La ballena de Jonás

Recorrió de punta a punta aquel extenso medio líquido, revisó los bajos fondos y la blanda superficie de aquel mar, intentando hacerse idea del paisaje y las historias que surgían más allá de la barrera que las olas dibujaban a la vera de la costa y haciendo preguntas incómodas a los pocos marineros que pasaban en sus barcos. Lanzaba sonidos oscuros, una especie de quejido ronco y grave que olía a negra batea y siempre encontraba audiencia entre los viejos lobos de mar. Sin embargo, a pesar de su insistencia, poca cosa es lo que pudo averiguar sobre el mundo que las aguas rodeaban, pues los hombres rehuían el contacto ante el miedo que infundía la enorme dimensión de su cuerpo. Le dijeron, eso sí, que había un sol que jugaba al escondite cada día, hundiéndose en el horizonte, y que en los campos crecían plantas verdes y amarillas que luego se recogían para servir de alimento, y que ejércitos de árboles peleaban en silencio por un trocito de tierra para plantar sus raíces, y que bichos con cuatro patas se enfrentaban por amor y se mataban temblando, sobre todo en primavera, y que en el agua vivían peces cubiertos de escamas con ojos llenos de asombro, mientras arriba, en el cielo, los pájaros batían sus alas y volaban muy deprisa, cantando alegres canciones... Le dijeron que, además, por el suelo circulaban grandes ríos y que había también lagos, estanques y pozos profundos que bajaban como agentes del diablo a los infiernos.
Con la escasa información acumulada, la curiosa protagonista de este cuento tomó un día la decisión de escapar del mundo azul por donde siempre había circulado su cuerpo descomunal. Estaba convencida de que toda su vida había sido una absoluta equivocación y de que su medio natural, su medio verdadero, era el territorio sólido en el que estaba dispuesta a aventurarse. Entonces se puso a nadar hacia la costa y su corazón se llenó de nostalgia. Aquel viejo cetáceo recordó entre la bruma lo fecundo de su vientre -que alojó hace treinta siglos a Jonás y luego, mucho más tarde, al padrastro de Pinocho-, y no quiso seguir dándole vueltas al futuro, de modo que se dejó llevar por la corriente y, cuando la espuma de las olas empezó a hacerle cosquillas, sintió que su gran cola se rozaba con la arena y que la piel de sus bajos se hacía girones. Sin embargo no se volvió atrás. Siguió adelante, sin miedo, porque eso es lo que siempre había deseado... Pocos segundos después llegó a la playa y allí la ballena quedó definitivamente varada. Notó que su peso la aplastaba, que apenas podía respirar y que su corazón se rompía, pero eso no ocupaba su atención. Su atención se centraba en lo que miraban sus ojos. Lo importante para ella eran esos hombrecillos que se acercaban despacio a contemplar su agonía y que luego, con las vísceras aún calientes, la despiezaron sin piedad.

Para subir a la gloria

Me cuentan que en Doha han construido una gran aguja de metal y que la han dispuesto verticalmente, con la cúspide afilada compitiendo con sus altos rascacielos. Dicen que cada día los camellos de Quatar desfilan bajo el arco que introduce el hueco de su base y que esto les produce un placer muy especial a todas las fuerzas vivas del emirato. Mis amigos me envían incluso fotos del emir y su gobierno, subidos a un graderío y contemplando con gesto de satisfacción la diaria procesión ante el extraño monumento.
Sin embargo, al parecer, apenas se narra la historia de lo que ha pasado después. Las escasas fuentes que en internet hablan de ello nos relatan que el ganado transportista que tanto proliferaba bajo las altas cornisas de sus torres de Babel, provocó una violenta huelga de barrenderos. Pedían aumento de sueldo, el pago del tiempo extra que compensase la carga de trabajo que producían los cuadrúpedos con joroba. Pues bien, en el curso de las manifestaciones programadas, la salvaje policía del emir reprimió con tal dureza al movimiento sindical que, al final, media docena de trabajadores fueron detenidos para después ser encerrados y torturados en las mazmorras del régimen. El caso es que por la acción de una mano misteriosa, o bien por extraño milagro, una mancha roja oscura embadurna ahora el suelo de aquel sitio y por eso los camellos que se acercan se dan la vuelta al llegar  y se vuelven al desierto.
Me informan fuentes secretas, que proceden de palacio, que en el lugar de la sangre han actuado centenares de servicios limpieza de todas las partes del mundo sin poder quitar la mancha y que, empujado por un viento violento y persistente, la aguja monumental se inclina cada vez más y amenaza con caerse.
En la mezquita del viernes, los ricos siguen rezando, mirando al mhirab dorado.

Charada de primavera


Habito en la primavera
y me muero si me desmayo.
Si sabes que doy a las flores
sus más intensos colores,
y que los pájaros cantan
desde el principio hasta el fin
de lo que duro en la agenda,
es fácil saber si estoy
o si mi tiempo ha pasado.
Aunque mi nombre me callo,
si apunto que soy un mes
y que voy detrás de abril,
no queda más que añadir...
Yo creo que está muy claro:
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Es cierto, lo has acertado,
me dicen: "el mes de ____"