Mi Ada madrina

Ada y mi madre se ofrecieron mutuamente, cuando niñas, el honor de ser madrinas de su primer hijo varón. Ada no tuvo hijos y mi madre se olvidó o hizo como que no se acordaba hasta que su amiga reclamó su derecho. Es por eso que yo, en realidad, he tenido dos madrinas: Una, mi tía Milagros, que me bautizó en la iglesia, y otra, mi querida Ada, por aquel pacto infantil. Ambas me dieron propinas y cariño. Ada, además, me regaló una estantería rellena de libros de cuentos. Recuerdo que ella era capaz de los besos más sonoros y recuerdo también el recorrido circular de sus dedos en el envés de mis manos y su ritmo uniforme, de caricia que suscribe un pacto eterno. Ella me leía algunas noches el ruiseñor y la rosa. Tardé mucho en comprender la razón de aquella historia. Hizo falta que llegara la insolente adolescencia y que el amor me inundara, e hizo falta que una cruel enfermedad le mordiera a mi madrina las entrañas en silencio. Durante su convalecencia en el hospital, ella fue sometida al absurdo itinerario de la varia sociedad de los enfermos que brotaban como flores de dolor en todas y cada una de sus habitaciones, y yo la seguí en su camino, visitándola cada vez con más frecuencia a medida que su frágil salud se iba agotando. Mientras ella se quedaba ensimismada en el juego de mis labios, yo apuntaba sus palabras en mi agenda para tenerlas siempre disponibles, para tener un seguro frente a mi indócil memoria, para no olvidarla nunca. El mes pasado incineré su cadáver. Aunque yo la queria mucho, aunque siempre estuve a su lado y cumplí su testamento como el hijo que no tuvo, no supe decírselo en vida... Desde entonces, imagino que me mira en el el ocaso y que el rojo apasionado de su sangre colorea el horizonte en la estela de los rayos de un sol triste y moribundo.