El tren de las consonantes

En el país del desierto, في بلد صحراوي ،
el tren de las consonantes الحروف الساكنة القطار
circula sobre el horizonte يدور في الأفق
y espera a que caigan و المتوقع أن ينخفض
del cielo las vocales. حروف العلة السماء
Con la lluvia que acaricia مع المداعبة المطر
el techo de los vagones عربات سقف
se escucha el sonido inmenso و سمع صوت هائل
de la verdad de las suras, الحقيقة من السور ،
se cuentan los hechos ciertos يتم حساب الوقائع الحقيقية
y se escriben en el suelo los anales.و كتب في التربة حوليات

La torre de los dichos rehechos

Tener es poder...
Querer es joder...
En abril, alas mil...
A lo hecho, lecho...
A lo hecho, techo...
Amaga y vámonos...
Halaga y vámonos...
A Praga y vámonos...
A la vejez, vihuelas...
No hay loft sin gres...
No hay Dios sin tres...
Leed y multiplicaros...
Si no lo leo, no lo creo...
Eso es: Toser y cantar...
De tal árbol, tal ardilla...
De tal malo, tal capilla...
París bien vale una sisa...
Amor con amo, se paga...
Quien da primero: Dadá...
Se hace ladino al hablar...
Me voy de vicos pardos...
Hay errores que matan...
Hay tumores que matan...
Hay señores que matan...
Hay amores que te atan...
Por la roca, muere el pez...
En el cielo está la virtud...
En el cieno está la virtud...
En el tedio está la virtud...
En el miedo está la virtud...
En el precio está la virtud...
A mal tiempo, buena casa...
Que es mi narco mi tesoro...
La avaricia rompe al caco...
El fin justifica los miedos (R. Eder)
El fin justifica a los necios...
El ring justifica los miedos...
Más vale caña que fuerza...
Más vale maña que serbia...
Entre el si y el no: El no sé...
Nuestras vidas son los líos...
No está el gordo para rollos...
Las almas las carga el diablo...
Logroñés no quita lo valiente...
Los cortes no quitan lo caliente...
Al ¡pán!#¡pán!#: Y Albino vino...
Alá:uno, alas:dos, Gracias:tres...
No es mono todo lo que se luce...
No es moro todo lo que traduce...
Eso es: Gorrón y cuenta nueva...
A palabras recias, oídos sordos...
Nunca llueve (Augusto Detodos)...
Quien bien te hiere te hará llorar...
La prima Vera, la sangre al Tera...
No se ganó Zamora en una O.R.A.
Sobre sustos no hay nada escrito...
Sobre bustos no hay mucho escrito...
No es ocioso caballero, don dinero...
A las cabras necias, balidos tontos...
Cree el león que es alta su condición...
El mejoescriba no echa un borrón...
Pan dé yo, caliente, y ríase la gente...
A Dios rogando y con el cazo dando...
A Dios rogando y como jefazo mando...
En invierno, son los otros un infierno...
La primera impresión es la que cuesta...
Cuesta mas descollar que el T.A.L.G.O....
Cree el guasón que tiene gracia, el cabrón...
Cree el masón que acierta en su condición...
Muerto el toro, se acabó la tauromaquia...
Más sabe el diablo por rojo que por diablo...
A la Chita callando y Tarzán aprovechando...
Preparados... Listos...  Y ya estáis parados...
El tiempo es el rey en el país de los cuentos...
A buen... En tenedor, pocas palabras bastan...
EL DIABLO ESCRIBE SIEMPRE CON MAYÚSCULAS...
Entre el rojo y el azul en España no hay color...
Más vale chícharo en mano que ciento rodando...
Prefiero estar colorado que azul, amarillo o morado...
Cuando el rayo cae en un tallo, hace un ruido del carallo...
Qué tiene lazar Zamora, yo: Raquel Lora, por los rincones...

El partido del año

Era el partido del año. El equipo del pueblo de al lado volvía a enfrentarse con el del mío, después de doce largos meses de espera. Yo jugaba convencido de que este era el momento de hacerles morder el polvo, de vengar la humillación de dos derrotas consecutivas. Sin embargo el empate que expresaba el marcador y el reloj, que se aproximaba al minuto noventa, denotaban que el trabajo aún no estaba concluido. Frente a mi estaba Fabián, mi enemigo, la persona a quien tenía que enfrentarme y derrotar en el partido. En sentido estricto no nos conocíamos, porque nunca nos habían presentado, pero eso no implicaba que no supiéramos nada del otro. Sucedía, más bien, lo contrario. Él era pequeño y fibroso, un jugador habilidoso con mucha movilidad, y era también muy feo, con un ojo más grande y más alto que el otro. A media distancia, la falta de simetría de su rostro y la seriedad continuada de su gesto producía una cierta repulsión que él lograba utilizar en beneficio de su equipo. Los dos éramos centrocampistas e intentábamos ejercer nuestro papel, dirigiendo a los demás, controlando y repartiendo la pelota. Los dos, también, habíamos hecho los deberes, estudiando con detenimiento las características del juego y de la estrategia de los otros en los distintos partidos de la competición de la tercera división de aquella temporada. Los dos, además, habíamos empleado mucho tiempo en imaginarnos en el campo, luchando frente a frente, y en prepararnos física y mentalmente para ello. Por eso y porque aquello del fútbol era nuestra pasión en aquel tiempo, nos llegaban con frecuencia informaciones y comentarios sobre el rival, que recogíamos con interés para saber mejor qué hacer cuando llegase el momento. El momento, sin embargo, dadas las circunstancias, se estaba pasando sin pena ni gloria, porque estábamos en el último minuto. Yo, creo, estaba más entero y además era más joven e imprudente, así que estaba cantado que tenía que ser mi equipo el que arriesgase en aquella coyuntura. Lo hice. Eché toda la carne en el asador: Me ofrecí a mis compañeros, recibí la pelota y avancé hacia Fabián. Le miré desafiante y le hice un regate en redondo, un brillante capotazo que me permitió dejarle atrás e iniciar el contrataque. Ya en su campo, cuando mi extremo se internaba como un rayo por su banda y yo levantaba la cabeza para enviarle el balón, la bota de mi rival reapareció bajo mis piernas, me desequilibró con su impulso y me arrebató la pelota. A pesar de que me había desplazado de modo violento, el árbitro no apreció falta en su acción, de modo que, libre de marca, Fabián recobró con agilidad la vertical, controló la pelota y vió cómo su equipo comenzaba el despliegue. Sin embargo, de pronto, algo circuló por su cabeza que lo hizo detenerse. Fue algo completamente inesperado, porque ellos estaban en una posición táctica envidiable y el gol que podría desnivelar el choque se barruntaba. Sin embargo, cuando mi equipo se esforzaba por replegarse a toda prisa para impedirlo, Fabián se agachó, cogió la pelota, se volvió hacia mi con ella y la dejó en mis manos, diciendo:
-Mecagüen dios, Alfredo, lo siento mucho, de verdad... No sé qué me ha pasado... No sé qué me ha pasado...

Gol

De aquella violenta tarascada me recuperé en un santiamén. Según iba cayendo, intuí que la pelota me llegaba, de manera que, a pesar del terremoto que produjo el golpe seco de mi frente con la hierba, me levanté de inmediato para controlar el balón. El árbitro concedió la ley de la ventaja...
Avancé hasta más allá de medio campo sin encontrar un compañero dispuesto a apoyar mi penetración. Seguí adelante. Era extraño, nadie me disputaba la posesión del cuero. Paré en seco y levanté la vista. No entendía por qué no se desmarcaba ningún delantero ni la pasividad de los contrarios, pero no era el momento de ponerse a filosofar. Decidí amagar el pase, pero resultó un movimiento inútil, pues ninguno de mis compañeros se ofrecía y los defensas no prestaban atención. No me quedó mas remedio que continuar. Me adentré en diagonal en territorio enemigo y me dio por pensar que, si alguien en mi equipo hubiera intentado hacer lo mismo, es seguro que habría tenido que regatear a dos rivales y se habría llevado consigo la consabida ración de patadas y empujones. ¿Qué ocurría? ¿Olía mal o acaso estaba soñando? 
Pisé el balón y por segunda vez levanté la vista del suelo. Estaba a punto de llegar al área grande. 
- ¿A quién se la paso? - pregunté a grito pelado. 
Contemplé cómo los jugadores seguían quietos, expectantes. De ello deduje que la idea de que yo era un chupón seguía firmemente arraigada en la cabeza de mis compañeros y que los contrarios me dejaban hacer porque sabían que en el chut era más bien un tuercebotas. "Que les den...", pensé, y decidí aprovechar la coyuntura para darme un baño de masas. Preparé la estrategia: Si quería ser práctico sólo tenía dos posibilidades: o bien seguía hacia el córner y esperaba la incorporación de los delanteros de mi equipo para intentar el pase de la muerte o bien penetraba en el área y hacía yo todo el trabajo. Como se prestaba más al lucimiento, preferí la segunda disyuntiva, de modo que hice una finta hacia la derecha, otra hacia la izquierda y empujé la pelota hacia delante. No fue difícil. Seguí la trayectoria de la bola hacia el portero y, cuando iba a llegar mansamente a sus manos, metí la puntera y rematé con toda el alma. La pelota se elevó hacia la escuadra, golpeó en la red y volvió a salir botando del área pequeña hasta que se paró completamente a la altura del punto de penalti. 
-¡Gol, gol, gooooooooool!- grité encantado y mantuve el alarido en mi alta tesitura de barítono, al tiempo que recorría el campo, corriendo como un poseso hacia el banderín del córner y levantando los brazos de igual modo que había visto que se hacía por la tele y dejándome caer en el césped al estilo de ese anuncio que ponen antes de los partidos de la Champions en el que el prota se desliza arrodillado hacia delante. Allí esperé a que llegasen los míos. Imaginaba que no tardarían en caer sobre mí como una mole para felicitarme. Sin embargo, el único que se acercaba era el portero que acababa de batir. Todavía lo estoy viendo. Me cogió la cabeza entre sus manos enguantadas, tiró de mi hacia arriba para que me pusiese a su altura, apretó mi nariz contra la suya, y con cara de pocos amigos y taladrándome los ojos me dijo enfáticamente: 
- Acabas de marcar en propia puerta... ¿Te enteras?, capullo.

(Primera versión publicada en el libro colectivo: futbolatos. Edición personal. 2004)

El disfraz de reloj

Este año me he disfrazado de reloj. Es fácil: Un cartón en forma de cilindro que se mete por la cabeza y dos manecillas convergentes que se mueven desde dentro. La dificultad de llevar este disfraz está en que las manecillas no deben quedarse quietas. Exige mucha concentración y no despistarte nunca, pero a veces compensa porque puedes ralentizar los minutos cuando estás más a gusto o acelerarlos cuando te aburres. El único problema es que tu tiempo se distancie del de los otros. Yo, por ejemplo, hace un ratillo, no había llegado aún a las diez, mientras el reloj de la farmacia marcaba la medianoche. 
Me he divertido mucho en el desfile, especialmente con la chica disfrazada de periódico. Ella me ha dado su email y al final hemos quedado para tomar unas cañas.
De vuelta a mi apartamento, todo me da vueltas. Contemplo una foto en la que mi mujer y mi hija me sonríen y me siento confundido. Decido irme a la cama. Me quito el cartón con cuidado y lo pongo junto al sofá. Sin mi ayuda las manecillas señalan siempre las seis y media, que es además la hora a la que sonará el despertador. El tiempo ya está parado: No sé si tengo que darme prisa o esperar a que, de nuevo, me conquiste la nostalgia.

Volver

Ella estaba muy cansada de la vida y yo le leía otras por las noches a cambio de las historias que me contaba. La de Ulises era la que más le gustaba. Quería volver a su pueblo antes de morir. Yo acabé por prometerle que en verano la llevaría. Al final no pude hacerlo. La enterramos frente al mar hace dos meses. Desde entonces he intentado convencer a su hijo para que me acompañe hasta el hogar que dio cobijo a sus abuelos y no he podido. No he tenido más remedio que irme sola.
En el pueblo he vuelto a oír aquel ritmo cantarín de sus palabras, he entrado en el pequeño cementerio en donde descansan los huesos de todos sus antepasados, he subido hasta la braña y he mirado desde arriba alrededor. Era igual que como ella me contaba y he sentido que mis ojos contemplaban el paisaje a través de sus recuerdos y que ahora, de algún modo, ella volvía.