Está

Antonio se levantó poco antes del amanecer. No es fácil quedarse en la cama, cuando uno está habituado a despertarse a las cinco y hace rato que esa hora ya ha pasado. Es la costumbre, una certeza evidente que te avisa de que intentar conciliar de nuevo el sueño es poco menos que imposible. Así que levantó la cabeza e impulsó su tronco hacia arriba y las piernas hacia fuera. Luego, sentado ya en la cama, rebuscó en el suelo el tacto suave de las zapatillas. El somier crujió levemente cuando se enderezó en la oscuridad. Caminando hacia la puerta, intentaba no hacer ruido, porque Concha se había acostado tarde y convenía que siguiera dormida hasta las nueve.
Salió del dormitorio y recorrió el pasillo. Entró en el baño, encendió la luz y cerró la puerta tras él. Luego levantó la tapa del retrete, desahogó su vejiga, pulsó otra vez el interruptor y se dirigió a la cocina.
Por la ventana se colaba el primer rayo del sol, cuando el hombre abrió la nevera y sacó la leche que iba a echar en el tazón. Su forma de cúpula invertida destacaba blanca y brillante sobre el tapete. Quitó el tapón al tetrabric, abrió el microondas, rellenó el recipiente del desayuno y lo introdujo dentro. Siguiendo el programa acostumbrado, ocupó los cincuenta segundos que había marcado en el aparato en sacar las galletas y en disponer la sacarina y el termo del café sobre la mesa. Esperó la llamada que le avisaba del final del proceso para extraer el tazón y el ahora humeante líquido, y se sentó en la silla. Un segundo después, con los ojos fijos en las luces de la calle, encendió la radio.
- Son las siete de la mañana -decía la voz del locutor-. Malas noticias... De madrugada, la tragedia nos ha visitado otra vez. En la discoteca "Siglo" de nuestra ciudad se ha producido un horrible incendio en el que han fallecido decenas de jóvenes. Se desconoce el número exacto de víctimas mortales. Una unidad móvil ha salido desde esta emisora hacia allí para informarnos.
Antonio sintió un súbito malestar. Una fuerte descarga de adrenalina le produjo una súbita sensación de ahogo. No recordaba haber escuchado aquella noche el ruido que acompañaba normalmente al retorno de su hija. Se giró en el asiento y dio un brinco para volver a levantarse. Salió otra vez al pasillo y se dirigió a la habitación de la joven. La puerta estaba cerrada. Giró el picaporte y abrió. En la oscuridad escuchó su plácida respiración. "Eso basta, duerme", pensó y un suspiro le subió hasta boca... Entonces se acercó hasta la cama y se inclinó sobre ella. Con los dedos de su mano dibujó una caricia sobre su mejilla. 
-¿Papá? -dijo, resistiéndose aún a levantar los párpados.
- Buenos días, bonita... Tranquila, ya está amaneciendo...