La ballena de Jonás

Recorrió de punta a punta aquel mar azul intenso, intentando hacerse idea de la historia que surgía detrás de la blanca barrera que las olas dibujaban a la vera de la costa y haciendo preguntas incómodas a los pocos marineros que en los barcos que pasaban escuchaban sus quejidos abisales. Sin embargo en el curso de los tiempos que vivió poca cosa es lo que pudo averiguar pues los hombres rehuían el contacto ante el miedo que infundía su tamaño. Le dijeron que había sol, que en los campos crecía el trigo y que había árboles verdes y bichos con cuatro patas y amor e historias de muerte, le dijeron que además en la tierra de los hombres había ríos, lagos, estanques, pozos y piscinas, llenas de peces pequeños, y pájaros que volaban. Y quiso esquivar el agua, el mundo en el que un día nació y el territorio cerrado de todo la vida gris de los cetáceos, y recordó entre la bruma lo fecundo de su vientre, que alojó hace treinta siglos a Jonás y mucho más tarde a Gepetto. Después lloró amargamente. No quiso seguir pensando, no quiso idear estrategias ni hacer planes imposibles y dejó que su ancha cola de sirena se rozase con la arena de la playa, y allí se quedó varada, mirando a los hombrecillos que, venciendo su lógico miedo, se acercaron para verla.