Somos de la misma pasta

Los ángeles somos unos seres ingenuos. Nadie nos ha preparado contra el engaño. Nadie nos ha explicado las razones del mal. Lo que sabemos lo hemos aprendido directamente, a golpe de experiencia. En el cielo, en los cursillos, se nos contaba que era el bien nuestra función y que el diablo era nuestro único enemigo. No sabíamos que el mal es ubicuo y que estábamos rodeados, no sabíamos que el diablo se disfraza facilmente y que a veces es capaz de enamorarnos. Esta es, muy en resumen, la historia de lo que pasó:
Al diablo lo había visto rondar a la muchacha que me habían encomendado en el cielo, pero yo no lo sabía. Yo pensaba que era un joven adorable y que de él no había nada que temer. El maldito ser perverso la seguía a todas partes y le hablaba en voz muy baja para conquistar su corazón y yo hacía mi papel, permitiendo que brotasen los mejores sentimientos en la chica, y también sin darme cuenta de que yo, poco a poco, también, me estaba enamorando de él.
El día en el que culminó su trabajo sobre la muchacha, él actuó con precisión y con ensañamiento. Sus palabras penetraron como puñales hirientes en el corazón femenino y su efecto fue demoledor.
-No te quiero- le dijo - muérete.
La muchacha se despeñó desde lo alto del acantilado y yo no pude intervenir, no me dio tiempo. Sin embargo, no le odié por engañarme. Para entonces yo ya estaba tan colada que, en vez de lamentarme, me felicitaba al descubrir que el amor no era el actor protagonista.
Decidí acercarme a él para entender las razones de mi fracaso y conocerle mejor:
-Oye -le dije-, ¿me conoces?
-Sí lo sé. Tu eres un ángel y yo soy un diablo- contestó.
Desarmado por la sorpresa, no me percaté de que él se me acercaba y me besaba.
-Déjame, no me toques, ¿no entiendes que ésto no es posible?
-Claro que es posible, el amor siempre es posible.
No hizo falta que me diera más razones. Dejé trabajar a sus labios, a sus manos y a su voz y en el centro de mi alma germinó un nuevo ser.
Nueve meses después nació nuestro hijo, un bebé sano y hermoso.
-Hijo mío -le decimos muchas veces al pequeño-, el bien y el mal no son cosas ni tienen lugares opuestos. Los demonios y los ángeles somos de la misma pasta.