Aquel verano

Se llamaba Dorita y era preciosa. Cada día, apostado en el sillón de la mesa del despacho de mi padre, fingía que hacía los deberes del colegio mientras esperaba a que pasase por delante del entresuelo donde vivíamos. Era tan sólo un momento, (lo que tardaba en cruzar la calle en dirección a su casa), pero a mí me gustaba tanto y a veces pasaba tan cerca de mi ventana que no podía prescindir de su presencia. Llevaba todavía calcetines y el uniforme a cuadros del colegio de las monjas. Recuerdo que en primavera disponía el jersey verde sobre los hombros, de manera que las mangas colgasen hacia delante, y recuerdo que con frecuencia cruzaba los brazos sobre el pecho para sujetar la carpeta. Sola o acompañada, con prisas o demorándose, siempre se me ofrecía como una imagen misteriosa, como un pecado andante o como una caricia blanda e inaccesible. 
Tal vez fue ese sexto sentido que dicen que tienen las mujeres o bien fueron los suspiros que movían las cortinas, el caso es que ella acabó por enterarse de lo que hacía. Lo vi con claridad aquel domingo en misa, cuando ella me sonrió. Lo mismo sucedió poco después, mediado el mes de junio, el día en que coincidimos en aquella matinal de discoteca. Ella volvió a sonreírme, lo mismo que en las ocasiones en las que nuestros dos grupos de amigos coincidimos en la piscina durante julio y agosto. 
Casi empezaba septiembre, cuando su familia se cambió de casa. Para mi fue una tragedia totalmente inesperada. Recuerdo que pasó por aquí en el camión de mudanzas y que entonces me di cuenta de que con ella se marchaban las palabras que no le dije y aquella vida perfecta que imaginé en el silencio de aquel largo trimestre de calor. Recuerdo que descorrí las cortinas y que agité la palma de mi mano para despedirme... Yo no sé si pudo verme ni conozco el contenido de la idea que ha quedado en su memoria del muchacho apocado que un día fui, pero sí que estoy seguro de lo mío. Yo sí que le he sido fiel. Yo he seguido mirando hacia la calle con la íntima esperanza de volver a verla allí. Desde entonces el deseo me ha hecho intuir sus rasgos en cien mil rostros fugaces e imaginar que se acercaba a mi ventana y me hacía señas. Desde entonces he vivido sentado ante el cristal, protegido tras el velo de estos visillos traslúcidos, confiando en la existencia de una prórroga imposible o en la justicia obligada de una postrera revancha.
Ultimamente, sin embargo, las arrugas de mi rostro en el espejo me conducen a pensar en que ella habrá venido por aquí a pasear su nostalgia y en que yo, que en la vida no he hecho más que esperarla en este sitio, no haya sido ya capaz de conocerla.