Migas

 Las migas 
 estallan sin más 
 sobre el mantel de la mesa.
 Metralla de dura corteza, 
 las migas no entienden bien 
    el motivo por el cual      
 los dedos de un comensal 
   atacan un trozo de pan   
 y dan a luz varias migas, 
  ni los porqués de los otros  
   que repiten el proceso,   
 produciendo muchas más. 
Las migas son entes ingenuos.
     Desconocen el ritual     
 de sentarse y de charlar 
 de lo divino y lo humano 
   según se toma la cena    
 y no saben qué es la vida 
 porque no pueden pensar. 
  Parecen mudos testigos  
  del brillante acto social   
 en el que nacen y mueren 
 o informes techos de tejas 
  de pueblos diseminados  
 sobre el mapa del mantel. 
  Inmóviles sobre el lugar  
   donde cayeron a plomo   
 intentan seguir disfrutando 
     del tablero de ajedrez     
 que forman los platos de loza 
   junto a la fuente central   
 que huele a verdura fresca 
 sin sospechar que al final 
 serán perseguidas con saña.
      En efecto, así será...      
De nada valdrá su inocencia.
   Del recuadro horizontal   
  que fue su cuna y paisaje  
 las leves briznas crujientes 
 serán arrastradas a golpes 
 para encerrarlas a oscuras 
 en el fondo de una bolsa 
             de basura             
 de donde no escaparán, 
 aunque lo intenten 
 mil veces. 

El mensaje que cayó del cielo

Ayer, a media mañana, cuando volvía a casa de mi paseo diario por el bosque, he visto caer del cielo una hoja de papel que giraba en torno a mi como una larga y monstruosa mariposa. En la hoja manuscrita en letra gótica se podía leer este texto:
"Escribir en el más allá es un ejercicio imposible. El escritor, vivo o muerto, nos habla siempre del tiempo, de una sucesión de acontecimientos que conduce a un lugar o a un momento especial en el que las cosas alcanzan por fin el significado que da sentido a nuestra vida. Nuestra vida es una extraña película en la que hacemos de protagonista sin conocer el papel ni el desenlace. El destino nos escribe sin reparar en nuestros deseos y nosotros sentimos la necesidad de imaginarnos historias que detengan la riada de los cambios e inoculen trascendencia a lo que pasa. Sin embargo, cuando morimos, dejamos de preocuparnos por el futuro, empezamos a mirar hacia lo permanente y pensamos solamente en lo que importa. Es difícil explicarlo en cuatro letras... Cuando mueres todo es fijo. Nada cambia de lugar ni se torna diferente. En la etérea eternidad del cielo azul sobran todos los verbos, las esencias reinan sobre el horizonte y todo lo que existe es tan claro como la misma luz. Por eso, escribir en el más allá es una entelequia. Escribir en ese sitio que imaginamos de blanco supone inventar un tiempo inexistente y dar una falsa vida a nuestros huesos. Si los fantasmas de los escritores muertos pudieran seguir escribiendo, estarían convirtiendo al más allá en una sucursal de nuestro mundo. Resulta fácil llegar a la conclusión de que eso no tiene ningún sentido. Eso no ha sucedido nunca y no hay ni habrá un milagro capaz de hacer que pase. Nosotros, los escritores muertos, ya no podemos contar, ni decir, ni escribir... Estamos muertos, enterrados tras la línea de la tétrica frontera. Estamos muertos. Completamente muertos. Absolutamente muertos..."

Mi peso

Helen Gor Damucho y Adel Gazo Unpoco, en tiempos diferenciados, se han repartido mi vida.
Helen me inspiró el placer del pan y de la carne y me indujo a percibir con claridad ese sonido abrupto que hacen las migas al quebrarse en nuestros dedos o a remar entre las apetitosas salsas que acompañan a las cosas que comemos. Ella también supo enseñarme a gozar de la abundancia y a disfrutar del exceso, rodeado de patatas y legumbres y de pescados azules.
Adel estaba en el extremo contrario. Ella me enseñó a vivir en la otra orilla, a buscar el equilibrio, a saber seguir la línea de la razón discutida y a dotarme en algún grado de etiqueta y disciplina.
A ambas las he querido, cuando estuvieron conmigo, todo lo que he podido y puedo decir sin temor que nunca las he compartido y que siempre las fui fiel. Cada vez que retornaba al hogar que me ofrecían, escapaba de la otra y volvía a enamorarme, de manera que he vivido intensamente cada cambio y jamás me hizo falta fingir. A las dos las he seguido como un perrito faldero, mientras ellas se quejaban todo el rato de los modos y costumbres que su rival había puesto en mis hábitos diarios y se esforzaban un mundo por borrar de mi pasado la huella de su contraria. Contando con sus argumentos, he convivido con ellas, convencido de que el tiempo compartido con la otra había sido un gran error y creyendo a pies juntillas que el cambio que estaba emprendiendo era el definitivo. Además, debo añadir que, a pesar de la amargura que las dos han padecido por mi culpa, ambas me idolatraron, de manera que no creo equivocarme si les digo que hemos sido muy felices la mayor parte del tiempo.
Sin embargo esta mañana al levantarme he sentido el deterioro de ese intenso sentimiento que liga entre sí a las personas y una vaga sensación de libertad. De repente, a medida que Afrodita iba siendo derrotada por el inexplicable capricho de mi corazón veleta, he visto crecer en mí alma el deseo de saber si mi peso verdadero era aquel que perseguía con los pantagruélicos platos de Helen o era más bien el del objetivo preciso del estricto régimen al que Adel y yo nos sometíamos. Por eso he sentido el impulso de marcharme, de incrustar en el pasado mis relaciones con ellas y convertir nuestras historias de amor en un recuerdo nostálgico. Por la tarde he decidido mudarme a un apartamento y empezar a vivir solo, rompiendo por primera vez el extraño círculo vicioso que nos ligaba a los tres. Al ponerse el sol he sacado mi coche del garaje y he comenzado un viaje sin rumbo ni destino. Ahora estoy frente a la tele, tumbado en la cama inmensa de un hotel de carretera y pienso en que prescindir de los cuidados que ambas me prodigaban me va a resultar muy difícil. Sin embargo me doy cuenta de que en esta situación necesito del peaje doloroso del exilio. Es así. Aunque reinventarse a mi edad resulta muy doloroso, porque es como volver a nacer, necesito intentarlo. Es preciso darle un tiempo al desamor y encontrar al fin mi peso.

Asunción

Ella está subiendo al cielo. Arrastrada por la luz, apoya sus pies delicados en peldaños musicales y asciende en espiral.
-¿Quién me arrebata hacia arriba? - se pregunta sorprendida - ¿Qué me ocurre? ¿Ya estoy muerta?
Suspendida en el fondo de un instante, repasa los episodios más notables de su vida. Recuerda su tierna infancia, la aparición de aquel joven que dijo venir del cielo, su embarazo milagroso y el extraño matrimonio con José que nunca fue consumado. También le viene a la mente su parto en pleno viaje y los regalos diversos de los magos y pastores. Luego aparece su hijo que crece y que se hace un hombre y un día se va de casa y acaba muriendo en la cruz... Y siente el dolor salvaje de perder lo más querido.
-¡No estoy muerta! - piensa -. Aún percibo los latidos en mi pecho.
Ella se siente exhausta. Ahora es tan sólo una anciana, una mujer que ha perdido su belleza y su energía, una carga para todos los amigos de su hijo. Ella sabe qué sucede y habla a la inmensa masa que la eleva a las alturas con toda la confianza que ofrece la familiaridad de una larga e intensa relación:
-Para ésto, por favor. Concédeme un segundo. Un momento para arrepentirme o para corregir mis errores y pedir perdón. Hay tantas cosas pendientes...
Y ve con horror que el remolino luminoso prolifera hacia lo alto y encuentra un ramo de olivo y un viejo reloj de arena. Contempla el corto cilindro de una vela que se apaga y mira su nombre grabado... Entiende que está atrapada y grita pidiendo piedad.
-Déjame morir. Te lo suplico. Dame muerte, por favor.
Y siente crecer el espanto mientras ve cómo desfila ante sus ojos el espacio de su absurda eternidad.

Programa de independencia

Golpea a diestro y siniestro, 
asciende y desciende a un tiempo
y gira en todo momento
para al fin llegar al centro.

Se me fue mi santo al cielo

 Mi santo 
 estaba a mi lado 
 y nunca 
 me abandonaba... 
                           Me susurraba en voz baja,                           
                   el nombre de quien se acercaba,                   
                          adecentaba el desván                          
                   del almacén del pasado                   
                 y me apuntaba el lugar               
              o esa palabra tan rara              
 que cuadraba el pensamiento 
 que tenía. 
      
 Un día, por la mañana, 
     se marchó de aquí volando...     
             Se me fue mi santo al cielo             
                      y allí se quedó mirando.                     

Cuando escribo

 ¿Poeta? No. 
 Soy "con verso", 
 un "con verso" que proviene de la prosa 
   un converso que compite por su puesto 
    en el cielo de un Parnaso de juguete.     
    Por supuesto, ser poeta es otra cosa...  
    Yo tan sólo me divierto con el juego,     
 con el juego de mirarme hasta que salta    
algún tema que me induzca a gastar tinta.
  Muchas veces no sucede nada al lado,    
 muchas veces la emoción se oculta lejos 
           mientras mi pluma descansa,          
                tumbada sobre la mesa,             
                y algún reflejo en la tarde               
           empieza a elevarse del suelo          
         subido a una mota de polvo...         
          Entonces me quedo mirando          
               el ínfimo globo sonda                 
          que escala el rayo inclinado,           
              y siento brotar de pronto            
                el impulso de dar vida             
                      a un ave fenix                    
              o el calambre caprichoso           
                          de contar...                       
       Más tarde intento cambiar      
        alguna torpeza escrita,       
    o aumento el caudal del negro   
 con pensamientos marchitos 
      o con la anécdota loca     
  que acabo de imaginar...  
 A la intemperie del viento 
 lo dejo fraguar en la hoja 
   para al fin estar seguro  
  de que el futuro merece  
 y te lo cuento en voz baja 
 para que escuches mi voz 
 y sientas lo que yo siento. 
Te escribo en tiempo presente
 y te imagino pensando 
 en la cara que pondría 
 al redactar este verso, 
 a pesar de que yo ahora, 
 en el momento preciso 
 en que tú tratas conmigo, 
 estoy más muerto que vivo 
 en el limbo o el infierno. 
 ¿Entiendes 
 lo que 
 te digo? 
         
      
  

¿Un ves/oh de compromis/oh?

 La juventud en el beso, 
 su fe en sus dos labios rojos, 

 fue un corto beso en común 
 ante millones de ojos. 

Opus

Obedecen a obispos osados. Como orates, oran omniscientes. Obsequian obleas, ordenan ofrendas obligatorias, oprimen... Omnipotentes y omnipresentes, ocupan oriente y occidente. Olfatean, oyen y opinan con ojos y oídos osmóticos, odian octubre obrero, operan con ordenanzas y ostentan oficios óptimos. Opositan optimistas y otorgan honores a oncólogos, a ortopedas, a ortofonistas, a obstetras, a otorrinos, a odontólogos, a oftalmólogos, a ornitólogos y a ortodoncistas... Ostentan oscars honoríficos, ofrecen opúsculos oscurantistas y ocurrentes octavillas, olisquean ováricas osteoporosis en opulentas octuagenarias, organizan hospicios ojivales de onomásticas opíparas, oportunas óperas orquestadas, olimpiadas opulentas, oenegés oscuras, osarios en odres de ónice y ocasionales ordalias... Objetos de oro ornan sus offices. Ofenden a hombres honestos y a oponentes ominosos, ocultan oprobios y olvidan órdagos y orgías. Ocasionan óbitos, ocres ocasos, onerosos obeliscos. Obligan a la omertá... Es la obra, la obra oculta, la obra oligárquica, la obra...

El mayo

 Lo tuyo 
 es poner 
 tu sello 
 al tallo 
 de cualquier 
 pino 
 y hacer del tallo 
 un buen mayo, 
cortando
 todos mis 
 callos. 
 Lo tuyo 
 es dotar 
 de orgullo 
 a todo 
 tallo 
 que tallas. 
  Lo mío 
 es que yo 
 me callo 
 y te dejo 
 que me talles. 
 Yo soy 
 tan sólo 
 ese tallo 
 del árbol  
 que buscó 
 el cielo, 
 el tallo 
 que sufrió 
 un rayo 
 que lo tiró 
 por el suelo, 
 el tallo 
 que se hizo 
 mayo 
 cuando tú 
 me recogiste 
 e hiciste 
 que fuera yo, 
 quitándome 
 la corteza, 
 como un 
 San Bartolomé 
 de plena naturaleza,
  y poniéndome 
 de pie 
 en el centro 
 de una plaza... 
 A pesar de que un muchacho 
 asciende mi vertical, 
 frente al palacio 
 del rey, 
 yo nunca supe apreciar 
 tu afán vulgar y lacayo. 
 "Lo tuyo es sólo trabajo" 
 -juzgaba al verte sudar-. 
 Creía que ser un mayo 
 era un asunto casual, 
 o un hecho circunstancial 
 y pensaba que la luz, 
 del rayo aquel que cayó, 
 fue lo mejor de mi caso... 
 Ahora que siento el calor 
 del fuego, abriéndose paso, 
 me doy cuenta de mi error y mi fracaso... 

En la hoja

 Cada día 
 escribo un poco 
 para saldar mi memoria. 
 Reviso mi historia ciega, 
 escarbo en las surcos blandos 
 que la azada hace en el huerto 
 y veo medrar a la rosa... 
 Cuando los márgenes blancos 
 se coman el tren cargado 
 de signos que dan sentido 
 al caos del tiempo fugaz, 
 el brillo definitivo 
 de la hoja abandonada 
 en el silencio 
 dirá como un verso vivo 
 que el presente es poco más 
 que un turbio afán indolente, 
 que el pasado, que fluyó 
 y que se hundió en el olvido, 
 es un fósil en el mar 
 y que el futuro 
 no existe, 
 después 
 del punto 
 final.
  
  

Aurora llora que llora

     
 Aurora 
 no tiene 
 un mes  
                      
                      
 y sueña con la mujer 
 que viene por las mañanas 
   y le llama preciosona,     
  hasta que llegan las tres 
 y suena una triste sirena. 
                                          
 Siente su voz que acaricia 
   y se despierta de golpe,   
     porque le duele la vía,     
 que tiene en el brazo abierta, 
  y porque empieza la nana  
     que le canta cada día.      
                                          
 Después de jugar un poco 
   y de cambiarle el pañal,   
 la mujer se marcha a casa 
  y Aurora rompe a llorar:   
                                           
 "Te vas a curar muy pronto" 
    -le dice justo al final-    
     y Aurora llora que llora      
 en su tibia incubadora de cristal. 

Amanece cada día en Coyoacán

 Amanece... 
 Ras... Ras... Ras... 
 Pedro barre la hojarasca en Coyoacán... 
 Ras... Ras... Ras..., Ras... Ras... Ras..., Ras... Ras... Ras... 


                                                           y Amanece y Pedro barre, 
           Ras... Ras... Ras..., Ras... Ras... Ras..., Ras... Ras... Ras...                  Pedro barre cada día en Coyoacán...  

Un sueño de nochevieja

La última vez que se levantó mi abuela fue el día de nochevieja. Lo hizo llorando hacia dentro, al filo de la medianoche, para comerse las uvas, aunque no pudo con ellas. Dejó la mitad en el plato, no le dio tiempo a más. Tenía su rostro muy blanco y escondía su cansancio tras una sonrisa falsa que apenas ocultaba el terrible trance por el que estaba pasando. Sabía que estaba grave y que el momento temido podía llegar sin aviso. Así que no tentó a la suerte y, después de los petardos que sonaron en la calle, repoblada nada más cambiar el año por millares de ilusionados jóvenes, ambas nos acostamos.
-¿Qué vas a pedir a los reyes?- me dijo.
-Pues que te cures, abuela- contesté.
Cuando apagué la luz me dio por rezar aquel viejo padrenuestro que ella me había enseñado y pronto me quedé dormida. En el sueño, algo me llevó a la ventana y allí vi cómo en la calle venía una gran riada con aguas cansadas y oscuras, que corrían de izquierda a derecha, cayendo sin prisa hacia abajo, lo mismo que un río viejo en su estuario final. Sentía el placer de mirar y una total confianza, de manera que fue fácil darme cuenta de que su ímpetu no era destructivo, de que el copioso caudal discurría y no entraba por las casas ni trataba de empujar a los coches y a los árboles.
Todo cambió de repente cuando vi aparecer al fondo una gran cabalgata. Eran los Reyes Magos. No se cómo me di cuenta de que aquello era un secreto. Delante, sus majestades bajaban de sus grandes camellos y enviaban a sus pajes a cumplir su cometido, cargados con mil regalos. Detrás había carros repletos y cientos de arrieros fornidos. Era extraño contemplar en fila india a los árboles en el borde de la acera, como un doble cuerpo de guardia que cumple con su cometido, y al agua que iba subiendo en un silencio absoluto. El silencio quedó roto, sin embargo, cuando Gaspar pasó ante mi puerta y se llevó la mano a la boca para cubrirse los labios y esconder el contenido de un escueto comentario. Melchor y Baltasar asintieron.
Desde entonces hasta hoy han pasado muchos años. Ante el escueto epitafio de su tumba renace en mi memoria su lucha sorda con las olas de la fiebre y sus gestos de dolor. Recuerdo que ella murió el día de reyes. Su muerte mató mi infancia y ahora ya tengo su edad y también estoy enferma. Y suenan las campanadas y me enfrento con la idea de soñar con la extraña cabalgata de aquel día y renace en mi cabeza el murmullo de Gaspar.

La varita fea

En el ápice se aguza, la varita, para ver a dónde llega el poder de la batuta...

Lectura íntima de Garcilaso


 Era el sentido del verso medido 
             del gran Garcilaso,             
 era el recuerdo del beso de Elisa 
 rozando mis labios, 
 era la vida 
 que imita al dios Cronos, 
 sembrando el ocaso, 
 era el destino, vestido de luto, siguiendo mi paso... 

Cura sana

C
u
ra
sana,
cura
sana.
Como una 
maga de blanco,
sentada sobre tu cama,
 repito mi cura sana, 
y espero a que la varita
te toque el culito de rana.
Y tú, que escuchas mi voz
y temes que te hagan daño,
te quedas muda de golpe
 y miras a tu alrededor.
 Y yo me arrimo a tu frente 
  y dejo que mi cariño  
te vaya haciendo un masaje
     y sigo la cantinela     
que invoca tu bienestar:
“-Que si no te curas hoy,
 mamá te cura mañana-” 
  Y suena una campanilla  
 y brota un olor a lavanda 
 y un sopor que te acaricia: 
“-Y si no: dentro de una semana...-”
 “Duerme mi pequeñita 
que cura el rumor del sueño,
duerme mi niña chica 
que ya se marcha
el dolor...
... ...
... ...
...  ...
..."
¿A que no te duele nada? 
     ¿A que estás mucho mejor?     

Comosón

-¡Las cosas son como son!- le digo enfaticamente a mi mujer, intentando zanjar de forma abrupta la disputa que renace entre nosotros igual que la lluvia de otoño, y mi hija pequeñita, que es un listo renacuajo que pasaba por allí en su larga migración a ningún sitio, se queda mirándome fijo y me pregunta muy seria desde el umbral de la puerta:
-Papaito: ¿Qué son... Qué son comosón?
-¿Comosón? No sé, hijita, de verdad que no lo sé.
Ella pone esa cara de trasto mimoso que sabe que me encandila y dice:
-¿No me engañas?
Y yo enfoco su pupila para ver si así comprendo lo que quiere e improviso lo que sigue:
-Es un niño de tu edad, vestido con un camisón.
Y ella rapidamente saca sus conclusiones:
-Entonces... Yo, ahora, vestida con un camisón: ¿Podría ser un comosón?
-Bueno, eso depende. Verás: Si eres tú de verdad, serás siempre un comoeres, pero si imitas a otros, si haces lo que otros quieren, serás un comosón.
-¿Comoeres? ¿Comosón? ¿Qué soy yo?
Y yo me detuve un momento para pensar una respuesta que dejara el asunto zanjado. Necesitaba una respuesta práctica, tangible... De inmediato reaccioné cuando le dije:
-Pues depende, sobre todo, del color del camisón: ¿de qué color es el tuyo?
-Ay papaito, ¿no sabes que tengo varios?
-¿No tienes uno marrón?
-No, marrón no tengo.
-Pues entonces no puedes serlo. El camisón comosón es de color marrón.
-¿Y si se lo pido a los reyes?
-Si se lo pides y los reyes te lo traen, seguirás siendo un comoeres hasta que te lo pongas por la noche y te quedes muy dormidita.
-Y eso ¿por qué? Papaíto.
-Porque casi nada más cerrar los ojos, te pondrás a soñar y en el sueño ya serás un comosón.
La niña estaba perpleja. No entendía el sentido de todo eso que su padre le decía. Así que miró a su madre, que esperaba en un discreto segundo plano, y le dijo:
-Mamá, ¿qué es mejor para una niña como yo? ¿Ser un comoeres o ser un comosón?
La madre me miró como pidiendo una comunicación telepatica, buscando una lógica amable y comprensible que ligase con lo que yo acababa de decir.
-Lo mejor es ser comoeres pero también, muchas veces, hay que ser un comosón. Haz caso a papá, bonita, cuando seas mayor lo entenderás.
La niña también me miró y puso un gesto muy serio. Ella en aquel momento parecía plenamente consciente de que ponía en marcha un mecanismo sin retorno que marcaba su futuro, así que colocó sus dos manitas en torno a mis mejillas y en voz alta declaró:
-Entonces quiero de reyes un camisón marrón.

Una guerra civil

-Nosotras nos acentuamos- les dicen las vocales entre risitas con aire de superioridad, y entonces las consonantes se enfadan muy seriamente y deciden separarse al tiempo que van murmurando sonidos impronunciables: 
-Prrrdbbfff... 
Atónitas las vocales, se temen que esté pasando aquello que más las daña y empieza su queja eterna:
-Uiuiui, uiuiui, uiuiui...
Después intentan parar la progresion hacia el caos. Exponen ante las otras, que siguen muy ofendidas, un gesto muy compungido, y ponen sus manos juntas delante de las narices, para pedirles perdón.
Más tarde las consonantes aceptan estas excusas y van cambiando la cara, para juntarse al final en el centro de una gran plaza de forma rectangular que llaman página en blanco. El armisticio se acuerda sin cláusulas y sin firma, y habrá que esperar casi un mes a que las letras se crucen de la forma que ahora sigue: 
-Sin respeto no hay palabras.
Vocales y consonantes se sonríen y piensan en la vida nueva que viene después de la guerra.
-Hace falta convivir, merece la pena vivir.

Amigo

A veces, si tengo un verso,
yo pido tu tiempo bruto
y tú, mi amigo prudente,
             aceptas el compromiso             
       y escuchas lo que hay escrito.       
          Atento, te arrulla el ritmo         
          de la corriente del texto.          
         Tú sabes que soy muy lento       
        que mido la estrofa concisa,       
        que riego la flor del huerto        
         y que corrijo a conciencia         
       los cientos de experimentos      
       que se me ocurren a veces,       
     y que también con frecuencia     
      me pierdo en el fondo negro      
      de las letras que naufragan     
     en el centro del desierto...     
    Por eso, te pido audiencia,   
    dispón tus cinco sentidos,    
conduce mi mano diestra
que espero
el juicioso aliento
 que me orienta en el camino...
 ¿Te gusta el tono del cuento?, te pregunto. El verso: ¿se mete dentro...? Y pienso en la jaula 
 brillante y en el pájaro cantante que vuela por el firmamento y que roza el horizonte tan sólo 
 por un instante para inundarse de sol en el ocaso gigante.