Punto y final

El dolor que me oprimía el pecho fue cediendo poco a poco, de modo que volví a coger la pluma y continué escribiendo sobre mi vieja mesa, la que se apoya en la ventana orientada hacia poniente. Levanté la vista hacia el horizonte y paré un momento para contemplar la belleza del ocaso. Del fondo del cielo vi salir un punto oscuro que parecía acercarse hacia aquí. Se movía lentamente, caminando de una forma maquinal. Una sensación íntima de abatimiento iba creciendo en mi alma a medida que la sombra precisaba su silueta. ¿Qué pasaba? No vivía tiempos malos, no tenía ningún síntoma de depresión ni especiales razones para sufrir, y sin embargo un frío seco me invadía, mientras mi corazón se iba llenando de soledad. Tuve sólo dos minutos para formular la más pesimista de las hipótesis y para confirmar su presencia. Cuando llegó a mi lado, lo vi claro: Era un esqueleto antiguo, cubierto de sucios harapos y con una gran guadaña. Resultaba evidente. Aquello no era un disfraz. 
-Haces bien en no rehuirme - me dijo-, es imposible. Ahora me quedaré contigo.
Me sentí un poco confuso, de modo que tardé varios segundos en preguntarle:
-Entonces, ¿ya estoy muerto?
-No, en realidad estás vivo, pero ahora eres más sabio.
-¿Por qué?
-Porque sabes que la muerte te acompaña.
Pensé en el cuento que estaba sobre mi mesa de trabajo y en el sentido que tenía su desenlace. El personaje principal era ella misma, una muerte que pensaba y que sentía.
-Es extraño- dije-. Me siento en paz, estoy dispuesto, pero no entiendo lo que pasa. Nadie te ve, nadie ha podido negociar nunca contigo y, sin embargo, ante mi te presentas y me hablas con confianza. No entiendo lo que pretendes. ¿Qué se supone que va a suceder ahora?
-De ti depende, puedes seguir o detenerte. Si no has muerto todavía es por pura curiosidad. Quiero saber qué es lo que pasa en tu cuento. Quiero entender qué sienten los que se mueren y si es posible aceptarme o si, por el contrario, hay que revelarse contra mi, como si siempre fuera un terrible enemigo. Quiero saber si para ti soy un ser amable y triste, si en mi hay por fin descanso y si los suicidas están realmente enamorados.
-Bien, entonces seguiré. Yo también quiero saber. Contaré las verdades que me cuentes, lo que a partir de ahora me enseñes.
-Aunque sé que soy la muerte, yo no sé qué es ser quien soy ni sé del por qué de las cosas. Mi oficio es matar hombres, un oficio tan sencillo como matar moscas, algo a lo que cualquiera se acostumbra, que no es bueno ni malo en si mismo. Yo hago frente a la vida con todas las fuerzas que tengo, pero no soy invencible. Tampoco soy sabia, ni dura, ni inflexible... Yo también he de pensar en lo que hago y en el por qué y en el cuándo. Te aseguro que el futuro es un misterio para mi. En consecuencia, no sé... No sé qué puedo decirte... De mi no sabrás nada que no supieras antes. Eres tú el que crea, el que sabe, el que da sentido a las cosas, el que expresa lo que sienten los ancianos y los niños cuando mueren y el que fija unos límites nítidos entre el bien y el mal moral. Yo no sé qué es lo que pasa exactamente ni conozco la verdad de la existencia. Seguiré a tu lado un tiempo, mientras acabas tu historia, y luego te mataré.
Hundí mi mirada en los ojos vacíos de la calavera y cambié de opinión. Ella tenía razón. De sus palabras o de su mirada no sacaría nada en limpio. Así no tenía sentido prolongar la agonía. Haciendo acopio de valor, quité el capuchón a la pluma para escribir el último punto en mi cuaderno. Lo hice con la determinación de un juez que firma una sentencia justa, lo hice cargando con la nostalgia de toda mi vida. Después, volví a cubrir la estilográfica y la dejé descansar, horizontal, sobre la mesa. La tinta estaría aún líquida, todavía caliente y palpitante, pero ya no me hacía falta porque había decidido terminar.
-Punto y final- dije.
La muerte esperó decepcionada a que dijera alguna cosa, a que rogase, a que pidiera un plazo, una pequeña prórroga para añadir una palabra o para poner alguna clave a aquel escrito que se llevaba la última parte de mi vida. Pero yo no moví ni un músculo, así que ella habló de este modo:
-Yo pensaba que tú eras el autor que cambiaría la forma de interpretarme. Ese era tu oficio y hacerlo bien era tu responsabilidad. Yo creía que entendías que hoy en día hay muchos viejos que aún caminan y que en realidad están muertos, porque se han olvidado totalmente de su nombre y de su historia. Yo creía que sabías que en las UVI de algunos hospitales es posible hacerme trampas por un tiempo. Yo pensaba que estarías preocupado por los niños que no tienen en su vida más horizonte que el hambre, por los fetos que mueren en el vientre de sus madres y por los millones de ancianos que se pasan el día haciéndome la corte. Yo suponía que estabas empeñado en cambiar mi perfil, en llenar mis huesos de carne. Yo imaginaba incluso que encabezarías una nueva línea bibliográfica sobre el papel que me toca, que resaltarías mi presencia y que inventarías para mi una imagen de mujer más atractiva para evitar que la gente siga viviendo de espaldas a la inmensa realidad que represento. Sin embargo tú prefieres seguir el camino trillado, cargar con el peso de la historia y abundar en ese personaje pasado de moda que aparece al final de la película y que apaga la vela y se va.
Entonces, descargó un golpe seco y la guadaña dibujó una línea roja a lo largo de mi cuello. La sangre brotó a borbotones.
-Está bien, tú lo has querido. Pudiste quitarme los harapos e intentar seducirme, pudiste explicarme mejor. Con ello perdemos ambos.
El autor buscó los labios de ella y comenzó un beso eterno.