Números
103 77
Sería el año setenta. Se ven y se ven dos palos,
del típico anglosajón. y nunca dan un traspiés.
De aquello le quedó fama 50
Sería el año setenta. Se ven y se ven dos palos,
Antes de ser 07, cayéndose un poco hacia atrás,
el Santo fue Simón Templar. cruzados por un cierto cinto,
sin brazos para apoyar.
El Santo vino a Madrid
para anunciar un coñac Dos viseras que desfilan
cuyo slogan repetía "103" marciales hacia la izquierda
para anunciar un coñac Dos viseras que desfilan
cuyo slogan repetía "103" marciales hacia la izquierda
con esa pronunciación se ven y se ven la espalda,
que cambia el ciento por siento se susurran en inglésdel típico anglosajón. y nunca dan un traspiés.
De aquello le quedó fama 50
de esconder en su calzón
en vez de un par excelente "Ese número no es manco,
un trío de bolas calientes. por él no tengo hipoteca"
dijo en su lengua silbante,
Para hacer después de agente el súbdito ecuatoriano,
de la reina de Inglaterra sin papeles y ante un banco.
aquello fue suficiente.
un trío de bolas calientes. por él no tengo hipoteca"
dijo en su lengua silbante,
Para hacer después de agente el súbdito ecuatoriano,
de la reina de Inglaterra sin papeles y ante un banco.
aquello fue suficiente.
El ciclo de los recuerdos
Si el olvido es un gran río
que se hunde
en negras fosas abisales,
los recuerdos se evaporan,
se refugian en las nubes
y retornan, condensados, en la lluvia.
O Impregnados de la espuma, O
y retornan, condensados, en la lluvia.
O Impregnados de la espuma, O
arrullados por el ritmo de las olas
se combinan, eclosionan
y renacen en la arena
de la costa
O
se combinan, eclosionan
y renacen en la arena
de la costa
O
O
O
El tentetieso
O
Ya sé que soy un iluso, que levitar no es posible,
Ya sé que soy un iluso, que levitar no es posible,
que la tragedia se impone, después de la larga comedia,
pero con un tentetieso
el agua que fluye hacia el mar
encuentra de pronto un rival,
con un tentetieso infantil
que indica la vertical,
la gravedad entra en crisis.
el agua que fluye hacia el mar
encuentra de pronto un rival,
con un tentetieso infantil
que indica la vertical,
la gravedad entra en crisis.
Por eso en el despertar
en el momento más tenso,
en el final del gran sueño:
Un sencillo tentetieso.
en el momento más tenso,
en el final del gran sueño:
Un sencillo tentetieso.
La mujer de la trenka
Yo estaba cogiendo unas cajas de mazapán, bajo el gran rótulo de la promoción especial de Navidades. Me preguntaba por lo que aún tenía que comprar en la sección de frutas y me estaba haciendo el propósito de dejar las cosas bien ordenadas en el carro para no tener problemas de espacio en el otro extremo del hipermercado. Fue seguramente entonces cuando ella apareció. Según deduzco, debió de ponerse a mi lado y se quedó quieta, impidiéndome el normal desplazamiento hacia la derecha del mostrador sobre el que se acumulaba la mercancía. Recuerdo que, aunque yo no la había visto todavía, fue tanta la proximidad de su cuerpo al pasar a mi lado y tan rotundamente material su presencia, que a mí me pareció que estaba mostrando un falso interés por el turrón que elegía, mientras procuraba obligarme a tenerla en cuenta. En efecto, tal era su posición que si quería ver el producto tenía que hacerme sitio y si quería continuar con mi compra, tenía antes que eludirla, rodearla por detrás y adelantarla. Naturalmente, la curiosidad me obligó a mirarla, pero no pude ver su rostro, porque, cuando intenté hacerlo, ella ya no estaba allí, sino dos pasos más allá, caminando hacia el frente.
Ahora la veía por detrás. Tenía unas largas piernas azules, prolongadas por el tacón de aguja de sus zapatos y una trenca azul marino. Su cabello lacio de un negro rojizo estaba perfectamente domado en una melena corta que parecía jugar con su cuello. Una mujer burguesa, pensé; una mujer segura, consciente de su atractivo y que es capaz de arriesgarse; una mujer contradictoria, que rechaza lo barroco y recargado; una mujer madura, aunque sus andares desenvueltos anunciaran una personalidad aún juvenil; una mujer casada, que ya podría ser madre de un niño de pocos años; una mujer tal vez hermosa.
Decidí que tenía que verla y emprendí el desplazamiento que permitiría descubrir si mis elucubraciones tenían algún fundamento. Sin embargo, algo imprevisto volvió a complicar la operación. A medida que mi carro se acercaba, su cuerpo se giraba. Escapaba de mi vista como la liebre del galgo. ¿Acaso se escondía? ¿Pretendía quedarse conmigo? Pensé que la mujer tenía un plan preconcebido, porque su giro se ajustaba exactamente al ritmo de mi movimiento, de modo que su cara seguía siendo para mí tan sólo una promesa. Me pareció, en todo caso, que no había que precipitarse y que sería mejor actuar con cierto disimulo. Comencé por recoger dos tabletas del turrón no rebajado que tenía ahora a mi alcance. Sólo tardé un segundo. Los tres euros que figuraban en la etiqueta me parecieron excesivos, pero no había tiempo que perder. Coloqué las tabletas en la esquina derecha del carro de la compra y la busqué con la mirada justo en el momento en el que ella doblaba la esquina de la sección de papelería. ¿Sería tan hermosa como imaginaba o sería una de tantas mujeres con un rostro vulgar enmarcado en un cuerpo excelente? Si quería resolver el enigma, tenía que apresurarme. Conocerla ya no era un capricho, era una ambición prioritaria, casi una necesidad. Aunque no andaba muy sobrado de tiempo, sabía que podía dedicarle unos minutos. Lo haría. No podía volverme atrás. Doblé la esquina que me introducía en el largo pasillo y la divisé treinta metros más adelante. Si no corro y ella no se para, pensé, no podré alcanzarla. Decidí apretar el paso. Sus andares eran firmes, a pesar de los zapatos de tacón, tan femeninos, y su ritmo muy enérgico, pero también coordinado. Parecía una mujer decidida y con carácter. "¡Vamos! ¡Para! ¿Dónde vas?".
De pronto, como si hubiese escuchado mis pensamientos, la mujer se detuvo y su rostro apareció fugazmente de perfil en la distancia. “Así está bien”, me dije, “parece hermosa”. Pero ¿lo sería en realidad o sólo lo estaba imaginando? ¿Recomponía su belleza de la forma en que funciona nuestra mente con las pinceladas informes de los impresionistas o tenía un rostro bien delineado y con las proporciones más armónicas? Resultaba evidente que, si quería responder a estas preguntas, necesitaba acercarme un poco más. Avancé hacia el lugar en donde se encontraba sin perderla de vista ni un momento. Su perfil se iba aclarando. Su rostro ganaba volumen y realidad. Sí, era hermosa, muy hermosa, pálida como una estatua, llena de serenidad, blanda como una nube, perfecta tras la pendiente uniforme de la línea de su nariz. Tenía en sus manos un rotulador que había cogido del expositor. Miraba su posible compra concentrada, como si fuera una perla perdida, ensimismada. Yo estaba a tan sólo diez pasos y avanzaba. Ahora la vería aún mejor. Descubriría quién es exactamente, podría contemplarla en primer plano e incluso le hablaría. Por ejemplo le podría preguntar por la sección de congelados, imaginaba... Sin embargo, cuando casi ya estaba a su altura, volvió a darme la espalda. Aquello no era lo previsto. Para disimular pasé de largo, pero en el transcurso del travelling, justo cuando la adelantaba, se inclinó para intentar sacar otro bolígrafo de uno de los ganchos inferiores del expositor y exhibió su rodilla bajo la lana azul de su trenca.
-"¿Quién eres?" - pensé - "¿por qué me tientas?".
Y entonces se dio la vuelta y me miró como si ya me conociera, como si acabara de morder el anzuelo y ya me tuviera en sus redes. Su cara era perfecta y su actitud complaciente. ¿Estaba yo en situación de aceptar sus condiciones? ¿Cómo podría contestarla? Me sentía ridículo, atrapado. No sabía qué hacer ni qué decir...
Y respondieron mis pasos, antes indecisos, pero ahora inquietos y rápidos, que buscaban una salida, cualquier salida... A pesar de que seguía terriblemente avergonzado, cuando estaba a punto de llegar al fondo del pasillo, la curiosidad pudo conmigo y decidí volver la cara. Todavía en cuclillas, ella seguía mirándome, pero ahora sonreía abiertamente.
Países con inteligencia histórica
Si una parte de la historia de Rusia en el siglo XX la escribe la KGB, nuestra historia no se entiende sin saber de Kajas B.
El rey de los regalos
En el salón de la casa, sobre el sofá y al lado de los zapatos infantiles, había una montaña de regalos.
-Vamos, mira a ver qué te han traído los reyes- dijo el padre.
Con la ilusión aún inscrita en su cara, el niño comenzó a separar por un lado los juguetes y por otro las cajas con los papeles, pero como el montón de los residuos no paraba de crecer, el padre se fue a la cocina, preparó una bolsa grande de basura y allí se entretuvo un poco recogiendo.
Cuando el adulto volvió, el niño ya se enfrentaba con el último paquete. Por debajo del papel del envoltorio, el jovencito descubrió la marca del fabricante y dudó. No merecía la pena continuar. La ilusión primera había dado paso al desaliento.
Cuando el adulto volvió, el niño ya se enfrentaba con el último paquete. Por debajo del papel del envoltorio, el jovencito descubrió la marca del fabricante y dudó. No merecía la pena continuar. La ilusión primera había dado paso al desaliento.
-¿No te gustan los juguetes?- le preguntó a bocajarro.
-Si papá, pero es que yo quería...
-¿Qué querías?, hijo.
-Quería...
Con un gesto sonriente, el adulto animó al niño a que encontrase las palabras que podrían dar forma a su deseo.
-Pues eso, que si quieres jugar conmigo.
El padre se agachó para abrazarlo y acarició su cabeza.
-Venga, un ratillo, ¿vale? ¿A qué quieres jugar?
-¿Jugamos a la pelota? ¿Bajamos a la calle?
-Vale, de acuerdo, pero así no puede ser. Primero tienes que vestirte: ¿Donde está la camiseta? ¿Y los calcetines de lana? ¿Y las botas? Venga, búscalos en la cómoda de tu cuarto y en el trastero. Es sólo un rato, ¿eh? Luego hay que ir a casa de los abuelos, así que antes tenemos que recoger, ducharnos, vestirnos...
-No importa, papá- dijo el niño -déjalo. De verdad que no importa.
Con un gesto sonriente, el adulto animó al niño a que encontrase las palabras que podrían dar forma a su deseo.
-Pues eso, que si quieres jugar conmigo.
El padre se agachó para abrazarlo y acarició su cabeza.
-Venga, un ratillo, ¿vale? ¿A qué quieres jugar?
-¿Jugamos a la pelota? ¿Bajamos a la calle?
-Vale, de acuerdo, pero así no puede ser. Primero tienes que vestirte: ¿Donde está la camiseta? ¿Y los calcetines de lana? ¿Y las botas? Venga, búscalos en la cómoda de tu cuarto y en el trastero. Es sólo un rato, ¿eh? Luego hay que ir a casa de los abuelos, así que antes tenemos que recoger, ducharnos, vestirnos...
-No importa, papá- dijo el niño -déjalo. De verdad que no importa.
Juan
Me topo con él en el café de la esquina. Es joven. Actúa con elegancia, controlando su mirada y su gesto seductor. Lo hace con cierto descaro y sabe que me doy cuenta. Imagino que no puede remediarlo, porque hay algo que le impulsa, algo que le es natural y que le sale de dentro. Intuyo que está acostumbrado a repetir el mismo esquema, a jugar de esta manera para llamar mi atención. Entretanto me doy cuenta de que sabe lo que hace y decido que es mejor no mostrar que me perturba, dejar que pase el ataque, aceptar su plan, y permitirle empezar ganando.
¿Ganando? No lo sé. Lo único cierto es que sigue persiguiendo un contacto de mis ojos con los suyos y que me mira de tal modo que parece penetrar dentro de mi. Creo que se da cuenta de que estoy pensando en él y de que lucho por escapar de su cerco y me da rabia comprobar que me siento atrapada en su juego. La verdad es que preferiría tener la iniciativa, plantear la guerra a mi manera, pero sé que ya no puedo, así que espero su ataque, reuniendo fuerzas y argumentos, reforzando mi posición, defendiendo mi alcázar.
Luego pienso en que, tal vez, sería mejor enfadarse, exhibir mi mal genio, levantarme y decirle que me deje en paz con malos modos, explicar que me molesta su atrevimiento, o incluso ir más allá y gritarle que no soporto su cara ni su olor... Sin embargo, me contengo porque aprecio que me halaga su interés y porque estoy hecha un lío, un verdadero lío. Su juego también es mi juego, me complace, me interesa, me gusta que me mire así, que me estudie y que me ataque, pero de eso a permitir que se siga comportando de esa forma, pero de eso a conceder hay un gran trecho. Tengo que demostrarle que en realidad no lo entiende, que soy yo quien está al mando, que sólo le dejo hacer y que cuando actúe nada podrá contra mi.
¿Ganando? No lo sé. Lo único cierto es que sigue persiguiendo un contacto de mis ojos con los suyos y que me mira de tal modo que parece penetrar dentro de mi. Creo que se da cuenta de que estoy pensando en él y de que lucho por escapar de su cerco y me da rabia comprobar que me siento atrapada en su juego. La verdad es que preferiría tener la iniciativa, plantear la guerra a mi manera, pero sé que ya no puedo, así que espero su ataque, reuniendo fuerzas y argumentos, reforzando mi posición, defendiendo mi alcázar.
Luego pienso en que, tal vez, sería mejor enfadarse, exhibir mi mal genio, levantarme y decirle que me deje en paz con malos modos, explicar que me molesta su atrevimiento, o incluso ir más allá y gritarle que no soporto su cara ni su olor... Sin embargo, me contengo porque aprecio que me halaga su interés y porque estoy hecha un lío, un verdadero lío. Su juego también es mi juego, me complace, me interesa, me gusta que me mire así, que me estudie y que me ataque, pero de eso a permitir que se siga comportando de esa forma, pero de eso a conceder hay un gran trecho. Tengo que demostrarle que en realidad no lo entiende, que soy yo quien está al mando, que sólo le dejo hacer y que cuando actúe nada podrá contra mi.
Y así pasan los minutos... Interpreta cada uno de mis gestos. Sabe que estoy disponible y se apresta a la batalla. Sabe que no lo tendrá fácil y que en algún momento él tendrá que arriesgarse y yo me resistiré. Él tiene que intentar convencerme de que sabe comportarse, de que sabe que jugamos para intentar acercarnos y demostrar quienes somos, para ver si decidimos que queremos arriesgarnos a sufrir.
Le miro otra vez de reojo. Sigue ahí, con ese gesto suyo, teñido de melancolía y de misterio. No es un fatuo. Sus ojos tienen un brillo ingenuo y una dureza profunda. Es hermoso y repelente al mismo tiempo... Pienso en que me gustaría gritarle, preguntarle cualquier cosa, desestabilizarlo, pero sé que no es posible y sigo un rato más, reinventando mi papel de distraída. Finjo que miro a la calle y a la puerta, como si estuviera pendiente de alguien que tiene que llegar.
A veces, sin embargo, me vuelve de nuevo la duda o tal vez la cobardía. Así que me da por pensar en que no tengo todo el tiempo del mundo y llego a la conclusión de que cinco minutos es lo más que puedo concederle. Después concluyo que cinco minutos es demasiado, que sería una tortura resistir hasta ese punto y que me cansaría... Así que decido que es un cobarde y que nunca lo va a intentar. Y entonces me digo: "Ahora o nunca". Y cargando con el peso de la decepción, tomo impulso, me levanto y me dirijo hacia la puerta... Y él entonces se interpone en mi camino y me señala una silla vacía.
Le miro otra vez de reojo. Sigue ahí, con ese gesto suyo, teñido de melancolía y de misterio. No es un fatuo. Sus ojos tienen un brillo ingenuo y una dureza profunda. Es hermoso y repelente al mismo tiempo... Pienso en que me gustaría gritarle, preguntarle cualquier cosa, desestabilizarlo, pero sé que no es posible y sigo un rato más, reinventando mi papel de distraída. Finjo que miro a la calle y a la puerta, como si estuviera pendiente de alguien que tiene que llegar.
A veces, sin embargo, me vuelve de nuevo la duda o tal vez la cobardía. Así que me da por pensar en que no tengo todo el tiempo del mundo y llego a la conclusión de que cinco minutos es lo más que puedo concederle. Después concluyo que cinco minutos es demasiado, que sería una tortura resistir hasta ese punto y que me cansaría... Así que decido que es un cobarde y que nunca lo va a intentar. Y entonces me digo: "Ahora o nunca". Y cargando con el peso de la decepción, tomo impulso, me levanto y me dirijo hacia la puerta... Y él entonces se interpone en mi camino y me señala una silla vacía.
- Vamos, siéntate, - me dice - tú y yo tenemos que hablar.
Y yo me asombro del timbre de su voz y acabo por tomar asiento, y él se pone justo enfrente, del otro lado de la mesa:
- ¿Qué? - le digo, con el atrevimiento de la confusión, midiendo su valentía.
Y él se queda clavado en mis ojos, sonriendo de una forma encantadora mientras se frota con el dedo índice su labio inferior, imitando a Belmondo. Y yo recuerdo el guión de la fría educación que he recibido, el que dice que hay que decir que no, el que cierra las puertas a la esperanza, el que establece sin ningún género de dudas que yo no soy para él ni él es para mí.
- No, te lo ruego, no insistas, no puede ser. No puede ser...
Su gesto se vuelve grave y sus manos se adelantan y se posan en mis hombros:
- El tren no espera, se va- dice.
Y yo reposo mi mirada en el mármol de la mesa, incapaz de soportar su atrevimiento. Sé que estoy acorralada, que ahora estoy en sus manos. Él se acerca con ternura y levanta mi mentón con suavidad y sitúa su cabeza a la altura de la mía y atraviesa la vitrina de mis ojos.
- Te quiero, lo sabes, ¿verdad?– me dice.
Y yo siento los efectos demoledores de sus palabras... Él ha dicho la frase, la frase más fingida, la frase más osada, la frase más querida y se ha quedado ahí, respirando a medio palmo del lóbulo inferior de mi oreja, calculando que el asunto se ha acabado sin respuesta, al acecho de algún signo que le lleve más allá... Y yo siento que levito de repente y me encuentro irritada y desarmada al mismo tiempo... Aún no se ha dado cuenta de que mis labios ya vuelan hacia los suyos sin saber si hay pista libre.
Y yo siento los efectos demoledores de sus palabras... Él ha dicho la frase, la frase más fingida, la frase más osada, la frase más querida y se ha quedado ahí, respirando a medio palmo del lóbulo inferior de mi oreja, calculando que el asunto se ha acabado sin respuesta, al acecho de algún signo que le lleve más allá... Y yo siento que levito de repente y me encuentro irritada y desarmada al mismo tiempo... Aún no se ha dado cuenta de que mis labios ya vuelan hacia los suyos sin saber si hay pista libre.
- Lo sé, lo sé, lo sé...
Y se chocan nuestros labios frontalmente y las puntas de las lenguas se saludan y se mezclan en las bocas las salivas.
Y se chocan nuestros labios frontalmente y las puntas de las lenguas se saludan y se mezclan en las bocas las salivas.
Impresión
Las líneas son los raíles
y las letras son traviesas.
El trayecto de los trenes encadena para siempre a las palabras...
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La tinta es luz negativa, reinando en el blanco oscuro... Los márgenes son de silencio...
La tinta es luz negativa, reinando en el blanco oscuro... Los márgenes son de silencio...
Un país corrupto
En aquel país llegó a tal extremo la corrupción que los ladrones dejaron de robar. Salieron de sus agujeros, colonizaron los partidos que alternaban en palacio y llegaron al poder andando el tiempo.
El pueblo estaba dividido. Alineados en los dos frentes que la historia y el marxismo habían cavado, las gentes pertenecían al mundo rojo o al azul por obra y gracia de su nacimiento. Cambiar el sentido del voto parecía una traición a la familia. Votar no tenía que ver con la razón y lo justo, y sí con la fe en el partido y con el afán de revancha. El comportamiento político de cada cual brotaba sobre todo de los genes heredados y luego se aseguraba con los cálidos biberones que los niños devoraban. Después, en las casas, se escuchaban las razones de la tele y de la radio, que apañaban las historias al gusto de los que escuchaban, y en las fiestas y actos sociales jamás se cruzaban ideas ni se enfrentaban las razones del contrario. Los domingos y festivos se escuchaban en familia instrucciones como estas: "Vaya pinta, pareces lo que no eres","habla como habla tu padre","busca un chico de tu clase y olvida esos pensamientos","si sigues por ese camino, serás una oveja negra." Los muertos seguían votando desde el fondo de sus tumbas. En los sueños de las gentes, la venganza y la deseada humillación de los contarios hacían bueno a cualquier aliado, aunque éste fuera el mismísimo demonio, de tal modo que añadir a los mafiosos, asesinos y sicarios a las filas del consejo de dirección de los partidos se hizo más fácil que nunca y no tuvo efectos nocivos en las contiendas del voto.
Así fue que una doble moral se añadió a la disciplina de los renovados grupos políticos. Una para justificar a los mangantes de la propia casa y otra para destrozar a los contrarios. Así las leyes dejaron de reflejar acuerdos políticos y de buscar el consenso, y luego, cuando se promulgaban, si el partido en el poder no podía reformarlas, se las neutralizaba con reglamentos o se hacía caso omiso de ellas y de los recursos ciudadanos. Así nuestra democracia perdió su razón de ser y todo se corrompió.
Algunos hombres honrados, al margen de la propaganda, buscaron en la web espacios para discutir las soflamas que lanzaban los periódicos o la múltiple propaganda de los debates televisados, y denunciaron la negra espiral en la que el país se debatía. Lo mismo que Moisés, bajando del Sinaí, intentaron que su pueblo dejase en paz a los ídolos, pero al final fracasaron. El pueblo los confundía con la jarca general de los políticos, porque hablaban o escribían, y porque la tradición picaresca no casaba bien con sus ideas filantrópicas. Su honradez, en aquel contexto, no parecía virtud y sí un defecto, el refugio de los tontos, una pretensión imposible... A pesar de que renunciaron al halago dulzón de los políticos, a pesar de que denunciaron la incoherencia culpable del pueblo, que se las da de inocente, a pesar de que dejaron claro que la única salida consistía en prescindir de los partidos que ocupaban el poder e imponían la mordida, siguieron sin tener eco. El pueblo les dio la espalda. ¿Qué más daba que ministros, diputados, jueces o concejales convivieran con la mierda, si el común de los mortales consentía? ¿Qué más daba si la gente no asumía que el poder para limpiar la corrupción estaba en su libre voto? Se cansaron de escribir. Con todo el dolor del mundo dejaron de combatir y esperaron que la ruina del país se consumase o a que los jueces ganasen una imposible partida frente al tahur de las trampas.
Y así pasaron los años en este cuento sin cuento, que acaba sin desenlace, en colorín colorado, bajo el cielo azul del día.
Así fue que una doble moral se añadió a la disciplina de los renovados grupos políticos. Una para justificar a los mangantes de la propia casa y otra para destrozar a los contrarios. Así las leyes dejaron de reflejar acuerdos políticos y de buscar el consenso, y luego, cuando se promulgaban, si el partido en el poder no podía reformarlas, se las neutralizaba con reglamentos o se hacía caso omiso de ellas y de los recursos ciudadanos. Así nuestra democracia perdió su razón de ser y todo se corrompió.
Algunos hombres honrados, al margen de la propaganda, buscaron en la web espacios para discutir las soflamas que lanzaban los periódicos o la múltiple propaganda de los debates televisados, y denunciaron la negra espiral en la que el país se debatía. Lo mismo que Moisés, bajando del Sinaí, intentaron que su pueblo dejase en paz a los ídolos, pero al final fracasaron. El pueblo los confundía con la jarca general de los políticos, porque hablaban o escribían, y porque la tradición picaresca no casaba bien con sus ideas filantrópicas. Su honradez, en aquel contexto, no parecía virtud y sí un defecto, el refugio de los tontos, una pretensión imposible... A pesar de que renunciaron al halago dulzón de los políticos, a pesar de que denunciaron la incoherencia culpable del pueblo, que se las da de inocente, a pesar de que dejaron claro que la única salida consistía en prescindir de los partidos que ocupaban el poder e imponían la mordida, siguieron sin tener eco. El pueblo les dio la espalda. ¿Qué más daba que ministros, diputados, jueces o concejales convivieran con la mierda, si el común de los mortales consentía? ¿Qué más daba si la gente no asumía que el poder para limpiar la corrupción estaba en su libre voto? Se cansaron de escribir. Con todo el dolor del mundo dejaron de combatir y esperaron que la ruina del país se consumase o a que los jueces ganasen una imposible partida frente al tahur de las trampas.
Y así pasaron los años en este cuento sin cuento, que acaba sin desenlace, en colorín colorado, bajo el cielo azul del día.
Nada es igual (0:=)
Si la nada es el no ser,
no mover, no vivir nunca,
e igual es una entelequia,
un hecho circunstancial
que implica copiar lo que es,
decir que nada es igual
supone eludir lo invariable
y afirmar que todo cambia.
En palabras tan abstractas
como éstas
brilla el sol del pensamiento,
el flujo de fijas ideas
para avanzar hacia un fin:
Parménides y Platón
plantaron en nuestras mentes
la raíz de lo absoluto,
Rousseau aprovechó su energía
para sacar al poder
del reino de lo divino
y Newton construyó trenes
en el trayecto inconsciente
del amor de una manzana.
Sin embargo la corriente
del río que a Heráclito baña
o el infinito universo
del jansenista Pascal
nos parecen más verdad.
¿Con qué nos quedamos, entonces?
A pesar de que intentamos
acomodar nuestros actos
a la razón de una lógica,
la realidad es más fuerte.
Los clones, si pasa el tiempo,
comienzan a ser distintos,
la norma es la variedad.
Por eso la escueta igualdad
que promulgamos un día
se rompe a cada momento,
de modo que evita sumar
magnitudes no homogéneas,
no repartas la mitad
del premio a cada oponente
y recuerda que en un par
hay dos entes diferentes.
El final de la agonía
Sentado en mi silla, frente a la cama de hospital en donde mi padre agonizaba, pensaba en lo que tenía que decirle antes de que fuera demasiado tarde: Mis palabras no podían sonar a despedida, pero sentía la necesidad de pronunciarlas, aunque sólo fuera una vez. Al tiempo yo quería que me hablase, que me contase aquello que más le preocupaba o que me diera un último consejo. Él, sin embargo, dejaba que sus ojeras se metiesen en su rostro hacia la nuca y que su barba cana aflorase amenazante.
- Papá, dime, ¿te duele?
No estaba para contestar. Apenas podía abrir la boca.
- Venga, papá. Lo vas a superar. Sigue luchando. Lo estás haciendo muy bien.
De pronto me pareció que se movían sus párpados y que su mirada preguntaba alguna cosa. Fue sólo un segundo. Por un momento me sentí perdido... ¿Y ahora? Me incorporé y le miré a los ojos con desconfianza, como si de pronto hubiese brotado en su alma un hombre desconocido:
- ¿Quieres algo? ¿Te traigo agua?
Pero él no dijo nada, de modo que le di un beso y volví a sentarme. Sus ojos se cerraron lentamente.
-Papá, ¿me oyes?
Acerqué mi rostro a su mejilla. Todavía estaba caliente, pero ya no respiraba.
Lo esperaba, pensé, lo habían predicho los médicos y ya lo daba por descontado. Me pareció que con su muerte me hacía sitio y me alegré por él. Así se acababa su sufrimiento... Sin embargo, seguí pensando, ahora ya no podría preguntarle nada, ahora no podría hablar con él... Tal vez le hubiera gustado escuchar que lo quería, que lo quería mucho... Aunque lo sabía, a él le hubiera gustado que mis labios se lo dijeran... Y me sentí tan mal que le hice responsable de todo lo que estaba pasando y que tanto me dolía:
-Papá, no me fastidies... Papá, aguanta un poco más... Papá...
- Papá, dime, ¿te duele?
No estaba para contestar. Apenas podía abrir la boca.
- Venga, papá. Lo vas a superar. Sigue luchando. Lo estás haciendo muy bien.
De pronto me pareció que se movían sus párpados y que su mirada preguntaba alguna cosa. Fue sólo un segundo. Por un momento me sentí perdido... ¿Y ahora? Me incorporé y le miré a los ojos con desconfianza, como si de pronto hubiese brotado en su alma un hombre desconocido:
- ¿Quieres algo? ¿Te traigo agua?
Pero él no dijo nada, de modo que le di un beso y volví a sentarme. Sus ojos se cerraron lentamente.
-Papá, ¿me oyes?
Acerqué mi rostro a su mejilla. Todavía estaba caliente, pero ya no respiraba.
Lo esperaba, pensé, lo habían predicho los médicos y ya lo daba por descontado. Me pareció que con su muerte me hacía sitio y me alegré por él. Así se acababa su sufrimiento... Sin embargo, seguí pensando, ahora ya no podría preguntarle nada, ahora no podría hablar con él... Tal vez le hubiera gustado escuchar que lo quería, que lo quería mucho... Aunque lo sabía, a él le hubiera gustado que mis labios se lo dijeran... Y me sentí tan mal que le hice responsable de todo lo que estaba pasando y que tanto me dolía:
-Papá, no me fastidies... Papá, aguanta un poco más... Papá...
Al/fil de la independencia
Decir Más, en catalán,
además de interpretar
el alma que allí domina,
además de interpretar
el alma que allí domina,
supone también nombrar
por su primer apellido
a quien propone romper
el pacto social nacional.
por su primer apellido
a quien propone romper
el pacto social nacional.
Intentando derrotar
a sus rivales
o buscando así pasar
a los anales
ha imitado la propuesta
del partido que pedía
un referendum local,
-ese que ayer dirigía
un “Yo, su-yó” principal
que en vez de Mas
era “Y mazz"-
y ha invertido ya el hOnOr
del cargo que representa
en pedir soberanía
y un cambio constitucional.
Lo hizo frente a los flash
de mil mass media polacos,
en medio de la diagonal.
El rey Arturo sin O,
que sin querer suma y suma,
nos anunció un referendum,
pero no nos dijo el día
ni lo que va a preguntar.
Me cuentan que es tal la energía
de los conejos tambor
que viven en su autonomía,
que ya no duran y duran
y sí Durán, Mas y Mas,
escuchando "Els Segadors"
y brindando con champán en sus masías...
Parábola del suicida
Hubo una vez un país que creía en que la libertad no tenía límites, pues venía de un cruel régimen fascista y de una historia cuajada de corrupciones políticas que había hecho abominable el ejercicio de la autoridad. En aquella sociedad desorientada no había norma que no pudiera desafiarse ni otra ley que la de la fuerza y la de la unánime queja y el escaqueo nacional. La televisión vulgarizaba los valores democráticos y convertía los conflictos sociales y las tragedias naturales en un espectáculo lejano que exorcizaba los propios padecimientos. Un buen día, sin embargo, la autosatisfacción general se vio turbada por un programa triste y conmovedor en el que se difundían las penas de anónimos protagonistas. Transcurría la segunda mitad de éste, cuando un joven explicó desde un teléfono su deseo de suicidarse, arrojándose desde la más alta torre de la ciudad. Una unidad móvil se desplazó de inmediato para retransmitir el evento. Después llegó una multitud variopinta y curiosa, atenta al espectáculo.
En el momento en el que el suicida parecía comenzar a deslizarse hacia el abismo, una figura surgió de la oscuridad para detenerle, mientras la gente suspiraba con alivio. El suicida, sin embargo, forcejeó para liberarse y, en el empeño, ambos acabaron por precipitarse violentamente hasta el suelo.
Al pie de la torre, frente a las cámaras de televisión y en torno a los dos cuerpos inertes, alguien dijo que el joven estaba en su derecho de quitarse la vida, que con ello no hacía mal a nadie. Sin embargo, si había que dejar morir a quien así lo elegía, dijo otro, ¿qué pintaba ahí su oponente? ¿Acaso no era un intruso? Tal vez intentaba convencerle, disuadirle, pensó en voz alta un tercero. Eso está muy bien, añadió un cuarto, pero él no era nadie para impedírselo. Se puede hablar, convencer, pero no actuar en contra de la libertad, dijo después otro hombre. A eso contestó un anciano que, según la ley, el suicidio está prohibido. Pero entonces, un murmullo de desaprobación general se escuchó entre los presentes. Prohibido, prohibido... ¿Qué ley impide a cada cual disponer de su propia vida? Si esa ley existiese habría que cambiarla, dijo un joven con total seguridad, acompañando su voz de un movimiento firme de sus brazos hacia abajo.
Éste fue el fin del improvisado debate. Mientras las cámaras se introducían en la intimidad de la muerte de los dos anónimos protagonistas, todos se retiraron a sus casas. Los cadáveres quedaron inmóviles a disposición del juez. Parecían dos estatuas a ras del suelo. Una de ellas representaba a esa libertad heroica que arriesga la propia vida por conseguir lo que quiere. La otra representaba al último estertor del fascismo, aquel que prohibía y prohibía sin razón aparente. Abrazados, ambos parecían estar librando una batalla más allá del tiempo. Izquierda y derecha, revolución y reacción continuaban su lucha a través de la postura de sus cuerpos. Sin embargo, en realidad, los dos cadáveres estaban completamente muertos.
Está
Antonio se levantó poco antes del amanecer. No es fácil quedarse en la cama, cuando uno está habituado a despertarse a las cinco y hace rato que esa hora ya ha pasado. Es la costumbre, una certeza evidente que te avisa de que intentar conciliar de nuevo el sueño es poco menos que imposible. Así que levantó la cabeza e impulsó su tronco hacia arriba y las piernas hacia fuera. Luego, sentado ya en la cama, rebuscó en el suelo el tacto suave de las zapatillas. El somier crujió levemente cuando se enderezó en la oscuridad. Caminando hacia la puerta, intentaba no hacer ruido, porque Concha se había acostado tarde y convenía que siguiera dormida hasta las nueve.
Salió del dormitorio y recorrió el pasillo. Entró en el baño, encendió la luz y cerró la puerta tras él. Luego levantó la tapa del retrete, desahogó su vejiga, pulsó otra vez el interruptor y se dirigió a la cocina.
Por la ventana se colaba el primer rayo del sol, cuando el hombre abrió la nevera y sacó la leche que iba a echar en el tazón. Su forma de cúpula invertida destacaba blanca y brillante sobre el tapete. Quitó el tapón al tetrabric, abrió el microondas, rellenó el recipiente del desayuno y lo introdujo dentro. Siguiendo el programa acostumbrado, ocupó los cincuenta segundos que había marcado en el aparato en sacar las galletas y en disponer la sacarina y el termo del café sobre la mesa. Esperó la llamada que le avisaba del final del proceso para extraer el tazón y el ahora humeante líquido, y se sentó en la silla. Un segundo después, con los ojos fijos en las luces de la calle, encendió la radio.
-Son las siete de la mañana -decía la voz del locutor-. Malas noticias... De madrugada, la tragedia nos ha visitado otra vez. En la discoteca "Siglo" de nuestra ciudad se ha producido un horrible incendio en el que han fallecido decenas de jóvenes. Se desconoce el número exacto de víctimas mortales. Una unidad móvil ha salido desde esta emisora hacia allí para informarnos.
Antonio sintió un súbito malestar. Una fuerte descarga de adrenalina le produjo una súbita sensación de ahogo. No recordaba haber escuchado aquella noche el ruido que acompañaba normalmente al retorno de su hija. Se giró en el asiento y dio un brinco para volver a levantarse. Salió otra vez al pasillo y se dirigió a la habitación de la joven. La puerta estaba cerrada. Giró el picaporte y abrió. En la oscuridad escuchó su plácida respiración. "Eso basta, duerme", pensó y un suspiro le subió hasta boca... Entonces se acercó hasta la cama y se inclinó sobre ella. Con los dedos de su mano dibujó una caricia sobre su mejilla.
-¿Papá? -dijo, resistiéndose aún a levantar los párpados.
-Buenos días, bonita... Tranquila, ya está amaneciendo...
Punto y final
El dolor que me oprimía el pecho fue cediendo poco a poco, de modo que volví a coger la pluma y continué escribiendo sobre mi vieja mesa, la que se apoya en la ventana orientada hacia poniente. Levanté la vista hacia el horizonte y paré un momento para contemplar la belleza del ocaso. Del fondo del cielo vi salir un punto oscuro que parecía acercarse hacia aquí. Se movía lentamente, caminando de una forma maquinal. Una sensación íntima de abatimiento iba creciendo en mi alma a medida que la sombra precisaba su silueta. ¿Qué pasaba? No vivía tiempos malos, no tenía ningún síntoma de depresión ni especiales razones para sufrir, y sin embargo un frío seco me invadía, mientras mi corazón se iba llenando de soledad. Tuve sólo dos minutos para formular la más pesimista de las hipótesis y para confirmar su presencia. Cuando llegó a mi lado, lo vi claro: Era un esqueleto antiguo, cubierto de sucios harapos y con una gran guadaña. Resultaba evidente. Aquello no era un disfraz.
-Haces bien en no rehuirme - me dijo-, es imposible. Ahora me quedaré contigo.
Me sentí un poco confuso, de modo que tardé varios segundos en preguntarle:
-Entonces, ¿ya estoy muerto?
-No, en realidad estás vivo, pero ahora eres más sabio.
-¿Por qué?
-Porque sabes que la muerte te acompaña.
Pensé en el cuento que ella misma protagonizaba y que estaba sobre mi mesa de trabajo.
-Es extraño- dije-. Me siento en paz, estoy dispuesto, pero no entiendo lo que pasa. Nadie te ve, nadie ha podido negociar nunca contigo y, sin embargo, ante mi te presentas y me hablas con confianza. ¿Qué es lo que pretendes de mi? ¿Qué se supone que va a sucederme ahora?
-Lo que pase en este instante de ti depende. Puedes seguir o detenerte. Si no has muerto todavía es por pura curiosidad. Quiero leer el desenlace de tu cuento. Quiero saber si los suicidas están realmente enamorados y si soy un ser amable que concede a los enfermos el descanso o si soy un enemigo que hace daño al que hay que derrotar.
-Bien, entonces seguiré. Yo también quiero saber. Contaré lo que me cuentes.
-Aunque sé que soy la muerte, yo no sé qué es ser quien soy ni sé del por qué de las cosas. Mi oficio consiste en matar hombres, un trabajo tan sencillo que cualquiera se acostumbra y que no es bueno ni malo en si mismo. Yo hago frente a la vida con todas las fuerzas que tengo, pero no soy invencible. Tampoco soy sabia, ni dura, ni inflexible.Yo también he de pensar en lo que hago y en el por qué y en el cuándo. Te aseguro que el futuro es un misterio para mi. En consecuencia, no sé qué puedo decirte. De mi no sabrás nada que no supieras antes. Eres tú el que crea, el que sabe, el que da sentido a las cosas, el que expresa lo que sienten los ancianos y los niños cuando mueren y el que fija unos límites claros. Yo no sé diferenciar el bien del mal ni la exacta dimensión de la verdad. Seguiré a tu lado un tiempo, mientras acabas tu historia, y luego te mataré.
Hundí mi mirada en los ojos vacíos de la calavera y cambié de opinión. Ella tenía razón. De sus palabras o de su mirada no sacaría nada en limpio. Así no tenía sentido prolongar la agonía. Haciendo acopio de valor, quité el capuchón a la pluma para escribir el último punto en mi cuaderno. Lo hice con la determinación de un juez que firma una sentencia justa, lo hice cargando con la nostalgia de toda mi vida. Después, volví a cubrir la estilográfica con su oscuro capuchón y la dejé descansar, horizontal, sobre la mesa. La tinta estaría aún líquida, todavía caliente y palpitante, pero ya no me hacía falta porque había decidido terminar.
-Punto y final- dije.
La muerte esperó decepcionada a que dijera alguna cosa, a que rogase, a que pidiera un plazo, una pequeña prórroga para añadir una palabra o para poner alguna clave a aquel escrito que se llevaba la última parte de mi vida. Pero yo no moví ni un músculo, así que ella me habló de este modo:
-Yo suponía que estabas empeñado en cambiar mi perfil, en llenar mis huesos de carne. Yo pensaba que tú cambiarías la forma de interpretarme. Yo creía que entendías que hoy en día hay muchos viejos que aún caminan y que en realidad están muertos, porque ya se han olvidado de su nombre y de su historia. Yo creía que sabías que en las UVI de algunos hospitales es posible hacerme trampas por un tiempo. Yo pensaba que estarías preocupado por los niños que no tienen en su vida más horizonte que el hambre, por los fetos que se mueren en el vientre de sus madres y por los millones de ancianos que se pasan el día haciéndome la corte. Yo imaginaba que serías sensible a lo que realmente sucede y que incluso encabezarías a los que reivindican mi presencia y que tal vez inventarías para mi una imagen de mujer más atractiva para evitar que la gente siga viviendo de espaldas a la inmensa realidad que represento... Sin embargo, tú prefieres seguir el camino trillado, cargar con el peso de la historia y abundar en el personaje que aparece al final de la película y que apaga la vela y se va... Está bien, tú lo has querido. Pudiste quitarme los harapos e intentar seducirme, pudiste explicarme mejor. Con ello perdemos ambos.
La muerte descargó un golpe seco y la guadaña dibujó una línea roja a lo largo de mi cuello. La sangre brotó a borbotones, y yo busqué los labios de ella y comencé un beso eterno.
-Lo que pase en este instante de ti depende. Puedes seguir o detenerte. Si no has muerto todavía es por pura curiosidad. Quiero leer el desenlace de tu cuento. Quiero saber si los suicidas están realmente enamorados y si soy un ser amable que concede a los enfermos el descanso o si soy un enemigo que hace daño al que hay que derrotar.
-Bien, entonces seguiré. Yo también quiero saber. Contaré lo que me cuentes.
-Aunque sé que soy la muerte, yo no sé qué es ser quien soy ni sé del por qué de las cosas. Mi oficio consiste en matar hombres, un trabajo tan sencillo que cualquiera se acostumbra y que no es bueno ni malo en si mismo. Yo hago frente a la vida con todas las fuerzas que tengo, pero no soy invencible. Tampoco soy sabia, ni dura, ni inflexible.Yo también he de pensar en lo que hago y en el por qué y en el cuándo. Te aseguro que el futuro es un misterio para mi. En consecuencia, no sé qué puedo decirte. De mi no sabrás nada que no supieras antes. Eres tú el que crea, el que sabe, el que da sentido a las cosas, el que expresa lo que sienten los ancianos y los niños cuando mueren y el que fija unos límites claros. Yo no sé diferenciar el bien del mal ni la exacta dimensión de la verdad. Seguiré a tu lado un tiempo, mientras acabas tu historia, y luego te mataré.
Hundí mi mirada en los ojos vacíos de la calavera y cambié de opinión. Ella tenía razón. De sus palabras o de su mirada no sacaría nada en limpio. Así no tenía sentido prolongar la agonía. Haciendo acopio de valor, quité el capuchón a la pluma para escribir el último punto en mi cuaderno. Lo hice con la determinación de un juez que firma una sentencia justa, lo hice cargando con la nostalgia de toda mi vida. Después, volví a cubrir la estilográfica con su oscuro capuchón y la dejé descansar, horizontal, sobre la mesa. La tinta estaría aún líquida, todavía caliente y palpitante, pero ya no me hacía falta porque había decidido terminar.
-Punto y final- dije.
La muerte esperó decepcionada a que dijera alguna cosa, a que rogase, a que pidiera un plazo, una pequeña prórroga para añadir una palabra o para poner alguna clave a aquel escrito que se llevaba la última parte de mi vida. Pero yo no moví ni un músculo, así que ella me habló de este modo:
-Yo suponía que estabas empeñado en cambiar mi perfil, en llenar mis huesos de carne. Yo pensaba que tú cambiarías la forma de interpretarme. Yo creía que entendías que hoy en día hay muchos viejos que aún caminan y que en realidad están muertos, porque ya se han olvidado de su nombre y de su historia. Yo creía que sabías que en las UVI de algunos hospitales es posible hacerme trampas por un tiempo. Yo pensaba que estarías preocupado por los niños que no tienen en su vida más horizonte que el hambre, por los fetos que se mueren en el vientre de sus madres y por los millones de ancianos que se pasan el día haciéndome la corte. Yo imaginaba que serías sensible a lo que realmente sucede y que incluso encabezarías a los que reivindican mi presencia y que tal vez inventarías para mi una imagen de mujer más atractiva para evitar que la gente siga viviendo de espaldas a la inmensa realidad que represento... Sin embargo, tú prefieres seguir el camino trillado, cargar con el peso de la historia y abundar en el personaje que aparece al final de la película y que apaga la vela y se va... Está bien, tú lo has querido. Pudiste quitarme los harapos e intentar seducirme, pudiste explicarme mejor. Con ello perdemos ambos.
La muerte descargó un golpe seco y la guadaña dibujó una línea roja a lo largo de mi cuello. La sangre brotó a borbotones, y yo busqué los labios de ella y comencé un beso eterno.
Ecos cruzados
Ella pensaba que sólo estando a su lado la vida tenía sentido. Él la había rechazado porque no estaba aún seguro. La muchacha, con el corazón hecho añicos y los pies a un palmo del abismo, quiso saber si la montaña también la despreciaba y, elevando mucho la voz, preguntó:
-¿Me quieres?
Al instante, la montaña respondió:
-Eres... Eres... Eres...
Al instante, la montaña respondió:
-Eres... Eres... Eres...
Justo al mismo tiempo, al otro lado del gran precipicio, él estaba interrogando al oráculo rocoso:
-¿Quién soy?
La montaña, de inmediato, también le respondió:
-Oy... Oy... Oy...
Mientras el muchacho quiso creer que aquella voz femenina confirmaba su existencia y aceptaba de modo implícito un largo y prometedor futuro, la muchacha entendió que la montaña le hablaba con voz grave y reclamaba que tomase una decisión urgente cuyo límite acababa en veinticuatro horas.
Mientras el muchacho quiso creer que aquella voz femenina confirmaba su existencia y aceptaba de modo implícito un largo y prometedor futuro, la muchacha entendió que la montaña le hablaba con voz grave y reclamaba que tomase una decisión urgente cuyo límite acababa en veinticuatro horas.
El joven retrocedió, seguro ya de sí mismo, y ella se arrojó al vacío.
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