Juan II

Después de intentarlo año tras año, Isabel consiguió por fin hacer a su vientre fecundo. Entre los más allegados, pronto empezó a comentarse que aquel embarazo tardío daría a luz un varón que se llamaría Zacarías, como su padre. Por eso fue muy extraño que la madre se plantase ante sus suegros:
-El niño se llamará Juan.
-¿Juan?
-Sí, me gusta Juan.
Entonces todos miraron a Zacarías y Zacarías, que escuchaba una voz lejana que cantaba: "En España son ya mille tre...", dijo en tono conciliador:
-Bueno, no importa, Juan está bien, no insistáis.

Los imanes

A las puertas
de un palacio blanco y frío,
están haciendo guardia los imanes.
Si mi nieta lanza el brazo y su manita
toca el gorro de la bella Nefertiti
o dispone sobre el puente de Rialto
la gran masa de la esfinge de Gizé,
yo la dejo que someta mis recuerdos
al gobierno autoritario del azar.
Veo el agua de una inmensa catarata
acercarse hasta el augusto Coliseo, 
y parece que el solemne Corcovado
le comenta, frente al mar, a la sirena
que el Empire State Building
tiene celos del sonido del Big Ben
Ella ignora los sucesos de la historia,
las señales, el porqué y su geografía,
pero sabe que le presto mi memoria
y que basta con mezclar su contenido
  en la plancha vertical de la cocina,
 para hacer que lo que ha sido, 
se transforme en un relato divertido,
que, en el juego del recuerdo y el olvido,
dé sentido, poco a poco, al nuevo ser.

La ballena de Jonás

Recorrió de punta a punta aquel extenso mar, revisó sus bajos fondos y su blanda superficie, intentando hacerse idea del paisaje que surgía más allá de la barrera que las olas dibujaban a la vera de la costa y haciendo preguntas incómodas a los pocos marineros que pasaban en sus barcos. Lanzaba sonidos oscuros, una especie de ronco quejido que olía a negra batea y que a veces encontraba alguna audiencia entre los viejos lobos de mar. A pesar de su insistencia, poca cosa es lo que pudo averiguar sobre el mundo que las aguas rodeaban, pues el común de los hombres rehuía su presencia ante el miedo que infundía la enorme dimensión de su cuerpo. Le contaron, eso sí, que en la tierra había un sol que jugaba al escondite cada día, hundiéndose en el horizonte, y que en los campos crecían plantas verdes y amarillas que luego se recogían para servir de alimento, y que ejércitos de árboles peleaban en silencio por un trocito de tierra para plantar sus raíces, y que bichos con cuatro patas se enfrentaban por amor y se mataban temblando, sobre todo en primavera, y que el agua saltarina de los ríos hacía bailar a los peces con ojos llenos de asombro, mientras arriba, en el cielo, los pájaros batían sus alas y volaban muy deprisa, cantando alegres canciones.
Con la escasa información acumulada, la curiosa protagonista de este cuento tomó un día la decisión de escapar del mundo azul por donde siempre había circulado su cuerpo descomunal. Estaba convencida de que toda su vida había sido una absoluta equivocación y de que su medio natural, su medio verdadero, era el territorio sólido en el que estaba dispuesta a aventurarse. Entonces se puso a nadar hacia la costa y su corazón se llenó de nostalgia. Aquel viejo cetáceo recordó entre la bruma lo fecundo de su vientre -que alojó hace treinta siglos a Jonás y luego, mucho más tarde, al padrastro de Pinocho-, y no quiso seguir dándole vueltas al futuro, de modo que se dejó llevar por la corriente y, cuando la espuma de las olas empezó a hacerle cosquillas, sintió que su gran cola se rozaba con la arena y que la piel de sus bajos se hacía girones. Sin embargo no se volvió atrás. Siguió adelante, sin miedo, porque eso es lo que siempre había deseado... Pocos segundos después llegó a la playa y allí la ballena quedó definitivamente varada. Notó que su peso la aplastaba, que apenas podía respirar y que su corazón se rompía, pero eso no ocupaba su atención. Ella estaba fascinada por la imagen de los hombres, que se acercaban despacio a contemplar su agonía y que luego, con las vísceras aún calientes, la despiezaron sin piedad.

Para subir a la gloria

Me cuentan que en Doha han construido una gran aguja de metal y que la han dispuesto verticalmente, con la cúspide afilada compitiendo con sus altos rascacielos. Dicen que cada día los camellos de Quatar desfilan bajo el arco que introduce el hueco de su base y que esto les produce un placer muy especial a todas las fuerzas vivas del emirato. Mis amigos me envían incluso fotos del emir y su gobierno, subidos a un graderío y contemplando con gesto de satisfacción la diaria procesión ante el extraño monumento.
Sin embargo, al parecer, apenas se narra la historia de lo que ha pasado después. Las escasas fuentes que en internet hablan de ello nos relatan que el ganado transportista que tanto proliferaba bajo las altas cornisas de sus torres de Babel, provocó una violenta huelga de barrenderos. Pedían aumento de sueldo, el pago del tiempo extra que compensase la carga de trabajo que producían los cuadrúpedos con joroba. Pues bien, en el curso de las manifestaciones programadas, la salvaje policía del emir reprimió con tal dureza al naciente movimiento sindical que, al final, media docena de trabajadores fueron torturados en las mazmorras del régimen. El caso es que por la acción de una mano misteriosa o bien por extraño milagro, una mancha roja embadurna desde entonces el suelo del monumento y los camellos, que antes se acercaban sin problemas al lugar, ahora se dan la vuelta y se vuelven al desierto sin dudarlo ni un momento.
Me informan fuentes veraces, procedentes de los anchos pasillos del palacio, que en los últimos meses se han contratado centenares de servicios limpieza de todas las partes del mundo y que hasta el día de hoy ninguno ha podido evitar los efectos perniciosos de la mancha.

Charada de primavera


Habito en la primavera,
me muero si me desmayo.
Si sabes que doy a las flores
sus más intensos colores,
y que los pájaros cantan
desde el principio hasta el fin
de lo que duro en la agenda,
es fácil saber si estoy
o si mi tiempo ha pasado.
Aunque mi nombre me callo,
si apunto que soy un mes
y que voy detrás de abril,
no queda más que añadir...
Yo creo que está muy claro:
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Es cierto, lo has acertado,
me dicen: "el mes de ____"

Te espero, amor

Y tú estabas allí, lejana como el horizonte, mientras que yo me mostraba huidizo, incapaz de asumir las consecuencias del terremoto y encerrado en la pantalla de este armatoste plateado. Me dolía más tu silencio que las múltiples mentiras que afloraban a medida que me contabas la verdadera historia de tu vida. Esperé tu llegada en un avión supersónico, imaginé una llamada que me dijera que estaba totalmente equivocado. El cielo se llenó de bandadas de pájaros sin rumbo y al final cayó el ocaso y empezó esta larga noche. 
-Te sigo esperando, amor. Créeme, te espero.

La palabra

   Lapa labra.... La pala abra lapa...             
                                                                       Lapa, pala, ala
                                                                        La palabra.  

Un sueño de muerte

En aquella pesadilla, una mujer harapienta con rostro de calavera se le acercaba. El soñador era un hombre que intuía de algún modo un gran peligro y que, a pesar de que su cuerpo le pedía levantarse a toda prisa para poder escapar, estaba paralizado por el terror. Aprovechando el momento, la mujer armó su brazo para accionar su guadaña y cortar el cuello al hombre. Lo hizo con precisión. Después se introdujo en una cueva para apagar el cabo de una vela temblorosa, mientras el descabezado recorría el inclinado sendero que conduce hasta el barco de la noche y el sueño se terminaba. 
Por miedo a ver a la muerte, el hombre dejó que sus párpados siguieran cerrando sus ojos y así pasó varias días, fingiendo que seguía dormido. Le inquietaba el gran silencio que reinaba a su alrededor y el hambre que iba creciendo. Al tercer día ya no pudo más. -Que sea lo que Dios quiera- dijo, e intentó ponerse en marcha. Su mente pensó en levantarse y mil órdenes precisas brotaron en la cabeza pero sus músculos ya eran rocas y sus huesos pesos muertos en el ámbito infinito de su sueño.

Aquel amor luminoso

La luciérnaga salió de su oscuro refugio, subió a la acera y llegó hasta el pie de la farola.
-Te quiero- dijo el insecto en su idioma luminoso.
La farola contempló desde lo alto la tibia luz que se arrastraba por la acera y permaneció inmóvil.
-Amor mío, no te entiendo- continuó la luciérnaga
La luz eléctrica se mantuvo fija, absolutamente estática. Parecía disfrutar con el círculo de claridad que producía a su alrededor o tal vez con lo impreciso de la zona de penumbra que surgía más allá.
-Me deslumbras, pero no te entiendo, lo siento- insistió.
Como siempre en aquel sitio, la farola repitió de forma terca el sentido de su único mensaje. Lo hizo diez, cien, mil veces. Lo hizo de forma automática e inconsciente porque su luz provenía de los watios de su bombilla, mientras el insecto luminoso sacaba conclusiones de su extraña experiencia:
-Ya, ya sé que no me engañas y que no sabes hablarme ni entiendes lo que te digo.
Y de pronto el filamento incandescente que alimentaba el intenso brillo de la máquina de luz se fundió sin previo aviso y todo cambió de repente. Confundida, la pequeña enamorada no sabía qué pensar: ¿Se había ido, se había muerto o intentaba contestarla con silencio? Esperó acontecimientos sin moverse. Pasaron dos coches rugiendo y el viento jugó al escondite con las hojas de los árboles. Escuchó vibrar al suelo y no quiso responder al instinto que apremiaba para evitar el peligro. Cometió un error fatal. La suela de un gran zapato le cayó sobre su cuerpo de lombriz fosforescente con la fuerza de un batán y aplastó su desaliento. Como un recuerdo marchito, la luz verde se apagó sobre la acera.