La obra maestra de Arrabal

A Francisco Rabal le escribió Fernando Arrabal “La tragedia del Raval”, el año en que murió Franco.
-“Fernando, tú y yo estamos muy lejos. No confundas el Raval con mi apellido. ni pienses que es un arrabal. El Raval no es arrabal que es un barrio popular, en medio del centro histórico, un barrio que dicen que es chino...”, le contestó el gran actor, después de haber consultado la propuesta con sus mejores consejeros.
-“Que le den”, dijo el autor, parado frente a la puerta de la Sagrada Familia, mientras pensaba el discurso que tenía que pronunciar en el congreso, convocado en Barcelona, ante la plana mayor de la nueva CNT.
-“¡Que le den!"- se repitió- "¡a Buñuel no le hizo ascos!”
Y entonces, siguiendo a Buñuel, surgió en su mente la idea:
-"Gaudí era un meapilas y Buñuel era un hereje... ¿Por qué ante la flor y nata del anarquismo español no hablar de la Virgen María? Las Vírgenes hispanas, empezando por la Moreneta y continuando por la del Pilar, la Bienaparecida, la de Covadonga, la de Aránzazu, o la del Carmen, ¿no podrían ser tomadas como ejemplos de la eclosión natural de la diferencia, esa que encuentra su mejor campo de cultivo en la tendencia centrífuga de la España feudal del Antiguo Régimen? Y si estas mismas Vírgenes, que en un país mariano como el nuestro eran el símbolo más querido de los reaccionarios carlistas, se convirtieran también en el emblema culto de esa tradición libertaria que está escondida en los pliegues de nuestra historia. ¿Por qué no hacer compatible el anticlericalismo izquierdista, cuyo enemigo era la poderosa iglesia dogmática y única, con el acercamiento culto a las tradiciones religiosas del Antiguo Régimen y con la aceptación de un sincretismo civilizado que evite el enfrentamiento cruento entre las diversas creencias?"
"Sí, -pensó- contra el centralismo del estado liberal y de la dictadura del proletariado, que tiene una sola ley para todos, las Vírgenes del ultracatolicismo, las Vírgenes de los fueros y privilegios, las Vírgenes del poder configurado desde abajo, como esa libre federación de comunidades que aconseja el poder territorial anarquista. Sí, -continuó-, los extremos se tocan. Reaccionarios y libertarios tienen mucho en común. Ambos quieren una ley débil, una ley sin compromiso de la que se haga caso unas veces y otras no, según convenga. Además, resulta verosímil que una parte muy significativa de los abuelos de los viejos cenetistas fueran barbudos carlistas. Todo cambia pero todo permanece... Por lo tanto, ¿Por qué no hablar de la Virgen a los revolucionarios anticlericales? ¿Por qué no remover las raíces de su pasado? ¿Por qué no conciliar su fe irracional en la revolución con la fe en estas Vírgenes en las que se superpone el culto a la madre tierra con el culto a la madre de Cristo?"
Y entonces se le ocurrió que lo mismo que anarquía significa "no poder", también Arrabal, ahora, podría significar "no Rabal". Así que siguió un impulso y rompió la tragedia en mil pedazos. Con las hojas arrugadas como lechugas asiáticas fue llenando las dispersas papeleras de las calles del ensanche de Cerdá. Pensó en que la vieja ciudad era ahora el gran jardín de su genio incorregible y se puso a imaginar el rostro de las nuevas vírgenes. Vírgenes libertarias, vírgenes siempre jóvenes, eternas Venus de tierra nacidas del fondo del mar, las verdaderas herederas del pasado y las conscientes depositarias del futuro, vírgenes insobornables e impolutas como blancos copos de nieve, los únicos seres capaces de enfrentarse contra el machista atractivo del chulo galán murciano y contra la fe desvirgante de los que escuchan a Marx, las vírgenes de esta ciudad.