Comosón

-¡Las cosas son como son!- le digo enfaticamente a mi mujer, intentando zanjar de forma abrupta la disputa que renace entre nosotros igual que la lluvia de otoño, y mi hija pequeñita, que es un listo renacuajo que pasaba por allí en su larga migración a ningún sitio, se queda mirándome fijo y me pregunta muy seria desde el umbral de la puerta:
-Papaito: ¿Qué son... Qué son comosón?
-¿Comosón? No sé, hijita, de verdad que no lo sé.
Ella pone esa cara de trasto mimoso que sabe que me encandila y dice:
-¿No me engañas?
Y yo enfoco su pupila para ver si así comprendo lo que quiere e improviso lo que sigue:
-Es un niño de tu edad, vestido con un camisón.
Y ella rapidamente saca sus conclusiones:
-Entonces... Yo, ahora: ¿Puedo ser un comosón?
-Bueno, eso depende. Verás: Si eres tú de verdad, serás siempre un comoeres, pero si imitas a otros, si haces lo que otros quieren, serás un comosón.
-¿Comoeres? ¿Comosón? ¿Qué soy yo?
-Pues eso también depende.
-¿De qué depende? Papá.
Y yo me detuve un momento para pensar una respuesta que dejara el asunto zanjado. Necesitaba una respuesta física, práctica, tangible... De inmediato reaccioné cuando le dije:
-Pues depende, sobre todo, del color del camisón: ¿de qué color es el tuyo?
-Ay papaito, ¿no sabes que tengo varios?
-¿No tienes uno marrón?
-No, marrón no tengo.
-Pues entonces no puedes serlo. El camisón comosón es de color marrón.
-¿Y si se lo pido a los reyes?
-Si se lo pides y los reyes te lo traen, seguirás siendo un comoeres hasta que te lo pongas por la noche y te quedes muy dormidita.
-Y eso ¿por qué? Papaíto.
-Porque casi nada más cerrar los ojos, te pondrás a soñar y en el sueño ya serás un comosón.
La niña estaba perpleja. No entendía el sentido de todo eso que su padre le decía. Así que miró a su madre, que esperaba en un discreto segundo plano, y le dijo:
-Mamá, ¿qué es mejor para una niña como yo? ¿Ser un comoeres o ser un comosón?
La madre me miró como pidiendo una comunicación telepatica, buscando una lógica amable y comprensible que ligase con lo que yo acababa de decir.
-Lo mejor es ser comoeres pero también, muchas veces, hay que ser un comosón. Haz caso a papá, bonita, cuando seas mayor lo entenderás.
La niña también me miró y puso un gesto muy serio. Ella en aquel momento parecía plenamente consciente de que ponía en marcha un mecanismo sin retorno que marcaba su futuro, así que colocó sus dos manitas en torno a mis mejillas y en voz alta declaró:
-Entonces quiero de reyes un camisón marrón.

Una guerra civil

-Nosotras nos acentuamos- les dicen las vocales entre risitas con aire de superioridad, y entonces las consonantes se enfadan muy seriamente y deciden separarse al tiempo que van murmurando sonidos impronunciables: 
-Prrrdbbfff... 
Atónitas las vocales, se temen que esté pasando aquello que más las daña y empieza su queja eterna:
-Uiuiui, uiuiui, uiuiui...
Después intentan parar la progresion hacia el caos. Exponen ante las otras, que siguen muy ofendidas, un gesto muy compungido, y ponen sus manos juntas delante de las narices, para pedirles perdón.
Más tarde las consonantes aceptan estas excusas y van cambiando la cara, para juntarse al final en el centro de una gran plaza de forma rectangular que llaman página en blanco. El armisticio se acuerda sin cláusulas y sin firma, y habrá que esperar casi un mes a que las letras se crucen de la forma que ahora sigue: 
-Sin respeto no hay palabras.
Vocales y consonantes se sonríen y piensan en la vida nueva que viene después de la guerra.
-Hace falta convivir, merece la pena vivir.