De repente, ¡zas!
Llega el tiempo
con su látigo de púas puntiagudas
y nos lleva hacia delante.
Nos golpea sin piedad
mañana y tarde
e incapaces de pararlo en sus ataques,
empezamos a temerlo
como a un mal inevitable.
Respetamos el dolor
que nos produce
con su fuerza desatada
y permitimos los surcos
que él trabaja diariamente
con su azada
en nuestra frente cansada.
Y soportamos sus trucos
y bendecimos la sangre
de sus heridas latentes
y disculpamos sus vicios
y su talante asesino
y le rogamos que siga
engendrando y devorando
nuevos hijos.
Porque al final, sin aviso,
acaba su tiranía,
la suerte definitiva
se escribe sobre el tablero,
se oculta el sol en el cielo,
se para el rumor del viento
y todo desaparece,
de repente
y en silencio.