Se me fue mi santo al cielo

 Mi santo 
 estaba a mi lado 
 y nunca 
 me abandonaba... 
                           Me susurraba en voz baja,                           
                   el nombre de quien se acercaba,                   
                          adecentaba el desván                          
                   del almacén del pasado                   
                 y me apuntaba el lugar               
              o esa palabra tan rara              
 que cuadraba el pensamiento 
 que tenía. 
      
 Un día, por la mañana, 
     se marchó de aquí volando...     
             Se me fue mi santo al cielo             
                      y allí se quedó mirando.                     

Cuando escribo

 ¿Poeta? No. 
 Soy "con verso", 
 un "con verso" que proviene de la prosa 
   un converso que compite por su puesto 
    en el cielo de un Parnaso de juguete.     
    Por supuesto, ser poeta es otra cosa...  
    Yo tan sólo me divierto con el juego,     
 con el juego de mirarme hasta que salta    
algún tema que me induzca a gastar tinta.
  Muchas veces no sucede nada al lado,    
 muchas veces la emoción se oculta lejos 
           mientras mi pluma descansa,          
                tumbada sobre la mesa,             
                y algún reflejo en la tarde               
           empieza a elevarse del suelo          
         subido a una mota de polvo...         
          Entonces me quedo mirando          
               el ínfimo globo sonda                 
          que escala el rayo inclinado,           
              y siento brotar de pronto            
                el impulso de dar vida             
                      a un ave fenix                    
              o el calambre caprichoso           
                          de contar...                       
       Más tarde intento cambiar      
        alguna torpeza escrita,       
    o aumento el caudal del negro   
 con pensamientos marchitos 
      o con la anécdota loca     
  que acabo de imaginar...  
 A la intemperie del viento 
 lo dejo fraguar en la hoja 
   para al fin estar seguro  
  de que el futuro merece  
 y te lo cuento en voz baja 
 para que escuches mi voz 
 y sientas lo que yo siento. 
Te escribo en tiempo presente
 y te imagino pensando 
 en la cara que pondría 
 al redactar este verso, 
 a pesar de que yo ahora, 
 en el momento preciso 
 en que tú tratas conmigo, 
 estoy más muerto que vivo 
 en el limbo o el infierno. 
 ¿Entiendes 
 lo que 
 te digo? 
         
      
  

¿Un ves/oh de compromis/oh?

 La juventud en el beso, 
 su fe en sus dos labios rojos, 

 fue un corto beso en común 
 ante millones de ojos. 

Opus

Obedecen a obispos osados. Como orates, oran omniscientes. Obsequian obleas, ordenan ofrendas obligatorias, oprimen... Omnipotentes y omnipresentes, ocupan oriente y occidente. Olfatean, oyen y opinan con ojos y oídos osmóticos, odian octubre obrero, operan con ordenanzas y ostentan oficios óptimos. Opositan optimistas y otorgan honores a oncólogos, a ortopedas, a ortofonistas, a obstetras, a otorrinos, a odontólogos, a oftalmólogos, a ornitólogos y a ortodoncistas... Ostentan oscars honoríficos, ofrecen opúsculos oscurantistas y ocurrentes octavillas, olisquean ováricas osteoporosis en opulentas octuagenarias, organizan hospicios ojivales de onomásticas opíparas, oportunas óperas orquestadas, olimpiadas opulentas, oenegés oscuras, osarios en odres de ónice y ocasionales ordalias... Objetos de oro ornan sus offices. Ofenden a hombres honestos y a oponentes ominosos, ocultan oprobios y olvidan órdagos y orgías. Ocasionan óbitos, ocres ocasos, onerosos obeliscos. Obligan a la omertá... Es la obra, la obra oculta, la obra oligárquica, la obra...

El mayo

 Lo tuyo 
 es poner 
 tu sello 
 al tallo 
 de cualquier 
 pino 
 y hacer del tallo 
 un buen mayo, 
cortando
 todos mis 
 callos. 
 Lo tuyo 
 es dotar 
 de orgullo 
 a todo 
 tallo 
 que tallas. 
  Lo mío 
 es que yo 
 me callo 
 y te dejo 
 que me talles. 
 Yo soy 
 tan sólo 
 ese tallo 
 del árbol  
 que buscó 
 el cielo, 
 el tallo 
 que sufrió 
 un rayo 
 que lo tiró 
 por el suelo, 
 el tallo 
 que se hizo 
 mayo 
 cuando tú 
 me recogiste 
 e hiciste 
 que fuera yo, 
 quitándome 
 la corteza, 
 como un 
 San Bartolomé 
 de plena naturaleza,
  y poniéndome 
 de pie 
 en el centro 
 de una plaza... 
 A pesar de que un muchacho 
 asciende mi vertical, 
 frente al palacio 
 del rey, 
 yo nunca supe apreciar 
 tu afán vulgar y lacayo. 
 "Lo tuyo es sólo trabajo" 
 -juzgaba al verte sudar-. 
 Creía que ser un mayo 
 era un asunto casual, 
 o un hecho circunstancial 
 y pensaba que la luz, 
 del rayo aquel que cayó, 
 fue lo mejor de mi caso... 
 Ahora que siento el calor 
 del fuego, abriéndose paso, 
 me doy cuenta de mi error y mi fracaso... 

En la hoja

 Cada día 
 escribo un poco 
 para saldar mi memoria. 
 Reviso mi historia ciega, 
 escarbo en las surcos blandos 
 que la azada hace en el huerto 
 y veo medrar a la rosa... 
 Cuando los márgenes blancos 
 se coman el tren cargado 
 de signos que dan sentido 
 al caos del tiempo fugaz, 
 el brillo definitivo 
 de la hoja abandonada 
 en el silencio 
 dirá como un verso vivo 
 que el presente es poco más 
 que un turbio afán indolente, 
 que el pasado, que fluyó 
 y que se hundió en el olvido, 
 es un fósil en el mar 
 y que el futuro 
 no existe, 
 después 
 del punto 
 final.
  
  

Aurora llora que llora

     
 Aurora 
 no tiene 
 un mes  
                      
                      
 y sueña con la mujer 
 que viene por las mañanas 
   y le llama preciosona,     
  hasta que llegan las tres 
 y suena una triste sirena. 
                                          
 Siente su voz que acaricia 
   y se despierta de golpe,   
     porque le duele la vía,     
 que tiene en el brazo abierta, 
  y porque empieza la nana  
     que le canta cada día.      
                                          
 Después de jugar un poco 
   y de cambiarle el pañal,   
 la mujer se marcha a casa 
  y Aurora rompe a llorar:   
                                           
 "Te vas a curar muy pronto" 
    -le dice justo al final-    
     y Aurora llora que llora      
 en su tibia incubadora de cristal. 

Amanece cada día en Coyoacán

 Amanece... 
 Ras... Ras... Ras... 
 Pedro barre la hojarasca en Coyoacán... 
 Ras... Ras... Ras..., Ras... Ras... Ras..., Ras... Ras... Ras... 


                                                           y Amanece y Pedro barre, 
           Ras... Ras... Ras..., Ras... Ras... Ras..., Ras... Ras... Ras...                  Pedro barre cada día en Coyoacán...  

Un sueño de nochevieja

La última vez que se levantó mi abuela fue el día de nochevieja. Lo hizo llorando hacia dentro, al filo de la medianoche, para comerse las uvas, aunque no pudo con ellas. Dejó la mitad en el plato, no le dio tiempo a más. Tenía su rostro muy blanco y escondía su cansancio tras una sonrisa falsa que apenas ocultaba el terrible trance por el que estaba pasando. Sabía que estaba grave y que el momento temido podía llegar sin aviso. Así que no tentó a la suerte y, después de los petardos que sonaron en la calle, repoblada nada más cambiar el año por millares de ilusionados jóvenes, ambas nos acostamos.
-¿Qué vas a pedir a los reyes?- me dijo.
-Pues que te cures, abuela- contesté.
Cuando apagué la luz me dio por rezar aquel viejo padrenuestro que ella me había enseñado y pronto me quedé dormida. En el sueño, algo me llevó a la ventana y allí vi cómo en la calle venía una gran riada con aguas cansadas y oscuras, que corrían de izquierda a derecha, cayendo sin prisa hacia abajo, lo mismo que un río viejo en su estuario final. Sentía el placer de mirar y una total confianza, de manera que fue fácil darme cuenta de que su ímpetu no era destructivo, de que el copioso caudal discurría y no entraba por las casas ni trataba de empujar a los coches y a los árboles.
Todo cambió de repente cuando vi aparecer al fondo una gran cabalgata. Eran los Reyes Magos. No se cómo me di cuenta de que aquello era un secreto. Delante, sus majestades bajaban de sus grandes camellos y enviaban a sus pajes a cumplir su cometido, cargados con mil regalos. Detrás había carros repletos y cientos de arrieros fornidos. Era extraño contemplar en fila india a los árboles en el borde de la acera, como un doble cuerpo de guardia que cumple con su cometido, y al agua que iba subiendo en un silencio absoluto. El silencio quedó roto, sin embargo, cuando Gaspar pasó ante mi puerta y se llevó la mano a la boca para cubrirse los labios y esconder el contenido de un escueto comentario. Melchor y Baltasar asintieron.
Desde entonces hasta hoy han pasado muchos años. Ante el escueto epitafio de su tumba renace en mi memoria su lucha sorda con las olas de la fiebre y sus gestos de dolor. Recuerdo que ella murió el día de reyes. Su muerte mató mi infancia y ahora ya tengo su edad y también estoy enferma. Y suenan las campanadas y me enfrento con la idea de soñar con la extraña cabalgata de aquel día y renace en mi cabeza el murmullo de Gaspar.

La varita fea

En el ápice se aguza, la varita, para ver a dónde llega el poder de la batuta...

Lectura íntima de Garcilaso


 Era el sentido del verso medido 
             del gran Garcilaso,             
 era el recuerdo del beso de Elisa 
 rozando mis labios, 
 era la vida 
 que imita al dios Cronos, 
 sembrando el ocaso, 
 era el destino, vestido de luto, siguiendo mi paso... 

Cura sana

C
u
ra
sana,
cura
sana.
Como una 
maga de blanco,
sentada sobre tu cama,
 repito mi cura sana, 
y espero a que la varita
te toque el culito de rana.
Y tú, que escuchas mi voz
y temes que te hagan daño,
te quedas muda de golpe
 y miras a tu alrededor.
 Y yo me arrimo a tu frente 
  y dejo que mi cariño  
te vaya haciendo un masaje
     y sigo la cantinela     
que invoca tu bienestar:
“-Que si no te curas hoy,
 mamá te cura mañana-” 
  Y suena una campanilla  
 y brota un olor a lavanda 
 y un sopor que te acaricia: 
“-Y si no: dentro de una semana...-”
 “Duerme mi pequeñita 
que cura el rumor del sueño,
duerme mi niña chica 
que ya se marcha
el dolor...
... ...
... ...
...  ...
..."
¿A que no te duele nada? 
     ¿A que estás mucho mejor?     

Comosón

-¡Las cosas son como son!- le digo enfaticamente a mi mujer, intentando zanjar de forma abrupta la disputa que renace entre nosotros igual que la lluvia de otoño, y mi hija pequeñita, que es un listo renacuajo que pasaba por allí en su larga migración a ningún sitio, se queda mirándome fijo y me pregunta muy seria desde el umbral de la puerta:
-Papaito: ¿Qué son... Qué son comosón?
-¿Comosón? No sé, hijita, de verdad que no lo sé.
Ella pone esa cara de trasto mimoso que sabe que me encandila y dice:
-¿No me engañas?
Y yo enfoco su pupila para ver si así comprendo lo que quiere e improviso lo que sigue:
-Es un niño de tu edad, vestido con un camisón.
Y ella rapidamente saca sus conclusiones:
-Entonces... Yo, ahora, vestida con un camisón: ¿Podría ser un comosón?
-Bueno, eso depende. Verás: Si eres tú de verdad, serás siempre un comoeres, pero si imitas a otros, si haces lo que otros quieren, serás un comosón.
-¿Comoeres? ¿Comosón? ¿Qué soy yo?
Y yo me detuve un momento para pensar una respuesta que dejara el asunto zanjado. Necesitaba una respuesta práctica, tangible... De inmediato reaccioné cuando le dije:
-Pues depende, sobre todo, del color del camisón: ¿de qué color es el tuyo?
-Ay papaito, ¿no sabes que tengo varios?
-¿No tienes uno marrón?
-No, marrón no tengo.
-Pues entonces no puedes serlo. El camisón comosón es de color marrón.
-¿Y si se lo pido a los reyes?
-Si se lo pides y los reyes te lo traen, seguirás siendo un comoeres hasta que te lo pongas por la noche y te quedes muy dormidita.
-Y eso ¿por qué? Papaíto.
-Porque casi nada más cerrar los ojos, te pondrás a soñar y en el sueño ya serás un comosón.
La niña estaba perpleja. No entendía el sentido de todo eso que su padre le decía. Así que miró a su madre, que esperaba en un discreto segundo plano, y le dijo:
-Mamá, ¿qué es mejor para una niña como yo? ¿Ser un comoeres o ser un comosón?
La madre me miró como pidiendo una comunicación telepatica, buscando una lógica amable y comprensible que ligase con lo que yo acababa de decir.
-Lo mejor es ser comoeres pero también, muchas veces, hay que ser un comosón. Haz caso a papá, bonita, cuando seas mayor lo entenderás.
La niña también me miró y puso un gesto muy serio. Ella en aquel momento parecía plenamente consciente de que ponía en marcha un mecanismo sin retorno que marcaba su futuro, así que colocó sus dos manitas en torno a mis mejillas y en voz alta declaró:
-Entonces quiero de reyes un camisón marrón.

Una guerra civil

-Nosotras nos acentuamos- les dicen las vocales entre risitas con aire de superioridad, y entonces las consonantes se enfadan muy seriamente y deciden separarse al tiempo que van murmurando sonidos impronunciables: 
-Prrrdbbfff... 
Atónitas las vocales, se temen que esté pasando aquello que más las daña y empieza su queja eterna:
-Uiuiui, uiuiui, uiuiui...
Después intentan parar la progresion hacia el caos. Exponen ante las otras, que siguen muy ofendidas, un gesto muy compungido, y ponen sus manos juntas delante de las narices, para pedirles perdón.
Más tarde las consonantes aceptan estas excusas y van cambiando la cara, para juntarse al final en el centro de una gran plaza de forma rectangular que llaman página en blanco. El armisticio se acuerda sin cláusulas y sin firma, y habrá que esperar casi un mes a que las letras se crucen de la forma que ahora sigue: 
-Sin respeto no hay palabras.
Vocales y consonantes se sonríen y piensan en la vida nueva que viene después de la guerra.
-Hace falta convivir, merece la pena vivir.

Amigo

A veces, si tengo un verso,
yo pido tu tiempo bruto
y tú, mi amigo prudente,
             aceptas el compromiso             
       y escuchas lo que hay escrito.       
          Atento, te arrulla el ritmo         
          de la corriente del texto.          
         Tú sabes que soy muy lento       
        que mido la estrofa concisa,       
        que riego la flor del huerto        
         y que corrijo a conciencia         
       los cientos de experimentos      
       que se me ocurren a veces,       
     y que también con frecuencia     
      me pierdo en el fondo negro      
      de las letras que naufragan     
     en el centro del desierto...     
    Por eso, te pido audiencia,   
    dispón tus cinco sentidos,    
conduce mi mano diestra
que espero
el juicioso aliento
 que me orienta en el camino...
 ¿Te gusta el tono del cuento?, te pregunto. El verso: ¿se mete dentro...? Y pienso en la jaula 
 brillante y en el pájaro cantante que vuela por el firmamento y que roza el horizonte tan sólo 
 por un instante para inundarse de sol en el ocaso gigante. 

Ubiarco



La roca llora que llora 
al pie de la ermita chica
donde salpican las olas.
La ermita bajo la roca, la roca bajo la ermita, la chica llora que llora, donde salpican las olas.

El destino y la libertad

Quien lucha contra el destino intenta dejar atrás lo mejor de si mismo.
Si el destino es un lugar hacia el que vamos, la libertad es nuestro medio de transporte.
Presos en la telaraña que elegimos como casa, contemplamos con envidia la inmensa libertad de los otros.

Pascal contempla un copo de nieve


Una
blanca
cruz
de hielo
que luce pequeñas
cruces
que nacen
sobre sus brazos,
con cruces
aún más pequeñas de las que surgen más cruces
de escala muy reducida.
Su cabeza es una cruz y sus manos y sus pies son cruces con dedos blancos, también en forma de cruz. 
De todas y cada una salen otras más pequeñas que invisibles van menguando su tamaño,
 y las ínfimas 
partículas que florecen en su capas más externas
  penetran como corsarios  
 en el cristal transparente 
 y se enfrentan 
 con el frío 
 una vez 
 más. 
¿De qué color es la nada 
 que anida 
en la inmensa 
 frontera?  
¿De qué color 
 fuiste 
 tú?