Mamá

El día del apagón, el mundo se quedó parado de repente. La pantalla de la Play y las farolas se apagaron. La gente salió de las calles y los coches se detuvieron. No había luz en las ventanas ni los pájaros cantaban en sus ramas. Daba miedo aquel silencio y la negra oscuridad bajo la luna:
-Mamá, ¿dónde estás?
Mis palabras resonaron entre las cuatro paredes de mi casa pero ella no contestó. Me puse de pie, sali al pasillo y a tientas lo recorrí hasta que llegué a la cocina. La puerta estaba cerrada.
-Mamá, ¿me escuchas? 
No hubo ninguna respuesta; así que giré el picaporte y entré a buscarla. En el blanco santuario de azulejos en donde ella oficiaba a diario su secreta religión, su cuerpo yacía en el suelo como un gran muñeco inerte:
-Mamá -le grité- despierta.
Y entonces volvió la luz y todo se puso en marcha.

¡Zas!


De repente, ¡zas!


Llega el tiempo 

con su látigo de púas puntiagudas 

y nos lleva hacia delante, 

y permitimos los surcos

que él cultiva con su azada 

en nuestra frente

y soportamos sus trucos

y bendecimos la sangre 

de sus heridas latentes 

y disculpamos sus vicios

y su talante asesino 

y le rogamos que siga
engendrando y devorando
nuevos hijos.

Porque al final, sin aviso, 


acaba su tiranía,
la suerte definitiva
se escribe sobre el tablero,
se oculta el sol en el cielo,
se para el rumor del viento
y todo desaparece,
de repente y 
en silencio.