Para subir a la gloria

Me cuentan que en Doha han construido una gran aguja de metal y que la han dispuesto verticalmente, con la cúspide afilada compitiendo con sus altos rascacielos. Dicen que cada día los camellos de Quatar desfilan bajo el arco que introduce el hueco de su base y que esto les produce un placer muy especial a todas las fuerzas vivas del emirato. Mis amigos me envían incluso fotos del emir y su gobierno, subidos a un graderío y contemplando con gesto de satisfacción la diaria procesión ante el extraño monumento.
Sin embargo, al parecer, apenas se narra la historia de lo que ha pasado después. Las escasas fuentes que en internet hablan de ello nos relatan que el ganado transportista que tanto proliferaba bajo las altas cornisas de sus torres de Babel, provocó una violenta huelga de barrenderos. Pedían aumento de sueldo, el pago del tiempo extra que compensase la carga de trabajo que producían los cuadrúpedos con joroba. Pues bien, en el curso de las manifestaciones programadas, la salvaje policía del emir reprimió con tal dureza al movimiento sindical que, al final, media docena de trabajadores fueron torturados en las mazmorras del régimen. El caso es que por la acción de una mano misteriosa o bien por extraño milagro, una mancha roja oscura embadurna ahora el suelo de aquel sitio y que los camellos que antes se acercaban al lugar ahora se dan la vuelta  y se vuelven al desierto.
Me informan fuentes ocultas, que proceden de palacio, que en el lugar de la sangre han actuado centenares de servicios limpieza de todas las partes del mundo sin poder quitar la mancha y que, empujado por un viento violento y persistente, la aguja monumental se inclina cada vez más y amenaza con caerse.
Mientras tanto, en la mezquita, los ricos siguen rezando, mirando al mhirab dorado.