Un sueño de nochevieja

La última vez que se levantó mi abuela fue el día de nochevieja. Lo hizo llorando hacia dentro, al filo de la medianoche, para comerse las uvas, aunque no pudo con ellas. Dejó la mitad en el plato, no le dio tiempo a más. Tenía su rostro muy blanco y escondía su cansancio tras una sonrisa falsa que apenas ocultaba el terrible trance por el que estaba pasando. Sabía que estaba grave y que el momento temido podía llegar sin aviso. Así que no tentó a la suerte y, después de los petardos que sonaron en la calle, repoblada nada más cambiar el año por millares de ilusionados jóvenes, ambas nos acostamos.
-¿Qué vas a pedir a los reyes?- me dijo.
- Pues que te cures, abuela- contesté.
Cuando apagué la luz me dio por rezar aquel viejo padrenuestro que ella me había enseñado y pronto me quedé dormida. En el sueño, algo me llevó a la ventana y allí vi cómo en la calle venía una gran riada con aguas cansadas y oscuras, que corrían de izquierda a derecha, cayendo sin prisa hacia abajo, lo mismo que un río viejo en su estuario final. Sentía el placer de mirar y una total confianza, de manera que fue fácil darme cuenta de que su ímpetu no era destructivo, de que el copioso caudal discurría y no entraba por las casas ni trataba de empujar a los coches y a los árboles, alineados en fila india en el borde de la acera como un doble cuerpo de guardia que cumple con su cometido.
Todo cambió de repente cuando vi aparecer al fondo una gran cabalgata. Eran los Reyes Magos. No se cómo me di cuenta de que aquello era un secreto. Delante, sus majestades bajaban de sus grandes camellos y enviaban a sus pajes a cumplir su cometido, cargados con mil regalos. Detrás había carros repletos y cientos de arrieros fornidos. Era extraño contemplar que el agua que iba subiendo no los mojaba apenas ni alteraba su silencio, ese silencio absoluto que ellos mismos acordaron hace siglos para no despertar a las gentes. El silencio quedó roto, sin embargo, cuando Gaspar pasó ante mi puerta y se llevó la mano a la boca para cubrirse los labios y esconder el contenido de un escueto comentario. Melchor y Baltasar asintieron.
Desde entonces hasta hoy han pasado exactamente cincuenta años. Cincuenta largos años... Ante el escueto epitafio que adorna su tumba renace en mi memoria su lucha sorda con las olas de la fiebre y sus gestos de dolor. Recuerdo que ella murió el día de reyes y que entonces yo dejé de ser una niña para siempre. No fue fácil ser adulta. Ahora ya casi tengo su edad y también estoy enferma... Y suenan otra vez las campanadas y me enfrento con la idea de soñar con la extraña cabalgata de aquel día.