Palabras en la noche

Desde que mi padre comenzó a manifestar los primeros síntomas de la vejez, sus noches son una conversación continua. En sus sueños habla y habla sin cesar con amigos y conocidos que me resultan vagamente familiares. Al principio pensé que aquello no era más que una inútil fantasía, hasta que le oí hablar con mis abuelos, respondiendo a sus reproches como un adolescente o rezongando tras una regañina. Desde entonces su salud ha empeorado. Esta noche le he oído llorar y he temido que su amargura pudiera ser definitiva. Me he levantado de mi cama y he salido al pasillo. He encendido la luz y, a través de la puerta entreabierta de su habitación, le he mirado con ternura. Luego, sigilosamente, he ido andando hasta la cocina y he abierto el frigorífico. He elegido un yogur ya caducado y me ha sorprendido su frío, la propiedad que garantiza su esperada duración, la cadena a la que ha estado sometido. Cuando volvía a mi cama, he escuchado unos ronquidos apagados que querían insertarse en la triste melodía del reloj de carillón, y he intuido que por fin dormía tranquilo. Después, me he acostado. Han pasado unos minutos en los que mis párpados se han ido cerrando como persianas de plomo, hasta que un sonido mecánico y lejano los ha entreabierto nuevamente. En el cuarto de estar, el viejo video rebobinaba con esfuerzo una cinta ya grabada.