La torre de los dichos rehechos

Tener es poder...
Querer es joder...
En abril, alas mil...
A lo hecho, lecho...
A lo hecho, techo...
Amaga y vámonos...
Halaga y vámonos...
A Praga y vámonos...
A la vejez, vihuelas...
No hay loft sin gres...
No hay Dios sin tres...
Leed y multiplicaros...
Si no lo leo, no lo creo...
Eso es: Toser y cantar...
De tal árbol, tal ardilla...
De tal malo, tal capilla...
París bien vale una sisa...
Amor con amo, se paga...
Quien da primero: Dadá...
Se hace ladino al hablar...
Me voy de vicos pardos...
Hay errores que matan...
Hay tumores que matan...
Hay señores que matan...
Hay amores que te atan...
Por la roca, muere el pez...
La maté porque era suya...
En el cielo está la virtud...
En el cieno está la virtud...
En el tedio está la virtud...
En el miedo está la virtud...
En el precio está la virtud...
El que suplica, ajos come...
El que se aplica, ajos come...
A mal tiempo, buena casa...
Que es mi narco mi tesoro...
La avaricia rompe al caco...
El fin justifica a los necios...
El ring justifica los miedos...
Más vale caña que fuerza...
Más vale maña que serbia...
Entre el si y el no: El no sé...
Nuestras vidas son los líos...
No está el gordo para rollos...
No está el porno para Goyos...
Las almas las carga el diablo...
Logroñés no quita lo valiente...
Los cortes no quitan lo caliente...
Al ¡pán!#¡pán!#: Y Albino vino...
Alá:uno, alas:dos, Gracias:tres...
No es mono todo lo que se luce...
No es moro todo lo que traduce...
Donde hay confianza, das gasto...
Eso es: Gorrón y cuenta nueva...
A palabras recias, oídos sordos...
Nunca llueve. (Augusto Detodos)...
Quien bien te hiere te hará llorar...
La prima Vera, la sangre al Tera...
No se ganó Zamora en una O.R.A.
Sobre sustos no hay nada escrito...
Sobre bustos no hay mucho escrito...
No es ocioso caballero, don dinero...
A las cabras necias, balidos tontos...
Cree el león que es alta su condición...
El mejor escriba no echa un borrón...
Pan dé yo, caliente, y ríase la gente...
Conejos vendo que para mi no tengo...
A Dios rogando y con el cazo dando...
A Dios rogando y como jefazo mando...
La primera impresión es la que cuesta...
Cuesta mas descollar que el T.A.L.G.O....
Cree el guasón que tiene gracia, el cabrón...
Cree el masón que acierta en su condición...
Muerto el toro, se acabó la tauromaquia...
Más sabe el diablo por rojo que por diablo...
A la Chita callando y Tarzán aprovechando...
Preparados... Listos...  Y ya estáis parados...
El tiempo es el rey en el país de los cuentos...
A buen... En tenedor, pocas palabras bastan...
EL DIABLO ESCRIBE SIEMPRE CON MAYÚSCULAS...
Entre el rojo y el azul en España no hay color...
Más vale chícharo en mano que ciento rodando...
Prefiero estar colorado que azul, amarillo o morado...
Cuando el rayo cae en un tallo, hace un ruido del carallo...
Qué tiene lazar Zamora, yo: Raquel Lora, por los rincones...

El partido del año

Era el partido del año. El equipo del pueblo de al lado volvía a enfrentarse con el del mío, después de doce largos meses de espera. Yo jugaba convencido de que este era el momento de hacerles morder el polvo, de vengar la humillación de dos derrotas consecutivas. Sin embargo el empate que expresaba el marcador y el reloj, que se aproximaba al minuto noventa, denotaban que el trabajo aún no estaba concluido. Frente a mi estaba Fabián, mi enemigo, la persona a quien tenía que enfrentarme y derrotar en el partido. En sentido estricto no nos conocíamos, porque nunca nos habían presentado, pero eso no implicaba que no supiéramos nada del otro. Sucedía, más bien, lo contrario. Él era pequeño y fibroso, un jugador habilidoso con mucha movilidad, y era también muy feo, con un ojo más grande y más alto que el otro. A media distancia, la falta de simetría de su rostro y la seriedad continuada de su gesto producía una cierta repulsión que él lograba utilizar en beneficio de su equipo. Los dos éramos centrocampistas e intentábamos ejercer nuestro papel, dirigiendo a los demás, controlando y repartiendo la pelota. Los dos, también, habíamos hecho los deberes, estudiando con detenimiento las características del juego y de la estrategia de los otros en los distintos partidos de la competición de la tercera división de aquella temporada. Los dos, además, habíamos empleado mucho tiempo en imaginarnos en el campo, luchando frente a frente, y en prepararnos física y mentalmente para ello. Por eso y porque aquello del fútbol era nuestra pasión en aquel tiempo, nos llegaban con frecuencia informaciones y comentarios sobre el rival, que recogíamos con interés para saber mejor qué hacer cuando llegase el momento. El momento, sin embargo, dadas las circunstancias, se estaba pasando sin pena ni gloria, porque estábamos en el último minuto. Yo, creo, estaba más entero y además era más joven e imprudente, así que estaba cantado que tenía que ser mi equipo el que arriesgase en aquella coyuntura. Lo hice. Eché toda la carne en el asador: Me ofrecí a mis compañeros, recibí la pelota y avancé hacia Fabián. Le miré desafiante y le hice un regate en redondo, un brillante capotazo que me permitió dejarle atrás e iniciar el contrataque. Ya en su campo, cuando mi extremo se internaba como un rayo por su banda y yo levantaba la cabeza para enviarle el balón, la bota de mi rival reapareció bajo mis piernas, me desequilibró con su impulso y me arrebató la pelota. A pesar de que me había desplazado de modo violento, el árbitro no apreció falta en su acción, de modo que, libre de marca, Fabián recobró con agilidad la vertical, controló la pelota y vió cómo su equipo comenzaba el despliegue. Sin embargo, de pronto, algo circuló por su cabeza que lo hizo detenerse. Fue algo completamente inesperado, porque ellos estaban en una posición táctica envidiable y el gol que podría desnivelar el choque se barruntaba. Sin embargo, cuando mi equipo se esforzaba por replegarse a toda prisa para impedirlo, Fabián se agachó, cogió la pelota, se volvió hacia mi con ella y la dejó en mis manos, diciendo:
-Mecagüen dios, Alfredo, lo siento mucho, de verdad... No sé qué me ha pasado... No sé qué me ha pasado...

Gol

De aquella violenta tarascada me recuperé en un santiamén. Según iba cayendo, intuí que la pelota me llegaba, de manera que, a pesar del terremoto que produjo el golpe seco de mi frente con la hierba, me levanté de inmediato para controlar el balón. El árbitro concedió la ley de la ventaja...
Avancé hasta más allá de medio campo sin encontrar un compañero dispuesto a apoyar mi penetración. Seguí adelante. Era extraño, nadie me disputaba la posesión del cuero. Paré en seco y levanté la vista. No entendía por qué no se desmarcaba ningún delantero ni la pasividad de los contrarios, pero no era el momento de ponerse a filosofar. Decidí amagar el pase, pero resultó un movimiento inútil, pues ninguno de mis compañeros se ofrecía y los defensas no prestaban atención. No me quedó mas remedio que continuar. Me adentré en diagonal en territorio enemigo y me dio por pensar que, si alguien en mi equipo hubiera intentado hacer lo mismo, es seguro que habría tenido que regatear a dos rivales y se habría llevado consigo la consabida ración de patadas y empujones. ¿Qué ocurría? ¿Olía mal o acaso estaba soñando? 
Pisé el balón y por segunda vez levanté la vista del suelo. Estaba a punto de llegar al área grande. 
- ¿A quién se la paso? - pregunté a grito pelado. 
Contemplé cómo los jugadores seguían quietos, expectantes. De ello deduje que la idea de que yo era un chupón seguía firmemente arraigada en la cabeza de mis compañeros y que los contrarios me dejaban hacer porque sabían que en el chut era más bien un tuercebotas. "Que les den...", pensé, y decidí aprovechar la coyuntura para darme un baño de masas. Preparé la estrategia: Si quería ser práctico sólo tenía dos posibilidades: o bien seguía hacia el córner y esperaba la incorporación de los delanteros de mi equipo para intentar el pase de la muerte o bien penetraba en el área y hacía yo todo el trabajo. Como se prestaba más al lucimiento, preferí la segunda disyuntiva, de modo que hice una finta hacia la derecha, otra hacia la izquierda y empujé la pelota hacia delante. No fue difícil. Seguí la trayectoria de la bola hacia el portero y, cuando iba a llegar mansamente a sus manos, metí la puntera y rematé con toda el alma. La pelota se elevó hacia la escuadra, golpeó en la red y volvió a salir botando del área pequeña hasta que se paró completamente a la altura del punto de penalti. 
-¡Gol, gol, gooooooooool!- grité encantado y mantuve el alarido en mi alta tesitura de barítono, al tiempo que recorría el campo, corriendo como un poseso hacia el banderín del córner y levantando los brazos de igual modo que había visto que se hacía por la tele y dejándome caer en el césped al estilo de ese anuncio que ponen antes de los partidos de la Champions en el que el prota se desliza arrodillado hacia delante. Allí esperé a que llegasen los míos. Imaginaba que no tardarían en caer sobre mí como una mole para felicitarme. Sin embargo, el único que se acercaba era el portero que acababa de batir. Todavía lo estoy viendo. Me cogió la cabeza entre sus manos enguantadas, tiró de mi hacia arriba para que me pusiese a su altura, apretó mi nariz contra la suya, y con cara de pocos amigos y taladrándome los ojos me dijo enfáticamente: 
- Acabas de marcar en propia puerta... ¿Te enteras?, capullo.

(Primera versión publicada en el libro colectivo: futbolatos. Edición personal. 2004)

El disfraz de reloj

Este año me he disfrazado de reloj. Es fácil: Un cartón en forma de cilindro que se mete por la cabeza y dos manecillas convergentes que se mueven desde dentro. La dificultad de llevar este disfraz está en que las manecillas no deben quedarse quietas. Exige mucha concentración y no despistarte nunca, pero a veces compensa porque puedes ralentizar los minutos cuando estás más a gusto o acelerarlos cuando te aburres. El único problema es que tu tiempo se distancie del de los otros. Yo, por ejemplo, hace un ratillo, no había llegado aún a las diez, mientras el reloj de la farmacia marcaba la medianoche. 
Me he divertido mucho en el desfile, especialmente con la chica disfrazada de periódico. Ella me ha dado su email y al final hemos quedado para tomar unas cañas.
De vuelta a mi apartamento, todo me da vueltas. Contemplo una foto en la que mi mujer y mi hija me sonríen y me siento confundido. Decido irme a la cama. Me quito el cartón con cuidado y lo pongo junto al sofá. Sin mi ayuda las manecillas señalan siempre las seis y media, que es además la hora a la que sonará el despertador. El tiempo ya está parado: No sé si tengo que darme prisa o esperar a que, de nuevo, me conquiste la nostalgia.

Volver

Ella estaba muy cansada. A cambio del fiel relato de su vida yo le leía historias por las noches. La de Ulises era la que más le gustaba. Quería volver a su pueblo antes de morir. Yo acabé por prometerle que en verano la llevaría. Al final no pude hacerlo. La enterramos frente al mar hace dos meses. Desde entonces he intentado convencer a su hijo para que me acompañe hasta el hogar que dio cobijo a sus abuelos y no he podido. No he tenido más remedio que irme sola.
En el pueblo he vuelto a oír aquel ritmo cantarín de sus palabras, he entrado en el pequeño cementerio en donde descansan los huesos de todos sus antepasados, he subido hasta la braña y he mirado desde arriba alrededor. Era igual que como ella me contaba y he sentido que mis ojos contemplaban el paisaje a través de sus recuerdos y que ahora, de algún modo, ella volvía.

La gota en la comisura

No te limpies
esa gota involuntaria,
no la borres de tu cara.
 En el cano pelo hirsuto, deja estar
 esa bola transparente de humedad.
    No te quites ese líquido caliente.  
 Las palabras que curaron mis heridas
 están rotas en el suelo. De sus cuerpos
   de aire alado solo queda este residuo.
 No te seques. No la to
ques. No intervengas...
 Como un pájaro brilla
nte espera sobre su mástil. 
 No te libres de esa esfera luminosa. 
      No la ahuyentes con tu mano      
 y deja que tiemble un instante 
al borde del precipicio.
No promuevas el suicidio
con la excusa imperdonable
de tu prisa. 
Dale tiempo. 
Permite que juegue a ser ojo
y que piense en un momento
   el infinito.   

Espera a que crezca en su alma
la atracción por el abismo
y deja que salte libre,
convencida de que vuela
en la bolsa que hace el aire
   alrededor.   
Su caída solitaria
hacia el centro del final
   del firmamento,   
hacia el río sin memoria
que conduce al más allá
es una gran epopeya.
Contempla en silencio
   el proceso   
y haz el trámite sencillo,
que se lleve en su retina
   tu respeto   
 y el instinto refinado de la paz. 

Infinito

Maestro: ¿Infinito? ¿Qué es?
Discípulo: Si atendemos al "in" del principio, infinito es no acabado.
Maestro: Si es así y aún está por hacer, ¿es tan sólo un boceto que no encuentra ni su forma ni su fin?
Discípulo: ¿Un boceto? Bueno, sí. Es posible que sea así.
Maestro: Pero dime, muchacho, precisa: ¿Ese boceto que nace, esa cosa que aún no es, es un ente que aumenta o decrece?
Discípulo: Mire usted, en mi mente, infinito crece y crece.
Maestro: Y creciendo, creciendo y creciendo: ¿Llega a ser mucho más de un trillón?
Discípulo: Mucho más. sí señor, mucho más.
Maestro: ¿Cuánto más?
Discípulo: Yo no sé. Yo no sé si al sumar el caudal de los mares lo que hay pueda ser algo así.
Maestro: Mucha gente lo duda contigo, ¿no sorprende ese "ito" al final si buscamos solamente inmensidad?
Discípulo: Es verdad, si lo piensas te despista. No es normal ese "ito" pequeñito, no es normal asociar su presencia con la letra de un enano en su final.
Maestro: Te pregunto, en consecuencia: ¿Hay engaño en el final o esas tres letras caudales son mera casualidad?
Discípulo: Si lo piensas te das cuenta de que el "ito" es desinencia de un antiguo participio y nunca un diminutivo, por lo tanto...
Maestro: Por lo tanto no lamentes el error. El error está en la base del acierto. El ejemplo lo tenemos ahí delante con el brote del pasado participio. Yo a tus ojos lo llevé y celebro que al final has llegado a la sabia conclusión de que todo el infinito se cuece en tiempo pasado.
Discípulo: Y sin embargo, maestro, en nuestra palabra boceto el pasado está impregnado de futuro, ¿no es así?
Maestro: Así es. El pasado es la fibra de su ser, el futuro es solamente una potencia, una incierta aspiración. El presente, sin embargo, no aparece. El presente sólo es el segundo que transforma realidad en pasado inalcalzable, en memoria y en olvido.
Discípulo: Por lo tanto el infinito es la síntesis compleja de todo el tiempo del mundo. Una idea muy abstracta y también un gran absurdo.
Maestro: Un absurdo, sí señor, y en eso se nos parece. Sin embargo en su interior vive un mundo diferente.
Discípulo: ¡Qué me dice, gran maestro! ¿A qué mundo se refiere?  
Maestro: Me refiero al universo del pensamiento ideal. Ese término, infinito, aspira a la totalidad. Es un ser uniforme, limpio y justo, equilibrado, perfecto en el orden moral, que es abstracto y absoluto y que vive el más allá. Él concluye espacio y tiempo. Para ir hasta él, uno debe imaginar y después multiplicar, potenciar lo que hay hasta el límite del fin. Infinito debe ser como un dios, una idea general, algo azul que es total y que sigue siempre así, hasta que llega al final.
Discípulo: Sí. Debe ser una esencia sin principio y sin final, un lugar transparente que flota clavado en el cielo y que se esfuma al volar, una piel sin materia que cubrir, un fugaz pensamiento incapaz de precisar su verdadero sentido.
Maestro: Algo así, nada más... Aunque al fin, casi al fin... Esa incierta aspiración... In-fini... Infini-to...

El papel de Segismundo

Soñaba frecuentemente que un asesino mataba al actor que en el papel de Segismundo decía aquello de: “Y los sueños, sueños son”. Me asustaba. Decidía llamar al director y pedirle que alguien me sustituyese, alegando una afonía, y el mecanismo previsto funcionaba: Antonio, mi compañero, asumía el protagonismo sin problemas y yo me marchaba a casa, aunque a última hora no podía resistir la tentación de asistir al espectáculo, de manera que buscaba mi mejor disfraz y desde la última fila del patio de butacas presenciaba la función.
Antonio lo bordaba. Aquello era la octava maravilla del mundo. Los focos convergían sobre su rostro para subrayar ese gesto suyo, controlado y certero, y esa dicción natural... Y yo sentía unos celos colosales, sobre todo al final, cuando la emoción se desbordaba, cuando los aplausos estallaban de tal forma que hasta las motas de polvo intentaban elevarse y brillar sobre la alfombra para acercarse al escenario.  
Al día siguiente yo recuperaba el papel para sentir en carne propia lo que pesaba el éxito ajeno. Era una losa de plomo. Cuanto más pensaba en mi inferioridad y cuanto mejor percibía que la opinión general estaba también en mi contra, más forzadas resultaban mis palabras. Las escenas sucesivas degradaban mi autoestima y el calvario proseguía más allá, porque, concluido el monólogo y acabada la obra, mientras el público abandonaba el teatro en un silencio funeral, yo volvía en solitario al camerino y escuchaba a cuatro pasos las risas de la compañía, haciendo escarnio de mi interpretación.
Por la noche soñaba otra vez con la función, pero ahora era Antonio el protagonista. Él seguía en su línea de gran divo y justo cuando acababa su famoso monólogo, después de que entre bambalinas y a tres metros de distancia yo disparase mi revólver, Segismundo caía, el ruido me despertaba y mi mente empezaba a darle vueltas al sentido del papel que me tocaba en un sueño tan real como la vida o en la cierta realidad de estar despierto.

Inma

Sueño con ella muchas noches y con esa casa vieja de la calle que culmina el arrabal. Yo soy el único que sabe dónde vive, pero nunca me decido a visitarla hasta que Ángel me pregunta:
-¿Dónde vive Inma?
Y yo le cuento lo que he ido averiguando en esos sueños extraños y le hablo de la incierta topografía de esa calle que se eleva hacia las nubes, de los adoquines del suelo, de la casa en un árbol seco (una olma tan antigua como el mundo) y del relente enrojecido del ocaso. A mi amigo, sin embargo, esa rara geografía no le extraña, así que decidimos subir con lentitud por la calle de mis sueños.
Llegamos a una placita con casas de un sólo piso y buscamos la vivienda en donde vive. Suena a hueco el aldabón y nadie contesta dentro. Están las contraventanas cerradas sobre el alfeizar. No se oye ni una mosca alrededor.
-Ángel, no te preocupes, seguro que no pasa nada, volvemos por su cumpleaños- le digo, mientras siento que me estoy emocionando, mientras algo en la garganta me hace daño.
Me despierto, estoy sudando. En la cama me doy cuenta de que ella ya no está. Lo sé, deprimida, sin familia, sin amor, Inma decidió que no merecía la pena seguir viviendo. 
Y ahora guardo su presencia entre la creciente colección de mis muertos más queridos y escribo el relato del sueño.

La bella durmiente

El joven se acercó a Talía, se inclinó sobre su cuerpo, que estaba tendido en el suelo, y dejó que sus labios se rozaran con los de ella. Talía despertó de un  largo sueño, que duraba ya cien años, entreabrió sus ojos verdes y descubrió el rostro del muchacho. Él sonreía levemente, confiando en su atractivo y esperando el agradecimiento de la dama. Ella conservaba, pese al tiempo transcurrido, toda su belleza y toda su lozanía. Sin embargo, superado el inicial adormecimiento y la sorpresa posterior, la continua interferencia de esa antigua educación que insistía en las reglas de un protocolo rígido y en los riesgos de una excesiva espontaneidad transformó la sonrisa encantadora de la joven en un gesto seco y distante.
-Espero que de mi actitud no se colija que toda audacia masculina merece mi aprobación. Una mujer no debe ser nunca un castillo que se somete por la fuerza. Ojalá que en el futuro los hechos de nuestra relación se produzcan siempre por consenso- dijo.
Y el joven, enamorado sin remedio e influido por la convicción de que el papel que representaba estaba escrito de antemano, sonrió abiertamente y con aplomo y nobleza contestó:
-Lo que tú digas, Talía, como quieras.

Los consejos del monje

En un cruce de caminos un anciano monje taoista predicaba su verdad. Un día llegaron allí dos jóvenes hermanos huérfanos a la busca de un oficio y de un medio de vida apropiado para su desarrollo. El monje salió a su encuentro y, una vez que hubo escuchado el común objetivo de ambos, les habló de esta manera:
-Este sendero conduce a Pekin -dijo el anciano con una voz pausada-. Si os dirigís allí, el trayecto os ocupará treinta jornadas. Este otro va a Shangay, que se encuentra mucho más lejos; al menos a sesenta jornadas. En Pekin tiene su trono el emperador y en su entorno está el gobierno, por eso éste es un buen lugar para escribanos y gente de letras que sepa mandar y obedecer. Shangay es otra cosa. Es una gran ciudad con un gran puerto sobre el Yang Tsé. En él se ocupan marinos, constructores y contables con muchos conocimientos de números y aritmética.
Los jóvenes escucharon al monje y aplicaron de inmediato sus consejos para determinar que el hermano menor, que había heredado un ábaco con cuentas de marfil, iría a parar a Shangay, mientras que el mayor, que había recibido de su padre los pinceles y la tinta que servían para hacer carteles, se iría a Pekín. Este último, además, decidió que convenía repartir las vituallas y separarse de inmediato. El anciano consejero estuvo de acuerdo, aunque también tuvo en cuenta que Shangay estaba al doble de la distancia, de manera que, para financiar el resto del viaje, propuso hacer tres partes y entregar dos de ellas al menor y una al mayor. 
Los hermanos acabaron aceptando las razones de su interlocutor a pesar de que el mayor defendía que la ley le garantizaba su derecho a la mitad, y a pesar de que el menor se planteaba que arrastrar más cargamento a más distancia suponía multiplicar las dificultades, sobre todo si se tenía en cuenta la insufrible cojera que adquirió cuando era niño y su evidente obesidad.
-El tiempo y los rasgos personales -dijo el monje- no son cosas que se deban contemplar en los convenios. La verdad, la igualdad y la justicia sólo valen en presente. 
El presente, sin embargo, fue pasando al ritmo uniforme de los comunes segundos y el destino fue encontrando un desenlace diferente para cada uno de los tres protagonistas de este cuento. Esto fue lo que pasó: 
El hermano menor nunca llegó a pisar el puerto de Shangay porque un ladrón lo asaltó en el camino, le arrebató los escasos alamares que llevaba y lo mató.
El hermano mayor, por el contrario, destacó en la capital por su recto sentido de la justicia. Con el tiempo se ganó la confianza del emperador, que acabó por nombrarle primer ministro.
La vida del viejo monje sufrió un cambio inesperado. Apenas dos días después de su encuentro con los huérfanos, abandonó el frío cenobio, se olvidó de su oficio antiguo y vivió como un burgués en el puerto más abierto del país. En él el anciano monje fue conocido por lo mucho que exhibía un instrumento de madera con cuentas de blanco marfil. Con él hacía cuentas sin tasa para calcular precios, salarios y márgenes comerciales, a la busca en el azar de las reglas de su incierto porvenir.

De la intensa mirada de los gorilas

Lo encontré por casualidad en el fondo de un estrecho pasillo del zoológico. Inmóvil, de pie tras el grueso cristal, parecía retarme en la distancia. Era un macho de gorila. Un inmenso cuerpo peludo y un gran rostro inexpresivo, trabajado por mil surcos. 
Estábamos solos. Él, encerrado en su pequeño cuarto, y yo, libre de entrar y salir. Avancé con lentitud. Su mirada no dejaba de clavarse en el centro de mis ojos. Intenté aguantarle un tiempo, necesitaba saber hasta qué punto me entendía, conversar tal vez conmigo a su través. Así que me acerqué un poquito e imaginé que era un rey, un sujeto relevante de una cultura perdida, alguien que probablemente había sufrido una zafia trampa en la selva, justo antes de caer dormido por un dardo y de sufrir en silencio las terribles condiciones de un oscuro contenedor en el largo viaje en barco o, más tarde, quizás, el traqueteo inquietante de un camión.
Cuando estuve a tan sólo dos pasos de la frontera transparente de su cubículo, su quietud hierática y su enorme tamaño lo hicieron aún más amenazante. Impulsado por la fuerza que da el miedo, me detuve, dibujé en mis labios una sonrisa artificial y le dije:
-Lo siento.
El gran simio no entendía mis palabras ni la expresión de mi cara, pero estaba frente a mi y se enfrentaba conmigo. Adaptado al papel de centinela en el fondo de su cárcel, su mirada me horadaba. Sentí un terror difuso. Si se hubiera movido un ápice, habría salido corriendo como alma que lleva el diablo. Sin embargo aguanté. Necesitaba entenderle.
-“¿Qué sentido tiene esto?”- pregunté.
Mis palabras rebotaron en su cuerpo lo mismo que una pelota. Su cara mantenía esa expresión concentrada y sus ojos seguían clavados en mi pupila. Yo seguía horrorizado, de modo que me di la vuelta para descansar de su acoso y para calcular el recorrido del retorno, por si acaso. Luego respiré hondo y volví a escudriñar su rostro. Él seguía ahí, tranquilo en su inmensa desgracia, firme y calmado a la vez. Aún a sabiendas de que ya no era el macho dominante, aquel banco de genes sin futuro demostraba que era firme su deseo de no dar un paso atrás.
-"¿Qué sucede?" -susurré.
Incapaz de sostener su mirada ni un segundo más, bajé la vista al suelo, y entonces creí entender el misterio de su cruel comportamiento: Solo, enorme y silencioso, el gorila se aplicaba a rebajarme al nivel del animal que se extendía por debajo de mi piel. Él me hablaba de tú a tú con el único recurso que tenía, el recurso de su alta dignidad que era el último residuo de la etapa de su vida en que fue libre. A pesar de estar ahí, encerrado como ladrón y vejado como enemigo, su instinto le mantenía.
-"Eso es"- pensé de pronto -"me pides que te respete".
Y entonces sentí el impulso de contar que lo entendía y, haciendo acopio de los escasos redaños que me quedaban, levanté otra vez la vista para intentar aclararle que yo estaba de su lado. Sin embargo, bastaron unos segundos de exposición a sus ojos para recuperar el agobio. Su mirada seguía ahí, imbatible y justiciera y mi corazón se rompía por los latidos del miedo. El terror había estallado en mi interior:
-"¿Qué?"- le dije, derrotado de antemano por su fuerza insobornable.
Y sus ojos, esos ojos de sombra húmedos y brillantes, esos ojos de niebla, esos ojos africanos, inocentes y salvajes, esos ojos misteriosos e irritantes no supieron ni quisieron contestarme.

Ella vuelve...

En el NODO de tus sueños,
ella vuelve:
"Ella te coge la mano,
confiada en que le digas  
las palabras
que en el rito van delante,
y te anima
a que comiences,
pero tú no dices nada
y ella mira sin querer hacia lo lejos
y te llena un desconcierto que te hiere
y te apartas un momento de su frente
y no entiendes la razón de su silencio
ni comprendes por qué riega su mejilla
ese lágrima vibrante".
Ella llora y tú despiertas,
poseído por su enorme desconsuelo,
conmovido por su llanto de sirena,
pero entonces su figura se disuelve
y la pena se disipa de repente
ante el blanco resplandor 
del horizonte.

Dos ojos negros

Ö Ö

j

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Te miro, amor

Te miro, amor, sobre todo te miro, pero también te hablo, y tú te quedas quieta y nunca me contestas. Te digo que tienes un rostro perfecto, que tu pecho me enloquece, que tu vientre es un imán, que no soporto vivir sin tu aliento y tu calor, sin tus caricias y besos. Y tú sigues igual... Por favor, te digo, por favor, haz algo. Mueve tus manos, abrázame, di que me quieres. Pero tú sigues lo mismo, imperturbable. ¿No cambias de postura? ¿No me contestas? Vamos, hazme caso, ¿no me entiendes? Y entonces intento tocar tu sonrisa congelada o acercar mis dedos a los tuyos, pero siempre me detiene una frontera: esa plana superficie de cristal, mientras tú me sigues mirando, sin mover ni un solo músculo.

En Fukushima

Cuando el tsunami se llevó a su único hijo, Katsuh sintió que todas sus ilusiones se iban con la gran ola. Encaramado al tejado de su casa, que se movía como un juguete a merced de la enorme masa de agua, le vio pasar gritando:
-Socorro, padre, ayúdame.
A pesar de que era fuerte, Katsuh no pudo auxiliarle. Sólo pudo seguir su trayectoria con la vista y esperar a que su casa encallase para saltar después a tierra firme.
Desde entonces vive como sin ganas con la mirada perdida en la lejanía. Obsesivamente le da vueltas a su tragedia y se intenta convencer de que la decisión que tomó fue la más prudente, porque si se hubiera tirado al agua él también estaría muerto. Algunas veces, sin embargo, se mortifica con el íntimo convencimiento de su propia cobardía y se pregunta en silencio si no sería mejor abandonar esta ingrata existencia y quitarse la vida dignamente como un viejo samurai. Le da vueltas a esta idea hasta que se da cuenta de que ya no le hace falta suicidarse. El tsunami se llevó también su alma, abrazada al cuerpo de su hijo. Por eso, aunque su corazón aún palpita y sus recuerdos todavía acuden a su mente cuando su voluntad los convoca, él no puede dejar de ser un hombre triste y sin futuro que se muere a toda prisa y sin remedio.

Vacaciones estivales

                                               
                                               
 Nuestros hijos han salido 
             ya al jardín,             
             tú cocinas             
 en el fondo de la casa, 
y yo miro a la pantalla:
Como ayer no pude ver
 la etapa del Tourmalet 
y a mi me encanta el ciclismo,
 me quedo a ver la batalla 
que se espera que haya hoy.
Mañana vienen mis tíos
o pasado, no lo sé...
 Llamaron para comer 
y no quedamos seguro...
El coche está en el taller
y casi no llueve nada
en este verano 
sin tregua,
 en este 
verano
sin
.
       Alma,
                                                    en este verano que abrasa, 
                                     en este verano aburrido, 
                                            de meyba y viejo chalé...

Un combate de boxeo

Fue hacia el 85, un martes, creo... Me llamó Warhol para realizar una sesión de fotos con Michel Basquiat. 
-Halsband, te lo digo de verdad. Creo que eres la persona indicada pero tiene que ser ahora mismo. Si no puedes buscamos a otro. ¿Lo tomas o lo dejas?
Y yo, ¿qué iba a hacer? Aceptar. Era la oportunidad de mi vida.
- Lo tomo, Andy, ¿dónde hay que ir?
-Ven a mi casa. En el 125 de Madison. Te estamos esperando.
Salí zumbando con lo puesto más la Yashica y un objetivo del 45. Monté en un taxi y en cincuenta minutos estaba ya en Madison.
Encontré a Andy y a Michael muy relajados, sentados en un sofá y dándole al bourbon. 
-Bien -dije- ¿dónde queréis? ¿Aquí mismo? 
-Eso depende de ti- dijo Basquiat-, es cosa tuya. ¿qué propones?
Yo miré a Andy, para ver qué era lo que él pensaba, pero él se calló. Me pareció que quería dejarme hacer, que confiaba en mi juicio.
-Espero que seáis comprensivos conmigo, como comprenderéis yo acabo de enterarme... 
-No te preocupes, nosotros tampoco teníamos nada previsto. Tan sólo la idea de la sesión. Nos ha dado por pensar que nos iba bien juntos y se nos ha ocurrido que se podían ligar mejor nuestros nombres con una obra plástica. Con la que tienes que hacernos tú, ahora...  
-Bien. Os lo agradezco... Dejadme pensar... Se me ocurre que el hecho de que seáis artistas y americanos es lo único que tenéis en común y que entre vosotros hay más diferencias que semejanzas, especialmente lo que resulta más visible: Que sois de dos razas y de dos tiempos distintos.
Eso era exactamente lo que pensaba. Warhol era el patriarca del Pop Art, el artista más influyente de todo el siglo, el promotor del underground, el amigo de David Bowie, el pintor que reflexiona sobre la creación de los mitos por la publicidad y los medios, pero sus canas contrastaban con el peinado de Principito de Basquiat, que era un muchacho todavía. Éste, aunque con el apoyo de Warhol ya había triunfado en Europa, seguía siendo un crío marcado por el color negro de su piel. Ese era también el color de su pelo, de sus graffitis en el Soho e incluso, también, el color de su vestidos... 
-Os fotografiaré en blanco y negro- añadí.
-¡Bien!- dijo Andy golpeándose con la palma de su mano en la rodilla- estoy de acuerdo. 
-Escuchad, ya lo tengo... ¿Qué os parece un combate de boxeo?
-¿Qué me dices? - interrumpió divertido Basquiat-. Si me enfrentas con este bicho enclenque me lo cargo. No me aguanta ni un asalto.
Miré a Andy y me di cuenta de que estaba dando en el clavo. Ellos estaban luchando: Warhol buscaba la juventud perdida y eso lo acercaba a Michael. Él nunca había pintado con pincel y ahora lo hacía para poder estar con él, para disfrutar de su tiempo impoluto, para seguir su impulso. Por su parte Basquiat buscaba la sabiduría de la experiencia del éxito porque, aunque acababa de llegar a la cumbre, seguía siendo un muchacho de la calle. Por entonces decía que Samo, el grafitero que lo hizo famoso, había muerto, y que en adelante ya sólo sería: Michael Basquiat, el pintor, el que había recorrido con su madre (diseñadora y portorriqueña) los museos, el seguidor de Picasso, Duchamp, Pollock y Warhol. Sin embargo, en cuanto rascabas un poquito en él, salía el neoyorquino práctico y violento, el chico de la calle alocado y radical, la razón que atraía a Warhol. Ambos trabajaban juntos, porque resultaban compatibles y porque se necesitaban. Ambos se admiraban y por eso podían sumar sin problemas su energía y su saber como auténticos vampiros, pero también se enfrentaban, y a veces muy duramente. Su enfrentamiento era algo inevitable, estaba escrito en sus naturalezas, por mucho que se apreciasen, por mucho que se quisiesen, no podrían dejar de ser rivales...
- Necesito guantes para dos y dos pantalones de boxeo. Con eso será suficiente. A ver qué talla tenéis.
Andy y Basquiat se pusieron en pie para mostrar su talante colaborador. A Michael le encantaba la idea, porque adoraba a Casius Clay y porque para un muchacho negro como él, nacido a principios de los sesenta, el triunfo tenía nombre de boxeador o de cantante. A Andy le hacía menos gracia...
-La talla tiene que ser la misma y en las fotos no quiero que se vea que él es más alto.que yo- dijo súbitamente serio y convencido de que al defender aquello ponía a buen recaudo su prestigio. 
-El fondo será blanco y tú no puedes dejar de ser negro- dije mirando a Michael.
-Entonces yo me pondré un jersey negro, así nadie podrá decir que hay un problema de color- contestó Andy 
-Venga, vamos a hacer las compras.
Bajamos a la tienda y dos horas más tarde volvimos con dos pantalones Everlost de la misma talla, dos guantes derechos y dos izquierdos y una gran sombrilla blanca. Repartieron el material. Uno entró en su dormitorio y el otro en el baño. Basquiat salió en apenas un minuto, exhibiendo su torso joven a la cámara y Warhol, por una vez, se hizo de rogar.
-Vamos, Andy, que es para hoy -dijo Michael.
-Bueno, -contestó- yo tengo más prendas que ponerme y a mis pelos les cuesta más someterse.
-Escuchad- dije interrumpiendo el debate-. Aún falta lo más importante: La acción. Sois artistas, no podéis enfrentaros cuerpo a cuerpo. En las fotos no debe haber sangre, ni odio, ni violencia. 
-No -dijo Michael-. La lucha es siempre necesaria. La lucha se impone. Sin ella no se marca el dominio. Siempre hay violencia. Yo soy negro y él es blanco, él me apadrina y yo sigo sus pasos. Cada cual tiene sus armas. Aunque él es más rico, yo le gano en juventud, fuerza e impulso. La dialéctica es siempre un enfrentamiento de contrarios. Si no hay lucha no hay historia. Así que hay que pelear. Tiene que haber combate y el combate no se amaña. 
Tuve que hacer caso a sus argumentos porque Andy escuchaba y aprobaba con su gesto, así que permití que jugasen a pegarse, dejé que representaran aquella farsa ante el carrete de mi cámara y luego, más relajados, conseguí llevarles a las posiciones más hieráticas que yo prefería, como esa que veis más arriba y que les dota de un aire de difuntos faraones. Pensé que así resultaban más solemnes, más religiosos, más artísticos y creo que también en eso acerté...
Ahora, pasados más de veinte años y muertos ambos -Warhol murió en el 87 y Basquiat, de sobredosis, en el 88-, los recuerdo así, como en la foto, muy quietos e inexpresivos, mirándome fijamente desde su blanca pirámide. Ahora ya no importa si hubo o no combate ni quién fue el que ganó. Al final la muerte nos iguala y exhibe su victoria con una sola y exclusiva foto fija.

Un gorro de sombra

Estuve tirando unas canastas en el patio del colegio que hay delante de mi casa. Entre casas de pisos, encerrado en la jaula de alambre de la pista, acompañado por el sonido del caucho tenso en su rítmico e insistente golpear sobre el cemento, me sentía extrañamente ensimismado. En el suelo había hojas amarillas que el viento cambiaba de sitio como un barrendero anárquico. Yo me aplicaba ante el tablero, procurando no cansarme en exceso porque ya no tengo edad para forzar mi físico con jadeos gratuitos y, porque, además, sé que en la bombilla estoy mucho más acertado cuando mi ritmo respiratorio es el normal. A pesar de todo, sin embargo, cuando la pelota no entraba, no podía evitar el engorro de tener que correr detrás de ella. Sabía por experiencia que merece la pena responder pronto porque, si uno tarda en reaccionar, la distancia a la que llega la pelota es mucho mayor y eso multiplica el esfuerzo necesario para conseguir el objetivo, que es el de tirar con tino a la canasta, así que cuando el aro rechazaba a la pelota y la enviaba fuera de la pista yo salía como un resorte, dispuesto a hacer lo que fuera para evitar que se alejase. Por eso siempre volvía botando la bola al paso, exhibiendo el ritmo pausado de los bases de la NBA mientras avanzan despacio hacia el campo contrario, intentando recuperar a su equipo del anterior esfuerzo. Pues bien, en una de aquellos retornos me encontraba cuando me topé de frente con mi sombra. Al principio me dio por pensar que aquel perfil que oscurecía el suelo no era algo que yo proyectase y sí un rival silencioso y pegajoso que se plantaba ante mí y que me impedía progresar. Jugueteé con él un momento, agachándome como con desgana, para intentar engañarle con la sensación de un falso reposo; luego intenté una finta rápida y salí corriendo hacia la canasta. En el ímpetu siguiente, cuando intentaba sacar de mí la escasa energía que me quedaba, vi como el monstruo polimorfo que tenía enfrente se alargaba sobre la pelota y desviaba su trayectoria.
-Ya no puedo ni con mi sombra- pensé-. Mejor me subo y me ducho.
Y recogí la pelota y busqué la puerta de salida y comencé el recorrido para volver a mi casa, al tiempo que repasaba las ventanas que se abrían ante mí para ver si alguien me contemplaba desde arriba. Y no, nadie me estaba mirando, salvo el rival que me seguía un paso atrás y se mofaba abiertamente de mi fallo.

El rey del clic

   Navego por Internet y siento que soy un rey.  
Sin nombre y sin ley mendigo verdad, audiencia o placer 
y abdico con cada clic, pirata en un mar de luz, 
tuareg que cruza el desierto, perdido en su soledad.

La alfombra zul

                                                                                                
                          Tumbada en la horizontal                          
                          Tumbada en la horizontal                          
                  lo mismo que un cuerpo exánime,                    
                        cuando el Imán se inclinaba                       
                          y el rezo común repetía                            
                            los sonidos que bailaban                             
                      sobre el fondo de los muros,                        
                        la alfombra le dijo al tapiz                         
                - "Yo llevo una estrella en el centro,                 
                         Alá y el cielo me llaman,                           
                       mi sino es el firmamento..."                        
                         El paño, que ya era sabio,                          
                          le contestó con dureza:                              
                         - "Olvida el color del cielo                         
                           y la ambición de escapar                          
                                del suelo que te retiene.                              
                         Dejar que te pise la gente                          
                               es tu destino real..."                             
                         Más ella no quiso escuchar:                       
                           - "Volar merece la pena,                          
                      si el suelo no suelta su presa,                      
                      no existe mejor pensamiento                       
                         para una alfombra vulgar".                        
                         para una alfombra vulgar".                        
                                                                                             

Tratado de plástica teología

Lata de mierda del artista. Piero Manzoni. 1961.
Me preocupa 
 no entender la Eucaristía. 
 Es un rito tan complejo... 
 Aunque el círculo perfecto 
 representa bien lo eterno, 
 no comprendo 
 a mi Dios sólo en un plano, 
 encerrado en una lámina redonda, 
 sin tiempo ni espesor. 
 Sí que entiendo el color blanco 
 que enciende la luz a su paso 
 y que es fulgor y limpieza, 
 pero siento algo de asco 
cuando pienso en el camino 
 que recorre por mi cuerpo 
 el pan que fue consagrado. 
¿Cómo le afecta el aliento 
 de los jugos digestivos 
 a la blanca eternidad 
 que yo he comido? 
¿Hasta cuándo permanece 
 el Cristo transubstanciado? 
¿Acaso se desvanece? 
Yo rechazo ser un virus, 
 yo no quiero 
 que en el íntimo contacto 
 la forma se contamine, 
 más si Cristo me distingue 
 con su audiencia, 
 si mis huesos y mi sangre 
 coloniza, 
 es posible que su esencia 
 se mantenga 
 tras vagar como un gusano 
 por mis tripas. 
 De las letrinas, por eso, 
 extraigo mis pùtridos restos 
 y lleno latas escritas 
 que pongo sobre las mesas 
 de las grandes galerías 
 con aire de santidad... 
 Lo mismo que los cruzados 
 buscaron en el oriente 
 el halo de las reliquias, 
 yo llevo a las latas mías 
 a la sagrada liturgia 
 del happening incesante 
 que sube o baja su precio 
 a la luz de la abundancia 
 o la escasez... 
 Adoro al dios del mercado 
 y lo hago vestido de artista, 
 e invoco viejos arcanos, 
 que vienen del Vaticano 
 y Altamira, 
 y pienso en el ser divino 
 que troca mierda en dinero 
 y en el altar que cotiza, 
 en este escueto tratado 
 de plástica teología. 

El Sardinero

A las afueras de Santander, que se configura en torno al puerto, en la bahía, se encuentra el barrio del Sardinero. El barrio es una ciudad jardín que nace de espaldas a la ciudad y mira de frente al mar y a las playas que se alargan desde la Península de la Magdalena hasta el arranque rocoso del Cabo Menor. En esa pequeña península, que es un tómbolo que ejerce de frontera entre la fuerza brutal del Cantábrico y el abrigo meridional de la bahía, los reyes de España edificaron un palacio de estilo inglés para pasar el verano. La aristocracia y la más alta burguesía nacional vino siguiendo a los reyes en la 1ª mitad del siglo XX y dio un elevado tono social a la ladera que cae sobre las playas del Sardinero, desde donde aún hoy se puede ver en la distancia a los barcos de pesca, luchando con el mar y con "los bancos" de anchoa.

Santander

Si preguntas por la calle, compitiendo con el Racing, con el banco y con los edificios singulares más famosos de la localidad, el símbolo de Santander que prefieren los santanderinos es el de "La Horadada": Unas rocas aisladas en forma de arco, que surgen del fondo del mar, por donde, según la tradición, entraron en la bahía los restos de San Celedonio y San Emeterio, los santos patronos, martirizados al parecer en época romana en un lugar indeterminado del valle del Ebro. De los dos es el segundo, el que como la diosa Atenea en la capital de Grecia, da su nombre a la ciudad. Por eso es que en este lugar que es famoso por su puerto, por su banco y su comercio, si hay una acrópolis cierta, ésta es sin duda alguna: "La Horadada".
Pues bien, después de resistir siglo a siglo los embates de las olas, un buen día, ayer mismo en realidad, un reciente temporal se llevó por delante la clave del arco histórico. Los santanderinos se quedaron perplejos al ver el efecto demoledor de la naturaleza y al comprender de pronto que con el símbolo roto se rompía una parte de la ilustre memoria de los santos mártires, que anidan en el nombre de la ciudad. De espaldas a la iglesia y a la tradición, el nombre de la ciudad era para muchos un nombre antiguo y ya vacío, por eso no resultó muy extraño el que, un día, un personaje anónimo que circulaba por Puerto Chico propusiera cambiarlo por otro:
-Si cambiamos el nombre de Santander, que viene del santo ese, podremos elegir y ser más libres...
A causa de un contexto influenciado por fuertes tensiones políticas, la sociedad se polarizó rápidamente. Algunos insistían en cambiar, argumentando que un gran banquero local se aprovechaba de su nombre y cambiaba su sentido, pintándolo de rojo chillón y sometiendo a sus ciudadanos a la vergüenza de ser sus propagandistas. Otros aludían a la huella de la geografía y de la historia en el alma de la mayoría para defender el santo nombre del lugar. Durante meses ambos grupos se enfrentaron en una lucha sin cuartel cada vez más virulenta, hasta el punto de que incluso hubo un día dos heridos en un enfrentamiento entre jóvenes extremistas en la Playa de los Peligros a la salida del partido de fútbol del domingo. Sin embargo, pasada la fiebre primera, y después de que los periódicos se metieran en harina para intentar moderar el asunto, los partidarios del cambio empezaron a venirse abajo. En ello colaboró sin duda el hecho de que el banquero saliese a la palestra para destacar su compromiso con el desarrollo futuro de la ciudad y el hecho de que el concurso para elegir la opción alternativa se saldase con la división del grupo de los partidarios del cambio a causa de la división producida por los dos nombres propuestos, Springfield y Villanueva de Cantabria, que se enfrentaron entre sí. Además, la aparición de una tercera vía, que agrupaba a los partidarios de una solución intermedia, vino a complicar aún un poco más la situación. El principal promotor de ésta fue un poeta vanguardista que se sentía heredero de la estética dadá y en especial de Tristan Tzara, y que ofrecía para el caso la idea de cambiar, pero tan sólo un poco, es decir, partir del nombre antiguo y dejarlo evolucionar lo suficiente como para independizarlo del banco. Así pudo explicar a las fuerzas vivas del Ateneo que Santander había sufrido de la destrucción de la Horadada, de manera que los arcos de sus dos enes se habían roto para convertirse en dos precisas sílabas que transformaban su nombre en: "Saritarider". Desde ahí y hasta el nombre definitivo propuso un interesante debate, un juego de palabras público y democrático en el que los ciudadanos podrían y deberían participar.
Gracias a la buena puesta en escena de su exposición y a la brillante capacidad dialéctica de su promotor, la tercera vía consiguió concentrar las voluntades de la clientela progresista, sobre todo después de que el principal partido de la izquierda se apuntara a apoyarla tras ser discutida la propuesta en el comité provincial. Pareció entonces que lo único que faltaba era la votación que decidiría entre el cambio o la permanencia, después de la acostumbrada campaña publicitaria. No obstante, antes de convocar el referendum preceptivo, el Ayuntamiento pensó en que resultaba conveniente dar una opinión "institucional" que aconsejase a los vecinos, y para ello creó una comisión compuesta por el director del museo, el rector de la Universidad y los dos poetas más laureados de la región, bajo la dirección del alcalde. En el debate, tras una corta reunión, el día de la Virgen del Mar, triunfó la idea conservacionista.
Este es el párrafo clave del comunicado con el que saldaron el encuentro:
"Cambiar el nombre es peor que conservarlo. Cambiar un nombre es dejar que su contenido se haga añicos. Los nombres de cada uno cargan con lo bueno y con lo malo de nuestra historia y no está en nuestra mano cambiarlos. Lo mismo pasa con los nombres de lugar. Los nombres no son de piedra, son como terrones de azúcar. La lluvia del tiempo disuelve sus letras y su sonido. Los nombres se cambian solos y nunca por decreto".
Al día siguiente, mientras en los bancos de la alameda se discutía animadamente sobre si merecía la pena hablar de Sarader, Sararider o Sanander, en la comisión de obras del Ayuntamiento, se aprobaba con urgencia un presupuesto para revertir a la Horadada a su forma, tamaño y lugar original.

Ya soy viejo

Ahí delante
otro árbol se ha caído.
Me detengo a respirar.
Ya no corro como antes
ni duermo como un bendito,
me duele un poco la espalda
y la siesta, por la tarde,
es una necesidad.
Me sale la lágrima fácil,
estoy algo torpe de oído
y se me olvidan las cosas 
que me dicen los amigos.
Algunos se enfadan conmigo
por el gesto desabrido
que pongo al argumentar:
"Deberías moderar esos juicios
de abuelete cascarrabias",
me dicen tomando vinos,
 y yo no les miro a la cara: 
"Lo que vayáis a opinar, 
 a mí me importa un comino. 
Me saca de quicio el otoño,
el tiempo me va a matar"