiable. 
- Vaya qué bien te veo, estás igual que siempre. Niños, este es el tío Anastasio, ¿os acordáis? Vamos, dadle un beso. 
- Pero, ¡qué guapos están! ¡Cómo han crecido! 
- Chispi tiene ya siete años y Pirracas tiene nueve – dijo Caty. 
- Hola Caty – terció el tío - ¡Cuánto tiempo! ¿no? 
- ¿Qué tal te encuentras? ¿De salud bien? – le dije. 
- No me quejo, a mi edad tengo bastante con conservarme dentro del pellejo. 
- Venga no te quejes que estás hecho un chaval – dijo Caty 
- ¿Sí? Ojalá fuera verdad... Luisito, ¿qué tal tus padres? 
Los niños se miraron divertidos porque no estaban acostumbrados a oír que me llamaban Luisito. Les hizo gracia y comenzaron a enredar, así que cogí la mano de Chispi y le apreté. 
- Están bien, tío; ¿y tu mujer?, perdona, ¿cómo se llamaba? 
El tío se puso serio. 
- ¿Antonia?, bien... He quedado con ella a las siete. ¿Por qué no os esperáis y os la presento? Mira, si no podemos ir a casa... 
- No tío, no. Venimos de la playa y tenemos que marcharnos ya. Mañana trabajamos. 
- Bueno, pues si no podéis quedaros, vamos a tomar algo. Os invito. 
- Que no tío, que no puede ser. Tenemos que irnos, ¿verdad Caty? 
Caty asintió, mientras los niños se ponían tontos y jugaban a tocarse y a esconderse. 
- Sí, mirad, vamos ahí y tomamos un café o lo que queráis. 
- Que no tío. Nos vamos ya – le dije sonriendo. 
Echó mano al bolsillo y sacó un cartera de piel, negra. Parecía nueva, recién comprada, lo mismo que los cuatro billetes de cincuenta euros que acababa de extraer de su interior. 
- Dejadme por lo menos que les dé una propina a los niños. Toma Pirracas. 
Pirracas adelantó tímidamente su mano y Chispi se preparaba. 
- No, tío, no. No hace falta... 
-¿Cómo que no hace falta? 
- Como que no. No insistas. 
- Pero Luisito, ¿cómo me vas a hacer a mí este feo? 
- De verdad, tío, sólo queríamos verte y saber qué tal estás. 
- Mira, déjame. Esto no es nada. 
- No, tío... Me alegro de que estés bien. Venga niños dadle un beso. 
Los niños obedecieron. Luego le besamos Caty y yo. Me quedé pensando un momento, indeciso. ¿Qué sería lo correcto? ¿Qué debía hacer? Recordé la discusión que tuvo con mi padre después de que se casase con Antonia y las críticas inmisericordes de mi madre... No, ya no podía aceptar su propina. 
- Sigue bien, tío. 
Nos montamos en el coche y él se quedó en la acera. Tenía el gesto adusto. Le miré bien a la cara como si aquella fuera la última vez. Arranqué, levanté la mano y una tibia sonrisa se dibujó en mis labios. Luego pisé el embrague y las ruedas comenzaron a moverse marcha atrás.  

Números

                                       103                                                                                  77 

                           Sería el año setenta.                                                Se ven y se ven dos palos,
                           Antes de ser 07,                                                       cayéndose un poco hacia atrás,
                           el Santo fue Simón Templar.                                   cruzados por un cierto cinto,
                                                                                                             sin brazos para apoyar.
                           El Santo vino a Madrid                       
                           para anunciar un coñac                                           Dos viseras que desfilan
                           cuyo slogan repetía "103"                                       marciales hacia la izquierda
                           con esa pronunciación                                             se ven y se ven la espalda,
                           que cambia el ciento por siento                              se susurran en inglés
                           del típico anglosajón.                                              y nunca dan un traspiés. 
                           
                           De aquello le quedó fama                                                            50 
                           de esconder en su calzón 
                           en vez de un par excelente                                       "Ese número no es manco,
                           un trío de bolas calientes.                                          por él no tengo hipoteca"   
                                                                                                               dijo en su lengua silbante,
                            Para hacer después de agente                                  el súbdito ecuatoriano,
                            de la reina de Inglaterra                                           sin papeles y ante un banco.   
                            aquello fue suficiente.

El ciclo de los recuerdos

Si el olvido es un gran río
que se hunde
en negras fosas abisales,
los recuerdos se evaporan,
se refugian en las nubes
y retornan, condensados, en la lluvia.
O Impregnados de la espuma, O
arrullados por el ritmo de las olas
se combinan, eclosionan
y renacen en la arena
de la costa
O
O
O

El tentetieso

O
Ya sé que soy un iluso, que levitar no es posible,
que la tragedia se impone, después de la larga comedia,
pero con un tentetieso
el agua que fluye hacia el mar
encuentra de pronto un rival,
con un tentetieso infantil 
que indica la vertical,
la gravedad entra en crisis.
Por eso en el despertar
en el momento más tenso,
en el final del gran sueño:
Un sencillo tentetieso.

La mujer de la trenka

Yo estaba cogiendo unas cajas de mazapán, bajo el gran rótulo de la promoción especial de Navidades. Me preguntaba por lo que aún tenía que comprar en la sección de frutas y me estaba haciendo el propósito de dejar las cosas bien ordenadas en el carro para no tener problemas de espacio en el otro extremo del hipermercado. Fue seguramente entonces cuando ella apareció. Según deduzco, debió de ponerse a mi lado y se quedó quieta, impidiéndome el normal desplazamiento hacia la derecha del mostrador sobre el que se acumulaba la mercancía. Recuerdo que, aunque yo no la había visto todavía, fue tanta la proximidad de su cuerpo al pasar a mi lado y tan rotundamente material su presencia, que a mí me pareció que estaba mostrando un falso interés por el turrón que elegía, mientras procuraba obligarme a tenerla en cuenta. En efecto, tal era su posición que si quería ver el producto tenía que hacerme sitio y si quería continuar con mi compra, tenía antes que eludirla, rodearla por detrás y adelantarla. Naturalmente, la curiosidad me obligó a mirarla, pero no pude ver su rostro, porque, cuando intenté hacerlo, ella ya no estaba allí, sino dos pasos más allá, caminando hacia el frente. 
Ahora la veía por detrás. Tenía unas largas piernas azules, prolongadas por el tacón de aguja de sus zapatos y una trenca azul marino. Su cabello lacio de un negro rojizo estaba perfectamente domado en una melena corta que parecía jugar con su cuello. Una mujer burguesa, pensé; una mujer segura, consciente de su atractivo y que es capaz de arriesgarse; una mujer contradictoria, que rechaza lo barroco y recargado; una mujer madura, aunque sus andares desenvueltos anunciaran una personalidad aún juvenil; una mujer casada, que ya podría ser madre de un niño de pocos años; una mujer tal vez hermosa. 
Decidí que tenía que verla y emprendí el desplazamiento que permitiría descubrir si mis elucubraciones tenían algún fundamento. Sin embargo, algo imprevisto volvió a complicar la operación. A medida que mi carro se acercaba, su cuerpo se giraba. Escapaba de mi vista como la liebre del galgo. ¿Acaso se escondía? ¿Pretendía quedarse conmigo? Pensé que la mujer tenía un plan preconcebido, porque su giro se ajustaba exactamente al ritmo de mi movimiento, de modo que su cara seguía siendo para mí tan sólo una promesa. Me pareció, en todo caso, que no había que precipitarse y que sería mejor actuar con cierto disimulo. Comencé por recoger dos tabletas del turrón no rebajado que tenía ahora a mi alcance. Sólo tardé un segundo. Los tres euros que figuraban en la etiqueta me parecieron excesivos, pero no había tiempo que perder. Coloqué las tabletas en la esquina derecha del carro de la compra y la busqué con la mirada justo en el momento en el que ella doblaba la esquina de la sección de papelería. ¿Sería tan hermosa como imaginaba o sería una de tantas mujeres con un rostro vulgar enmarcado en un cuerpo excelente? Si quería resolver el enigma, tenía que apresurarme. Conocerla ya no era un capricho, era una ambición prioritaria, casi una necesidad. Aunque no andaba muy sobrado de tiempo, sabía que podía dedicarle unos minutos. Lo haría. No podía volverme atrás. Doblé la esquina que me introducía en el largo pasillo y la divisé treinta metros más adelante. Si no corro y ella no se para, pensé, no podré alcanzarla. Decidí apretar el paso. Sus andares eran firmes, a pesar de los zapatos de tacón, tan femeninos, y su ritmo muy enérgico, pero también coordinado. Parecía una mujer decidida y con carácter.  "¡Vamos! ¡Para! ¿Dónde vas?". 
De pronto, como si hubiese escuchado mis pensamientos, la mujer se detuvo y su rostro apareció fugazmente de perfil en la distancia. “Así está bien”, me dije, “parece hermosa”. Pero ¿lo sería en realidad o sólo lo estaba imaginando? ¿Recomponía su belleza de la forma en que funciona nuestra mente con las pinceladas informes de los impresionistas o tenía un rostro bien delineado y con las proporciones más armónicas? Resultaba evidente que, si quería responder a estas preguntas, necesitaba acercarme un poco más. Avancé hacia el lugar en donde se encontraba sin perderla de vista ni un  momento. Su perfil se iba aclarando. Su rostro ganaba volumen y realidad. Sí, era hermosa, muy hermosa, pálida como una estatua, llena de serenidad, blanda como una nube, perfecta tras la pendiente uniforme de la línea de su nariz. Tenía en sus manos un rotulador que había cogido del expositor. Miraba su posible compra concentrada, como si fuera una perla perdida, ensimismada. Yo estaba a tan sólo diez pasos y avanzaba. Ahora la vería aún mejor. Descubriría quién es exactamente, podría contemplarla en primer plano e incluso le hablaría. Por ejemplo le podría preguntar por la sección de congelados, imaginaba... Sin embargo, cuando casi ya estaba a su altura, volvió a darme la espalda. Aquello no era lo previsto. Para disimular pasé de largo, pero en el transcurso del travelling, justo cuando la adelantaba, se inclinó para intentar sacar otro bolígrafo de uno de los ganchos inferiores del expositor y exhibió su rodilla bajo la lana azul de su trenca. 
-"¿Quién eres?" - pensé - "¿por qué me tientas?". 
Y entonces se dio la vuelta y me miró como si ya me conociera, como si acabara de morder el anzuelo y ya me tuviera en sus redes. Su cara era perfecta y su actitud complaciente. ¿Estaba yo en situación de aceptar sus condiciones? ¿Cómo podría contestarla? Me sentía ridículo, atrapado. No sabía qué hacer ni qué decir... 
Y respondieron mis pasos, antes indecisos, pero ahora inquietos y rápidos, que buscaban una salida, cualquier salida... A pesar de que seguía terriblemente avergonzado, cuando estaba a punto de llegar al fondo del pasillo, la curiosidad pudo conmigo y decidí volver la cara. Todavía en cuclillas, ella seguía mirándome, pero ahora sonreía abiertamente. 

Países con inteligencia histórica

Si una parte de la historia de Rusia en el siglo XX la escribe la KGB, nuestra historia no se entiende sin saber de Kajas B.

El rey de los regalos

En el salón de la casa, sobre el sofá y al lado de los zapatos infantiles, había una montaña de regalos.
-Vamos, mira a ver qué te han traído los reyes- dijo el padre.
Con la ilusión aún inscrita en su cara, el niño comenzó a separar por un lado los juguetes y por otro las cajas con los papeles, pero como el montón de los residuos no paraba de crecer, el padre se fue a la cocina, preparó una bolsa grande de basura y allí se entretuvo un poco recogiendo.
Cuando el adulto volvió, el niño ya se enfrentaba con el último paquete. Por debajo del papel del envoltorio, el jovencito descubrió la marca del fabricante y dudó. No merecía la pena continuar. La ilusión primera había dado paso al desaliento.
-¿No te gustan los juguetes?- le preguntó a bocajarro.
-Si papá, pero es que yo quería...
-¿Qué querías?, hijo.
-Quería...
Con un gesto sonriente, el adulto animó al niño a que encontrase las palabras que podrían dar forma a su deseo.
-Pues eso, que si quieres jugar conmigo.
El padre se agachó para abrazarlo y acarició su cabeza.
-Venga, un ratillo, ¿vale? ¿A qué quieres jugar?
-¿Jugamos a la pelota? ¿Bajamos a la calle?
-Vale, de acuerdo, pero así no puede ser. Primero tienes que vestirte: ¿Donde está la camiseta? ¿Y los calcetines de lana? ¿Y las botas? Venga, búscalos en la cómoda de tu cuarto y en el trastero. Es sólo un rato, ¿eh? Luego hay que ir a casa de los abuelos, así que antes tenemos que recoger, ducharnos, vestirnos...
-No importa, papá- dijo el niño -déjalo. De verdad que no importa.

Juan

Me topo con él en el café de la esquina. Es joven. Actúa con elegancia, controlando su mirada y su gesto seductor. Lo hace con cierto descaro y sabe que me doy cuenta. Imagino que no puede remediarlo, porque hay algo que le impulsa, algo que le es natural y que le sale de dentro. Intuyo que está acostumbrado a repetir el mismo esquema, a jugar de esta manera para llamar mi atención. Entretanto me doy cuenta de que sabe lo que hace y decido que es mejor no mostrar que me perturba, dejar que pase el ataque, aceptar su plan, y permitirle empezar ganando.
¿Ganando? No lo sé. Lo único cierto es que sigue persiguiendo un contacto de mis ojos con los suyos y que me mira de tal modo que parece penetrar dentro de mi. Creo que se da cuenta de que estoy pensando en él y de que lucho por escapar de su cerco y me da rabia comprobar que me siento atrapada en su juego. La verdad es que preferiría tener la iniciativa, plantear la guerra a mi manera, pero sé que ya no puedo, así que espero su ataque, reuniendo fuerzas y argumentos, reforzando mi posición, defendiendo mi alcázar.
Luego pienso en que, tal vez, sería mejor enfadarse, exhibir mi mal genio, levantarme y decirle que me deje en paz con malos modos, explicar que me molesta su atrevimiento, o incluso ir más allá y gritarle que no soporto su cara ni su olor... Sin embargo, me contengo porque aprecio que me halaga su interés y porque estoy hecha un lío, un verdadero lío. Su juego también es mi juego, me complace, me interesa, me gusta que me mire así, que me estudie y que me ataque, pero de eso a permitir que se siga comportando de esa forma, pero de eso a conceder hay un gran trecho. Tengo que demostrarle que en realidad no lo entiende, que soy yo quien está al mando, que sólo le dejo hacer y que cuando actúe nada podrá contra mi. 
Y así pasan los minutos... Interpreta cada uno de mis gestos. Sabe que estoy disponible y se apresta a la batalla. Sabe que no lo tendrá fácil y que en algún momento él tendrá que arriesgarse y yo me resistiré. Él tiene que intentar convencerme de que sabe comportarse, de que sabe que jugamos para intentar acercarnos y demostrar quienes somos, para ver si decidimos que queremos arriesgarnos a sufrir.
Le miro otra vez de reojo. Sigue ahí, con ese gesto suyo, teñido de melancolía y de misterio. No es un fatuo. Sus ojos tienen un brillo ingenuo y una dureza profunda. Es hermoso y repelente al mismo tiempo... Pienso en que me gustaría gritarle, preguntarle cualquier cosa, desestabilizarlo, pero sé que no es posible y sigo un rato más, reinventando mi papel de distraída. Finjo que miro a la calle y a la puerta, como si estuviera pendiente de alguien que tiene que llegar.
A veces, sin embargo, me vuelve de nuevo la duda o tal vez la cobardía. Así que me da por pensar en que no tengo todo el tiempo del mundo y llego a la conclusión de que cinco minutos es lo más que puedo concederle. Después concluyo que cinco minutos es demasiado, que sería una tortura resistir hasta ese punto y que me cansaría... Así que decido que es un cobarde y que nunca lo va a intentar. Y entonces me digo: "Ahora o nunca". Y cargando con el peso de la decepción, tomo impulso, me levanto y me dirijo hacia la puerta... Y él entonces se interpone en mi camino y me señala una silla vacía.
- Vamos, siéntate, - me dice - tú y yo tenemos que hablar.
Y yo me asombro del timbre de su voz y acabo por tomar asiento, y él se pone justo enfrente, del otro lado de la mesa:
- ¿Qué? - le digo, con el atrevimiento de la confusión, midiendo su valentía.
Y él se queda clavado en mis ojos, sonriendo de una forma encantadora mientras se frota con el dedo índice su labio inferior, imitando a Belmondo. Y yo recuerdo el guión de la fría educación que he recibido, el que dice que hay que decir que no, el que cierra las puertas a la esperanza, el que establece sin ningún género de dudas que yo no soy para él ni él es para mí. 
- No, te lo ruego, no insistas, no puede ser. No puede ser...
Su gesto se vuelve grave y sus manos se adelantan y se posan en mis hombros:
- El tren no espera, se va- dice. 
Y yo reposo mi mirada en el mármol de la mesa, incapaz de soportar su atrevimiento. Sé que estoy acorralada, que ahora estoy en sus manos. Él se acerca con ternura y levanta mi mentón con suavidad y sitúa su cabeza a la altura de la mía y atraviesa la vitrina de mis ojos. 
- Te quiero, lo sabes, ¿verdad?– me dice.
Y yo siento los efectos demoledores de sus palabras... Él ha dicho la frase, la frase más fingida, la frase más osada, la frase más querida y se ha quedado ahí, respirando a medio palmo del lóbulo inferior de mi oreja, calculando que el asunto se ha acabado sin respuesta, al acecho de algún signo que le lleve más allá... Y yo siento que levito de repente y me encuentro irritada y desarmada al mismo tiempo... Aún no se ha dado cuenta de que mis labios ya vuelan hacia los suyos sin saber si hay pista libre. 
- Lo sé, lo sé, lo sé...
Y se chocan nuestros labios frontalmente y las puntas de las lenguas se saludan y se mezclan en las bocas las salivas.

Impresión


Las líneas son los raíles
y las letras son traviesas.
El trayecto de los trenes encadena para siempre a las palabras...
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La tinta es luz negativa, reinando en el blanco oscuro... Los márgenes son de silencio...

Un país corrupto

En aquel país llegó a tal extremo la corrupción que los ladrones dejaron de robar. Salieron de sus agujeros, colonizaron los partidos que alternaban en palacio y llegaron al poder andando el tiempo. 
El pueblo estaba dividido. Alineados en los dos frentes que la historia y el marxismo habían cavado, las gentes pertenecían al mundo rojo o al azul por obra y gracia de su nacimiento. Cambiar el sentido del voto parecía una traición a la familia. Votar no tenía que ver con la razón y lo justo, y sí con la fe en el partido y con el afán de revancha. El comportamiento político de cada cual brotaba sobre todo de los genes heredados y luego se aseguraba con los cálidos biberones que los niños devoraban. Después, en las casas, se escuchaban las razones de la tele y de la radio, que apañaban las historias al gusto de los que escuchaban, y en las fiestas y actos sociales jamás se cruzaban ideas ni se enfrentaban las razones del contrario. Los domingos y festivos se escuchaban en familia instrucciones como estas: "Vaya pinta, pareces lo que no eres","habla como habla tu padre","busca un chico de tu clase y olvida esos pensamientos","si sigues por ese camino, serás una oveja negra." Los muertos seguían votando desde el fondo de sus tumbas. En los sueños de las gentes, la venganza y la deseada humillación de los contarios hacían bueno a cualquier aliado, aunque éste fuera el mismísimo demonio, de tal modo que añadir a los mafiosos, asesinos y sicarios a las filas del consejo de dirección de los partidos se hizo más fácil que nunca y no tuvo efectos nocivos en las contiendas del voto.
Así fue que una doble moral se añadió a la disciplina de los renovados grupos políticos. Una para justificar a los mangantes de la propia casa y otra para destrozar a los contrarios. Así las leyes dejaron de reflejar acuerdos políticos y de buscar el consenso, y luego, cuando se promulgaban, si el partido en el poder no podía reformarlas, se las neutralizaba con reglamentos o se hacía caso omiso de ellas y de los recursos ciudadanos. Así nuestra democracia perdió su razón de ser y todo se corrompió.
Algunos hombres honrados, al margen de la propaganda, buscaron en la web espacios para discutir las soflamas que lanzaban los periódicos o la múltiple propaganda de los debates televisados, y denunciaron la negra espiral en la que el país se debatía. Lo mismo que Moisés, bajando del Sinaí, intentaron que su pueblo dejase en paz a los ídolos, pero al final fracasaron. El pueblo los confundía con la jarca general de los políticos, porque hablaban o escribían, y porque la tradición picaresca no casaba bien con sus ideas filantrópicas. Su honradez, en aquel contexto, no parecía virtud y sí un defecto, el refugio de los tontos, una pretensión imposible... A pesar de que renunciaron al halago dulzón de los políticos, a pesar de que denunciaron la incoherencia culpable del pueblo, que se las da de inocente, a pesar de que dejaron claro que la única salida consistía en prescindir de los partidos que ocupaban el poder e imponían la mordida, siguieron sin tener eco. El pueblo les dio la espalda. ¿Qué más daba que ministros, diputados, jueces o concejales convivieran con la mierda, si el común de los mortales consentía? ¿Qué más daba si la gente no asumía que el poder para limpiar la corrupción estaba en su libre voto? Se cansaron de escribir. Con todo el dolor del mundo dejaron de combatir y esperaron que la ruina del país se consumase o a que los jueces ganasen una imposible partida frente al tahur de las trampas.
Y así pasaron los años en este cuento sin cuento, que acaba sin desenlace, en colorín colorado, bajo el cielo azul del día.

Nada es igual (0:=)

Si la nada es el no ser,
no mover, no vivir nunca,
e igual es una entelequia,
un hecho circunstancial
que implica copiar lo que es,
decir que nada es igual 
supone eludir lo invariable 
y afirmar que todo cambia.

En palabras tan abstractas
como éstas
brilla el sol del pensamiento,
el flujo de fijas ideas
para avanzar hacia un fin:
Parménides y Platón
plantaron en nuestras mentes
la raíz de lo absoluto, 
Rousseau aprovechó su energía
para sacar al poder 
del reino de lo divino
y Newton construyó trenes
en el trayecto inconsciente
del amor de una manzana.

Sin embargo la corriente
del río que a Heráclito baña
o el infinito universo
del jansenista Pascal
nos parecen más verdad.

¿Con qué nos quedamos, entonces?
A pesar de que intentamos
acomodar nuestros actos
a la razón de una lógica,
la realidad es más fuerte.
Los clones, si pasa el tiempo,
comienzan a ser distintos,
la norma es la variedad.

Por eso la escueta igualdad
que promulgamos un día
se rompe a cada momento,
de modo que evita sumar
magnitudes no homogéneas, 
no repartas la mitad 
del premio a cada oponente
y recuerda que en un par
hay dos entes diferentes.

El final de la agonía

Sentado en mi silla, frente a la cama de hospital en donde mi padre agonizaba, pensaba en lo que tenía que decirle antes de que fuera demasiado tarde: Mis palabras no podían sonar a despedida, pero sentía la necesidad de pronunciarlas, aunque sólo fuera una vez. Al tiempo yo quería que me hablase, que me contase aquello que más le preocupaba o que me diera un último consejo. Él, sin embargo, dejaba que sus ojeras se metiesen en su rostro hacia la nuca y que su barba cana aflorase amenazante.
- Papá, dime, ¿te duele?
No estaba para contestar. Apenas podía abrir la boca.
- Venga, papá. Lo vas a superar. Sigue luchando. Lo estás haciendo muy bien.
De pronto me pareció que se movían sus párpados y que su mirada preguntaba alguna cosa. Fue sólo un segundo. Por un momento me sentí perdido... ¿Y ahora? Me incorporé y le miré a los ojos con desconfianza, como si de pronto hubiese brotado en su alma un hombre desconocido:
- ¿Quieres algo? ¿Te traigo agua?
Pero él no dijo nada, de modo que le di un beso y volví a sentarme. Sus ojos se cerraron lentamente.
-Papá, ¿me oyes?
Acerqué mi rostro a su mejilla. Todavía estaba caliente, pero ya no respiraba.
Lo esperaba, pensé, lo habían predicho los médicos y ya lo daba por descontado. Me pareció que con su muerte me hacía sitio y me alegré por él. Así se acababa su sufrimiento... Sin embargo, seguí pensando, ahora ya no podría preguntarle nada, ahora no podría hablar con él... Tal vez le hubiera gustado escuchar que lo quería, que lo quería mucho... Aunque lo sabía, a él le hubiera gustado que mis labios se lo dijeran... Y me sentí tan mal que le hice responsable de todo lo que estaba pasando y que tanto me dolía:
-Papá, no me fastidies... Papá, aguanta un poco más... Papá...

El color de nuestros bancos


Al/fil de la independencia

Decir Más, en catalán,
además de interpretar 
el alma que allí domina,
supone también nombrar 
por su primer apellido 
a quien propone romper
el pacto social nacional.
Intentando derrotar 
a sus rivales
o buscando así pasar
a los anales
ha imitado la propuesta
del partido que pedía
un referendum local,
-ese que ayer dirigía
un “Yo, su-yó” principal
que en vez de Mas 
era “Y mazz"-
y ha invertido ya el hOnOr
del cargo que representa
en pedir soberanía
y un cambio constitucional.
Lo hizo frente a los flash 
de mil mass media polacos,
en medio de la diagonal.
El rey Arturo sin O,
que sin querer suma y suma,
nos anunció un referendum,
pero no nos dijo el día
ni lo que va a preguntar.
Me cuentan que es tal la energía
de los conejos tambor
que viven en su autonomía,
que ya no duran y duran
y sí Durán, Mas y Mas,
escuchando "Els Segadors"
y brindando con champán en sus masías...

Parábola del suicida

Hubo una vez un país que creía en que la libertad no tenía límites, pues venía de un cruel régimen fascista y de una historia cuajada de corrupciones políticas que había hecho abominable el ejercicio de la autoridad. En aquella sociedad desorientada no había norma que no pudiera desafiarse ni otra ley que la de la fuerza y la de la unánime queja y el escaqueo nacional. La televisión vulgarizaba los valores democráticos y convertía los conflictos sociales y las tragedias naturales en un espectáculo lejano que exorcizaba los propios padecimientos. Un buen día, sin embargo, la autosatisfacción general se vio turbada por un programa triste y conmovedor en el que se difundían las penas de anónimos protagonistas. Transcurría la segunda mitad de éste, cuando un joven explicó desde un teléfono su deseo de suicidarse, arrojándose desde la más alta torre de la ciudad. Una unidad móvil se desplazó de inmediato para retransmitir el evento. Después llegó una multitud variopinta y curiosa, atenta al espectáculo. 
En el momento en el que el suicida parecía comenzar a deslizarse hacia el abismo, una figura surgió de la oscuridad para detenerle, mientras la gente suspiraba con alivio. El suicida, sin embargo, forcejeó para liberarse y, en el empeño, ambos acabaron por precipitarse violentamente hasta el suelo. 
Al pie de la torre, frente a las cámaras de televisión y en torno a los dos cuerpos inertes, alguien dijo que el joven estaba en su derecho de quitarse la vida, que con ello no hacía mal a nadie. Sin embargo, si había que dejar morir a quien así lo elegía, dijo otro, ¿qué pintaba ahí su oponente? ¿Acaso no era un intruso? Tal vez intentaba convencerle, disuadirle, pensó en voz alta un tercero. Eso está muy bien, añadió un cuarto, pero él no era nadie para impedírselo. Se puede hablar, convencer, pero no actuar en contra de la libertad, dijo después otro hombre. A eso contestó un anciano que, según la ley, el suicidio está prohibido. Pero entonces, un murmullo de desaprobación general se escuchó entre los presentes. Prohibido, prohibido... ¿Qué ley impide a cada cual disponer de su propia vida? Si esa ley existiese habría que cambiarla, dijo un joven con total seguridad, acompañando su voz de un movimiento firme de sus brazos hacia abajo. 
Éste fue el fin del improvisado debate. Mientras las cámaras se introducían en la intimidad de la muerte de los dos anónimos protagonistas, todos se retiraron a sus casas. Los cadáveres quedaron inmóviles a disposición del juez. Parecían dos estatuas a ras del suelo. Una de ellas representaba a esa libertad heroica que arriesga la propia vida por conseguir lo que quiere. La otra representaba al último estertor del fascismo, aquel que prohibía y prohibía sin razón aparente. Abrazados, ambos parecían estar librando una batalla más allá del tiempo. Izquierda y derecha, revolución y reacción continuaban su lucha a través de la postura de sus cuerpos. Sin embargo, en realidad, los dos cadáveres estaban completamente muertos. 

Está

Antonio se levantó poco antes del amanecer. No es fácil quedarse en la cama, cuando uno está habituado a despertarse a las cinco y hace rato que esa hora ya ha pasado. Es la costumbre, una certeza evidente que te avisa de que intentar conciliar de nuevo el sueño es poco menos que imposible. Así que levantó la cabeza e impulsó su tronco hacia arriba y las piernas hacia fuera. Luego, sentado ya en la cama, rebuscó en el suelo el tacto suave de las zapatillas. El somier crujió levemente cuando se enderezó en la oscuridad. Caminando hacia la puerta, intentaba no hacer ruido, porque Concha se había acostado tarde y convenía que siguiera dormida hasta las nueve.
Salió del dormitorio y recorrió el pasillo. Entró en el baño, encendió la luz y cerró la puerta tras él. Luego levantó la tapa del retrete, desahogó su vejiga, pulsó otra vez el interruptor y se dirigió a la cocina.
Por la ventana se colaba el primer rayo del sol, cuando el hombre abrió la nevera y sacó la leche que iba a echar en el tazón. Su forma de cúpula invertida destacaba blanca y brillante sobre el tapete. Quitó el tapón al tetrabric, abrió el microondas, rellenó el recipiente del desayuno y lo introdujo dentro. Siguiendo el programa acostumbrado, ocupó los cincuenta segundos que había marcado en el aparato en sacar las galletas y en disponer la sacarina y el termo del café sobre la mesa. Esperó la llamada que le avisaba del final del proceso para extraer el tazón y el ahora humeante líquido, y se sentó en la silla. Un segundo después, con los ojos fijos en las luces de la calle, encendió la radio.
-Son las siete de la mañana -decía la voz del locutor-. Malas noticias... De madrugada, la tragedia nos ha visitado otra vez. En la discoteca "Siglo" de nuestra ciudad se ha producido un horrible incendio en el que han fallecido decenas de jóvenes. Se desconoce el número exacto de víctimas mortales. Una unidad móvil ha salido desde esta emisora hacia allí para informarnos.
Antonio sintió un súbito malestar. Una fuerte descarga de adrenalina le produjo una súbita sensación de ahogo. No recordaba haber escuchado aquella noche el ruido que acompañaba normalmente al retorno de su hija. Se giró en el asiento y dio un brinco para volver a levantarse. Salió otra vez al pasillo y se dirigió a la habitación de la joven. La puerta estaba cerrada. Giró el picaporte y abrió. En la oscuridad escuchó su plácida respiración. "Eso basta, duerme", pensó y un suspiro le subió hasta boca... Entonces se acercó hasta la cama y se inclinó sobre ella. Con los dedos de su mano dibujó una caricia sobre su mejilla. 
-¿Papá? -dijo, resistiéndose aún a levantar los párpados.
-Buenos días, bonita... Tranquila, ya está amaneciendo...

Punto y final

El dolor que me oprimía el pecho fue cediendo poco a poco, de modo que volví a coger la pluma y continué escribiendo sobre mi vieja mesa, la que se apoya en la ventana orientada hacia poniente. Levanté la vista hacia el horizonte y paré un momento para contemplar la belleza del ocaso. Del fondo del cielo vi salir un punto oscuro que parecía acercarse hacia aquí. Se movía lentamente, caminando de una forma maquinal. Una sensación íntima de abatimiento iba creciendo en mi alma a medida que la sombra precisaba su silueta. ¿Qué pasaba? No vivía tiempos malos, no tenía ningún síntoma de depresión ni especiales razones para sufrir, y sin embargo un frío seco me invadía, mientras mi corazón se iba llenando de soledad. Tuve sólo dos minutos para formular la más pesimista de las hipótesis y para confirmar su presencia. Cuando llegó a mi lado, lo vi claro: Era un esqueleto antiguo, cubierto de sucios harapos y con una gran guadaña. Resultaba evidente. Aquello no era un disfraz. 
-Haces bien en no rehuirme - me dijo-, es imposible. Ahora me quedaré contigo.
Me sentí un poco confuso, de modo que tardé varios segundos en preguntarle:
-Entonces, ¿ya estoy muerto?
-No, en realidad estás vivo, pero ahora eres más sabio.
-¿Por qué?
-Porque sabes que la muerte te acompaña.
Pensé en el cuento que ella misma protagonizaba y que estaba sobre mi mesa de trabajo.
-Es extraño- dije-. Me siento en paz, estoy dispuesto, pero no entiendo lo que pasa. Nadie te ve, nadie ha podido negociar nunca contigo y, sin embargo, ante mi te presentas y me hablas con confianza. ¿Qué es lo que pretendes de mi? ¿Qué se supone que va a sucederme ahora?
-Lo que pase en este instante de ti depende. Puedes seguir o detenerte. Si no has muerto todavía es por pura curiosidad. Quiero leer el desenlace de tu cuento. Quiero saber si los suicidas están realmente enamorados y si soy un ser amable que concede a los enfermos el descanso o si soy un enemigo que hace daño al que hay que derrotar.
-Bien, entonces seguiré. Yo también quiero saber. Contaré lo que me cuentes.
-Aunque sé que soy la muerte, yo no sé qué es ser quien soy ni sé del por qué de las cosas. Mi oficio consiste en matar hombres, un trabajo tan sencillo que cualquiera se acostumbra y que no es bueno ni malo en si mismo. Yo hago frente a la vida con todas las fuerzas que tengo, pero no soy invencible. Tampoco soy sabia, ni dura, ni inflexible.Yo también he de pensar en lo que hago y en el por qué y en el cuándo. Te aseguro que el futuro es un misterio para mi. En consecuencia, no sé qué puedo decirte. De mi no sabrás nada que no supieras antes. Eres tú el que crea, el que sabe, el que da sentido a las cosas, el que expresa lo que sienten los ancianos y los niños cuando mueren y el que fija unos límites claros. Yo no sé diferenciar el bien del mal ni la exacta dimensión de la verdad. Seguiré a tu lado un tiempo, mientras acabas tu historia, y luego te mataré.
Hundí mi mirada en los ojos vacíos de la calavera y cambié de opinión. Ella tenía razón. De sus palabras o de su mirada no sacaría nada en limpio. Así no tenía sentido prolongar la agonía. Haciendo acopio de valor, quité el capuchón a la pluma para escribir el último punto en mi cuaderno. Lo hice con la determinación de un juez que firma una sentencia justa, lo hice cargando con la nostalgia de toda mi vida. Después, volví a cubrir la estilográfica con su oscuro capuchón y la dejé descansar, horizontal, sobre la mesa. La tinta estaría aún líquida, todavía caliente y palpitante, pero ya no me hacía falta porque había decidido terminar.
-Punto y final- dije.
La muerte esperó decepcionada a que dijera alguna cosa, a que rogase, a que pidiera un plazo, una pequeña prórroga para añadir una palabra o para poner alguna clave a aquel escrito que se llevaba la última parte de mi vida. Pero yo no moví ni un músculo, así que ella me habló de este modo:
-Yo suponía que estabas empeñado en cambiar mi perfil, en llenar mis huesos de carne. Yo pensaba que tú cambiarías la forma de interpretarme. Yo creía que entendías que hoy en día hay muchos viejos que aún caminan y que en realidad están muertos, porque ya se han olvidado de su nombre y de su historia. Yo creía que sabías que en las UVI de algunos hospitales es posible hacerme trampas por un tiempo. Yo pensaba que estarías preocupado por los niños que no tienen en su vida más horizonte que el hambre, por los fetos que se mueren en el vientre de sus madres y por los millones de ancianos que se pasan el día haciéndome la corte. Yo imaginaba que serías sensible a lo que realmente sucede y que incluso encabezarías a los que reivindican mi presencia y que tal vez inventarías para mi una imagen de mujer más atractiva para evitar que la gente siga viviendo de espaldas a la inmensa realidad que represento... Sin embargo, tú prefieres seguir el camino trillado, cargar con el peso de la historia y abundar en el personaje que aparece al final de la película y que apaga la vela y se va... Está bien, tú lo has querido. Pudiste quitarme los harapos e intentar seducirme, pudiste explicarme mejor. Con ello perdemos ambos.
La muerte descargó un golpe seco y la guadaña dibujó una línea roja a lo largo de mi cuello. La sangre brotó a borbotones, y yo busqué los labios de ella y comencé un beso eterno.

Ecos cruzados

Ella pensaba que sólo estando a su lado la vida tenía sentido. Él la había rechazado porque no estaba aún seguro. La muchacha, con el corazón hecho añicos y los pies a un palmo del abismo, quiso saber si la montaña también la despreciaba y, elevando mucho la voz, preguntó:
-¿Me quieres?
Al instante, la montaña respondió:
-Eres... Eres... Eres...
Justo al mismo tiempo, al otro lado del gran precipicio, él estaba interrogando al oráculo rocoso:
-¿Quién soy? 
La montaña, de inmediato, también le respondió:
-Oy... Oy... Oy...
Mientras el muchacho quiso creer que aquella voz femenina confirmaba su existencia y aceptaba de modo implícito un largo y prometedor futuro, la muchacha entendió que la montaña le hablaba con voz grave y reclamaba que tomase una decisión urgente cuyo límite acababa en veinticuatro horas.
El joven retrocedió, seguro ya de sí mismo, y ella se arrojó al vacío.

Frente a La Esfinge

Tan sólo tres horas después de que el médico le diera el resultado de los análisis, Eddy ya estaba rumbo a El Cairo en un avión de la TWA. Llegó al mediodía, con el tiempo suficiente para tomar posesión de la habitación de su hotel, para comer un mal sandwich y coger el autobús hacia la Esfinge. Desde la escalerilla de salida de la línea de transporte la vio por primera vez, mientras el sol se ponía.
-El cielo tiene el color de la sangre- pensó...
Eddy sentía la emoción de quien está cumpliendo sus sueños. Desde niño había acariciado la idea de estar allí, justo en el mismo sitio en donde Napoleón arengó a sus soldados. Ante aquella gran obra, con la pirámide de Kefrén al fondo, tenía la sensación de estar en el centro del centro del mundo, en el punto en el que el tiempo dio comienzo, en el foco en torno al cual la historia se reinventa.
-Mírala- pensó-, parece tallada en la misma piedra del desierto, inmóvil... Es como el gran centinela de la gran tumba del fondo. Es un léon silencioso con rostro de mujer. Es de piedra desgastada por la labor de la arena o por el Nilo invasor. Sin embargo en su gesto se percibe que está en paz con los estratos y con los vientos del cielo. Ese gesto que precede al de la Bicha de Balazote y a las sonrisas enigmáticas de los esposos etruscos y de la Mona Lisa: ¿Es un anuncio sin voz de la forma funeral de la pirámide? 
Cuando estuvo a cincuenta metros de la gran escultura sacó su cámara Cannon y comenzó a hacerle fotos. Dio una vuelta completa a su alrededor, buscando perspectivas nuevas, añadiendo realidad a un espacio imaginado tantas veces que ahora le parecía aún más ficticio que en sus sueños. Consiguió que unos turistas le sacasen tres retratos con su cara de turista satisfecho y sonriente bajo el rostro de la imagen que siempre había presentido. Después miró a su reloj y siguió el camino ciego del segundero infinito hasta el fin del blanco círculo, y luego se quedó quieto, agotado por el ajetreo de aquel día, sentado sobre una gran piedra, plantado en el suelo seco como un arbusto inservible, sin moverse para nada, con los ojos casi clavados en el centro de aquellas huecas pupilas que parece que están viendo el más allá.
Así, hasta que cayó la noche y se fueron los turistas y los guardas.
- Bien, ya estoy aquí, -dijo-. Pregunta, vamos, pregunta...
Una pregunta es sólo un pequeño rasguño en la piel de la verdad.
La Esfinge escuchó la demanda y siguió inmóvil, sin decir ni una palabra, una vez más.

Salto mortal

Rudolf "el mono", el mejor equilibrista de los años setenta, pagó muy caro su orgullo. Él nunca estuvo dispuesto a aceptar que en su profesión había alguien que le superaba, por eso, en la soledad de su granja de Alabama, luchó como un poseso para mantenerse en la cresta de la ola. 
Todo comenzó cuando conoció al equilibrista del Circo Clooney, un joven irlandés, llamado Adam, que, con una fiabilidad del ochenta por ciento, hacía un triple salto mortal con tirabuzón que parecía casi imposible. Durante meses practicó un salto semejante con doble tirabuzón, pero no consiguió más que una lesión lumbar que provocó su baja en el circo durante seis meses. Convaleció en un hospital privado, localizado en el estado de Nevada, de donde salió reforzado con una estrategia práctica que habría de conducirle, pensaba, a la consecución de su objetivo. El programa incluía un período de reforzamiento físico muy elaborado con todo tipo de ejercicios físicos, una dieta especial en la que se incluían esteroides para reforzar la masa muscular de las piernas, lo que aumentaría la potencia del impulso, y un apoyo psicológico externo con varias sesiones de hipnotismo.
El programa se cumplió de forma estricta porque hacerlo resultaba para él absolutamente prioritario.
Un año más tarde, Rudlpf se creyó ya en condiciones de intentar el salto con el que superaría a Adam, su rival. Lo anunció así al gran público en el Cronical de San Francisco: 
"El Circo Williams se complace en presentar el espectáculo más asombroso del mundo. En la última sesión de mañana domingo, Rudolf "el mono", el rey de los equilibristas, realizará un salto imposible, el triple salto mortal con doble tirabuzón. Acudan a presenciar este hecho histórico. Acudan a presenciar lo nunca visto. Entradas a la venta en las taquillas”. 
Aquel día Rudolf volvió a fracasar, pero esto no fue lo peor. Lo peor fue que, justo entonces, se enteró de que jamás lo lograría. En la caída, su cuello golpeó brutalmente contra el suelo y una vértebra cervical quedó seriamente afectada. Como consecuencia de ello, tuvo que dejar el circo, cobró el seguro de accidentes y se retiró a su granja de Alabama. En aquel lugar oscuro, a pesar de su impedimento físico, el equilibrista siguió persiguiendo su antiguo sueño. Aunque su cuello ya no giraba hacia la izquierda, aunque su cuerpo y su mente envejecían sin remedio, Rudolf siguió preparándose para el salto y siguió alimentando la esperanza de conseguirlo. Para demostrarlo programó un último intento. 
Así fue, en efecto. Sucedió casi diez años después y en esta ocasión sin ningún testigo que pudiera dar fe de lo sucedido. No hacía falta. Para entonces a Rudolf le daba exactamente lo mismo que se conocieran o no los resultados de su histórico ejercicio. De modo que intentó otra vez su triple salto mortal y tuvo éxito.

Mis héroes


De Carlos el mundo de ahora 
y los fuertes de la Gloria,
las pavanas del Infante 
o el ingenio de Quevedo 
diciendo que es coja la reina. 

La obra de Don José Luis, 
cuyo apellido es la rosa 
que busca su utilidad (*) 
conecta con Don Ramón 
y muchos de los astracanes. 

Sin conseguir en Madrid
el triunfo que han merecido
mis afanes,
yo prosigo mi camino,
Casado con el Olvido
y con los nombres más grandes.


(*)Rubén Darío: “Nacimiento de la col”. Diario la Tribuna (Buenos Aires) 1893.

SARdinero.


Dedicatoria

No lo puedo remediar, no lo soporto. Mi editor se empeña en presentar todos mis libros y yo voy recorriendo los ateneos de las capitales de provincia y siempre les cuento lo mismo: Que soy profesor de instituto, que soy hijo de Carver, de Borges, de Cortázar, de Calcedo y de Millás, y que me gustaría no aburrirles con mis cuentos... Luego viene lo peor, cuando se forma la fatídica cola de caras sonrientes y de enhorabuenas complacidas. Yo les pregunto su nombre e improviso unas frases de cariño y de agradecimiento, pero siempre estoy deseando terminar para no meter la pata, para no escribir nada inconveniente. Y es que me conozco, que sé que la pluma con frecuencia me enloquece y que, si la tengo en la mano, los límites entre realidad y ficción para mí desaparecen. A veces se me va mucho la olla, como cuando se me acercó aquel señor bajito y enjuto, de larguísima nariz aguileña y ridículos rizos sobre la frente... 
-¿Me lo dedica?- dijo, mostrando mi libro con esa extraña mueca que consiste en elevar ligeramente la comisura de sus labios.
Yo le devolví la sonrisa y le miré a los ojos para poder interpretar sus intenciones. Él seguía con la mueca, tan feliz.
-Soy un admirador suyo- añadió-. Su último libro, "Asuntos internos", tiene algo muy especial. Cada tarde, después de la siesta, a la hora del té, me leo un cuento. ¿Sabe? Yo creo en su capacidad, tengo mucha fe en usted... Si sigue así, llegará lejos...
Y entonces tuve una inspiración, esa musa insoportable que, si llega, no se puede reprimir, así que no esperé a que me dijera su nombre. Es más, ni siquiera se lo pregunté... Él seguía hablando, me decía cómo se llamaba para que lo pusiera, pero a mi ya no me importaba nada de lo que pudiera decirme... Así que dispuse la punta de la pluma sobre la segunda hoja del libro y escribí:
- "Fe o té, esa es la cuestión"- y firmé con un garabato, cerré el libro y se lo entregué. 
Él, que estaba frente a mi y que no podía haber leído la críptica inscripción manuscrita, se despidió con cortesía y se apartó como dos metros, pero entonces abrió el libro y leyó el mensaje. Así que se detuvo, volvió sobre sus pasos, se puso delante de las tres mujeres que quedaban en la cola, cortó la cubierta y la hoja de la dedicatoria y, ante todos los presentes, las rompió en mil pedacitos y regó el suelo con ellas.
-¿Lo ve usted? A mi también me gusta jugar con las palabras- dijo.

Promisciudad

Hace un año que planté 
en un campo de papel:
un James Bond, de guerra fría, 
la vid para hacer buen vino
y dar para recibir...

He dejado que el silencio 
las deje medrar en paz:
Bond, vid, da
fueron creciendo
por fuera del alma mía
hasta llegar a ser grandes...

Y hoy, al mirar la ciudad,
he visto vida y Bondad
del brazo en la calle del medio.

Se mezclan por puro azar
¡qué promiscuas las palabras!