¡Zas!


De repente, ¡zas!


Llega el tiempo 

con su látigo de púas puntiagudas 

y nos lleva hacia delante, 

y permitimos los surcos

que él cultiva con su azada 

en nuestra frente

y soportamos sus trucos

y bendecimos la sangre 

de sus heridas latentes 

y disculpamos sus vicios

y su talante asesino 

y le rogamos que siga
engendrando y devorando
nuevos hijos.

Porque al final, sin aviso, 


acaba su tiranía,
la suerte definitiva
se escribe sobre el tablero,
se oculta el sol en el cielo,
se para el rumor del viento
y todo desaparece,
de repente y 
en silencio.