Mi Ada madrina

Ada y mi madre se ofrecieron mutuamente, cuando niñas, el honor de ser madrinas de su primer hijo varón. Ada no tuvo hijos y mi madre se olvidó o hizo como que no se acordaba hasta que su amiga reclamó su derecho. Es por eso que yo, en realidad, he tenido dos madrinas: Una, mi tía Milagros, que me bautizó en la iglesia, y otra, mi querida Ada, por aquel pacto infantil. Ambas me dieron propinas y cariño. Ada, además, me regaló una estantería rellena de libros de cuentos. Recuerdo que ella era capaz de los besos más sonoros y recuerdo también el recorrido circular de sus dedos en el envés de mis manos y su ritmo uniforme, de caricia que suscribe un pacto eterno. Ella me leía algunas noches el ruiseñor y la rosa. Tardé mucho en comprender la razón de aquella historia. Hizo falta que llegara la insolente adolescencia y que el amor me inundara, e hizo falta que una cruel enfermedad le mordiera a mi madrina las entrañas en silencio. Durante su convalecencia en el hospital, ella fue sometida al absurdo itinerario de la varia sociedad de los enfermos que brotaban como flores de dolor en todas y cada una de sus habitaciones, y yo la seguí en su camino, visitándola cada vez con más frecuencia a medida que su frágil salud se iba agotando. Mientras ella se quedaba ensimismada en el juego de mis labios, yo apuntaba sus palabras en mi agenda para tenerlas siempre disponibles, para tener un seguro frente a mi indócil memoria, para no olvidarla nunca. El mes pasado incineré su cadáver. Aunque yo la queria mucho, aunque siempre estuve a su lado y cumplí su testamento como el hijo que no tuvo, no supe decírselo en vida... Desde entonces, imagino que me mira en el el ocaso y que el rojo apasionado de su sangre colorea el horizonte en la estela de los rayos de un sol triste y moribundo.

La sirena

Dicen que su canto enloquece, pero ¿qué saben ellos si nunca lo han oído? Ella canta con la fuerza de un intenso escalofrío. Ella corre por las calles como una ballena metálica que entra en la gran bahía para escapar de las orcas. Ella grita para avisar al común del horror que nos rodea. Ella intenta seducirte, te embelesa con su cuerpo blanquecino y te conduce a su seno. Y tú cedes a su juego, te dejas llevar al suelo, escuchas su idioma monótono y le besas en la boca y conoces el sabor de su saliva mientras sus ojos brillantes devoran sobre el camino las rayas pintadas de blanco. Tú te pones en sus manos e imaginas en su rostro la belleza, mientras tu sangre y la suya se mezclan buscando la vida. Después sientes la exigencia de su vientre y sueltas toda tu hombría y cierras al fin los ojos.
De pronto vuelve el silencio. El camino ha concluido. Los coches, como sonámbulos, se cruzan sobre el asfalto. El tiempo se paraliza y luchas con todas tus fuerzas para que se abran tus párpados y miras hacia los lados y ella ya no está allí. En aquella encrucijada, frente a las líneas de angustia de las ventanas abiertas de aquel vulgar rascacielos, una sombra te susurra: “Jaque mate”, y tú miras sin querer hacia la tapia que se encuentra treinta metros más allá, en el reino de la negra oscuridad.

Charada con calambur (2)

"Nómada, oh tiempo", digo,
y dejo que un calambur
os cuente qué me ha pasao.
Mañana lo habré acabao,
si aquel aún late conmigo,
¿entiendes su contenido?

Charada con calambur (1)

 De yeso, cargado el barco,   
  naufraga en la mar espesa  
  y el agua se tiñe de blanco. 
  El calambur que lo expresa  
 es la canción más francesa.  
      Se llama: La mar....          

Mi madre está llorando

Mi madre está llorando siempre y yo con frecuencia le hablo de esta manera: 
-Oye, mamá, ¿por qué lloras?
-Si no lloro, hijo. De verdad, no estoy llorando. 
-Venga mamá, no llores, anda – insisto. 
Y ella ve cómo la miro y pasa la yema de un dedo por el surco de sus lágrimas azules e intenta sonreírme con ternura.
-Si hijo, ¿lo ves? Ya no lloro.
Sin embargo yo sé que me engaña. Yo quisiera que mi madre sonriera como dicen que es normal, pero cada vez que me mira algo se rompe en su alma. Me echa en cara que yo sea como soy, que mi herencia subrayase sus defectos y olvidase de exhibir sus cualidades. Me reprocha que no sea como ella había soñado y que no pueda presumir de lo que hago ante mis tías. Ella entiende que yo soy sólo una carga, la desgracia que Dios le ha enviado... 
-Mamá, yo soy así. Acéptame por favor, no me hagas daño, mamá, y deja ya de llorar...