El color de nuestros bancos


Al/fil de la independencia

Decir Más, en catalán,
además de recordar 
la explotación del estado,
supone también nombrar 
por su primer apellido 
a quien propone romper
el pacto social nacional.
Intentando derrotar 
a sus rivales
o buscando así pasar
a los anales
ha imitado la propuesta
del partido que pedía
un referendum local,
-ese que ayer dirigía
un “Yo, su-yó” principal
que en vez de Mas 
era “Y mazz"-
y ha invertido ya el hOnOr
del cargo que representa
en pedir soberanía
y un cambio constitucional.
Lo hizo frente a los flash 
de mil mass media polacos,
en medio de la diagonal.
El rey Arturo sin O,
que sin querer suma y suma,
nos anunció un referendum,
pero no nos dijo el día
ni lo que va a preguntar.
Me cuentan que es tal la energía
de los conejos tambor
que viven en su autonomía,
que ya no duran y duran
y sí Durán, Mas y Mas,
escuchando "Els Segadors"
y brindando con champán en sus masías...

Parábola del suicida

Hubo una vez un país que creía en que la libertad no tenía límites, pues venía de un cruel régimen fascista y de una historia cuajada de corrupciones políticas que había hecho abominable el ejercicio de la autoridad. En aquella sociedad desorientada no había norma que no pudiera desafiarse ni otra ley que la de la fuerza y la de la unánime queja y el escaqueo nacional. La televisión vulgarizaba los valores democráticos y convertía los conflictos sociales y las tragedias naturales en un espectáculo lejano que exorcizaba los propios padecimientos. Un buen día, sin embargo, la autosatisfacción general se vio turbada por un programa triste y conmovedor en el que se difundían las penas de anónimos protagonistas. Transcurría la segunda mitad de éste, cuando un joven explicó desde un teléfono su deseo de suicidarse, arrojándose desde la más alta torre de la ciudad. Una unidad móvil se desplazó de inmediato para retransmitir el evento. Después llegó una multitud variopinta y curiosa, atenta al espectáculo. 
En el momento en el que el suicida parecía comenzar a deslizarse hacia el abismo, una figura surgió de la oscuridad para detenerle, mientras la gente suspiraba con alivio. El suicida, sin embargo, forcejeó para liberarse y, en el empeño, ambos acabaron por precipitarse violentamente hasta el suelo. 
Al pie de la torre, frente a las cámaras de televisión y en torno a los dos cuerpos inertes, alguien dijo que el joven estaba en su derecho de quitarse la vida, que con ello no hacía mal a nadie. Sin embargo, si había que dejar morir a quien así lo elegía, dijo otro, ¿qué pintaba ahí su oponente? ¿Acaso no era un intruso? Tal vez intentaba convencerle, disuadirle, pensó en voz alta un tercero. Eso está muy bien, añadió un cuarto, pero él no era nadie para impedírselo. Se puede hablar, convencer, pero no actuar en contra de la libertad, dijo después otro hombre. A eso contestó un anciano que, según la ley, el suicidio está prohibido. Pero entonces, un murmullo de desaprobación general se escuchó entre los presentes. Prohibido, prohibido... ¿Qué ley impide a cada cual disponer de su propia vida? Si esa ley existiese habría que cambiarla, dijo un joven con total seguridad, acompañando su voz de un movimiento firme de sus brazos hacia abajo. 
Éste fue el fin del improvisado debate. Mientras las cámaras se introducían en la intimidad de la muerte de los dos anónimos protagonistas, todos se retiraron a sus casas. Los cadáveres quedaron inmóviles a disposición del juez. Parecían dos estatuas a ras del suelo. Una de ellas representaba a esa libertad heroica que arriesga la propia vida por conseguir lo que quiere. La otra representaba al último estertor del fascismo, aquel que prohibía y prohibía sin razón aparente. Abrazados, ambos parecían estar librando una batalla más allá del tiempo. Izquierda y derecha, revolución y reacción continuaban su lucha a través de la postura de sus cuerpos. Sin embargo, en realidad, los dos cadáveres estaban completamente muertos. 

Está

Antonio se levantó poco antes del amanecer. No es fácil quedarse en la cama, cuando uno está habituado a despertarse a las cinco y hace rato que esa hora ya ha pasado. Es la costumbre, una certeza evidente que te avisa de que intentar conciliar de nuevo el sueño es poco menos que imposible. Así que levantó la cabeza e impulsó su tronco hacia arriba y las piernas hacia fuera. Luego, sentado ya en la cama, rebuscó en el suelo el tacto suave de las zapatillas. El somier crujió levemente cuando se enderezó en la oscuridad. Caminando hacia la puerta, intentaba no hacer ruido, porque Concha se había acostado tarde y convenía que siguiera dormida hasta las nueve.
Salió del dormitorio y recorrió el pasillo. Entró en el baño, encendió la luz y cerró la puerta tras él. Luego levantó la tapa del retrete, desahogó su vejiga, pulsó otra vez el interruptor y se dirigió a la cocina.
Por la ventana se colaba el primer rayo del sol, cuando el hombre abrió la nevera y sacó la leche que iba a echar en el tazón. Su forma de cúpula invertida destacaba blanca y brillante sobre el tapete. Quitó el tapón al tetrabric, abrió el microondas, rellenó el recipiente del desayuno y lo introdujo dentro. Siguiendo el programa acostumbrado, ocupó los cincuenta segundos que había marcado en el aparato en sacar las galletas y en disponer la sacarina y el termo del café sobre la mesa. Esperó la llamada que le avisaba del final del proceso para extraer el tazón y el ahora humeante líquido, y se sentó en la silla. Un segundo después, con los ojos fijos en las luces de la calle, encendió la radio.
- Son las siete de la mañana -decía la voz del locutor-. Malas noticias... De madrugada, la tragedia nos ha visitado otra vez. En la discoteca "Siglo" de nuestra ciudad se ha producido un horrible incendio en el que han fallecido decenas de jóvenes. Se desconoce el número exacto de víctimas mortales. Una unidad móvil ha salido desde esta emisora hacia allí para informarnos.
Antonio sintió un súbito malestar. Una fuerte descarga de adrenalina le produjo una súbita sensación de ahogo. No recordaba haber escuchado aquella noche el ruido que acompañaba normalmente al retorno de su hija. Se giró en el asiento y dio un brinco para volver a levantarse. Salió otra vez al pasillo y se dirigió a la habitación de la joven. La puerta estaba cerrada. Giró el picaporte y abrió. En la oscuridad escuchó su plácida respiración. "Eso basta, duerme", pensó y un suspiro le subió hasta boca... Entonces se acercó hasta la cama y se inclinó sobre ella. Con los dedos de su mano dibujó una caricia sobre su mejilla. 
-¿Papá? -dijo, resistiéndose aún a levantar los párpados.
- Buenos días, bonita... Tranquila, ya está amaneciendo...